Plusvalía – En el capitalismo no existe eso de un «jornal digno por un trabajo digno». [Hadas Thier]

Jacobin, 7-9-2020

Traducción de Viento Sur

Correspondencia de Prensa, 15-9-2020

El capitalismo moderno se caracteriza por una enorme expansión de la riqueza. La economía de EE UU, cuando va bien, crece a razón de alrededor de un 4 % anual. La economía china, hasta hace poco, crecía nada menos que un 10 % cada año. Y la economía mundial en su conjunto se ha expandido al ritmo de más o menos un 3 % anual desde 1980, según los datos del Banco Mundial. De hecho, si el producto de un país deja de aumentar, entra en recesión. Si las economías de todo el mundo se contraen al mismo tiempo –como estamos viendo actualmente–, el resultado puede ser una depresión mundial.

¿Cómo generan los capitalistas este excedente cada vez mayor? Karl Marx, pese a que escribió hace 150 años, hizo una contribución indispensable al descubrimiento de las leyes internas del capitalismo tras su fachada de equidad. Un punto de partida útil es examinar lo que Marx llamó “la fórmula general del capital”, que podemos resumir con la simple fórmula D-M-D’. Los capitalistas comienzan invirtiendo dinero (D) en la producción de mercancías (M), para después vender estas mercancías en el mercado a fin de obtener más dinero (D’) del que tenían antes.

En la economía de trueque precapitalista, mercancías de valor más o menos equivalente podían cambiar de manos, utilizando el dinero como medio para facilitar el proceso. En cambio, en el circuito del capital el dinero se convierte en el motor del proceso. Los capitalistas no intercambian bienes en aras a un enriquecimiento cualitativo. Steve Jobs no decidió un día que tenía más iPhones y MacBooks que los que necesitaba razonablemente y por tanto podía cambiarlos por algo que no tenía. (¿Qué no tenía Steve Jobs?) Un capitalista invierte con el único fin de acumular más riqueza.

Intercambiar objetos por otros similares y acabar teniendo la misma cantidad de dinero que al comienzo sería, en palabras de Marx, “absurdo y vacuo”. El único propósito del intercambio entre capitalistas es la acumulación de valor excedentario, o plusvalía, que constituye la base de la ganancia capitalista. Como explicó Marx:

“La mera circulación de mercancías [el trueque] –vender para comprar– es un medio para conseguir un fin que se halla fuera de la circulación, a saber, la apropiación de valores de uso [bienes útiles], la satisfacción de necesidades. En cambio, la circulación de dinero en forma de capital es un fin en sí misma, porque la realización del valor solo se produce dentro de este movimiento constantemente renovado. Por consiguiente, el movimiento del capital no tiene límites”.

En las sociedades precapitalistas, la satisfacción de las necesidades, incluidas las más extravagantes, solo podía llegar hasta este punto en el impulso de la expansión de la producción de mercancías. En el capitalismo, por el contrario, el fin de adquirir más dinero poniéndolo en circulación es un propósito inagotable, capaz de provocar un crecimiento continuo. A diferencia de los sistemas mercantilistas que le precedieron, el capitalismo moderno no depende de un proceso de comprar barato y vender caro y del robo que esto suponía. El valor excedentario se genera cuando los capitalistas compran bienes por su valor real y los venden por su valor real. Claro que los capitalistas pueden engañar a otros intervinientes en el proceso, pagando menos por los insumos o sobrecargando el precio del producto final, pero el excedente se genera sin que ocurra esta duplicidad, incluso si el sistema es más honesto y legal.

Más que ser astuto en el mercado, la clave de la obtención de plusvalía reside en un proceso de producción que crea más riqueza que la que había al comienzo. Contrariamente a las explicaciones predominantes, el excedente capitalista no se genera en el ámbito del intercambio, ni mucho menos. Se crea, afirmó Marx, dentro de “la morada oculta de la producción, en cuyo umbral cuelga al aviso ‘Prohibido entrar salvo para los fines de la empresa’. Ahí veremos no solo cómo produce el capital, sino también cómo se produce el propio capital. El secreto de la ganancia debe desvelarse finalmente.”

¿Dónde reside este secreto? Examinemos más de cerca el circuito del capital. El comerciante compraba mercancías que ya habían sido producidas y las vendía a un precio más alto. En cambio, el capitalista no invierte en productos acabados, sino que compra dos clases diferentes de mercancías: 1) medios de producción (MP), y 2) fuerza de trabajo (FT). Los medios de producción son los instrumentos y materiales que se precisan para crear productos (por ejemplo, fábricas, edificios de oficinas, tierras, maquinaria, programas informáticos, ordenadores, etc.). Y la fuerza de trabajo es nuestra capacidad de trabajar.

El capitalista emplea ambos insumos en un proceso de producción (P) que crea un nuevo conjunto de mercancías, cuyo valor es superior al valor conjunto de los insumos originales. El circuito del capital puede ampliarse entonces a una fórmula más precisa: D – M (MP+FT) … P … M’ – D’.

El secreto oculto dentro de este proceso de producción reside en una mercancía especial, la fuerza de trabajo, o capacidad de trabajar. La capacidad de trabajar se ha convertido en mercancía bajo el capitalismo, que el capitalista compra a cambio de un salario. A simple vista, esto parece lógico y normal. Nos despertamos, vamos a trabajar, volvemos a casa con un jornal (o por lo menos con la promesa de que nos lo desembolsarán al final del plazo de pago). Vendemos nuestra capacidad de trabajar, nuestra fuerza de trabajo. Y dado que la venta de nuestra colección de peluches no nos llevará muy lejos a la mayoría de nosotras, si tenemos la suerte de que nos consideren empleables, nuestra fuerza de trabajo es la única mercancía que realmente tenemos para vender.

Pero ¿qué hace que esta mercancía sea especial, y para quién?

Los capitalistas compran la fuerza de trabajo a cambio de un salario. Sin embargo, el valor de este salario y el valor que el trabajo, una vez empleado, produce para los patronos, son dos cosas distintas. La trabajadora percibe una cosa, pero normalmente creará mucho más valor durante su turno que el que le pagan. La clave de este mecanismo para el patrón es un acuerdo por el que tu trabajo se somete a su control durante un espacio de tiempo prefijado, y a ti te pagan por ese tiempo, no por los frutos de tu trabajo. Del mismo modo que una panadera se desprende del pan que ha elaborado una vez lo ha vendido, también la trabajadora se desprende de su fuerza de trabajo una vez la ha vendido. Tan pronto como ficha, las condiciones de su trabajo y los productos del mismo ya no son suyas, sino de su patrón. Marx continúa:

“[El] trabajo pertenece tan poco a quien lo vende [el trabajador] como el valor de uso del petróleo pertenece, después de su venta, al comerciante que lo ha vendido. El dueño del dinero ha pagado el valor de una jornada de fuerza de trabajo; por consiguiente, puede utilizarla durante una jornada, el trabajo de una jornada le pertenece. Por un lado, el sostenimiento diario de la fuerza de trabajo [pagado mediante el salario] solo cuesta la mitad del trabajo de una jornada, mientras que por otro lado la misma fuerza de trabajo puede permanecer efectiva, puede trabajar, durante toda la jornada, y por consiguiente el valor que se crea con su uso durante una jornada entera duplica lo que el capitalista paga por su uso; esta circunstancia es un golpe de buena suerte para el comprador, pero en modo alguno una injusticia para el vendedor.

En otras palabras, el patrón se sale con la suya pagándote apenas la mitad (o cualquier otra fracción) de la jornada para el “sostenimiento diario de la fuerza de trabajo”, mientras aprovecha tu trabajo de toda una jornada entera. Encima, puede proclamar que te paga un jornal digno. El secreto de esto radica en la determinación del valor de la fuerza de trabajo.

Fuerza de trabajo

Marx explicó: “El valor de la fuerza de trabajo viene determinado por el valor de los medios de subsistencia habitualmente requeridos por el trabajador medio”. Es decir, el valor de la fuerza de trabajo, en forma de salario, viene determinado por la cantidad de tiempo de trabajo requerida para mantener viva a la trabajadora, para reproducir diariamente su capacidad y su disposición para ir al trabajo todos los días, y para mantener vivos a sus hijos e hijas, de modo que en su momento puedan sustituirle en la fuerza de trabajo.

Por tanto, el valor de los alimentos, los alquileres, la ropa, la formación y la educación, junto con otras necesidades que la sociedad considera esenciales, determina el valor de la fuerza de trabajo. Si, por ejemplo, las normas sociales atribuyen un promedio de 120 dólares al coste de las necesidades diarias mínimas, esto se reflejaría más o menos en el valor de la fuerza de trabajo, o el jornal que percibe. Por supuesto, 120 dólares al día es un cálculo simplificado y arbitrario del valor de la fuerza de trabajo, útil para destilar el mecanismo básico de esta mercancía especial. En realidad, el coste de la subsistencia y reproducción de la gente trabajadora está determinado social e históricamente. Refleja el coste cambiante de la producción de alimentos o la adquisición de cualificaciones, así como diferencias –derivadas, por ejemplo, de la relación de fuerzas entre las clases– en lo que se considera un requisito de subsistencia socialmente aceptable.

Por estas dos razones, el coste del trabajo difiere, asimismo, entre países o regiones con distintos niveles de productividad y antecedentes de lucha de clases. Por eso las empresas con base en EE UU buscan salarios más bajos en países como China o México, o más cercanamente en los Estados que excluyen la cotización sindical obligatoria dentro de EE UU.

El coste del trabajo también refleja la injusticia de la opresión. En 2019, las mujeres trabajadoras en EE UU todavía cobraban 79 centavos por cada dólar que cobraban los hombres. (O en el caso del equipo de fútbol más preparado y famoso del país, la selección nacional femenina de fútbol de EE UU, cada componente cobra 38 centavos frente al dólar de sus homólogos masculinos, pese a generar mayores ingresos.) Los hombres negros perciben 70 centavos y las mujeres negras, 61 centavos, en comparación con sus homólogos y homólogas blancas. Las mujeres latinas ganan 53 centavos frente al dólar de un hombre blanco. La mejora de la educación no contribuye apenas al cambio de esta proporción para las mujeres o las gentes de color. Los negros, los latinos y las mujeres con cualquier nivel de educación ganan menos que los hombres blancos. Las mujeres de color ocupan el nivel más bajo de la escala. El capitalismo estadounidense se apoya en las mujeres y las gentes de color para nutrir los sectores permanentes de bajos salarios de la fuerza de trabajo.

Las disparidades salariales por motivos raciales y de género se deben al hecho de que lo socialmente determinado no solo depende de la percepción pública de lo que es aceptable, sino que también se basa en instituciones de opresión históricas y sistémicas. La gente de color, en promedio, cuenta con menos patrimonio familiar del que beneficiarse, y por eso sufre desproporcionadamente con la acumulación de deudas contraídas para estudiar en la universidad o alcanzar un grado avanzado. En combinación con la realidad de una escuela pública infrafinanciada, infradotada de recursos y segregada, esto asegura que nunca disfrutará de la igualdad de oportunidades. Después vienen prácticas discriminatorias documentadas desde hace tiempo, que hacen que estas personas sean las últimas en ser empleadas y las primeras en ser despedidas, alcanzando así unas tasas de desempleo más elevadas y convirtiéndose en una fuerza de trabajo desesperada, obligada a aceptar salarios más bajos por el mismo trabajo.

La desigualdad está integrada desde hace tiempo en el tejido fundamental del modelo empresarial estadounidense. Enfrentar a las trabajadoras negras con las trabajadoras blancas con las trabajadoras inmigrantes es una táctica comprobada y particularmente poderosa que emplean los patronos para reducir los salarios. Pero este somero esbozo de lo que sucede ni siquiera ha abordado las numerosas opresiones reales –de inmigrantes, de personas con discapacidad, de homosexuales y personas transgénero, de indígenas, personas mayores, etc.– que desempeñan un papel crucial en el mantenimiento de la rentabilidad del capitalismo estadounidense.

De hecho, cualquier espacio en que los patronos consiguen mantener bajos los salarios de una parte de la fuerza de trabajo no solo asegura una oferta de mano de obra más barata entre la población oprimida, sino también, en palabras de abolicionista Frederick Douglass, divide a unas y otras para conquistar ambas, de manera que presionan a la baja los salarios de todas.

El valor del trabajo también varía entre sectores y cualificaciones. Una razón es el coste de la educación y la formación requeridas para determinados empleos, y otra es la expectativa que tienen los patronos de adquirir una fuerza de trabajo estable. La gente que trabaja en establecimientos de comida rápida, las asistentas sanitarias a domicilio, la mano de obra agrícola y otras trabajadoras precarias perciben sistemáticamente salarios muy inferiores al coste de la vida (y por tanto a su valor real). Los capitalistas cuentan con arreglárselas de esta manera, porque esperan –y de hecho dependen de ello– que la elevada tasa de fluctuación y de desempleo asegure que estos puestos de trabajo se cubran con facilidad. Para los patronos, las trabajadoras de bajos salarios son mercancías fácilmente reemplazables, compradas y empleadas con tanta desenvoltura como la de alguien que adquiere otros insumos baratos.

Los patronos también obtienen un gran descuento cuando compran fuerza de trabajo. Una notable cantidad de trabajos no remunerados contribuyen sobremanera a su reproducción: por ejemplo, los partos y el cuidado de niñas y niños, la preparación de comidas, el lavado de ropa y la limpieza de las viviendas, por señalar tan solo unos pocos. Como ha explicado la feminista marxista Tithi Bhattacharya, “la clase trabajadora no solo trabaja en el lugar de trabajo. Una mujer trabajadora también duerme en su casa, su prole juega en el parque público y acude a la escuela local, y a veces pide a su madre jubilada que le ayude en la cocina. En otras palabras, las principales funciones de reproducción de la clase trabajadora se llevan a cabo fuera del lugar de trabajo”. El trabajo gratuito, realizado sobre todo por mujeres en sus casas, no se incluye en el cálculo del valor de cambio de la fuerza de trabajo. En el ámbito de la reproducción social, la capacidad de las trabajadoras de vivir y trabajar se reproduce y regenera a un coste muy bajo para el sistema.

Trabajo excedentario

Pero aunque nos limitemos estrictamente al trabajo remunerado que se dedica a producir nuestra subsistencia, en justicia solo entregaríamos al patrón la cantidad de tiempo que hace falta para reproducir el valor de nuestra fuerza de trabajo. Digamos que hacen falta cuatro horas para producir bienes por un valor de 120 dólares, el equivalente a tu jornal: podrías irte a casa al cabo de cuatro horas. Claro que si tu jefe te lo permitiera, el valor de sus insumos y sus productos sería el mismo. La fórmula sería D–M–D. ¿De qué le serviría? ¿Por qué no guardarse el dinero con el que comenzó?

Pero no hay justicia. El capitalista te paga según el coste de tu fuerza de trabajo, no según el valor de los bienes que produces. Así, tu salario refleja el valor de tu fuerza de trabajo, pero esta se dedica a producir mercancías de mayor valor. Digamos que trabajas para Starbucks y te pagan 120 dólares por un turno de ocho horas. Sin embargo, probablemente puedes hacer estupendos cafés por valor de 120 dólares en una hora, o tal vez en media hora si hay mucha clientela. Incluso después de restar el coste de los materiales y el desgaste de los aparatos, Starbucks no te paga ni mucho menos el valor que has creado (cientos de dólares al día). Te compran la fuerza de trabajo, no los frutos reales de tu trabajo. Y ese coste se lo restituyes con lo que produces en una hora. El resto de la jornada trabajas básicamente a cambio de nada.

Este trabajo adicional que sacan de nosotras se denomina trabajo excedentario.

Mientras que el trabajo necesario es la parte de la jornada que se requiere para reproducir la fuerza de trabajo, el trabajo excedentario es el trabajo gratuito que beneficia al capitalista durante el resto de la jornada. Así, una vez has hecho cafés por valor de 120 dólares, en vez de quitarte el delantal y marchar a casa, trabajas durante todo tu turno de ocho horas, una hora será el trabajo necesario y siete horas el trabajo excedentario. (Esta proporción de siete a uno está muy simplificada porque no tiene en cuenta la maquinaria y los equipos que hemos mencionado antes, un aspecto que abordo en otra parte de mi libro.) Marx escribió:

“La porción de la jornada de trabajo durante la que tiene lugar esta reproducción la llamo tiempo de trabajo necesario, y el trabajo realizado durante este tiempo, trabajo necesario; necesario para el trabajador, pues es independiente de la forma social particular de su trabajo; necesario para el capital y el mundo capitalista, porque la existencia continuada del trabajador es la base de ese mundo.

Durante el segundo periodo del proceso de trabajo, en el que su trabajo ya no es trabajo necesario, el trabajador expende, en efecto, fuerza de trabajo, trabaja, pero su trabajo ya no es trabajo necesario y no crea valor para sí mismo. Crea valor excedentario, que para el capitalista tiene todos los encantos de algo creado a partir de la nada”.

De este modo, gracias al “encanto de algo creado a partir de la nada”, el capitalismo esconde un proceso de explotación, de apropiación del trabajo excedentario de la clase trabajadora, tras el disfraz de “un jornal digno por un trabajo digno”. La apropiación de los excedentes era una norma visible y evidente de las anteriores sociedades de clases. Sin embargo, al examinar la sociedad capitalista, hemos de penetrar debajo de la apariencia superficial del “trabajo digno” para descubrir la esencia interna de la explotación.

* Hadas Thier es activista socialista neoyorquina y autora de A People’s Guide to Capitalism: An Introduction to Marxist Economics.