Sin metáforas – Leer a Susan Sontag en tiempos de coronavirus. [Irene Gómez-Olano]

Fragmento del libro «La enfermedad y sus metáforas», de Susan Sontag publicado por la editorial DeBolsillo.

La vida y la obra de Susan Sontag estuvieron atravesadas por la enfermedad. Su pensamiento nos inspira y sirve para comprender mejor los mecanismos por los que una sociedad genera relatos políticos y sociales sirviéndose de enfermedades.

Filosofía&Co, 25-2-2022

Correspondencia de Prensa, 31-3-2022

Filósofa y autora de diversas obras literarias, Susan Sontag —estadounidense, nacida en 1933 y fallecida en 2004— dedicó parte de su producción intelectual al estigma de enfermedades como el sida o el cáncer. Falleció por leucemia, después de haber sufrido con anterioridad cáncer de mama.

Su obra nos ayuda a entender mejor los mecanismos por los que una sociedad se sirve de enfermedades para generar relatos políticos y sociales. También para aproximarnos a la experiencia de la persona enferma. El tono de sus libros sobre la enfermedad no era sólo ensayístico, sino que tomaba la forma de denuncia. Fue una de las mayores críticas del estigma que reciben los enfermos y las enfermas en las sociedades occidentales contemporáneas.

En La enfermedad y sus metáforas, obra de 1978, parte de su propia experiencia con el cáncer para hablar de la responsabilización a la que a menudo se somete al enfermo. En otra obra escrita justo una década más tarde, El sida y sus metáforas, la autora defiende que la producción de metáforas no es cosa de una sola enfermedad. Cada época histórica genera sus propias enfermedades favoritas en torno a las que construir relatos compartidos socialmente.

En pleno año 2022, la enfermedad provocada por el coronavirus es la que genera más metáforas. Es, como diríamos en palabras de la autora, una enfermedad sometida «al peso agobiador de la metáfora». Se trata de una enfermedad que carece de tratamiento específico. También ha generado dudas a los profesionales de la medicina sobre cómo explicar su origen e impacto en el cuerpo humano. El misterio es una de las claves para crear el ecosistema perfecto para la proliferación de metáforas, según la autora.

Para Sontag, el peso metafórico de la enfermedad tiene dos dimensiones: una individual y otra colectiva. La individual es relativa a la lectura moral que se hace del enfermo. Desde 2020, el enfermo de coronavirus es alguien a quien se imputa un cierto grado de responsabilidad y culpabilidad, aunque es cierto que cada vez ocurre menos dada la progresiva gripalización de la enfermedad y la aparición de variantes menos agresivas, lo cual también tiene que ver, en cierta medida, con que desaparece el halo de misterio de la enfermedad.

Sontag fue una de las mayores críticas del estigma que reciben los enfermos y las enfermas en las sociedades occidentales contemporáneas

Metáforas de culpabilización

Sontag señalaba que el enfermo de cáncer era considerado, en cierto grado, responsable de haber desarrollado la enfermedad cuando ella la padeció. Hoy las metáforas de culpabilización del cáncer continúan en algunos casos (especialmente en aquellos vinculados a hábitos dañinos, como el de pulmón), aunque en mucho menor grado. De la misma manera, tras solo dos años de pandemia, las metáforas que culpabilizan al individuo de contraer coronavirus son menos agobiantes.

Pero la dimensión moral de las metáforas no siempre es negativa. Las metáforas de la tuberculosis, como señala la filósofa, fueron durante parte del siglo XIX positivas, porque se asociaba al enfermo con la inteligencia y la aristocracia. Esto produjo que cierta parte de la población llegara a buscar activamente contraer tuberculosis.

La segunda dimensión de las metáforas de la enfermedad es social y colectiva. Toda enfermedad tiene un cierto peso sobre cuestiones como las políticas públicas y el modo que tenemos de socializar. Las enfermedades epidémicas, como el cólera o la peste, o ahora la infección por covid-19, tienen un impacto mucho mayor que aquellas de difícil transmisibilidad. Sin embargo, ambos tipos son susceptibles de generar modos de socialización nuevos y nunca vistos.

Por tanto, las metáforas del coronavirus no se han limitado a la dimensión moral individual. La pandemia ha tenido un impacto global, como ninguna otra enfermedad ha tenido antes, porque vivimos en una economía globalizada. La rápida expansión de la enfermedad produjo que en lugares tan alejados entre sí como Wuhan (en China) y Nueva York (en Estados Unidos) se tomaran medidas similares.

Un claro efecto de estas políticas de la enfermedad ha sido el favorecimiento del aislamiento. Desde el «quédate en casa» hasta los aforos reducidos en los teatros, la población ha sido partícipe de las metáforas asociadas al coronavirus. Estas metáforas tienen un correlato material tangible que sigue afectando a la vida de miles de millones de personas. Sontag señalaba que las costumbres sociales no son las mismas en periodos donde abundan las enfermedades altamente infecciosas que cuando estas se dan por erradicadas.

La dimensión colectiva de las metáforas puede tener un impacto positivo en la sociedad. Por ejemplo, la proliferación de VIH en la segunda mitad del siglo XX impulsó políticas públicas orientadas a generalizar el uso de métodos de barrera para mantener relaciones sexuales. Se trata de una transformación que vive la socialización (en este caso, la relativa a la sexualidad) que mejora potencialmente la vida de la población, no solo porque se propague en menor medida el virus, sino también porque en este ejemplo se previenen otras afecciones y embarazos no deseados.

Para Sontag, el peso metafórico de la enfermedad tiene dos dimensiones: una individual y otra colectiva. La individual es relativa a la lectura moral que se hace del enfermo. Además, toda enfermedad tiene un cierto peso sobre cuestiones como las políticas públicas y el modo que tenemos de socializar

El lenguaje bélico

El belicismo en el lenguaje médico y los discursos que tratan de proteger a la población contra el enemigo externo son constantes en las metáforas de la enfermedad, como señala la autora. La pandemia no es una excepción. Otra metáfora constante ha sido la relativa al trabajo esencial, que partió de una reevaluación sobre nuestras necesidades más acuciantes, reevaluación política y colectiva. En la memoria de muchas sociedades ha quedado asociado el trabajo esencial al sanitario, aunque estos profesionales no fueran los únicos que tuvieron que trabajar durante los confinamientos. He ahí el impacto de la metáfora en acción: asociamos lo esencial, la necesidad básica, a aquello que más valoramos.

La sobreabundancia de metáforas sobre una enfermedad tapa, además, el interés que otras generan. Las metáforas sobre el sida vinieron a sustituir a otras, como las de la sífilis, como señala Sontag. Ahora, las metáforas del coronavirus han sustituido gran parte del interés que generan otras afecciones. Un ejemplo es el sida, cuyo tratamiento durante 2021 dio un salto al conseguirse descubrir tratamientos experimentales, pero que no tuvieron gran repercusión mediática. Coincidió con el momento en que la población miraba con más interés las nuevas olas de covid-19 y las campañas de vacunación.

Como vemos, ambas dimensiones de la enfermedad, la moral y la social, se dan relacionadas y nos permiten realizar una lectura bifocal del momento político presente. Un momento atravesado por una nueva enfermedad que ha copado la retórica social y mediática y los discursos metafóricos. La lectura metafórica abarca tanto a los discursos que culpabilizan al que se contagia como a aquellos que consideran la lucha contra el coronavirus en términos bélicos, como fue frecuente en los primeros meses de 2020.

Hoy podemos afirmar que vivimos en sociedades donde la salud es una preocupación constante. Probablemente si no hubiéramos tenido que preocuparnos por una pandemia, el incipiente interés por la salud mental que vemos hoy sería todavía mayor. Además, la pandemia de coronavirus es la primera que vive la especie humana con la capacidad de comunicar cualquier cosa al momento a través de las redes sociales.

Por tanto, no sólo la enfermedad, sino también sus metáforas, se transmiten viralmente y se propagan con gran rapidez. Los relatos son hoy más globales que nunca. Por eso hoy más que nunca merece la pena detenerse a reflexionar sobre la enfermedad y sus metáforas.