Gran Bretaña – Corbyn, el laborismo y el Estado británico. [John Molyneux]

A l´encontre, 20-11-2020

Traducción de Faustino Eguberri – Viento Sur

Correspondencia de Prensa, 22-11-2020

John Molyneux pone en perspectiva el significado político y organizativo de la suspensión por parte de la dirección del Partido Laborista de Jeremy Corbyn el 29 de octubre de 2020. Jeremy Corbyn es miembro de la Cámara de los Comunes desde junio de 1983. Para comprender la dinámica de este enésimo enfrentamiento entre la «izquierda del Partido Laborista» y el aparato dirigente más amplio, John Molyneux lo sitúa en la larga historia de la práctica e institucionalización del Partido Laborista, arrojando así luz sobre el «período de Corbyn» y el contraataque del sistema bipartidista. (Redacción A l´encontre)

El Partido Laborista en Gran Bretaña es, y siempre ha sido desde sus inicios en 1900, un partido reformista. Su aspiración, en el mejor de los casos, ha sido formar un gobierno –la dirección del partido tiene tendencia a afirmar que “tomar el poder”- ganando una mayoría parlamentaria y usando esa posición para promulgar políticas y aprobar leyes que mejoren la suerte de “la mayoría”, principalmente la clase trabajadora.

Dado que la conciencia dominante de la clase trabajadora británica durante el mismo período también ha sido reformista y ha votado en gran medida por el Partido Laborista, a muchas personas, incluidas muchas afiliadas al partido laborista, les ha parecido que el Partido Laborista ha reflejado y representado a la clase trabajadora británica.

La medida en que el partido ha tenido debilidades (por ejemplo, no logrando promover un cambio socialista o cayendo en el racismo, el sexismo o el apoyo a guerras reaccionarias), supuestamente ha sido un reflejo de lo que querían sus partidarios y partidarias de la clase trabajadora. En efecto, desde este punto de vista, si el Partido Laborista se vuelve demasiado izquierdista o demasiado socialista, o incluso demasiado antirracista, se alienará de su base de clase trabajadora y no ganará las elecciones.

De hecho, esta correspondencia entre las acciones del Partido Laborista y la conciencia de la masa de trabajadores y trabajadoras es más aparente que real. Existe una profunda diferencia entre el reformismo de la masa de las y los trabajadores y el reformismo de las personas que dirigen y dominan el Partido Laborista; a saber, las y los diputados y ministros.

Líderes laboristas

La mayoría de la gente de la clase trabajadora tiene lo que Gramsci llamó “una conciencia contradictoria”. Rechazan aspectos del capitalismo, especialmente los efectos que sufren, pero aceptan otras características del mismo. En particular, aceptan el capitalismo porque carecen de confianza en su propia capacidad para desafiarlo o derrocarlo y, por lo tanto, esperan que sus líderes, en Gran Bretaña principalmente las y los líderes del Partido Laborista, mejoren su situación.

Las y los líderes del Partido Laborista, como grupo colectivo, sin embargo, apoyan y abrazan positivamente el capitalismo; y en muchos casos desarrollan serios intereses materiales en él, trabajando para empresas capitalistas, sirviendo en consejos de administración de empresas, etc.

Aquí hay una diferencia entre la derecha y la izquierda del Partido Laborista, aunque es una diferencia muy fluida. La derecha, que incluiría a personas como Tony Blair, Peter Mandelson y Gordon Brown, que se remonta a Callaghan, Healy, Wilson, Gaitskell, Ernest Bevin e incluso Ramsay McDonald, simplemente cree que puede gestionar el capitalismo mejor que las y los conservadores.

La izquierda (Corbyn, McDonnell, Benn, el joven Michael Foot, Aneurin Bevan, etc.) se ve a sí misma como anticapitalista, en el sentido de que critica a las grandes empresas, a menudo apoya a los sindicatos y las huelgas, y espera que mientras administra el capitalismo también puede modificarlo seriamente y transformarlo gradualmente en la dirección del socialismo.

Apoyo al Estado británico

Pero en un punto, prácticamente por unanimidad, la izquierda y la derecha han estado de acuerdo: el apoyo a las instituciones del Estado británico. Con esto me refiero no solo al Parlamento, aunque esto haya sido crucial, sino también a las fuerzas armadas, la policía, el poder judicial, la administración pública e incluso la monarquía.

Han creído que este Estado representaba de alguna manera los intereses de la nación británica y sería el instrumento que utilizarían para lograr los cambios que buscaban . Y este apoyo al Estado británico les ha llevado, lo quisieran o no, a apoyar al capitalismo, al imperialismo y a las guerras imperialistas. Los casos históricos de esto son tan numerosos que aquí solo puedo citar algunos ejemplos.

Para el período inicial del Partido Laborista, la figura de Ben Tillett [1860-1943] puede servir como representante. En 1889 Tillett era un sindicalista militante, asociado con la gran huelga de los estibadores de ese año, que más tarde se convirtió en diputado laborista. En relación con la Primera Guerra Mundial, escribió: “A pesar de nuestra antigua actitud pacifista, las fuerzas laboristas en Inglaterra han apoyado al gobierno durante toda la guerra”, y resumió su actitud de la siguiente manera: “en una huelga estoy a favor de mi clase, con o sin razón; en una guerra estoy a favor de mi país, con o sin razón”.

El gobierno de Attlee

Quizás el caso más revelador de cómo se desarrolló todo esto fue con el gobierno laborista de Attlee de 1945-51. Este gobierno es el punto culminante de la historia del Partido Laborista y materia de la leyenda laborista, en gran parte debido a la introducción del NHS  (servicio nacional de salud) y al desarrollo del Estado de bienestar, reformas que trajeron beneficios reales a las y los trabajadores.

Estos logros fueron posibles porque el capitalismo había comenzado su largo auge de posguerra y porque sectores sustanciales del Partido Conservador, y la clase dominante en general, aceptaron esencialmente la necesidad de reformas, incluido un cierto grado de nacionalización.

Pero al final de seis años de gobierno laborista, la mayor parte de ellos con una gran mayoría [laborista], no se había tocado ni un pelo de la cabeza del Estado británico: ni las fuerzas armadas, ni la policía ni los jueces, ni el MI5, ni el MI6, ni el servicio civil, ni la Monarquía y ni siquiera la Cámara de los Lores. Además, se apoyó el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki , se fabricó la bomba atómica  (en secreto), las fuerzas británicas aplastaron los levantamientos en Grecia y Malasia. Gran Bretaña apoyó plenamente a Estados Unidos en la Guerra Fría y las tropas británicas fueron enviadas a luchar en Corea. Se apoyó el apartheid en Sudáfrica.

Es revelador que el gobierno apoyara invariablemente a las fuerzas del Estado contra las y los trabajadores en huelga, declarando dos estados de emergencia y desplegando tropas como rompehuelgas en no menos de dieciocho ocasiones. El resultado fue que cuando las y los conservadores regresaron al poder en 1951, simplemente pudieron seguir gobernando como de costumbre y dirigir el capitalismo británico durante los siguientes trece años, mientras a Clement Attlee se le concedía un título de nobleza.

Y todo esto se hizo con la aquiescencia más o menos total de la izquierda laborista, incluido el santificado Nye [Aneurin] Bevan. El acuerdo parece haber sido: dad reformas económicas para las y los trabajadores británicos y haremos la vista gorda a las políticas imperialistas a escala mundial. Hasta qué punto esto sigue siendo así lo demuestra la reverencia universal por el gobierno de Attlee en las filas laboristas.

Larga tradición

Durante los siguientes 60 años o más, la lealtad de las y los líderes laboristas al Estado británico no disminuyó.

Cuando, tras una serie de manifestaciones masivas de la Campaña por el Desarme Nuclear (CND), la Conferencia del Partido Laborista de 1960 aprobó una resolución a favor del desarme nuclear unilateral, el líder laborista, Hugh Gaitskell, declaró que “lucharía, lucharía y volvería a luchar” para “salvar el partido que amamos”, amenazado por la CND, bajo el aplauso generalizado de los medios de comunicación y, sin duda, los aplausos generalizados en Whitehall [las grandes instituciones británicas] y el Almirantazgo [Admiralty].

No hace falta decir que ni el gobierno de Wilson de 1964-70 ni ningún gobierno laborista posterior hicieron ningún movimiento para aplicar esta resolución de desarme. Por el contrario, Wilson y su gobierno dieron un claro apoyo a la guerra estadounidense en Vietnam.

Inevitablemente, esto se tradujo en un cobarde apoyo a las acciones del ejército británico y el Estado secreto en Irlanda del Norte. Roy Mason, que comenzó a trabajar como minero y terminó en la Cámara de los Lores, fue Secretario de Estado para Irlanda del Norte en 1976-9. Era conocido por su enfoque de línea dura, enviando el SAS [fuerzas especiales] a South Armagh y diciendo en la Conferencia Laborista de 1976 que:

“El Ulster  ya había tenido suficientes iniciativas, libros blancos y legislación hasta el momento, y ahora necesitaba ser gobernado con firmeza y justicia … y, fundamentalmente, con el terrorismo republicano tratado como un problema de seguridad y nada más”.

Este fue el lenguaje de Margaret Thatcher durante las huelgas de hambre1, pero adelantándose cinco años.

En 1981, el líder laborista Michael Foot pidió por primera vez, y luego apoyó, la Guerra de las Malvinas de Thatcher y en 1990-91 su sucesor Neil Kinnock y el secretario de Relaciones Exteriores del Gabinete en la sombra, Gerald Kaufman, apoyaron la primera Guerra del Golfo liderada por Estados Unidos.

En resumen, que Tony Blair llevara a Gran Bretaña a la guerra de Irak en 2003, frente a una oposición pública masiva y sobre la base de mentiras descaradas sobre las armas de destrucción masiva iraquíes, no fue una aberración; de hecho, estaba actuando siguiendo una larga tradición laborista de apoyo al Estado británico y sus guerras imperialistas.

Jeremy Corbyn

Esta historia tiene una gran influencia en lo que le ha sucedido a Jeremy Corbyn. Cuando Corbyn fue elegido líder del Partido Laborista en 2015, el establishment político británico y la clase dominante británica se enfrentaron, por primera vez, a un posible primer ministro en cuya lealtad al Estado británico y, por lo tanto, al capitalismo, no se podía confiar.

Esto no quiere decir que el propio Corbyn hubiera pensado en todo esto, no lo había hecho, pero su largo historial de campañas socialistas, antibélicas y antiimperialistas, a menudo junto con la izquierda extraparlamentaria, le hacía muy peligroso a ojos del establishment.  Reaccionaron con furia terrible. En aquel momento, describí esta reacción de este modo:

“Su victoria fue recibida con una tormenta de ataques mediáticos contra su familia, su vida personal, su vestimenta, su elección o no de corbata, su supuesto antisemitismo (una acusación completamente falsa basada enteramente en su apoyo a Palestina), su incapacidad para cantar el himno nacional y si besaría o no la mano de la reina”.

De alguna forma, hubo un intento coordinado de destruirlo o dañarlo permanentemente. Y si bien gran parte del asalto fue solo periodismo de baja estofa y tonterías (“¿tuvo una aventura hace veinte años?”), una parte de la agresión tenía un ángulo político afilado, cuestionando su lealtad al Estado británico.

Esto crea una dificultad para Corbyn. Estará rodeado de asesores que le dirán que se adapte a todo esto, porque debe temer el efecto en la opinión pública de desafiar las tradiciones y rituales de la monarquía británica y el Estado imperial y porque, en el fondo, él mismo espera usar ese Estado para traer un cambio social a Gran Bretaña…

Luego está el problema creado por su propio partido. Muy pocos (veinte como máximo) de las y los diputados del Partido Laborista apoyan realmente a Corbyn o sus orientaciones políticas. Muchos de ellos son implacablemente hostiles. La mayoría de ellos no lo dirán abiertamente en ese momento, pero trabajarán para socavarlo y comenzarán a hacerlo.

Al no lograr destruir a Corbyn mediante este asalto generalizado, (fue reelegido líder laborista por una abrumadora mayoría en 2016 y luego estuvo cerca de ganar las elecciones generales de 2017 [obtuvo el 40% de los votos y 30 escaños más frente a Theresa May que reunió el 42,4% con una pérdida de 13 escaños]), el establishment y la derecha laborista cambiaron de rumbo para centrarse específicamente en la acusación de antisemitismo.

La equiparación del antisionismo con el antisemitismo les permitió describir al Partido Laborista como plagado de antisemitismo porque tenía algunos defensores de alto perfil de los derechos palestinos, incluido el propio Corbyn, y esto fue perseguido y utilizado sin descanso como un arma.

Aquí es necesario entender que el apoyo constante del Estado británico a Israel no tiene nada que ver con una oposición al antisemitismo. Se basa en el hecho de que Israel actúa como un puesto de avanzada del imperialismo occidental en el Medio Oriente y, lo que es más importante, siempre ha sido respaldado por Estados Unidos. El apoyo servil a EE UU ha sido probablemente la vertiente más constante de la política exterior británica desde la Segunda Guerra Mundial, independientemente de quién estuviera en el gobierno.

Hubo una serie de factores que hicieron que este arma fuera efectiva contra Corbyn. Primero, ciertos sionistas de derecha en el Partido Laborista jugaron un papel crucial, como Margaret Hodge y John Mann (ahora Lord Mann), quienes estaban más que felices de dañar mortalmente al Partido Laborista para defender a Israel y atacar a Corbyn.

En segundo lugar, estos últimos podrían explotar el hecho de que en un partido de masas como el Labor Party era inevitable que hubiera ciertos casos de antisemitismo real, especialmente porque el nivel de educación política en el Partido Laborista no es alto, aunque el número sería mucho menor que en el Partido Conservador.

En tercer lugar, ese mismo bajo nivel de educación política en el Partido significaba que no había un alto grado de comprensión de la cuestión de Palestina entre muchos miembros que, por lo tanto, no tenían claro qué estaba pasando y cómo resistirlo.

Cuarto, la acusación de antisemitismo encajaba con otra característica clave del Partido Laborista, su electoralismo, que exigió, siguiendo una larga tradición, que Corbyn dimitiera como líder cuando perdió las elecciones del Brexit en 2019 y resultando vulnerable frente a Starmer [que se convirtió en jefe del Gabinete en la sombra y del Partido Laborista el 4 de abril de 2020].

Electoralismo

Este electoralismo, que va de la mano con el compromiso con el Estado, es tan central en el funcionamiento del Partido Laborista que merece una mayor explicación. Por electoralismo no me refiero aquí a la práctica de participar en elecciones, que es esencial incluso para las y los revolucionarios. Me refiero a la idea de que el éxito en las elecciones parlamentarias es abrumadoramente la máxima prioridad en la política, superando no sólo a la lucha extraparlamentaria en todas sus formas, sino también a la cuestión de saber para qué intentas ganar las elecciones.

La verdad es que mucha gente en el Partido Laborista, no toda, pero ciertamente mucha, llega no solo a concentrarse en las elecciones, sino a considerar prácticamente todos los principios como algo que hay que sacrificar si de alguna manera pudiera ser un obstáculo para la victoria electoral.

Si parte de la clase trabajadora de la que se quieren obtener sus votos es racista, se debería callar el antirracismo y escuchar sus preocupaciones. Si los trabajos de algunos de sus votantes potenciales están relacionados con la industria de armas nucleares o misiles Trident [sistema de misiles estratégicos nucleares], no debería hablarse de desarme nuclear, etc. Si creen que Starmer tiene más probabilidades de ganar que Corbyn, eso en sí mismo les hace apoyar a Starmer y descartar a Corbyn como un perdedor. Sí, algunas de estas personas usan ese lenguaje parecido al de Trump.

Esta obsesión por las elecciones parlamentarias se remonta a las características fundamentales del Partido Laborista como partido reformista que he mencionado al principio de este artículo. En parte refleja la falta de confianza de las y los trabajadores que esperan que alguien bien situado promulgue cambios en su nombre, pero también corresponde al carrerismo de las altas esferas del partido, sus aspiraciones a escaños parlamentarios, puestos ministeriales y, en última instancia, a su promoción en las filas del establishment.

Fundamentalmente, es una trampa fatal para la izquierda en el partido. Una y otra vez, durante más de cien años, ha significado que la izquierda laborista se ha rendido a la derecha en nombre de la unidad para derrotar a los conservadores y ya hay indicios de que esto puede suceder tras la suspensión de Corbyn. Pero desde Ramsay MacDonald y Ernest Bevin hasta Tony Blair y Sir Keir Starmer, es una voluntad de compromiso que nunca es recíproca, precisamente porque la derecha es mucho más leal al Estado y al sistema que al Partido Laborista o al Partido Laborista o clase obrera.

Es por eso que, sin importar lo izquierdista que sea la retórica del partido o lo sincera que sea la intención de la mayoría de sus miembros, el Partido Laborista británico siempre ha demostrado ser un obstáculo para la lucha por el socialismo en Gran Bretaña. (Artículo publicado en el sitio Rebel, 9-11-2020.)

Nota

  1. Irish Hunger Strike: con ocasión de la segunda huelga de hambre de los combatientes republicanos norirlandeses (IRA), huelga que comenzó el 1 de marzo de 1981, bajo el impulso de Bobby Sands, exoficial comandante del IRA , que murió en el hospital de la cárcel tras 66 días de huelga de hambre, el 5 de mayo, otros tres combatientes fallecieron los días siguientes, Margaret Thatcher declaró: “no estamos dispuestos  a considerar la posibilidad de conceder un estatus especial a ciertos grupos que purgan una condena por haber cometido un crimen. Un crimen es un crimen, no es política”. Los presos demandaban no seguir teniendo un estatuto de criminales, sino un estatuto de presos políticos. Bobby Sands fue elegido a la Cámara de los Comunes en las elecciones de abril. Más de 100.000 personas acompañaron sus funerales durante los cuales recibió los honores militares del IRA. Margaret Thatcher declaró con ese motivo: “M. Sands era un criminal condenado. Ha optado por quitarse la vida. Es una opción que su organización no ha dado a muchas de sus víctimas.” (Redacción. A l´encontre)