Brasil – El malestar de la vacunación. [Vera Rodrigues]

Correio da Cidadania, 18-2-2021

Traducción de Correspondencia de Prensa, 19-2-2021

Lo que podría ser un motivo de celebración, después de un año muy duro y de muchas derrotas, se ha convertido en objeto de disputas internas, también en el campo de la izquierda.

Los desajustes que se están operando son tan grandes que, en lugar de la lucha por la vacunación masiva y la ruptura de patentes, se ha instalado lo que el infectólogo Paulo Lotufo llamó «lavajatismo de las vacunas».

Somos el peor país del mundo en gestión de pandemias, según el estudio del Instituto Lowy de Australia, que analizó 98 países. Tenemos una política institucional de difusión del virus, como concluyó la investigación coordinada por Deisy Ventura, junto con la Escuela de Salud Pública de la USP (Universidad de San Pablo) y Conectas Derechos Humanos.

Al mismo tiempo, el SUS (Sistema Único de Salud) acumula décadas de experiencia en planes nacionales de vacunación, con priorizaciones definidas en base a criterios epidemiológicos que siempre han funcionado. Y a pesar de toda la política de desmantelamiento de la salud pública -que incluye la militarización del Ministerio de Salud, del SUS y también la asfixia de las inversiones en investigación, la desvalorización de las universidades y de la ciencia- los investigadores, los científicos, las instituciones como Fiocruz y Butantan pueden desempeñar un papel crucial en esta pandemia.

Después de rechazar los contratos con los laboratorios, de boicotear la idea misma de la vacunación, de defender y producir, con recursos públicos, medicamentos ineficaces para el Covid y de trabajar abiertamente a favor de la contaminación de más y más personas, el gobierno federal lleva a cabo una política de vacunación en migajas.

Con este escenario, es sorprendente que las discusiones se centren en los criterios de las vacunas que atienden al 3% de la población, hasta el punto de que un parlamentario del PSOL (Partido Socialismo y Libertad) presentó un proyecto de ley, sin consultar al área de la salud, para modificar el orden de las prioridades, dejando a la población mayor de 60 años en el undécimo lugar, cuando casi el 80% de las muertes se producen en este grupo de edad. Con la excepción de los trabajadores de la salud y de los cementerios -criterios utilizados por la ciudad de Río- el razonamiento que pretende clasificar las profesiones es, en mi opinión, profundamente equivocado. ¿Cómo se determina que los limpiadores de la calle son menos importantes que los profesores o los conductores de autobús, por ejemplo? Si todas las profesiones son equivalentes, todas son prioritarias. Si todos son prioritarios, nadie lo es.

El recorte -que no sería necesario hacer si tuviéramos suficientes vacunas- tiene que seguir la pista de la palabra muerte. Para evitar la escalada de muertes, las personas mayores de 60 años (13% de la población), jubiladas o no, tendrían que vacunarse. Que no tengamos vacunas ni siquiera para cubrir ese 13% es una burla que demuestra la política genocida.

Como si no bastara la falta de una política nacional de vacunación y de contención de la pandemia, se descubre un movimiento reaccionario de desvalorización de los profesionales de la salud, con foco en la psicología, como fue expuesto en un artículo de Marcelo Coelho en Folha de San Pablo, que la psicoanalista Maria Silvia Borghese calificó justamente de frívolo e irresponsable.

El estereotipo que él y otros hacen de la zona -dada la repercusión del artículo- es vejatorio. Desde el inicio de la pandemia, esta fue una de las primeras categorías en organizarse en red, para la atención voluntaria y sigue trabajando intensamente con los casos graves, incluyendo, dado el deshilachado del tejido social, el duelo sin rituales, el sufrimiento psíquico impuesto por el escenario que describí al principio de este texto. Elegir esta categoría como el «pinchador de vacunas» y el villano del genocidio revela, más que ignorancia, desprecio por el campo de la salud mental.

No es casualidad que los profesionales de la salud estén entre los prioritarios del mundo, en una campaña de vacunación. En Europa, algunos países también han recurrido a los pensionistas. Es la mano de obra que sostiene los cuidados necesarios para la supervivencia física y psicológica de las poblaciones. Aquí es numéricamente irrisoria la cantidad de profesionales de la salud, mayores de 60 años, que fueron llamados a vacunarse. Aun así, muchos han estado activos desde el comienzo de la pandemia y han tenido un impacto en su trabajo permanente.

Gracias a una lucha política histórica contra la hegemonía médica, con consecuencias bien analizadas por Foucault, Basaglia entre otros, la OMS (Organización Mundial de la Salud) reconoció y equiparó en este campo de la salud otras profesiones además de los médicos y paramédicos (nutricionistas, biólogos, profesores de educación física, dentistas, trabajadores sociales, logopedas, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, farmacéuticos, veterinarios y también psicólogos). El concepto de salud ha cambiado, ampliando la noción de ausencia de enfermedad al estado de bienestar físico, mental y social. Se trata de un logro importante, un punto de inflexión que no puede correr el riesgo de retroceder.

Que se ataque a la psicología, con la falsa alegación de que la atención online prescinde de la necesidad de vacunas, es bastante sintomático de los tiempos que vivimos. Según esta lógica, varias otras profesiones, incluida parte de la profesión médica, también prescindirían de esta necesidad. ¿Es este el camino que se pretende seguir?

También es falso que todo y todos estén «en la comodidad de su casa» y que sea tranquilo el servicio online. No lo es. Se trata de una ardua adaptación que hubo que hacer para evitar el contagio. Y no todo el mundo tiene la privacidad que es esencial para un servicio. Además, existe la necesidad, como también señaló M. Silvia Borghese, de una asistencia presencial y no es un «trabajo cosmético», sino todo lo contrario.

Además del desplazamiento de los temas principales (vacunación masiva y ruptura de patentes), esta discusión que desprecia el campo de la salud mental es uno de los mayores retrocesos políticos que he visto en décadas de profesión. Sólo podría tener cabida en un gobierno genocida y fascista.

* Vera Rodrigues es psicóloga.