Venezuela – La segunda epidemia: la depresión psicológica. [Alice Campaignolle]

En el barrio El Hatillo, Caracas, en 2021. © Foto Matias Delacroix AP/via Sipa

La  segunda epidemia: la de la depresión

La crisis venezolana, que empezó en 2014, provocó el empobrecimiento de la población y la huida de varios millones de personas. Pero también tiene efectos psicológicos. La tasa de suicidios es la más alta de la historia en Venezuela.

Alice Campaignolle, desde Caracas

Mediapart, 4-3-2022  

Traducción de Correspondencia de Prensa, 5-3-2022

Son unos 15, reunidos en el jardín de una casa de campo que parece un chalet, en las colinas que rodean Caracas. A pesar de las risas y los abrazos, la pena contenida es muy grande. ¿Qué tienen en común? Todos son periodistas, una profesión difícil en Venezuela.

Uno de ellos fue agredido mientras cubría una manifestación, el otro fue detenido durante varias horas por los servicios de inteligencia. Muchos escriben para sitios web que están bloqueados en su propio país. Así que se reúnen con la psicóloga Yorelis Acosta para «desahogarse» y aprender algunos secretos para mantenerse a flote.

«Nada de teléfonos móviles en el dormitorio. No dejen que sus preocupaciones laborales contaminen sus sueños, dice la persona que está en el centro del círculo. Sé que es difícil cortar con eso, pero hay que hacer cosas que no tienen nada que ver con el trabajo, como escuchar música o hacer deporte.»

El salario medio del sector privado en Venezuela es de unos 70 dólares al mes, mientras que el monto medio de la canasta de los hogares es de 250 dólares. Porque más allá de las barreras a la libertad de expresión, los periodistas también sufren las complicaciones diarias de sus compatriotas, la dificultad para llegar a fin de mes, la falta de transporte público, etc.

«Trabajamos como locos para «vivir a medias», como se dice. Conseguimos cubrir nuestras necesidades básicas y nada más, no hablo de la ropa ni del calzado, explica Yira Yoyotte, que fue periodista de prensa escrita y trabajó en la oficina de prensa del Parlamento hasta 2016. Aquí, los cortes de electricidad son moneda corriente. Cuando trabajas en casa, pero no tienes internet, ¿qué haces? Se trabaja después de medianoche porque es cuando el servicio funciona mejor, ya que los vecinos no están conectados», agrega.

Desde los problemas con Internet hasta la colecta de fondos para pagar los medicamentos, cada cual tiene una historia que contar. «Para mí, la salud mental es sinónimo de tranquilidad. ¿Quién puede decir hoy, en Venezuela que está tranquilo? ¿Quién no tiene preocupaciones cuando se acuesta? ¿Quién se levanta tranquilo? Nadie. Desde el momento en que te levantas, es más bien: ‘¿Cómo voy a llegar al trabajo, ¿qué voy a comer hoy?'», explica Yorelis Acosta, que también experimenta las dificultades del día a día.

El día que nos encontramos con ella, había decidido dejar el coche en el garaje, porque la semana anterior su hijo había tenido que hacer cola en una estación de servicio desde las 4 de la mañana, para ser relevado por su padre. Como profesora universitaria, gana 10 dólares al mes. Sin su marido, que tiene una tintorería que funciona bien, no le alcanzaría para vivir.

La situación es alarmante, dice, con la crisis constantemente en la mente de los venezolanos: «Hay gente que me dice: ‘Soñé que estaba en la cola del supermercado’. ¿Te lo imaginas? En sueños, uno puede ir a París o a una playa del Caribe, pero no, la gente sueña con la escasez».

Lo peor son los jóvenes: «Nuestra generación conoció la prosperidad, así que sí, es duro empobrecerse, ver cómo tus ahorros se derriten como la nieve bajo el sol. Pero lo que más me preocupa son los jóvenes. Sólo conocen, la crisis, y no les va bien. Las ideas suicidas son muy comunes entre las generaciones más jóvenes. Es difícil proyectarse en un país donde es imposible saber si la situación mejorará un día: «Aquí ya no hay oportunidad de soñar», explica Yorelis Acosta.

Este horizonte sombrío se refleja en las cifras de un estudio de octubre de 2021 del Observatorio Venezolano de la Violencia. Según esta publicación, las cifras de suicidio nunca han sido tan altas en el país. En 2018, Venezuela alcanzó el triste récord de 9,3 suicidios por cada 100.000 habitantes, cuando desde 1936 el país nunca había superado los 7 suicidios por cada 100.000 habitantes. Entre 2015 y 2018, en plena crisis, la tasa de personas que se quitaron la vida aumentó un 145%

En comparación, la tasa de suicidio en Francia es de 13,2 por cada 100.000 habitantes, una de las más altas de los países europeos de desarrollo comparable. Aunque el suicidio es siempre multifactorial, la situación de deterioro del país es una de las causas hacia la que apuntan investigadores y profesionales.

En el corazón de la ciudad de Mérida, en los Andes venezolanos, el acueducto de Campo Elías fue durante mucho tiempo el lugar donde se mataba la gente, a 70 metros de profundidad. Mérida y su comarca tienen las tasas de suicidio más altas del país, hasta 25,4 por cada 100.000 habitantes en 2018. Pese a las barreras de protección que fueron instaladas en el acueducto, las cifras no han cambiado, y en Mérida se siguen suicidando más personas que en cualquier otro lugar del país.

A pocos kilómetros, uno de los autores del estudio, que prefiere mantener su nombre en secreto, menciona las hipótesis: «En lo que respecta a la ciudad de Mérida, la hipótesis de la pérdida de prestigio de su universidad es la que nos parece más probable. La Universidad de Los Andes tiene 236 años y fue reconocida en todo el mundo, pero hoy sufre una deserción de estudiantes y también de profesores y personal administrativo.»

Los campus de la ciudad universitaria son un espectáculo desolador. No hay coches en los estacionamientos y allí crecen la hierba, las puertas están cerradas con candados, los edificios están deteriorados y apenas hay gente que deambula por los pasillos. «Ya no existe esa idea de que estudiar te permitirá ‘convertirte en algo’. Ya no existe el deseo de convertirse en médico para ayudar a su país, por ejemplo. Los estudiantes prefieren ir a trabajar, es una cuestión de supervivencia», deplora el investigador.

Los profesores no tienen más estudiantes, y prácticamente no tienen ingresos, los estudiantes no tienen más profesores. Y a veces tampoco hay más compañeros de clase. En un estudio anterior sobre el suicidio, centrado en Mérida, una de las entrevistas se refiere específicamente al problema de la emigración.

Lucía era una brillante estudiante de 23 años. No había nada que hiciera pensar que se iba a quitar la vida, según sus padres. Excepto, tal vez, que su círculo social se estaba reduciendo drásticamente, con sus compañeros de clase que iban abandonando el país uno a uno. Y ocho meses antes del acto fatal, su relación con su novio terminó, ya que él también decidió irse.

Se calcula que entre 5 y 6 millones de personas han emigrado desde 2015. Minerva Zabala es una psicóloga venezolana que trabaja en los alrededores de París. Forma parte de la red Psicodiáspora, que se dedica a proporcionar ayuda psicológica a los migrantes venezolanos en todo el mundo, desde Brasil hasta Australia, pasando por Bélgica.

Porque si la vida no siempre es fácil en su país, tampoco lo es en el extranjero. «Desde 2015, la migración es desesperada, ya no es una migración organizada, en la que te tomas el tiempo para terminar tus estudios, aprender el idioma, etc. Esto es lo que tuve la suerte de hacer cuando llegué a Francia. Ahora, la gente se va de Venezuela precipitadamente y eso provoca una gran tensión», dice.

Los pacientes de Minerva Zabala sufren ansiedad, crisis de pánico y episodios depresivos. «Irse o quedarse, en ambos casos, supone un gran coraje, porque ninguna de las dos situaciones es fácil.»