Mujeres – La dignidad en un cuarto de baño. [Manuel Ligero]

Doña Olga, apodada ‘La Mami’, protagonista del documental de Laura Herrero Garvín. ELAMEDIA.

La Marea, 5-2-2021

Correspondencia de Prensa, 7-3-2021

En México llaman «ficheras» a las mujeres que bailan y hacen compañía a los hombres a cambio de dinero. No son prostitutas, aunque vivan también una situación precaria que las empuja cada noche a ciertos bares y cabarets. Entre estos últimos, uno de los más famosos es el Barba Azul, situado en la capital del país. Este singular establecimiento sobrevive, inopinadamente, en tiempos de las apps de citas, y no solo gracias a sus clientes más veteranos. También hay jóvenes ávidos de roce y música latina. Y de ejercer una cierta posición de poder. Allí bailan, consumen copas y se las hacen consumir a las chicas, que van a comisión y con ello consiguen su principal fuente de ingresos. Hay, asimismo, una nueva clientela de ambos sexos, joven y pija, que ha encontrado en el local un espacio para sus ansias de transgresión bobo (así etiquetan los franceses a los bourgeois bohémiens).

En este ambiente conoció la directora Laura Herrero Garvín (Toledo, 1985) a la protagonista de su documental, doña Olga, o simplemente La Mami. Así se titula la película y así la llaman las trabajadoras del local, para quienes representa una figura maternal. Doña Olga protege, regaña, escucha, aconseja. Cada noche se sienta en un rincón del aseo de señoras y se hace cargo del guardarropa. Reparte papel higiénico a las clientas a cambio de la voluntad y mantiene limpios los baños. «La Mami dignifica mucho su trabajo. Le pone mucho esfuerzo y lo cuida como si fuera superimportante, porque para ella lo es. Para todos los demás es una mujer que está en el último rincón del mundo limpiando baños y cuidando de los bolsos de las chicas. Ella, sin embargo, le pone mucho esmero, ese trabajo es el centro de su vida», explica la realizadora.

Laura Herrero Garvín estudió el Máster en Documental de Creación en la Universidad Pompeu Fabra (de donde han salido documentalistas tan celebrados como Isaki Lacuesta, Lois Patiño o Lupe Pérez García) y llegó a México en 2010. Allí se forjó como cineasta de documentales, vinculados habitualmente a los Derechos Humanos y al medioambiente. Y siempre desde una perspectiva feminista. Su película El Remolino (2016), seleccionada por el festival de Locarno, condensa todos esos temas. Hoy vive en Barcelona. Entre sus últimos trabajos para la televisión destaca la reciente entrevista concedida por José María Aznar al periodista Jordi Évole, en La Sexta. En La Mami, encerrada en el espacio que le concede un cuarto de baño, rodando a las ficheras mientras se maquillan antes de subir a la pista de baile, realiza un retrato de los roles de género en la sociedad mexicana, un alegato humanista y un canto a la dignidad de la mujer trabajadora. Y todo ello sin recurrir a la sordidez. «También está esa parte oscura», señala. «Pero creo que, al final, aparecen todas las caras de la humanidad, lo luminoso y lo oscuro».

Al cabaret Barba Azul llegó de la mano de un amigo músico. «Bajé al baño y en ese mismo momento empezaron a entrar chicas y a interactuar con la Mami. “¿Cómo me queda este vestido, Mami?”. O “Mami, me estoy enamorando de este cliente…”. Y ella le decía: “Mi niña, vas muy tomada, quédate aquí conmigo un ratito”. Entonces empecé a entender lo importante que era esta mujer en ese espacio. Y lo importante que era para ellas ese espacio seguro, de desahogo, de conversación. Me sentí muy atraída por ese lugar, no tanto por el cabaret».

El documental pone el foco en una de estas mujeres, que llega para trabajar en el Barba Azul. Es viuda y necesita dinero para cubrir los gastos médicos de su hijo, enfermo de cáncer. Ese primer día, la Mami le aconseja no trabajar con su nombre verdadero. Una precaución frente a futuros problemas de acoso. Así nace Priscila, la fichera que se convierte en el hilo argumental del filme. Herrero Garvín rueda su aprendizaje y su desarrollo, cómo va «integrándose en la noche», cómo pasa de novata a experta, desde el primer día al último. Fueron seis meses de rodaje, pero el trabajo de preparación le llevó años. Necesitaba ganarse la confianza de estas mujeres antes de entrar en su santuario con una cámara: «Quería hacer una película profunda, que no folklorizara el tema de las ficheras. Quería hacer algo que fuera cercano a ellas. Por eso me pasé tanto tiempo conociéndolas. Cuando llegué a ese punto y ya estaba preparada para rodar, todo fluyó delante de la cámara. Y eso fue maravilloso».

La autenticidad que desprenden sus películas surge de todo ese trabajo previo y, ya metida en materia, de ese azar mágico que aparece a menudo en los rodajes. «Me cruzo con historias que me interpelan», explica Herrero Garvín. «Ahí encuentro un punto de partida y la motivación para hacerlo. Y una de las cosas que más me gustan es confiar en el proceso. Disfruto mucho con el acto de entregarme, de fluir, de estar atenta a lo que va pasando, de estar conectada con quien tengo delante. Ese proceso me va llevando a lugares diferentes, porque todo cambia, todo es móvil. Creo que es algo orgánico, algo poco meditado o preconcebido».

Entre las maestras que cita a la hora de inspirar su trabajo están Chantal Akerman, la insoslayable Agnès Varda o, más directamente, Marta Andreu. Esta última, asegura, le ha hecho «pensar, estrujar, agrietar el quehacer cinematográfico». Andreu no es directora, pero en su calidad de docente es un referente internacional en el cine documental: «Es una pensadora del cine, una asesora extraordinaria, y ha estado cerca de mí durante todo el proceso de elaboración de La Mami».

El cine siempre es político

Hay una razón por la que en la actualidad hay tantas mujeres haciendo documentales: el dinero. Rodar un documental es siempre más barato que una película de ficción. «Las producciones con grandes presupuestos no están dirigidas por mujeres, eso está claro. Así está construida la pirámide del cine, desde la desigualdad. Pero, de alguna manera, el cine de mujeres está al margen y el documental también está al margen, y a mí eso no me disgusta», confiesa la directora. «Cuando se trabaja en el margen hay espacios para más creatividad, para más libertad a la hora de enfocar una historia».

Qué historia quieres contar y cómo la cuentas es también una declaración de intenciones: «En el Barba Azul se pueden hacer tantas películas diferentes como miradas hay en el mundo. Que yo haya elegido hacer la película centrándome en el baño de mujeres y en esa señora que habita el último rincón de ese cabaret, eso tiene algo de político. Hacer cine, para mí, es una forma de posicionarse ante la vida. Mi búsqueda ha sido algo personal, muy íntimo, pero cuando la historia resultante rebota en una sociedad eso se vuelve político, claro».

La protagonista de La Mami es una mujer mayor que ha vivido la peor tragedia que puede vivir una madre: el asesinato de su hija a manos de su yerno. Tiene más hijos, e incluso probó a jubilarse y a vivir con uno de ellos, pero no estaba a gusto y volvió al Barba Azul. «La Mami vuelve a ser, gracias a estas chicas, la madre que antes fue», explica la directora, que confía en que no se malinterprete su obra. De la humanidad que desprende la película no surge un retrato amable. Aquí no hay un blanqueamiento de la explotación de las ficheras: «Lo que he intentado hacer es desprenderme de todos los filtros que llevamos en la mirada y que están hechos con nuestra moral y nuestros prejuicios. Me he querido desprender, especialmente, de esos prejuicios que afectan a las mujeres que trabajan con su cuerpo, como las ficheras o las trabajadoras sexuales. Mi ejercicio, ante esas mujeres, ha sido intentar acercarme a ellas, escucharlas, entenderlas. En ningún caso juzgarlas».