Sin fronteras – «Feminismos para la revolución»: historias previas a la marea verde. [María Daniela Yaccar]

Aleksandra Kollontay

El trabajo reúne 14 voces que hablaron desde el feminismo antes de que el movimiento tuviese un nombre, y que abarcan, en forma cronológica, desde 1800 hasta 1945. Desde Aleksandra Kollontay hasta Jenny D’Héricout, las mujeres expresan aquí problemáticas diversas en tiempos agitados, pero con resonancias actuales.

María Daniela Yaccar

Página/12, 11-102-021

Correspondencia de Prensa, 12-10-2021

“¿Cómo, cómo compaginar mi trabajo con las obligaciones familiares?”: esta pregunta que podría hacerse una mujer cualquiera en la actualidad se la hizo Aleksandra Kollontay una noche silenciosa en la que cuidaba a su hijo enfermo. Ya sabía lo que no quería ni podía: «vegetar en el ambiente de una familia acomodada”. Fuera de las “preocupaciones hogareñas”, sin “conflictos” con su marido ni “control» familiar quería «vivir como una estudiante» y completar sus conocimientos. Así fue como puso fin a su matrimonio con el ingeniero Vladimir Kollontay, dejó al hijo en común al cuidado de su familia, se abocó a la Revolución. Su texto «Memorias» es uno de los más potentes de los que aparecen en la antología Feminismos para la revolución, compilada por la socióloga y doctora en Ciencias Sociales Laura Fernández Cordero.

Editado por Siglo XXI, reúne 14 voces que hablaron desde el feminismo incluso antes de que el movimiento tuviese un nombre, y que abarcan, en forma cronológica, desde 1800 hasta 1945. Se expresaron en tiempos muy agitados. Manifiestan posturas políticas disímiles, aunque todas pasaron por la izquierda. El libro precisamente establece un diálogo entre ambos espacios. También exhibe las tensiones. “Esta antología busca contrapesar el efecto de novedad de la marea feminista, no porque carezca de una faceta inédita, específicamente la masividad y cierta aceptación cada vez más generalizada, sino porque la búsqueda es comprenderla desde esos pasados que le dan fuerza”, explica la compiladora en la introducción. Quiere, además, correr a las voces que seleccionó del lugar de “heroínas”, invitando a un “ejercicio de memoria crítica”. Los pasados feministas retumban más por sus zonas de duda o contradicción que por las certezas, algo que les lectores podrán agradecer en tiempos de corrección política.

No son sólo figuras célebres las que eligió Fernández Cordero. En efecto, su tarea curatorial parte de la figura de Claire Démar, igual que Jenny D’Héricout traducida por primera vez al español. Ambas reclamaban por las promesas incumplidas de la Revolución Francesa y por el derecho al sufragio y el placer. Las que fueron pilares de la socialdemocracia y sus derivas, como Clara Zetkin, Kollontay y Luxemburgo, aparecen “mostradas bajo otra luz”. Es imperdible la conversación de Zetkin con Lenin acerca de la cuestión de la mujer, lo mismo que la carta que Luxemburgo escribe a su amante Leo Jogiches. “No puedo escribirte acerca de ninguna cosa, de ningún pensamiento o hecho sin recibir como respuesta las peroratas más tediosas y más insípidas”, escribe, el 13 de enero de 1900. “Es tu mala costumbre de hacer de mentor, que te has asignado a tú mismo y en la que pretendes aleccionarme y asumir el papel de educador. Tus actuales consejos y críticas con relación a mis ‘actividades’ aquí van mucho más allá de los límites de los consejos y acotaciones de buen amigo, para convertirse en una sistemática prédica”, lo reta.

Son muy disímiles también los textos de Feminismos… en cuanto a sus propósitos: algunos tienen el carácter de manifiesto político (con ejes en temas como el voto, un punto en discusión); otros exponen, como los citados de Luxemburgo y Kollontay, facetas muy íntimas de las autoras. Lo que conecta a ambos tonos son las resonancias actuales. Aparecen discusiones que incluso en estos tiempos no han sido saldadas. A lo mejor no habría que hacer una separación tan tajante entre ambos registros: en definitiva, lo que queda claro en esta antología es que lo personal es político, lema repetido dentro de esta marea.

Emma Goldman, definida como la “militante total” –cada una de las figuras es presentada por alguna característica, y con un breve perfil que recoge la sensibilidad de la época–, se enamoró de dos personas al mismo tiempo. De tanta entrega a la causa anarquista, coqueteó con la prostitución para financiar el atentado al empresario Henry Clay Frick. “Me preguntaba si podía ser amor. ¿Se podía amar a dos personas al mismo tiempo?”, se cuestionaba en su texto «Viviendo mi vida». Los hombres en cuestión eran amigos entre sí y vivían con ella. Sasha (Alexander Berkman), a quien los biógrafos suelen llamar el hombre de su vida, amaba la Causa más que a nada en el mundo. Y no llenaba todos los “rincones” del ser de Emma. Fedia, de quien admiraba su amor por la belleza y su sensibilidad, llegaba a aquellos lugares que Sasha no podía alcanzar. “¡Sí, tiene que ser posible amar a más de una persona a la vez! (…) Durante aquellas semanas, Fedia y yo nos convertimos en amantes. Me había dado cuenta de que mis sentimientos por Fedia no tenían relación con mi amor por Sasha. Cada uno despertaba en mí diferentes emociones, me transportaban a mundos diferentes”. También en este texto narra su experiencia fallida con el trabajo sexual y se pregunta qué es esa revolución comunista que deja afuera el baile, el disfrute, el goce.

No son todas voces femeninas, también están los aliados socialistas y anarquistas como el «pornócrata» Charles Fourier –quien diseñaba un «nuevo mundo amoroso»– o el «universal» Joseph Déjacque. Aparecen Flora Tristán, que habló de obreros y obreras antes de que se publicara el Manifiesto Comunista, y la Bella Otero, que desafiaba la dicotomía de los sexos. Están las anarquistas, como Ana Piacenza y las mujeres del periódico La voz de la mujer, que no concebían revolución social sin emancipación de las mujeres y el amor libre. También las librepensadoras, señoras burguesas que desafiaron los mandatos de la Iglesia.

La cuestión sexual está tan en primer plano como la cuestión de la mujer. «Las discusiones sobre libertad sexual se dieron en los espacios más progresistas y de izquierda», explica la socióloga. Estas 14 voces lo cuestionan todo. A sus propios compañeros, las burocracias partidarias, la moderación de sus editores –la mayoría de las autoras fundó periódicos, publicó folletos y libros y animó revistas–, a sus familias. Pero sin dejar de cuestionarse a sí mismas, así escriban sobre la hipocresía del matrimonio y el deseo de mirar a otros hombres, el rol de la Iglesia o la participación de la mujer en el movimiento obrero. Incluso, el amor hacia otras mujeres. Desataban reacciones furiosas a su alrededor, algo que también queda plasmado en estas páginas.

Lo interesante es que ayer y hoy el ímpetu es parecido: «El feminismo no participa como un partido compacto ni como un movimiento de contornos definidos, sino como forma de enunciación similar. Una posición enunciativa de la revuelta, revulsiva incluso contra sí misma».