Uruguay
La caña nuestra de cada día: el problema de ALUR desde Bella Unión
La supervivencia de Bella Unión depende de la caña de azúcar pero el sistema actual, con el Estado al mando del proceso, está en jaque una vez más. Allí los trabajadores quieren cultivar su propia tierra y los productores piden participación en la empresa. Todos están de acuerdo en algo: defender el sustento.
Mariana Castiñeiras
El País, Montevideo, 25-9-2016 http://www.elpais.com.uy/
Debe haber muchas formas de contar la historia de Bella Unión. (1) Se podría describir a un pueblo tozudo que lucha por lo único que ha sabido darle de comer, a una ciudad subyugada por el autoritarismo de un cultivo ingrato, o hablar del espíritu revolucionario de sus trabajadores, que tienen capítulos guardados en los libros de historia de Uruguay. Se puede hablar de fracasos. Muchos fracasos. Pero hay algo que no se puede dejar de lado, por más que los artiguenses del extremo norte lo hayan intentado. Y eso es la caña de azúcar. (2)
Los supermercados, restaurantes, hoteles, tiendas de ropa, panaderías y free shops que se distribuyen en las 25 cuadras que tiene de largo Bella Unión giran en torno a la caña. La caña atraviesa todo en esta pequeña ciudad. Es la bonanza y la crisis, la comida de los trabajadores y las ganancias de los productores. Se esparce alrededor de los caminos, entre el verde del cultivo y el amarillento de la cosecha, y se ve en las manos negras de los cañeros. Está en las bolsas de azúcar que consume medio país y en el combustible que hace andar los autos. Para los 15.000 habitantes de Bella Unión, el motor es la caña.
Y cada tanto, como en la última polémica que los tuvo por protagonistas, les tiembla el piso. La estructura que sostiene a la única ciudad de Uruguay que vive de la caña amenaza con caerse y es en esos días cuando los bellaunionenses desempolvan su espíritu combativo.
Los peludos
Al curtido líder del sindicato con uno de los trabajos más duros y sufridos del país se le cae una lágrima. En las afueras de la ciudad, donde las cañas arden entre mayo y octubre y los machetazos cortan el aire bajo el sol del mediodía y el rocío de la noche, Sergio Pintado llora.
Se presenta como «un peludo». Lleva la boina hacia el costado, una camisa azul y el gesto serio. Ya es mediodía y el secretario general de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA) termina la jornada. Se va sin sacarse la protección de la canilla izquierda, tal vez por miedo a las cruceras, que ya lo dejaron un mes inconsciente con solo una mordida, o tal vez por cansancio. —¿Qué era ser peludo antes y qué significa ahora?
—Yo le tengo mucho respeto al peludo de hoy, al de ayer y al de siempre. El peludo —suspira—. Pa, el de antes era otra historia.
—¿Qué es ser un peludo?
—Ser peludo es sacrificado —dice, y la respuesta le queda atragantada.
La mezcla de melaza y hollín de los campos quemados cubre el cuerpo de los cortadores sin excepción. Según cuentan los que la sufren, esta combinación deja la ropa tan dura que una vez seca alcanza con un movimiento brusco para rasgarla.
Pintado recorre la senda de tierra que divide los tablones, espacios construidos por líneas de caña paralelas con caminos a los costados, en los que trabajó toda la mañana. Al lado, la coreografía veloz de los cortadores más jóvenes —y arriesgados que se exponen al sol del mediodía— repite el mismo ritmo. Corte, polvareda, golpe de la caña contra el piso. Corte, polvareda, golpe. Cada tanto se adivinan sus pasos en el crujir de la caña desparramada.
La lucha de los cañeros de hoy, cuenta Pintado, está en la raíz de la fundación de UTAA y en la ideología de los que la crearon en 1961. (3) Entre ellos, el proyecto del líder sindical y más tarde guerrillero, Raúl Sendic. «Era más amplio. Era hacer cooperativas sociales y que la ganancia quedara en el peludo, que la sufre», dice Pintado.
Los peludos quieren una reforma agraria que les permita salir de la zafralidad. Trabajar cinco meses y sobrevivir 12 no es negocio ni vida y muchos tienen que salir a cazar mulitas o incluso robar para sobrevivir, cuenta Pintado.
El último eslabón de la cadena quiere ser el primero. Y es ocupando tierras del Estado y a través de negociaciones con el gobierno que han conseguido varias hectáreas en las que hoy funcionan diferentes proyectos. Hay chacras con quintas, chancherías y cría de aves donde hoy trabajan y cultivan cañeros entre los que hay madres solteras con hijos. Porque también hay mujeres cañeras.
María Julia França tiene 36 años y empezó a trabajar a los 15, cuando tuvo a su primera hija y le pagaban seis pesos por hora. Ahora tiene tres y cobra más en su rol de fiscalizadora. Su tarea es comprobar que no haya incumplimientos en seguridad y derechos de los trabajadores. Sin embargo, cuenta que es la única mujer trabajadora de Alcoholes del Uruguay (ALUR) que no está contratada directamente en la plantilla. Si mañana la despiden, dice, se va solo con la liquidación.
Papa, cebolla, morrón, tomate, zanahoria, boniato, chaucha, frutilla y caña: França pasó por todos. Ha abonado, echado herbicida, cosechado, sembrado e incluso tiene libreta de maquinaria agrícola, pero no le han dado oportunidades, dice, porque el campo se entiende como «lugar de hombres». Dice también que para la mujer es difícil competir en fuerza y que eso lleva a resistir más de lo que el cuerpo da para rendir lo mismo. En estos años supo de abusos, injusticias y de violencia. Lo cuenta y su labio inferior empieza a temblar.
—Al principio hubo muchos abusos. Yo los vi y los pasé. De parte de capataces, de patrones. Años atrás era más brava la cosa. De a poco los tiempos van cambiando. Yo era una gurisa, también. Hoy tenemos más coraje.
—¿Qué pasaba?
—Chantajes. Llamás la atención. Si hacés tal cosa te aumento las horas, si estás te pongo más metros.
—¿Si estás…?
—Sexual. Ahí es donde va el valor que tengas de decir que no. Y después te castigan con los peores trabajos. ¿Sabés lo que es estar carpiendo al sol al mediodía? Yo siempre fui muy porfiada, me aguantaba los lugares a los que me mandaban. Cuando ven que no hay como doblegarte te empiezan a respetar.
—¿Y cuando el cuerpo dice que ya está?
—Te tomás unas cuantas pastillas. Perifar 600, Actron y cuando estás en los días, doble pastilla.
Lo que le dejaron los años de campo es un desgarro en un músculo, cerca de la columna, que se tiene que operar. La cirugía implica recuperación y eso significa dejar de trabajar y es un lujo que no se puede dar. Mucho menos tomarse tiempo para cuidar a sus hijos o acompañarlos cuando se enferman, un reclamo que las mayores le hacen con frecuencia. Los hijos chicos de França ya saben prepararse el café desde los tres años.
Los salpicados
En la sede de la Asociación de Plantadores de Caña de Azúcar Norte Uruguayo (Apcanu) hay un mapa de Bella Unión en el que no hay calles ni comercios marcados. La tierra está fraccionada por colores, cada uno con el nombre de su propietario. Los cinco representantes de este gremio, conformado hace más de medio siglo, discuten, levantan la mano para hablar y se ríen de su propio ímpetu pasional. Negocian sobre fechas o la cantidad de productores que hay en Bella Unión y finalmente, con calculadora en mano, se ponen de acuerdo: son 250.
Este año fue difícil. Si bien creen que el cambio climático ha favorecido el cultivo de la caña al norte del país, aclaran que este año no escapó a los problemas que ha tenido el agro. También creen que el sector tuvo los suyos propios y, a su juicio, todos tienen que ver con la gestión de ALUR.
«En 2008 ALUR incentivaba a que se plantara caña, a que hubiera pequeños productores», dice Juan Ignacio Ferreira, secretario de Apcanu. Sin embargo, desde que en 2012 se aplicaron una serie de cambios en la forma de producción, los que salen beneficiados según este gremio son los más grandes.
«Antes, los chicos tenían la posibilidad de ir cortando su caña. Si tenía 15 hectáreas, iba con tres obreros y me cargaba yo mismo mi propia caña. A mano o con grapo, zorra y tractor. Esa era la cosecha artesanal», explica Ricardo Ferreira, vocal del gremio. «Al tercerizarla, ahora viene un grupo con 40 o 50 obreros (contratados por ALUR, cortan todo de golpe y ahí la caña pasa 15 o 10 días sin que la lleven y tiene una pérdida enorme de rendimiento. Los grandes productores tienen su propio camión y grapo y se defienden de otra forma». Con lo que el productor chico se ahorraba de flete y de carga, tenía ganancia.
Los productores advierten que «en Bella Unión no hay ricos». ALUR es para la ciudad un proyecto social. Su quiebra o cierre podría ser fatal. Así lo describe el productor Luis Raymon: «No hay vuelta, si el día de mañana nos falta la caña no podemos decir que vamos a desaparecer pero que muchos vamos a tener que irnos de Bella Unión, sí, es verdad». Esto sin mencionar a los más de 1.400 cortadores de caña, trabajadores de planta, transportistas y una larga cadena de personas que dependen de la caña.
Para proyecto social, ALUR tiene una falla inexcusable: algunos de sus trabajadores apenas llegan a cobrar $ 12.000 por mes y un gerente superó los $ 300.000. Ahí es donde las estructuras de Bella Unión volvieron a temblar. (ver nota de Rosello más abajo)
Los productores sienten que los escándalos de la estatal los salpican a pesar de que no tienen vínculo con las decisiones que se toman desde la capital o las oficinas. Si bien para ellos ALUR fue una salvación en un momento donde las opciones eran fundirse o cerrar la producción y lo agradecen y defienden con uñas y dientes, tienen muchas críticas para hacerle a la empresa estatal. Creen que se mete en sus campos y los deja atados a sus tiempos y criterios, que consideran mal gestionados. Quieren recuperar parte del control que tenían antes de que se creara ALUR, convertida en estatal en 2006. Porque a pesar de que en manos de productores ya se han fundido, ellos creen que pueden hacerlo mejor.
Si hay una promesa que todos en Bella Unión conocen, es la que hizo el presidente Tabaré Vázquez en su primer mandato. Aseguró que se iba a llegar a las 12 mil hectáreas cultivadas. Hoy, según cálculos de los productores, están en 7.400.
Más hectáreas es más trabajo. Menos hectáreas significan más productores cubriendo la zafra y, como consecuencia, una zafra más corta.
El presidente de Apcanu, Samir Mustafa, es el único silencioso del grupo, pero interviene, tajante, para resaltar un punto: «Hoy no podemos crecer ni una hectárea mas». Mustafa es uno de los productores con más cantidad de hectáreas en su propiedad. Según explica, desde ALUR responden que la producción de la planta está a tope y que no hay capacidad para más. «Pensamos que se puede, porque en otro momento hubo 10 mil hectáreas. Hoy no llegamos a las 8.500 que teníamos hace tres años».
Patrones y empleados
Pintado se toma una pausa para recuperarse del sobresalto. Mira al horizonte por unos minutos en silencio y cuando puede recuperar la voz enumera a los compañeros torturados en dictadura, la desnutrición, el hambre y la pobreza de la crisis del 2002.
—Los cañeros de antes. Ellos eran líderes y pasaron a ser rehenes. Esos viejos no se comen ninguna. Eran revolucionarios, muy diferentes a lo que puede ver uno en una película. Eran revolucionarios del pueblo, de salir, meterse en una estancia y tener que hacer un destrozo para darle de comer a la gente. Eso eran ellos. Son personas justas, que pelearon por el obrero. Lo que tenemos ganado hoy en los salarios con los convenios ha sido lucha del sindicato, pero costó muchísimo.
Un trabajador destajista que se esfuerce puede llegar a ganar unos 19 mil pesos por mes. Eso, soportando el hollín de la caña quemada que se le mete en los pulmones, el calor, la piel curtida por el sol, el peligro de las cruceras y yararás que habitan los campos y la espalda rota. Un trabajador que empiece de adolescente fácilmente verá las secuelas del trabajo para los 30, dice Pintado.
—Es un trabajo insalubre. ¿Qué más se tiene que demostrar para que se logre entender eso? Acá inhalás productos tóxicos. Porque esto no es natural, esto está inyectado hasta las manijas.
La salud laboral es uno de los reclamos más fuertes del sindicato para el próximo convenio. Otra de las luchas.
—¿Y qué es ser un peludo, entonces?
—Primero que nada, para nosotros el peludo es el respeto. Hoy tenemos veteranos que no se han podido jubilar y siguen cortando con 65 años. Si bien podrá ser un trabajo de mierda, bastante feo, para nosotros es un orgullo ser peludos. Porque nos ganamos la plata honradamente. Parte de ahí, de la honra. El peludo es trabajador.
A Ruben Ariel Machado Gamarra le dicen Quique. Es dueño de su propio campo, pero no siempre fue así. Lo que tiene lo consiguió con lo que llama la «lucha pacífica» por su «pedazo de tierra». Las negociaciones con Ancap, el Instituto de Colonización, el Ministerio de Ganadería y otras instituciones llevaron más de dos años pero dieron frutos. Hoy son tres los excañeros que controlan un total de 44 hectáreas.
No es fácil pasar de asalariado a productor, pero Machado recibe asesoramiento de técnicos de ALUR, a los que describe como «buenísimos», y tuvo ayuda de trabajadores sociales del Ministerio de Desarrollo. «Nosotros cuidamos lo que tenemos porque nos costó», dice. Llegó a hacer hasta 10 viajes por año con otra decena de integrantes de UTAA para negociar. «Imaginate salir un lunes y volver un viernes de Montevideo, dormir en carpa o en el cordón. Como indigentes, pero a la vez no éramos indigentes».
Machado estuvo de los dos lados del mostrador. Fue peludo y es patrón. El problema, cree, está en la gerencia. «ALUR es una industria. Los cañeros somos nosotros. Nos vino a sacar el lugar, a decirnos cómo se planta. Nosotros nacimos acá, en el medio de las cañas». En eso coinciden peludos, patrones y los que están en el medio. Ni en manos del Estado ni en manos de los productores el negocio ha prosperado en las últimas décadas. Pero cuando los campos corren riesgo y la caña amenaza con desaparecer, las distancias se desdibujan, las diferencias partidarias se borran por un tiempo y los que hablan son bellaunionenses, todos defendiendo lo que les tocó.
Notas de Correspondencia de Prensa
1) Ciudad en el norteño departamento de Artigas, fronterizo con Brasil, a más de 600 kilómetros de Montevideo, una de las zonas más pobres del país.
2) Hay una excelente interpretación “en perspectiva socio-histórica” del proceso de “implantación del modelo productivo de la caña de azúcar” en la zona de Bella Unión. El acceso a la tierra en cuestión: Dependencia y autonomía en la Colonia Raúl Sendíc Antonaccio en Bella Unión, coordinado por Marta Chiappe Hernández y Nancy Espasandín Di Santo, con artículos de varios autores, Letrañe, Montevideo, 2014.
3) Sobre el origen, la historia y las luchas sindicales del proletariado rural, existen dos rigurosos libros: Por la tierra y por la libertad. Trabajadores Rurales y proceso revolucionario: UTAA y el MNLT (Movimiento Nacional de Lucha por la Tierra, de Ruben Prieto, Editorial Nordan-Comunidad, Montevideo, 1986; y Los olvidados de la Tierra. Vida, organización y luchas de los sindicatos rurales, de Yamandú González Sierra, Fesur/Ciedur/Nordan, Montevideo, 1994.
Cholo González
El cañero que fue amigo de Raúl (“el Bebe”) Sendic
Era 2003. Había pobreza, crisis, hambre y niños que morían de desnutrición. Quedaban unas pocas miles de hectáreas cultivadas con caña de azúcar en Bella Unión y sus dueños eran considerados «los heroicos». Gente sin trabajo, protestas, inestabilidad y un sindicato debatiendo sobre qué hacer.
«Va a venir cualquier loco y se va a meter al frente de una gran movilización acá y yo no quiero chupar rueda», recuerda haber dicho Walter González, conocido en Bella Unión como Cholo. A los 74 años ya no es cortador de caña, pero fue uno de los tantos trabajadores que participaron de la génesis de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA), en 1961.
Y en 2003, cuando el proyecto productivo parecía venirse abajo, Cholo buscó alianzas donde pudo para intervenir en las decisiones del sindicato. Cholo creía que los trabajadores tenían que movilizarse, «ponerse la camiseta». Pero en el sindicato la discusión ardía y «no llegaba a ninguna parte».
Con picardía, y con su esposa María Elena Curbelo ayudándolo a recordar, Cholo reconstruye cómo tres personas lograron movilizar a toda Bella Unión. Dice que en la asamblea nadie escuchaba su propuesta y por eso decidió llamar a un productor conocido, de la zona, férreo defensor de la caña de azúcar, Yaneco Soria.
Después de discutirlo, el productor, el peludo y su esposa decidieron que iban a convocar a un caceroleo con apagón a las nueve de la noche. Con un parlante arriba de la camioneta de Yaneco, salieron a recorrer las calles de la ciudad. «No era como ahora, que ves las camionetas que tienen. Antes el Yaneco Soria tenía una brasileña, a diesel porque era más barato. Echaba humo por todos lados y no la podía terminar de pagar», dice. Pero a la hora de preparar el aviso quedaba una interrogante por resolver. ¿Quién convocaba? Lo resolvieron fácil. «Productores (era él), trabajadores (era yo) y amas de casa (María Elena)», explica Cholo.
«¿Y vos podés creer que hubo un apagón? ¡Apagó todo el mundo!», narra Cholo, cada vez más entusiasmado por evocar la memoria. Pero la movilización no quedó ahí. Cholo cuenta que la gente salió a la calle y el resultado fue que se terminara la asamblea y salieran todos a la calle a protestar.
«Estaban las condiciones, lo único que hicimos fue prender la mechita», aclara María Elena.
Esta historia, que pasa casi como una anécdota, resume el espíritu de Bella Unión. «Cuando la cosa es general, ahí estamos todos juntos», dice Cholo, que enseguida matiza: «Pero hasta por ahí».
El cañero de Bella Unión —así lo bautizó la periodista María Esther Gilio en el libro (1) que escribió sobre su historia— tiene muy claros sus orígenes. «Era un paisanito que empezaba a cortar caña, tenía hasta tercer año de escuela», se describe allí.
Hasta que conoció a uno de los actores claves para el movimiento de los cañeros, el líder sindicalista Raúl Sendic.
«Lo conocí a él y me abrió los ojos». Cholo dice que lo ayudó a ver los problemas que vivían los trabajadores, que no eran pocos. «Por lo menos salí de la ignorancia que vivía en el pueblito y pasé a ser una persona solidaria, un luchador».
A principios de los años 60 el sistema bajo el que trabajaban los cañeros era casi feudal. Cholo cuenta que las familias vivían en pequeñas casas de paja. «Acá había una empresa norteamericana que era Cainsa y otra cooperativa de productores, Calpica. Tenían cantina en su propio establecimiento y los productores trabajaban pero les pagaban con bonos canjeables solo en la cantina del patrón».
Cholo participó de las marchas sindicales de la década de 1960 y llegó al año 1968, el «de la desilusión», con la idea de que la vía democrática no iba a solucionar la situación. Así fue que se unió al Movimiento de Liberación Nacional (MLN) y estuvo preso en dos ocasiones. La primera terminó rápido, con la fuga de la cárcel de Punta Carretas, y la segunda le costó una década de su vida. Hoy, Cholo aclara que no es jubilado. Cobra lo que le corresponde como reparación por los años de cárcel.
Aunque retirado del trabajo, nunca está al margen y considera que la creación de ALUR fue la salvación de Bella Unión pero que debería haber incluido a productores y trabajadores en la toma de decisiones. Si bien reconoce que la situación de ahora es mejor que antes para los peludos, hay algo de lo que no escapan, y es la zafralidad. «Cuando trabajan en la caña tienen su cable, su televisión y su autito. Termina la zafra y empiezan a vender todo para comer».
Nota de Correspondencia de Prensa
1) El Cholo González, un cañero de Bella Unión, María Esther Gillio, Trilce, Montevideo, 2004.
Una empresa perdida
Plata dulce: el negocio de ALUR
La existencia de ALUR supuso un salvavidas para la castigada población de Bella Unión, sin embargo a una década de su creación sigue siendo cuestionada. El reciente despido de su gerente general evidenció un cuadro financiero por demás complicado, según reconoce Ancap.
Renzo Rosello
El País, Montevideo, 25-9-2016
Es uno de los proyectos más ambiciosos del gobierno. Pero en los últimos días se habló de ALUR (acrónimo de Alcoholes del Uruguay S.A.) al publicitarse los elevados sueldos de sus gerentes y, en particular, de su gerente general, el ingeniero Manuel González, intempestivamente despedido por la dirección de Ancap (Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Pórtland, empresa petrolera estatal) accionista mayoritario y «dueño» del mayor complejo agroindustrial y energético del país.
En realidad, las críticas hacia el emprendimiento industrial vienen de mucho antes. Su suerte ha estado atada a la cuestionada gestión de Ancap y al cúmulo de denuncias hechas por los cuatro partidos de la oposición que ahora dirime la Justicia de Crimen Organizado. De hecho, algunos críticos y denunciantes como el senador Pablo Mieres (Partido Independiente) están convencidos, al igual que otros dirigentes opositores, de que el sostenimiento de esta empresa paga en realidad una vieja deuda política «que no tiene una debida contrapartida empresarial».
El sueldo del exgerente general ahora despedido —que fuera designado por Raúl Sendic durante la presidencia del grupo Ancap— es ahora una anécdota. Este hecho se produjo en medio de una crispada negociación salarial con los trabajadores representados en el Sindicato de Obreros de la Caña de Azúcar (SOCA), que reclaman una pauta de ajustes similar a la que poseían en tiempos de la antigua cooperativa Calnu, que en 2006 absorbió la recién creada ALUR.
Pero más allá de las cifras cuestionadas de los salarios gerenciales, la propia historia de ALUR parece entrampada en sus propias contradicciones.
Corazón cañero
Los dominios de ALUR se levantan sobre cuatro plantas de producción. Una de las principales era la de Bella Unión, el mayor complejo agroindustrial. Pero la pujante producción de la planta de bioetanol de Paysandú comienza a hacer a un lado a la antigua planta alimentada por la zona cañera de Bella Unión.
Esta perspectiva empieza a ser vista con preocupación por los productores de caña afincados en Bella Unión. O al menos así lo cree uno de los productores más veteranos de la zona, que presidiera tanto la antigua cooperativa Calnu, como la dedicada a la producción de hortalizas Calagua.
Daniel Moraes (69) se encuentra hoy retirado, se define a sí mismo como un «jubilado rural». Pero continúa preocupado por los destinos de la zona donde ha vivido y trabajado toda su vida.
«Estuve siempre preocupado por el desarrollo de Bella Unión, siempre me desveló el proyecto de tener una fábrica procesadora de caña de azúcar hasta que finalmente lo logramos. Me uní a la cooperativa en 1972 y la presidí hasta 1996, con un intermedio entre 1976 y 1988 que fui proscrito por la dictadura», contó Moraes a El País.
Moraes recuerda que cuando regresó al país en 1988 el complejo Calnu tenía plantadas 10.000 hectáreas y producía caña de azúcar exclusivamente para la producción de azúcar. Según las cifras que maneja la propia empresa, actualmente hay 8.500 hectáreas plantadas. «Lo cual significa que todavía no hemos llegado a la cantidad que teníamos en el 88, cuando al entrar ALUR en el negocio se planteó tener hasta 12.000 hectáreas plantadas», razona Moraes.
El productor reconoce que los problemas económicos de la cooperativa eran serios, de ahí que la operación de «salvataje» que inició el gobierno en 2006 fue para Bella Unión como la lluvia después de una prolongada sequía.
«En su momento el sistema cooperativo tenía la producción, industrialización y comercialización de unas 60.000 toneladas anuales de azúcar», recuerda Moraes.
La producción ha cambiado su tenor en forma sustantiva. Actualmente el grueso de la misma, alrededor de un 85%, se destina a la generación de biocombustible y el 15% restante se destina a la producción de azúcar.
En opinión de Moraes el complejo de Bella Unión perdió competitividad frente a la planta instalada en Paysandú. «En Bella Unión, con la planta de ALUR, teníamos capacidad para abastecer al 100 por ciento de la demanda de Ancap en biocombustibles. Pero con la instalación de la planta de sorgo y colza en Paysandú quedamos fuera de competición, ya que allá llegaron al doble de capacidad que nosotros y un costo más barato que nosotros», sostuvo Moraes.
La producción de ambas plantas es íntegramente comprada por el grupo Ancap, pero a un costo que sus críticos sostienen implican severas pérdidas para el Estado uruguayo.
«Creo que el tema va por los cambios en la gestión de las cosas. Porque el poder no es autogestionario como era antes en Bella Unión, lo hacía la gente que trabajaba acá y decidía por el destino de Bella Unión. Ahora han venido a mandar con otras ideas, las decisiones salen de algún escritorio en la capital y, no hay caso, en Montevideo por ahí no tienen mucha idea de cómo son las cosas acá», según el análisis de Moraes.
El productor comienza a ver signos alarmantes en la zona. «Volvemos a tener desocupación, hay varias empresas que cerraron, bodegas que dejaron de trabajar, estamos perdiendo fuentes de trabajo. Y pasó lo peor que podía pasar, quedó solo otra vez el monocultivo de caña de azúcar, que es lo contrario a lo que queríamos para Bella Unión», advirtió.
Informe crítico
«El problema principal está en la definición básica de la relación entre Ancap y ALUR. Se trata de una relación simbiótica en la que Ancap es simultáneamente el sustento único de ALUR y la sostiene de manera incondicional subsidiándola en forma permanente. El único detalle es que esta decisión implica la aplicación de recursos públicos para sostener a una empresa de derecho privado, cuyo subsidio nunca fue objeto de una decisión pública expresa».
Esto plantea en uno de sus párrafos el capítulo dedicado a ALUR del informe realizado por el senador Mieres, como corolario a las tareas de la comisión investigadora del Senado.
La visión crítica sobre el funcionamiento de la empresa y los subsidios que esta recibe para su actividad íntegra son compartidos por los legisladores del Partido Nacional, del Partido Colorado y de la Unión Popular. Uno de los puntos más cuestionados es la construcción de la planta de bioetanol de Paysandú.
ALUR posee dos plantas en Montevideo, en Capurro y Paso de la Arena, destinadas a la producción de biodiesel. A ellas se suman el complejo agroindustrial de Bella Unión, y una microdestilería ubicada en Artigas.
Pero la planta sanducera ha recogido innumerables observaciones desde su arranque debido al trámite poco claro que siguió la licitación. La construcción de la misma tuvo un costo más de dos veces superior al previsto originalmente por parte de la constructora española Abengoa —pasó de los US$ 82 millones iniciales a los US$ 147 millones finales—, compañía que por otra parte se ha visto envuelta en un sonado escándalo de corrupción en su propio país.
ALUR representa, aún a la luz del balance parcial que presentó el gobierno hace unos días, un problema «a revisar». Una empresa subsidiada que no está dando ganancias a 10 años de su creación.
«El gran tema es si queremos subsidiar una zona del país, o una determinada actividad, entonces hagámoslo de manera abierta y transparente, no vendamos el verso de la gran producción nacional que no existe», reclamó el senador Mieres.
De la caña de azúcar a los combustibles ecológicos
Alcoholes del Uruguay (ALUR) inició sus operaciones en 2006. Originalmente el 91% del paquete accionario pertenecía al grupo Ancap y el 9% restante a la petrolera venezolana Pdvsa. La conformación accionaria cambió ligeramente en favor de Ancap en los últimos tiempos. Partió de la adquisición del antiguo ingenio azucarero de Calnu en Bella Unión y tiene dos plantas en Montevideo y una más moderna en Paysandú. Su producción se dedica al biodiesel, bioetanol, alimento animal, energía y azúcar. Según cifras que maneja la propia empresa, su facturación pasó de US$ 26 millones en 2009 a US$ 250 millones en 2015. La totalidad de la producción de ALUR es comprada por Ancap, que además paga sus deudas.