Rafah, 4-3-2024. Un hombre arma cigarrillos para venderlos. Mohammed ABED / AFP
Orient XXI, 31-7-2024
Traducción de Correspondencia de Prensa, 6-8-2024
Rami Abou Jamous escribe su diario para Orient XXI. El fundador de GazaPress, una agencia que prestaba ayuda y servicios de traducción a periodistas occidentales, se vio obligado a abandonar su apartamento en la ciudad de Gaza en octubre con su esposa Sabah, los hijos de ésta y su hijo Walid, de dos años y medio, bajo la presión del ejército israelí. Desde que se refugiaron en Rafah, Rami y su familia tuvieron que retomar el camino del exilio interior, atrapados como tantas familias en este enclave de miseria y hacinamiento. Este espacio (Journal de bord de Gaza, en Orient XXI) le está dedicado desde el 28-2-2024.
Lunes 29 de julio de 2024
Para llegar a la Casa de la Prensa de la Franja de Gaza, que acaba de reabrir sus puertas, paso todos los días por el «gran mercado» de Deir El-Balah, instalado a ambos lados de la carretera. Es un mercado de guerra y escasez. La mayoría de los artículos a la venta son zapatos viejos, chancletas de segunda mano, ropa usada revendida por sus dueños o encontrada aquí y allá… Cualquiera puede venir y vender su mercadería. Hay lugares como éste por toda la Franja de Gaza, pero como la mayoría de los desplazados se hacinan en la cercana zona de Al-Mawassi, Deir El-Balah se ha convertido en el mercado más grande.
Para llegar a este mercado, paso por la pequeña rotonda de Al-Madfaa. Luego tomo una pequeña carretera en la que se ven coches estacionados al lado de una mezquita. Son coches recientes, modelos de los años 2020 como hay pocos en la Franja de Gaza. Los más grandes valen unos 100.000 dólares (unos 92.000 euros). En cada vehículo hay un hombre sentado en el maletero abierto. Junto a él hay una bolsa y una balanza de precisión, de las que suelen utilizarse para pesar oro. Y una Kalashnikov. El conductor también está armado.
Un tráfico organizado por dos grandes familias
Ya les he hablado de la «guerra de los cigarrillos» llevada a cabo por los israelíes, que prohíben la importación de cigarrillos a la Franja de Gaza. Esto ha dado lugar a un fenómeno que se puede calificar de mafioso. Estos hombres venden cigarrillos de tabaco puro, introducido de contrabando desde Cisjordania o Israel. Los cigarrillos son pesados con una precisión de un gramo utilizando pequeñas balanzas. Según la calidad, un gramo puede venderse entre 30 y 70 shekels (o sea, entre 7,5 y 17,5 euros el gramo).
Gracias a un amigo beduino que conoce estos círculos, pude reconstruir el sistema. Comienza con la coordinación entre un gazatí y un palestino de Cisjordania, de Hebrón, por ejemplo, o un israelí. Introducen el tabaco en la Franja de Gaza ocultándolo en los camiones de los importadores del sector privado. Del lado israelí, un traficante se entera de que mañana, un camión cargado de tomates está autorizado a pasar por la terminal de Kerem Shalom, en el sur, la única actualmente en funcionamiento. Oculta el tabaco en los palés. En la terminal, descargan los palés del camión israelí y los cargan en un camión palestino. A veces el importador palestino está al corriente porque forma parte de la operación, otras veces no sabe que el tabaco ha sido escondido en la mercadería que transporta.
En el lado palestino, un grupo armado espera el camión. Sus hombres tienen autorización del ejército israelí para tomar posición en la rotonda de Al-Shouka, cerca de la terminal, un lugar al que normalmente no se le permite el acceso a nadie. Si el importador palestino está al corriente, los hombres armados escoltan el camión. Si no, detienen el camión, descargan los palés, sacan el tabaco donde saben que lo van a encontrar y vuelven a colocar los tomates en su lugar. El contrabando lo organizan dos grandes familias cuyos nombres no puedo mencionar: una familia beduina de Deir El-Balah y otra de Khan Younis.
El tabaco de contrabando se vende tal cual, porque se considera de buena calidad. Pero las familias que controlan el tráfico han empezado también a cultivar tabaco en sus propias tierras. Y para que se venda mejor, añaden ingredientes que en realidad son tóxicos. Por ejemplo, añaden Confidor, un conocido insecticida que raspa un poco la garganta; pero eso es lo que les gusta a los fumadores, para ellos es lo que lo convierte en un «auténtico cigarrillo». Otros añaden anestésicos, a menudo robados de las clínicas. Los cigarrillos dan una impresión de bienestar, de estar «un poco como en otra parte».
Israel prohíbe la importación de fósforos y encendedores
Para hacer un cigarrillo, hace falta papel. Antes, a nuestros padres y abuelos, que armaban sus propios cigarrillos, les gustaba la marca Ottoman, que se había convertido en un nombre común, como Kleenex para los pañuelos de papel. Pero el papel Ottoman cuesta ahora demasiado caro. Así que, como con tantas otras cosas, recurrieron a la inventiva. Los fumadores descubrieron que podían utilizar el papel empleado por las imprentas para imprimir diseños en una camiseta o en una taza.
Como este papel contiene carbón, arde bien y no es necesario volver a encender el cigarrillo, como ocurre con los otros papeles utilizados. Es una gran ventaja, porque las cerillas y los encendedores, cuya importación está prohibida por los israelíes, son escasos y caros. El resultado, por supuesto, es que el precio de este papel de imprenta también ha subido.
Otros fumadores fabrican pipas rudimentarias con un trozo de bambú, en cuyo centro perforan un agujero para sujetar un cigarrillo. O recogen colillas. Los responsables de este negocio contratan a niños para que las recojan en los lugares donde se concentran los fumadores, como al lado de un café, o en las rotondas donde se puede conseguir una conexión a Internet.
Al final del día, cada niño recoge entre 10 y 40 gramos de tabaco, lo que supone una buena suma, ya que un gramo puede valer una media de 30 shekels (7,5 euros). Un traficante encontró otro recurso: un hombre que hace la limpieza en unas instalaciones de las Naciones Unidas. Este empleado ha conseguido que le permitan vaciar todos los ceniceros de los empleados expatriados, a los que se les permite traer sus propios cigarrillos. Como son fumadores de lujo, no fuman los cigarrillos hasta el final como los gazatíes y dejan grandes colillas. Por eso, el comerciante le paga al limpiador 100 shekels (25 euros) al día, porque las colillas valen oro.
Agravar el caos de seguridad en Gaza
Los israelíes están al tanto de este tráfico. Si yo he podido conseguir esta información, no cabe duda de que los israelíes también lo saben. Pero hacen la vista gorda. Mis fuentes dicen que los traficantes pagan grandes sumas a ciertos miembros de los servicios de seguridad israelíes o del ejército. No sería la primera vez en la historia de la ocupación de Palestina. Pero la corrupción no es el único problema. Si los israelíes permiten que esto ocurra, es también con el objetivo de agravar el caos de seguridad en Gaza. Estas mafias de los cigarrillos están armadas; están dispuestas a enfrentarse a otros grupos para que no compitan con ellas. Y entonces, después de los cigarrillos, estas familias podrán recurrir a otras fuentes de beneficios: combustible, gas, etcétera. Y cuando tengamos varios grupos fuertemente armados en Gaza, puede que un día se vean obligados a defender su negocio frente a Hamás, porque van a ganar millones y millones de shekels.
Para los israelíes, estos grupos armados no son un peligro. Como lo dije antes, tienen socios en el lado israelí y sólo les interesa el dinero. Están dispuestos a todo para mantener sus posiciones. No se trata de los cárteles de Colombia, pero a la escala de Gaza, ya significan una amenaza importante. A los israelíes les interesa prolongar el caos de seguridad más allá del final de la guerra -si es que un día se termina- para que al final los gazatíes acaben abandonando Gaza, aunque los combates cesen.