Libia – «Ocean Viking»: la violencia sexual destruye a las mujeres migrantes. [Nejma Brahim]

Mujeres migrantes a bordo del «Ocean Viking», el martes 26 de enero de 2021. Foto: SOS Mediterráneo

A bordo del buque de rescate Ocean Viking, numerosas mujeres de África subsahariana dan testimonio de la violencia sexual, la tortura y la humillación que sufrieron en Libia. Violencias que se han generalizado, sumándose a un viaje migratorio ya agotador.

Mediapart, 28-1-2021

Correspondencia de Prensa, 30-1-2021

Al descender de la lancha de socorro y pisar la cubierta del Ocean Viking, se arroja al suelo, se arrodilla y junta sus manos en forma de plegaria. «¡Gracias a Dios! Libia es un infierno, ¡no son humanos sino monstruos! Violan a mujeres y niños. Todas las noches nos violan», grita Lisa entre sollozos.

Al día siguiente, en la sección reservada a mujeres y niños, la treintañera se acomoda en el suelo, sobre la manta que el equipo de atención le ha distribuido, mientras el hijo de su vecina se acerca para refugiarse en sus brazos. Entre las 67 mujeres rescatadas por el Ocean Viking, se distingue por sus trenzas naranjas y su tez mestiza. Sonríe, pero su rostro está teñido de melancolía.

«Llegué a Libia en mayo de 2020 -recuerda Lisa-. Primero viví en Trípoli y luego en Zouara. Allí empezaron los problemas». En febrero de ese mismo año, la joven abandonó Camerún con su hermano mayor para reunirse con su prometido, que se había marchado a Malí tras estar a punto de morir en su país.

Le encontró al llegar a Libia, tras haber pasado por Argelia en plena crisis sanitaria. «Había planeado trabajar allí para financiar el resto de mi viaje, pero no había oportunidades laborales por culpa de la Covid».

En Zouara, vivió con unas 30 personas en una morada para africanos llamada «campo». «Estábamos como aquí», asiente, invitándonos a seguir su mirada mientras repasa el pequeño contenedor. Su hermano fue secuestrado por los libios. «Lo mataron», concluye tras insistir en los sufrimientos que padeció, incluida la violación. Se reunió con su novio, que trabajaba en la construcción durante el día. En junio fue encarcelada en un lugar de detención no oficial, sin ningún motivo. «Porque soy negra y ellos son racistas», asume Lisa. En la cárcel, la encadenaron de pies y manos y le vendaron los ojos. «Nos daban una pequeña botella de agua para lavarnos. Nos daban macarrones hervidos, lo justo para mantenernos vivos. Nos servían la comida en la mano ».

Con frecuencia, hombres armados la llevan a un lugar cerrado para violarla. Mientras evoca estos dolorosos recuerdos, sus cejas se fruncen y sus gestos se multiplican. « Una vez fueron siete. Me desnudaron y se turnaban para violarme. Grité, vomité, pero no les importó. Les rogué que dejaran de grabar porque no quería salir en Internet », dice con la voz entrecortada. Luego la dejaron desnuda, en el suelo, durante horas.

Aquella noche la «hirieron tanto» que Lisa intentó acabar con su vida bebiendo lejía. «Siempre es así. La mayoría de las veces están borrachos y fuman mucho. La única forma de sobrevivir es fingir un desmayo. No debemos reaccionar cuando nos golpean. En ese momento, se van». Una noche la dieron por muerta y así consiguió escapar.

En un informe de septiembre de 2020 de Amnistía Internacional sobre Libia, la ONG señala un «terrible ciclo de violencia» al que se enfrentan decenas de miles de migrantes y refugiados. «Las mujeres y las niñas son especialmente vulnerables a la violencia sexual a manos de bandas criminales, grupos armados e incluso particulares», apunta el documento. La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos afirma que la violencia sexual, las violaciones y los malos tratos se producen tanto en los lugares de detención oficiales como en los clandestinos.

A bordo del barco de ayuda SOS Méditerranée, la comadrona Hannah detecta a cinco mujeres que han sido víctimas de violencia sexual en Libia o en la ruta migratoria. «Normalmente, después de un rescate, hacemos un discurso sobre la violencia sexual. También nos aseguramos de visitar a cada mujer una por una para detectar eventuales signos [de violencia]», explica. Esta vez, los rescates acumulados en 48 horas no se lo permiten.

A pesar de todo, las visitas a la clínica se suceden y la palabra se libera con total naturalidad. «Venían por otros problemas de salud y, al hacerles una serie de preguntas, acababan relatando que han sido violadas. Si hubiéramos tenido tiempo de aplicar nuestro protocolo habitual, creo que habríamos tenido muchos más casos».

Convertida la violencia sexual en Libia en algo «extremadamente común», puede ser más fácil para las mujeres hablar de ello. «Para los hombres es más complicado. He tenido algunas sospechas sobre algunos de los jóvenes rescatados, pero se necesita más tiempo para ganarse su confianza», estima Hannah.

Violaciones, acompañadas de tortura, que provoca un gran trauma físico y psicológico. «Las mujeres tenían dolores y presentaban lesiones en el cuerpo y en los genitales. Marcas de quemaduras causadas por cigarrillos, por ejemplo», detalla Ophelia, enfermera del equipo médico. La ansiedad expresada en el momento de sus relatos también atestigua el trauma sufrido.

Sentada junto a Lisa en la sección para mujeres del Ocean Viking, Aïcha, de 27 años, salió de Guinea con sus dos hijos de 2 y 3 años. A veces asiente con la cabeza mientras escucha la historia de Lisa. Rescatada por el navío de ayuda humanitaria durante su segunda operación de rescate en la mañana del viernes 22 de enero, tuvo que hacer el viaje sin su marido, que se quedó en Libia por falta de dinero para pagar la travesía.

«Los hombres venían a violarnos mientras los niños estaban justo al lado»

«Vivimos en Libia durante un año. [Mi marido] ya iba y venía para trabajar como pintor en la construcción. Cuando mis padres murieron, nos trajo con él a Libia», relata. Un día, de camino al mercado, su marido fue golpeado por unos hombres y ella fue encarcelada.

«Estaba con mis hijos y otras mujeres en la celda. No teníamos ni comida ni bebida. Por las noches, los hombres venían a violarnos mientras los niños estaban justo al lado. Los bebés lloraban, estaban agotados, pero los hombres seguían», suspira Aïcha, que pudo salir de la cárcel gracias a sus familiares que contribuyeron a «pagar su rescate».

«En la cárcel me dijeron que tenía que acostarme con ellos, de lo contrario me venderían como esclava sexual», susurra Tatiana, una de las ocupantes del sector para mujeres, que perdió la voz con el «shock» de la travesía y su miedo a morir en el mar. «De todos modos, nos pegarían si nos quejáramos. Incluso violaron a mujeres embarazadas», añade Aïcha.

Aïcha consiguió organizar su travesía una semana después de salir de la cárcel. Por la noche, el traficante les hizo caminar hasta la orilla para llegar a un barco repleto de gente. «Estaba agotada. Mi hija estuvo enferma en la travesía, mi hijo lloró mucho. Tenía mucho miedo por ellos en el bote».

En el mismo bote de aquel viernes, Espérance también huyó de la violencia reiterada que sufrió durante tres años en Libia. Cuando vio al Ocean Viking en la distancia, lloró de alegría, consciente de lo lejos que ha llegado.

Durante el fin de semana, Espérance se pasea por la cubierta del barco humanitario, reconocible por sus largas trenzas negras y moradas. «Me gustan los colores vivos, son más alegres», dice con una sonrisa, antes de estrechar la mano de un joven que le pregunta por su salud. En sus manos, varias hojas sueltas revelan bocetos de ropa moderna y tradicional a la vez.

En Camerún, era costurera. Hoy sueña con ser estilista y ya pregunta por los precios de las telas en Europa. «No importa dónde vaya, lo más importante es que pueda trabajar. Mis dos hijos se quedaron con mis padres en casa, porque no quería arriesgarme e imponerles un viaje peligroso», dice al anochecer, sentada en el banco frente a la sección para mujeres.

Un matrimonio forzado seguido de violencia doméstica la obligó a huir de su país en 2017. En ese momento sólo tenía 25 años. Atravesó Níger, Nigeria y luego Argelia para llegar a lo que muchos describen como el «infierno libio». «Nada más llegar, me encarcelaron. Todo fue muy mal. Fuimos sometidas a violaciones, violencia física y desnutrición –dice-. También nos marcaron las nalgas con hierro caliente».

Rápidamente, Espérance se quedó embarazada de uno de sus violadores. Un fenómeno común según Ophelia, la enfermera: «Las mujeres no tienen acceso a anticonceptivos y los hombres no utilizan preservativos». Espérance rebasó los siete meses de embarazo cuando uno de sus violadores la violó hasta el punto de perder el bebé.

Consiguió salir de la cárcel tras un año de reclusión, gracias a un miembro de su comunidad que la ayudó a escapar. «Pero nos atraparon, nos azotaron y luego pidieron por nosotros un rescate. Fue el hombre quien pagó, unos 500.000 francos CFA (unos 450 euros)».

Vivió en un hogar para africanos durante un año y luego decidió marcharse a Europa. La misma persona le ayudó a organizar la travesía y la puso en contacto con un contrabandista que le pidió 3.000 dinares libios (unos 500 euros) para financiar el viaje. « Lo que pasé fue terrible. Esta gente no tiene piedad », concluye con un suspiro.

Hannah, la matrona de SOS Méditerranée, está especializada en violencia sexual desde 2018. «Las historias de las mujeres que pasaron por Libia son las peores que he escuchado. Es brutal. Al principio, nos preguntábamos cómo podían arriesgarse a hacer la travesía con sus bebés. Pero una vez que escuchas sus historias, lo entiendes mejor».

El domingo, cuando se anunció el desembarco del Ocean Viking en el puerto de Augusta, en Sicilia, el lunes 25 de enero, Lisa no puede ocultar su alivio a pesar de las lágrimas que invaden sus grandes ojos negros: «Libia es un infierno… Cuando zarpé, sabía que tenía dos opciones: sobrevivir o morir -dice la mujer que había jurado tirarse al agua si los guardacostas libios los interceptaban durante la travesía-. He derrotado a los libios, soy más fuerte que ellos. Ahora quiero olvidar, pero es cierto que después de aquello tu vida nunca vuelve a ser la misma».