Mujeres – La repolitización del 8M. [Bhattacharya/Arruzza/Fraser]

Las huelgas feministas contemporáneas recuperan las raíces de las luchas históricas por los derechos laborales y la justicia social. Y amplían la idea de trabajo. El activismo de los paros de mujeres implica suspender las actividades asalariadas pero también “las tareas domésticas, el sexo, las sonrisas”, escriben las autoras de Feminismo para el 99%.

Revista Anfibia, marzo 2021

Correspondencia de Prensa, 7-3-2021

El reciente movimiento de huelgas feministas se inició en octubre del 2016, en Polonia, cuando más de 100.000 mujeres protagonizaron paros y marchas para oponerse a la penalización del aborto. Hacia fines del mismo mes el estallido de rechazo radical ya había cruzado el océano, donde las mujeres argentinas se enfrentaron al atroz asesinato de Lucía Pérez al grito militante de “Ni una menos”. Pronto la ola llegó a Italia, España, Brasil, Turquía, Perú, los Estados Unidos, México, Chile, y de cenas de otros países. Desde las calles que lo vieron nacer, el movimiento se difundió por los lugares de trabajo y las escuelas, hasta propagarse eventualmente en ambientes de alto vuelo como la industria del espectáculo, los medios y la escena política. En los últimos dos años sus eslóganes han resonado con fuerza a lo largo del mundo: #NosotrasParamos, #WeStrike, #VivasNosQueremos, #NiUnaMenos, #TimesUp, #Feminism4the99. Lo que primero era una onda, luego una ola, se ha convertido ya en una verdadera marea; un nuevo movimiento feminista global, capaz de ganar la fuerza necesaria para trastocar las alianzas existentes y volver a trazar el mapa político.

Lo que había comenzado como una serie de acciones de carácter nacional se convirtió en un movimiento trasnacional el 8 de marzo de 2017, cuando activistas de todo el planeta decidieron parar en conjunto. Con ese gesto audaz, el movimiento repolitizó el Día Internacional de la Mujer. Dejando de lado las chucherías cursis y apolíticas características del día –los brunches, las mimosas, las tarjetas de felicitaciones–, las huelguistas reanimaron sus raíces históricas y ya casi olvidadas en la clase trabajadora y el feminismo socialista. Sus acciones evocaron el espíritu de las movilizaciones de mujeres trabajadoras de principios del siglo xx; en especial, las huelgas y manifestaciones en los Estados Unidos en gran parte lideradas por mujeres inmigrantes y judías, que inspiraron al partido socialista estadounidense a organizar el primer Día Nacional de la Mujer, y a las socialistas alemanas Luise Zietz y Clara Zetkin a proponer un Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Al revivir ese espíritu militante, las huelgas feministas de hoy nos permiten recuperar nuestras raíces en las históricas luchas por los derechos laborales y la justicia social. Al unir a mujeres a quienes separan océanos, montañas y continentes, fronteras, alambrados y muros, le están dando un nuevo sentido a la consigna “la solidaridad es nuestra arma”. Al romper el aislamiento y al derribar paredes domésticas y simbólicas, estos paros demuestran el enorme potencial político que tiene el poder de las mujeres, el poder de aquellas cuyo trabajo, tanto pago como impago, sostiene al mundo.

Pero eso no es todo; este pujante movimiento ha inventado también nuevas maneras de parar, y ha infundido en la huelga misma una nueva forma de política. A la suspensión del trabajo le ha sumado marchas, manifestaciones, cierres de empresas, cortes y boicots; ofrece así un repertorio renovado de medidas de fuerza, que alguna vez había sido amplio pero que se había visto drásticamente reducido tras décadas de ofensiva neoliberal. Al mismo tiempo, esta nueva ola está democratizando las huelgas y expandiendo su alcance; sobre todo, al ampliar la idea misma de qué cuenta como “trabajo”. Porque se rehúsa a limitar esa categoría al trabajo asalariado, el activismo de los paros de mujeres implica una suspensión de actividades también en lo que hace al trabajo doméstico, el sexo, las sonrisas. Cuando hace visible el rol indispensable que juega el trabajo no remunerado de las mujeres en la sociedad capitalista, lleva la atención hacia actividades de las que el capital se beneficia pero por las que no paga. Así, y aun sin dejar de respetar también el trabajo pago, estas huelgas proponen una noción más amplia de qué constituye un problema laboral. Lejos de concentrarse solo en salarios y horas, apuntan también al acoso y abuso sexual, a los obstáculos en materia de justicia reproductiva, y a las restricciones al derecho a la protesta.

Es por esto que la nueva ola feminista tiene el potencial de superar la necia y contraproducente oposición entre políticas de la identidad y políticas de clase. Al ex poner la unidad entre el ámbito laboral y la vida privada, ella se niega a limitar la lucha de clases a solo uno de esos espacios; y, al redefinir qué cuenta como trabajo y quién cuenta como trabajador, rechaza la subvaloración estructural del trabajo de las mujeres –tanto pago como no– en el capitalismo. En suma, el feminismo de las huelgas de mujeres anticipa la posibilidad de una fase de la lucha de clases del todo nueva y sin precedentes: feminista, internacionalista, ambientalista y antirracista.

Mujeres repolitización IIEsta intervención llega justo a tiempo. La militancia de las huelgas feministas ha irrumpido en un contexto de grave debilitamiento de aquellas organizaciones sindicales centradas sobre todo en el sector fabril que alguna vez supieran ser poderosas. Para renovar el vigor de la lucha de clases, las activistas se han vuelto hacia otro campo de batalla, esto es, el del asalto neoliberal en las áreas de la salud, la educación, las jubilaciones, la vivienda. Al dirigir el foco hacia esta otra cara del ataque capitalista a las condiciones de vida de las clases trabajadoras y medias –ataque sostenido a lo largo de cuatro décadas–, han aprendido a reconocer el trabajo y los servicios que son necesarios para sustentar a los seres humanos y las comunidades sociales. Desde la ola de huelgas docentes en los Estados Unidos hasta la lucha contra la privatización del agua en Irlanda, o las huelgas de lxs “intocables” que realizan tareas de saneamiento en la India –todas huelgas lideradas e impulsadas por mujeres–, estamos asistiendo a un levantamiento de lxs trabajadorxs en contra del ataque del capital a la reproducción social. Aunque estos paros no tienen lazos formales de afiliación con la huelga internacional de mujeres, tienen mucho en común con este movimiento. También ellos valoran el trabajo que es necesario para reproducir nuestras vidas, al mismo tiempo que se oponen a su explotación; y también ellos combinan las demandas salariales y laborales con reclamos por el aumento de la inversión pública en servicios sociales.

En países como la Argentina, España e Italia, por lo demás, el feminismo de las huelgas de mujeres ha logrado reunir un apoyo amplio por parte de las fuerzas que se oponen a la austeridad. No solo mujeres y personas no binarias sino también muchos hombres se han sumado a sus masivas manifestaciones en contra del desfinanciamiento de la educación, la salud pública, el transporte, la vivienda y la protección del medioambiente. A través de esta oposición al ataque de los “bienes públicos” por parte del capital financiero, las huelgas feministas se están convirtiendo así en un catalizador y en un modelo para una defensa desde abajo de nuestras comunidades.

A fin de cuentas, entonces, lo que la nueva ola de activismo feminista militante está redescubriendo es la idea de lo imposible, por cuanto que exige tanto el pan como las rosas: el pan que décadas de neoliberalismo nos han sacado del plato, pero también la belleza que nos alimenta el alma en la alegría de la rebelión.