Estados Unidos – El movimiento por la libertad de expresión de Berkeley, 56 años después. [Samuel Farber]

Mario Savio, líder del Movimiento de Libre Expresión de UC Berkeley, habla ante miles de estudiantes, 1964. (Peter Whitney / Getty Images)

Jacobin, 3-9-2020

Traducción de Enrique García – Sin Permiso

Correspondencia de Prensa, 15-9-2020

Este ensayo es una recensión de la nueva edición de Berkeley: The Student Revolt, de Hal Draper, con una introducción de Mario Savio (Haymarket Books 2020).

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A principios del otoño de 1964, un grupo de estudiantes de pregrado y posgrado de la Universidad de California en Berkeley iniciaron una protesta contra la administración del campus en defensa de su derecho a la libertad de expresión. En poco tiempo, la protesta creció hasta involucrar a un gran número de estudiantes apoyados por sectores importantes de profesores y personal; y en diciembre, el movimiento había ganado sus principales reivindicaciones: la posibilidad de realizar actividades políticas en los límites del campus e, incluso más allá, dentro del propio campus.

El movimiento también politizó y radicalizó a cientos de estudiantes, muchos de los cuales se unieron a la lucha en curso del Movimiento por los Derechos Civiles en Oakland, Berkeley y San Francisco, y al movimiento contra la guerra en Vietnam el semestre siguiente.

Nadie estaba mejor preparado para escribir sobre este movimiento que Hal Draper, un bibliotecario en la universidad de cincuenta años, que estuvo en el centro del movimiento del principio al fin, y que desempeñó un papel extremadamente influyente como mentor político de muchos de los dirigentes y activistas estudiantiles involucrados.

Su conocido panfleto «La mente de Clark Kerr», sobre Kerr, presidente de la Universidad de California en ese momento, tuvo un impacto notable en el movimiento, incluso en la crítica del líder del Movimiento por la Libertad de Expresión (FSM) Mario Savio a la visión de Kerr de la la universidad como fábrica productora de conocimiento. Berkeley: The Student Revolt de Draper es una nueva edición de sus escritos sobre la historia del FSM, publicada por primera vez en 1965, poco después del triunfo del movimiento.

El libro es un análisis político, basado en una presentación cuidadosa y metódica de una lucha política, por un autor que enfatiza el equilibrio de fuerzas en constante cambio entre las fuerzas contendientes sobre el terreno. Draper analiza esa dinámica en detalle, desde el momento en que se inicia el movimiento, cuando el poder descansaba en las autoridades del campus respaldadas por enormes intereses económicos y políticos, hasta su fin, cuando el poder se había desplazado a favor de los estudiantes, quienes obtuvieron el apoyo de la gran mayoría de los profesores frente a una administración universitaria y del campus intransigente y políticamente sorda.

La historia de Draper del FSM es un ejemplo de cómo es posible desarrollar un análisis objetivo a partir de un punto de vista político claramente favorable al FSM. Se basa en la visión política del «Socialismo desde abajo», que articuló en su «Las dos almas del socialismo», publicado originalmente como un artículo en 1960, y más tarde como un folleto de amplia distribución, que defiende que son los propios oprimidos y excluidos los que deben emprender directamente la lucha por sus intereses y por su auto-emancipación, en lugar de esperar que luchen por ellos sus gobernantes o aspirantes a salvadores.

Los estudiantes de Berkeley pudieron ganar la batalla por la libertad de expresión gracias a  una protesta sin precedentes y una movilización radical que fue mucho más allá del liberalismo habitual. Los estudiantes rechazaron la extensión de las normas inspiradas en los macartistas de la década de 1950 para estrangular las actividades políticas en el campus, que la administración adoptó bajo la presión de las empresas del área, las autoridades locales y estatales y, finalmente se opusieron a las propias normas. Y el muy democrático movimiento FSM, a través de su creciente militancia, superó las maniobras de la administración para recortar sus concesiones iniciales y sus intentos de dividir el movimiento, sacando partido de la intransigencia y la sordera política de la administración.

Raíces del movimiento por la libertad de expresión

El relato de Draper sobre el FSM comienza con la formación de una coalición de un gran número de organizaciones políticas y sociales del campus que rápidamente se unieron para luchar contra una serie de nuevas restricciones a la actividad política en el campus impuestas por la administración de Berkeley en septiembre de 1964.

Esto, explica Draper, fue parte de la reacción política conservadora ante el alto nivel de participación de los estudiantes en las manifestaciones militantes por los derechos civiles en Berkeley, Oakland y San Francisco, centradas principalmente en el tema de la discriminación laboral contra la gente negra.

A la cabeza de esta reacción se encontraban las fuerzas conservadoras de la comunidad empresarial de Oakland, lideradas por el periódico de derecha Oakland Tribune, cuyo propietario y editor era el exsenador republicano William Knowland, un firme partidario del generalísimo chino Chiang Kai-shek.

Su periódico lideró una campaña contra los «Berkeley Reds» (los Rojos de Berkeley) que estaban perjudicando los intereses de la comunidad empresarial de Oakland, como los restaurantes en la plaza Jack London, la principal atracción turística de Oakland, que eran el objetivo de piquetes para obligarlos a contratar  trabajadores negros.

Estas presiones de la derecha encontraron un fuerte eco en la Junta de Regentes de la universidad, que habían sido designados por el gobernador de California, y que en su mayoría eran empresarios prominentes y partidarios del status quo.

El entonces gobernador de California, Edmund «Pat» Brown (padre del reciente gobernador Jerry Brown) era un liberal partidario de la libertad de expresión siempre que fuera en lugares donde su ejercicio tuviera pocas posibilidades de tener consecuencias prácticas, como en el caso de un discurso que pronunció en defensa del concepto general de la libertad de expresión en la despolitizada Universidad de Santa Clara en 1961. Sin embargo, cuando se enfrentó a la protesta del FSM, el gobernador Brown adoptó una estricta línea de ley y orden.

Siguiendo la estrategia triangular característica de muchos liberales, Brown se acomodó a las fuerzas de la derecha, presentándose como el defensor de la “ley y el orden” por temor a perder el apoyo electoral de la derecha política conservadora. (Al final resultó que su adaptación a la derecha fue en vano y no impidió que perdiera su campaña de reelección ante Ronald Reagan en 1966, quien prometió mano dura contra los manifestantes).

Las autoridades del campus, encabezadas por el canciller conservador de Berkeley Edward Strong y por Clark Kerr, un tecnócrata liberal del establishment, no necesitaron mucha presión para ceder ante las fuerzas conservadoras externas. Mucho antes del otoño de 1964, las autoridades del campus habían establecido limitaciones a la actividad política que hacían casi imposible celebrar una reunión política en el campus, un residuo importante de la influencia macartista en la política de California de los años cincuenta. Como resultado, las organizaciones políticas estudiantiles estaban obligadas a reunirse fuera del campus en espacios alquilados, principalmente en el Stiles Hall del cercano YMCA.Berkeley II

Esta vez, sin embargo, las autoridades del campus decidieron ir mucho más lejos en la limitación de la actividad política aprovechando un tecnicismo legal: el «descubrimiento» de que parte de una acera era en realidad propiedad del campus en vez de la ciudad y, por lo tanto, no podía haber en ella actividades políticas no autorizadas. Es decir, se prohibía a los estudiantes distribuir folletos y poner puestos de libros en la esquina más concurrida del campus de Bancroft Way y Telegraph Avenue.

Inicialmente, la administración del campus adoptó una línea dura, rechazando las reivindicaciones de la naciente coalición del FSM de continuar usando la ahora famosa franja de acera para la difusión de literatura política. Más tarde, obligados por la creciente militancia de los activistas y el apoyo de los estudiantes de posgrado y pregrado que se produjo en respuesta a la prohibición de la administración, las autoridades de la Universidad de California y las de su campus de Berkeley se embarcaron en una serie de negociaciones, haciendo concesiones y luego retirándolas cuando creían que los manifestantes habían perdido fuerzas.

Como señala Draper, las recalcitrantes maniobras de las administraciones del campus y de la universidad fueron en parte influenciadas por la creciente presión de las fuerzas conservadoras externas, pero también por la desmesurada confianza de la administración, basada en la incuestionada suposición de que podría superar las protestas estudiantiles sin mucha dificultad. No es sorprendente que esta confianza en sí misma condujera a respuestas poco sofisticadas y políticamente sordas que socavaron en gran medida la confianza que la administración aún conservaba entre una parte de los estudiantes y profesores.

Sin embargo, aunque el crecimiento del FSM fue impulsado por las maniobras y zig-zags de la administración, que deslegitimaron progresivamente su autoridad, el liderazgo del movimiento jugó un papel clave en la construcción y consolidación del apoyo de los estudiantes y profesores al FSM.

Como muestra Draper, este liderazgo, constituido en su mayor parte por estudiantes de pregrado y posgrado radicales y socialistas con considerable experiencia y formación políticas, pudo mantener una estrategia clara que evitó, por un lado, las tendencias liberales y socialdemócratas entre los estudiantes y profesores que amenazaban con renunciar a los principales objetivos del movimiento, y por otro lado, cualquier ultra-izquierdismo que hubiera desacreditado al movimiento a los ojos de la gran mayoría de sus simpatizantes, que habrían rechazado cualquier provocación innecesaria a las autoridades del campus ajena a sus propios problemas.

Como señala Draper, este liderazgo no solo tuvo que lidiar con las autoridades universitarias, sino también con divisiones internas dentro de sus propias filas de quienes no estaban especialmente preocupados por la reivindicación de la libertad de expresión en sí misma, enfocada principalmente a restablecer los derechos de los estudiantes a distribuir libremente literatura política en la acera en disputa y dentro del propio campus, sino por los medios cada vez más militantes que la dirección del movimiento adoptó para contrarrestar las tácticas arbitrarias y manipuladoras de las autoridades universitarias, medidas que eran defendidas principalmente por los socialistas y radicales que participaban en el FSM .

La más importante de estas posibles divisiones internas, escribe Draper, se planteó a partir de una iniciativa del destacado sociólogo de Berkeley, Seymour Martin Lipset. Junto con los dirigentes de los Jóvenes Demócratas de América y de la Liga de Jóvenes Socialistas, una organización de la derecha socialdemócrata, Lipset organizó una reunión en su casa con Clark Kerr. En esa reunión, Kerr instó a los sectores moderados a separarse del FSM para constituir un grupo con el que las autoridades universitarias pudieran negociar. Habiendo acordado hacerlo a cambio de las concesiones prometidas por Kerr en relación con la libertad de expresión, los moderados abandonaron la reunión convencidos de que Kerr cumpliría sus promesas.

Pero en una segunda reunión al día siguiente con Kerr y el vicepresidente de la Universidad de California, Earl Bolton, y la inclusión de representantes estudiantiles de los conservadores Jóvenes Republicanos, descubrieron con gran desilusión que Kerr no estaba dispuesto a hacer ninguna concesión. Draper cita el comentario indignado de uno de los socialdemócratas presentes después de la reunión: «Quería que nos vendiéramos sin ni siquiera ofrecer nada a cambio» (p. 79). Fue esta maniobra de Kerr, como director de la universidad, la que impulsó a muchas de estas fuerzas moderadas a apoyar las acciones militantes propuestas por la dirección del movimiento, que incluyeron varias manifestaciones masivas, sentadas y la convocatoria de una huelga en diciembre de 1964.

Las divisiones en las filas del movimiento no  desaparecieron, señala Draper. A medida que el movimiento se acercaba a su clímax, cuando su dirección convocó la huelga, algunas personas y grupos de estudiantes se opusieron activamente. No lograron ningún apoyo significativo, incluso entre los estudiantes a los que no les gustaba la idea de ir a la huelga o eran ambivalentes. Como escribe Draper:

“En un conflicto dinámico, no hay simplemente una mayoría y una minoría: la oposición no es un todo homogéneo. Una parte puede ser neutralizada, abandonando su oposición por completo, sin que se pase al lado más activo. Otro sector, aunque permanece en la oposición, puede estar tan corroido por la incertidumbre – tan tácitamente impresionado por el atractivo de la posición a la que se opone formalmente – que su oposición se debilita en la práctica. Así como una fuerza dada ejerce una potencia de palanca proporcional a su distancia del fulcro, una fuerza de combate ejerce una influencia en el conflicto que es proporcional no simplemente a su número sino también a la fuerza de sus convicciones y la firmeza de sus seguidores”. (pp. 131)

Esa fue la correlación de fuerzas que, como Draper describe, terminó moviendo a los profesores, que inicialmente había ocupado una posición intermedia, moderadora, en el conflicto, a apoyar al FSM. Unos doscientos profesores habían apoyado inicialmente el movimiento en otoño, pero en diciembre, ante la masiva huelga estudiantil, el claustro de la facultad adoptó una resolución claramente favorable a las reivindicaciones del movimiento estudiantil con una impresionante votación de 824 contra 115, que apoyaba implícitamente la huelga estudiantil.

Pero Draper señala que, en contraste con un estudiantado cada vez más militante y políticamente radicalizado, la victoria de los simpatizantes del FSM en el claustro fue meramente coyuntural. Es decir, no reflejó una radicalización real del cuerpo docente. Así lo indicaron los resultados de unas elecciones convocadas por el claustro de la facultad para formar un Comité Ejecutivo de Emergencia. Para hacer frente a los “problemas derivados de la crisis actual”, una mayoría de “moderados” que no habían formado parte del grupo de los doscientos terminaron siendo elegidos. (p.152)

Al final, el FSM obtuvo todas sus reivindicaciones más importantes relacionadas con la libertad de expresión, lo que hizo posible que las organizaciones estudiantiles reconocidas se reunieran no solo en el tramo de acera en disputa sino en cualquier lugar del campus, y celebraran eventos políticos de forma gratuita y sujetos solo a limitaciones relativamente mínimas. Además, los activistas graduados del FSM formaron uno de los primeros sindicatos de asistentes de enseñanza e investigación en el país (AFT Local 1570), del cual fui miembro fundador como asistente de investigación graduado en Berkeley.

Y, por primera vez en el campus de Berkeley, una lista compuesta por activistas de pregrado del FSM ganó las elecciones de la Asociación de Estudiantes de la Universidad de California (ASUC) oficial, de la que los estudiantes graduados habían sido excluidos años antes por una administración que consideraba que esta privación de sus derechos permitiría limitar la influencia de la izquierda en la asociación de estudiantes.

Dadas esas victorias y los miles de estudiantes que se involucraron en el movimiento (incluidos unos ochocientos que fueron arrestados en una sentada en Sproul Hall, el edificio de la administración), Hal Draper puede reclamar legítimamente, como lo hace en su libro, que el FSM «fue probablemente el movimiento más poderoso y con más éxito jamás protagonizado por los estudiantes de Estados Unidos en conflicto con la autoridad» (pp. 135–36).

Sus efectos se sintieron incluso después que terminase: la radicalización de cientos de estudiantes y su victoria sobre la administración universitaria, alimentaron el crecimiento y desarrollo del movimiento radical contra la guerra de Vietnam en el Área de la Bahía de San Francisco el siguiente semestre en la primavera de 1965.

El giro hacia el radicalismo en Berkeley

Cuando llegué al campus en el otoño de 1963 para unirme al Departamento de Sociología como estudiante recien graduado, solo había unos doscientos estudiantes militantes activos en todo el campus. Al ser un número relativamente pequeño, llegué a conocer a la mayoría de ellos de vista, cuando no por su nombre, y comencé a participar en los mítines, manifestaciones y reparto de folletos sobre los derechos civiles en la posteriormente disputada acera de la esquina de Bancroft y Telegraph. A fines del otoño de 1964, sin embargo, ya no podía reconocer a la mayoría de ellos: su número probablemente se había multiplicado por diez.

Un proceso similar tuvo lugar en mi propio departamento, donde al comienzo era solo uno de una docena de estudiantes graduados radicales, socialistas y políticamente activos, aunque terminé rodeado por un número significativamente mayor de ellos gracias al FSM y los debates y eventos relacionados con él organizados por el Club de Sociología de los estudiantes graduados durante el otoño de 1964.

También fui testigo de cómo muchos estudiantes moderados de mi departamento, que a principios del semestre se habían resistido y cuestionado activamente las iniciativas y propuestas de los radicales, se radicalizaron también bajo el impacto de los acontecimientos y se pusieron de nuestro lado.

Esta es la razón por la que las interpretaciones contemporáneas del FSM, como el libro de Robert Cohen, The Free Speech Movement, que lo define como un movimiento fundamentalmente liberal, en pos de un objetivo liberal, están equivocadas. Pudiera ser así a principios del semestre del otoño de 1964, cuando comenzó la protesta. Pero a medida que se desarrolló la lucha con las autoridades, cientos de activistas del FSM se radicalizaron al recurrir a acciones cada vez más militantes que iban más allá de los límites de la legalidad del campus.

Esto incluyó la desobediencia civil para resistir a la policía y el cuestionamiento radical de las políticas del campus de Berkeley, de las autoridades universitarias, de los Regentes de la Universidad y de los poderosos intereses empresariales que se opusieron al movimiento estudiantil y a la lucha por los derechos civiles que lo provocó. Tras comenzar como un movimiento compuesto en su mayoría por estudiantes liberales, a fines del semestre de 1964 se había convertido en un movimiento democrático radical que iba mucho más allá de la política y los métodos del liberalismo estadounidense.

Es incuestionable que el movimiento fue liderado desde el principio mayoritariamente por radicales y socialistas que, como Mario Savio, habían adquirido sus dotes políticos en otras luchas, como el Movimiento por los Derechos Civiles, con anterioridad al FSM. En particular, Savio y muchos otros se habían radicalizado hacia poco por sus experiencias en el movimiento Mississippi Freedom Summer, que tuvo lugar durante las vacaciones de verano anteriores al otoño de 1964.

A la cabeza de una federación de grupos muy democrática del FSM, estos experimentados dirigentes, a través de sus numerosos mítines, folletos y discusiones informales en las clases y otras actividades escolares, convencieron y alentaron con exito a los estudiantes a emprender acciones cada vez más radicales.

Como otros estudiosos del FSM, Cohen también subestima el papel clave que jugaron los socialistas de diversas tendencias en el movimiento. A diferencia del resto de los campus estadounidenses, donde los Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS), de tendencia radical, se habían convertido en la organización de izquierda predominante a mediados de los sesenta, la presencia de la izquierda organizada en el campus de Berkeley era predominantemente socialista. El SDS de Berkeley jugó un papel muy secundario en el FSM, y principalmente como una actividad individual de los miembros del SDS, no como grupo organizado.

Tres grupos socialistas formaban la izquierda organizada en Berkeley. El primero, el Club Socialista Independiente (Socialistas Internacionales, o IS después de 1969) bajo el liderazgo ideológico de Hal Draper. Defendían una política revolucionaria socialista de izquierda de «tercer campo», históricamente arraigada en el movimiento trotskista, del que se había apartado casi veinticinco años antes, al defender que la URSS era una nueva forma de sociedad de clases en lugar de que un «estado obrero degenerado», como había sostenido Trotsky.

El segundo grupo socialista era la Alianza de Jóvenes Socialistas (YSA), la organización juvenil del Partido Socialista de los Trabajadores (SWP), trotskista “ortodoxo”. El tercer grupo fue el Club W.E.B. Du Bois con estrechos vínculos con el Partido Comunista de EEUU. Juntos, estos tres grupos tenían aproximadamente un centenar miembros activos entre los estudiantes.

Aunque muchos de ellos eran jóvenes y todavía carecían de experiencia política, estaban organizados y dirigidos por cuadros de gran experiencia política en cada uno de esos grupos. Los dirigentes de estos tres grupos también se convirtieron en líderes del FSM, y se les unieron otros líderes, como Mario Savio, que también eran socialistas aunque no estaban afiliados a ningún grupo. Por lo tanto, el peso político de los líderes del FSM que eran socialistas, organizados o no, fue fundamental a la hora de inyectar militancia, experiencia táctica y astucia al movimiento.

Cohen presta aún menos atención a los numerosos estudiantes, en su mayoría graduados que preparaban sus maestrías y doctorados, que, como Savio, no eran miembros de ninguno de los tres grupos socialistas organizados en el campus, pero que sin embargo eran socialistas con experiencia política. Estos estudiantes eran muy activos en el movimiento y desempeñaron papeles importantes en el FSM como cuadros activistas y organizadores, particularmente en departamentos académicos como sociología, historia y matemáticas, así como en el sindicato local AFT recién fundado y el movimiento contra la guerra que creció enormemente en el campus a partir de la primavera de 1965.

Ellos, junto con muchos de los estudiantes de pregrado y especialmente los de posgrado que pertenecían a los tres grupos socialistas, se habían matriculado deliberadamente en Berkeley por su reputación política, además de académica y la generosa financiación proporcionada por el gobierno estatal y el federal, y por numerosos fundaciones, en un momento en que la educación superior pública estaba en auge en California y en otros lugares. En la década de 1960, la combinación de política radical y socialista, alto nivel académico, abundante apoyo financiero y el excelente clima de Berkeley era difícil de resistir.

Hubo otros factores que contribuyeron a hacer de Berkeley un polo de atracción en la década de 1960. En aquella época, la gran mayoría de los estudiantes de pregrado de Berkeley provenían de California, mientras que los estudiantes de posgrado eran originarios de otras partes de los Estados Unidos y de muchos países extranjeros. La admisión de pregrado estaba reservada a quienes habían obtenido un promedio de B + o superior en la escuela secundaria. Pero, el coste de la matrícula para los estudiantes de pregrado y posgrado era muy baja para aquellos con residencia en California (que los ciudadanos estadounidenses y los inmigrantes con “tarjetas verdes” podían obtener tras vivir un año en el estado). Esto hizo que Berkeley fuera accesible para los estudiantes de pregrado de clase trabajadora y de clase media baja (en ese momento, la mayoría de los estudiantes de posgrado se financiaban a través de becas o ayudas a la enseñanza y la investigación).

Como Berkeley aún no se había gentrificado, la gran mayoría de los estudiantes, tanto de pregrado como de posgrado, vivían a poca distancia del campus, pagaban alquileres relativamente moderados y estaban rodeados de una densa red cooperativista de cafeterías, librerías, restaurantes y residencias. Un par de años más tarde también contaban con un periódico semanal radical, Barb, dirigido principalmente hacia la comunidad universitaria, todo lo cual facilitó enormemente la comunicación y la organización del movimiento estudiantil.

Por ejemplo, yo era parte de un “árbol telefónico” que me informaba de las acciones de emergencia organizadas por el FSM. Como vivía a solo siete cuadras del campus, podía llegar en muy poco tiempo, como miles de otros estudiantes.

Evidentemente, había grandes lagunas en el universo radical de Berkeley. Como ocurría generalmente en la educación superior en California y en el resto de los Estados Unidos, con la excepción de muchos college locales, su composición era casi completamente blanca en su profesorado y estudiantes, con la importante excepción de un número significativo de estudiantes japoneses- estadounidenses que eran hijos de los internados en campamentos durante la Segunda Guerra Mundial, y por lo tanto constituían la tercera generación “Sansei” de ese grupo.

No se conocía de verdad ni el término ni la substancia  de «acción afirmativa», aunque yo era miembro activo del capítulo universitario del Congreso de la Igualdad Racial (CORE) que había comenzado a organizar acciones estudiantiles basadas en esa noción en 1963 y 1964, a formar comités de estudiantes (en los que participé) para visitar las tiendas de Berkeley y Oakland y pedirles que firmasen acuerdos comprometiéndose a contratar a un trabajador negro de cada dos. El entendimiento tácito era que sufrirían la acción de los piquetes si no firmaban o no cumplían su promesa. Por lo tanto, practicábamos la política de «acción afirmativa» (de hecho, de cuotas) incluso antes de conocer el propio término.

Para algunos líderes del FSM, como Michael Rossman, no fue principalmente la política, sino el descontento y la alienación con las prácticas educativas a nivel de pregrado de Berkeley lo que inspiró y alimentó el FSM. La alienación estudiantil de la que hablaba Rossman era real. Gran parte de la educación universitaria en Berkeley, al menos en humanidades y ciencias sociales, adoptaba la forma de largas e impersonales conferencias.

A excepción de algunas estrellas como Carl Schorske en el Departamento de Historia, muchos de los profesores famosos, que eran los imanes que atraían a muchos estudiantes, con frecuencia no estaban disponibles para enseñar y dejaban la enseñanza en manos de miembros desconocidos de la facultad. Además de las clases masivas también había grupos de discusión más pequeños, pero eran responsabilidad de estudiantes graduados que actuaban como asistentes de enseñanza (TA), por lo general solo un poco mayores que los estudiantes universitarios.

Los estudiantes también tenían que lidiar con una administración asfixiante. En ese momento, Berkeley tenía cerca de treinta mil estudiantes, más de mil profesores y un número aún mayor de personal administrativo o de servicio. Todos ellos estaban sometidos a una burocracia relativamente grande, a menudo muy frustrante y difícil de superar. Había que rellenar muchos documentos y los procesos eran tan complicados que a menudo era difícil discernir quién estaba a cargo de qué.

Esta realidad burocrática se prestó a la crítica y el desprecio de los estudiantes, que se expresó con el lema popular “No doblar, girar ni mutilar” [a los estudiantes], que satirizaba las instrucciones que se pedía seguir a los estudiantes a la hora de proorcionar su información personal y académica en tarjetas rectangulares, como requería la tecnología de IBM utilizada entonces para fines administrativos.

Sin embargo, Draper contradice a Rossman citando las conclusiones de dos encuestas realizadas en aquella época por el profesor Robert Somers del Departamento de Sociología. Estas encuestas mostraban que, si bien podía existir un descontento latente con la calidad de la educación que brindaba la universidad, fue la indignación de los estudiantes por haber sido privados de su derecho a la actividad política lo que claramente motivó su participación en el FSM (pp. 179–180).

El FSM y la nueva izquierda

A pesar del importante papel que jugaron los socialistas de distintas tendencias en el FSM, solo una minoría de estudiantes activistas del mismo podrían ser considerados, o se consideraban a sí mismos, socialistas. Pero la dirección del FSM si contaba con una mayor proporción de socialistas. Como Draper describe con precisión, los activistas y líderes no socialistas eran, en su mayor parte, radicales politizados hacía poco en campañas concretas, reacios a relacionar varios temas para adoptar una visión global de la sociedad. Eso es lo que consideraban un enfoque “pragmático” no ideológico.

Para ilustrar este enfoque, Draper cita a un estudiante radical que describe su política como la suma total de las posiciones que había adoptado sobre una serie de cuestiones concretas, como los derechos civiles y la guerra de Vietnam (p.184). En su excelente análisis y debate sobre este nuevo radicalismo, Draper señala que, en vez de rechazar la ideología y la teoría como tales, este radicalismo «pragmático» rechazaba específicamente las «viejas» ideologías y teorías radicales como el comunismo y, en mucho menor medida, la social-democracia. (pp.184–87)

Agrega que esto sucedía como reacción al “fracaso de todas las corrientes pasadas del radicalismo estadounidense a la hora de transformarse en movimientos de masas” (p. 185), particularmente entre los muchos estudiantes radicales nacidos en antiguas familias comunistas. Este es el núcleo de lo que se denominó la «Nueva Izquierda».

Para estos nuevos izquierdistas, rechazar la ideología comunista, sin caer por ello en la rutina del anticomunismo dominante era rechazar la ideología de sus padres, no porque fuera comunista, sino porque era una ideología. Su posicionamiento no ideológico también respondía a su preocupación de que las diferencias ideológicas pudieran afectar a la unidad del movimiento.

Y de hecho, el FSM, que se formó originalmente como una coalición de organizaciones, evitó sacar demasiadas conclusiones generales sobre lo que estaba haciendo, y correspondió a grupos socialistas como el ISC asumir esa tarea. Por otro lado, eso limitó y restringió el desarrollo político del movimiento (en el sentido de relacionarse con otras luchas en curso) y redujo su alcance. Por lo tanto, como Draper resume, «el FSM pudo desempeñar un papel en la acción, pero no ideológico». (p. 186)

Mi experiencia en el FSM influyó en mi desarrollo político mientras vivía y presenciaba la politización y radicalización de los estudiantes, el personal del campus e incluso de algunos profesores a través de sus experiencias en la lucha contra la administración y contra la policía que arrojó sobre nosotros el gobernador demócrata Pat Brown.

Aprendí en la práctica que, a diferencia de los izquierdistas que creen que es más probable que las personas luchen y se rebelen cuando han sido derrotadas y machacadas, ganar – y especialmente ganar a lo grande – empodera a la gente, aumenta sus expectativas y abre su apetito político. La derrota, en cambio, y hubo derrotas temporales en el transcurso de esta lucha, tiende a desmoralizar a la gente, a limitar sus expectativas y las influye a querer conservar lo que tienen en lugar de luchar por su emancipación y a aumentar su poder político.

* Samuel Farber: nació en Marianao, Cuba. Profesor emérito de Ciencia Política en el Brooklyn College, New York. Entre otros muchos libros, recientemente ha publicado The Politics of Che Guevara (Haymarket Books, 2016) y una nueva edición del fundamental libro Before Stalinism. The Rise and Fall of Soviet Democracy (Verso, 1990, 2018).

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