Estados Unidos – ¿Se hunde el GOP? Poco probable. [Lance Selfa]

A l’encontre, 10-2-2021

Traducción de Ruben Navarro – Correspondencia de Prensa, 11-2-2021

Si digitamos las palabras «republicano», «dividido» o «muerto» [en inglés] en un motor de búsqueda, probablemente aparezcan docenas de artículos recientes que proclaman la muerte del Partido Republicano [Grand Old Party, GOP]. Esos artículos van desde la conservadora Kathleen Parker hasta un liberal como Stanley Greenberg.

Las reflexiones sobre el destino del Partido Republicano adquirieron especial relevancia en las semanas posteriores al asalto al Capitolio del 6 de enero. Los demócratas y un puñado de republicanos de la Cámara de representantes destituyeron a la congresista de extrema derecha Marjorie Taylor Greene (republicana de Georgia) de dos comisiones [de educación y presupuesto]. Y desde el 8 de febrero, el expresidente Donald Trump se enfrenta a su segundo juicio político en el Senado estadounidense.

En ambos casos -el de Marjorie Taylor Greene y el de Donald Trump- el primer republicano del Congreso y líder de la minoría del Senado, Mitch McConnell (republicano de Kentucky) se alineó con los críticos del GOP. McConnell hizo declaraciones públicas en las que denuncia las opiniones de Marjorie Taylor Greene como una «locura» y un «cáncer» para el Partido Republicano. Hasta la fecha, Mitch McConnell mantiene (aunque podamos dudar de su sinceridad) que está dispuesto a condenar a Donald Trump por haber incitado a los disturbios del 6 de enero.

Los acontecimientos del 6 de enero fueron chocantes y contrarios a las normas. Pero en la trayectoria histórica de los Estados Unidos hay antecedentes de ese tipo. Desde la fundación del país, con la conquista de las tierras indígenas y el régimen de esclavitud, la violencia fue un trasfondo constante. Estados Unidos vivió una guerra civil [1861-1865] que mató al 2% de la población. Los supremacistas blancos impulsaron el derrocamiento violento de múltiples gobiernos elegidos democráticamente a lo largo de la Reconstrucción del siglo XIX [1865-1877, más precisamente] y del periodo Jim Crow [Leyes Jim Crow, 1877-1964: conjunto de leyes para obstaculizar los derechos constitucionales de los afroamericanos que habían sido «proclamados» al final de la Guerra Civil].

Para los analistas y los medios de comunicación liberales [demócratas en particular], esas maniobras en la cumbre del GOP representan el inicio de una crisis final del Partido republicano. La desafiliación de miles de votantes republicanos del partido [ver aquí las cifras de desafiliación en varios estados] o las decisiones mediatizadas de las principales empresas [JP Morgan Chase, Homme Depot, PWC, Charles Schwab, etc.] de retirar las contribuciones a los políticos republicanos que apoyaron la mentira de Trump de que realmente había ganado las elecciones de 2020 son, seguramente, pruebas más sólidas de esa supuesta crisis.

Pero, pongamos esas afirmaciones en perspectiva

-En primer lugar, hay una cierta inclinación de los expertos a hacer afirmaciones históricas radicales basadas en argumentos bastante limitados y ahistóricos. Recordemos lo que escribieron los principales expertos liberales cuando George W. Bush [2001-2009] conquistó votos demócratas para su programa de 2001. Esos expertos comparaban entonces al Partido demócrata con un «loro muerto», inspirado en un viejo sketch de los Monty Python. Cinco años más tarde, los demócratas ganaron las elecciones al Congreso y siete años después obtuvieron una victoria en todos los ámbitos: el control de los poderes ejecutivo y legislativo, con la victoria de Barack Obama [2009-2017].

Por su parte, el Partido Republicano, que había sido aplastado en las elecciones de 2008, volvió en 2010 con una victoria arrasadora en la Cámara de representantes. Durante la segunda mitad del primer mandato de Barack Obama y durante su segundo mandato, se impuso en el Congreso un programa de derecha -un programa al que, además, se sometió Barack Obama- y que, por lo tanto, marcó la pauta de la política del gobierno estadounidense.

Por consiguiente, aunque la actual crisis secular en los Estados Unidos puede modificar los ciclos electorales, no podrá eliminarlos mientras el sistema político estadounidense siga siendo el feudo de dos partidos capitalistas que se mueven dentro de un consenso pro-capitalista aplastante.

-En segundo lugar, en Washington, los republicanos se quedaron fuera del poder por un margen muy estrecho. Recién en enero de 2021 perdieron el Senado (por un voto decisivo) con las inesperadas victorias de los demócratas [Jon Ossoff y Raphael Warnock] en la segunda vuelta en Georgia. Además, la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes se redujo de 235 a 221 votos (sólo tres más de los necesarios para obtener la mayoría), ganando todas las batallas de noviembre que, según The Cook Political Report, especializado en previsiones políticas, consideraba como un empate. Y mantuvieron o reforzaron su control en todos los parlamentos de los estados del país, incluso en aquellos en los que se pensaba que los demócratas obtendrían buenos resultados. Por último, Trump obtuvo 74 millones de votos (alrededor del 47% de todos los votos emitidos) y pudo infiltrarse en «zonas» de votantes de color, desde el sur de Texas hasta el Bronx. Todo esto resulta bastante sorprendente para un partido que se estaría quedando sin aliento.

-Por último, es demasiado pronto para decir si los primeros indicadores de cambios sustanciales en el voto o en la base financiera de los republicanos serán significativos a largo plazo. El hecho de que miles de votantes del GOP se hayan desafiliado es una gota en el océano de las decenas de millones de votos republicanos de noviembre. Y la idea de que las grandes empresas estadounidenses se hayan convertido de la noche a la mañana en campeonas de la democracia es absurda.

La clase dirigente de Estados Unidos no quiere acabar con el sistema democrático limitado que tantas ventajas le ha dado. Pero si el Congreso o las autoridades reguladoras comienzan a promover políticas opuestas a las de la «Corporate America», sus lobbies van a encontrar la manera de trabajar con los representantes del GOP lo que, por ahora, evitan hacer. Hay que recordar que las organizaciones de lobbying de las grandes empresas están preocupadas por mantener su influencia colectiva a pesar de la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos en 2010 en el caso Citizens United [una organización conservadora] contra la Comisión Federal de Elecciones. Una sentencia que permitió que un pequeño grupo de multimillonarios muy ideologizados canalizara grandes sumas de dinero a varias organizaciones de «dark money» [el término «dinero oscuro» se refiere a los gastos políticos de organizaciones sin fines de lucro que no están obligadas a revelar el nombre de sus donantes]. Hasta ahora, las principales organizaciones vinculadas a las empresas dominantes han organizado campañas muy exitosas, después de 2010, para evitar la nominación de algunos miembros desquiciados e inelegibles del Tea Party como candidatos del GOP.

El establishment y el sistema bipartidista

Al principio, el establishment de los negocios no apoyó a Trump en 2016. Tanto en 2016 como en 2020, la mayor parte de los fondos de las emrpesas fueron a parar a los candidatos presidenciales demócratas. Para las grandes empresas, el estilo caótico de Trump, su oposición al libre comercio y a la inmigración, así como, posteriormente, su incapacidad para frenar la pandemia, eran razones más que suficientes para preferir a Clinton en 2016 y a Biden en 2020. Sin embargo, una vez que Trump llegó al poder (retórica y tuits aparte), las empresas se mostraron más que contentas de poder acompañarlo en su calidad de conservador tradicional en lo relativo a la fiscalidad, la desregulación y el nombramiento de jueces federales favorables a las grandes firmas, por lo que resulta difícil creer que los dirigentes empresariales se estén planteando seriamente abandonar de manera definitiva al GOP.

Los últimos acontecimientos demostraron que aunque el Partido republicano esté dividido, la división tiene lugar entre una inmensa mayoría que apoya a los Trump y a los Greene y una pequeña minoría que quiere tomar distancia de los acontecimientos del 6 de enero. Cuando volvieron a reunirse para certificar las elecciones presidenciales -después de haber tenido que esconderse de la patota de extrema derecha del 6 de enero- la inmensa mayoría de los congresistas republicanos votaron para objetar la legitimidad de la elección de Biden.

Sólo cinco senadores republicanos votaron junto con los demócratas para rechazar la resolución del senador Rand Paul [Kentucky] que se oponía a un proceso de destitución de Trump. Y sólo 11 republicanos de la Cámara de representantes votaron a favor de destituir a Marjorie Taylor Greene de las dos comisiones antes mencionadas. Y esto pese a las amenazas de muerte más que públicas que Taylor Greene profirió contra otros miembros de la Cámara. Ese puñado de republicanos -que los medios de comunicación del establishment aclamaron por su valor- fueron condenados y criticados por los partidos republicanos de sus respectivos estados y circunscripciones.

Mientras que en los Estados Unidos haya un sistema bipartidista, los dos partidos de la «gran carpa» («big tent») seguirán aglutinando una amplia gama de opiniones bajo sus paraguas pro-capitalista. El año pasado, la diputada Alexandria Ocasio-Cortez, que se define como socialista democrática, fue noticia cuando dijo que si Estados Unidos tuviera un sistema parlamentario, ella y el centrista neoliberal Joe Biden no estarían en el mismo partido. Lo mismo podría decirse de la derecha del espectro político. En Gran Bretaña, la política «trumpista» se expresaba en partidos como el Partido de la Independencia del Reino Unido (UK Independence Party, UKIP) o el Brexit Party [ambos dirigidos por Nigel Farage], antes de ser reabsorbidos por el partido conservador (Tory). Pero la política «populista» y conservadora del establishment estadounidense se mantiene dentro del GOP.

Si bien la agenda del capital impulsa a ambos partidos, el propio capital no tiene fuerzas suficientes para motivar a los votantes a apoyar a los conservadores elección tras elección. Así que el Partido Republicano moderno apuesta a que millones de votantes (en su mayoría) blancos, y en su mayoría de clase media, sigan votando por sus candidatos. Todo empezó con la campaña presidencial de 1964, en la que el senador Barry Goldwater [senador de Arizona, 1909-1998] lanzó un llamado a los electores, oponiéndose explícitamente a la Ley de Derechos Civiles de 1964. Siguió con la adopción de políticas contra el derecho al aborto y anti LGBT para conseguir el mayor apoyo posible de los votantes republicanos: los cristianos evangelistas conservadores. En muchos sentidos, la ampliación de la «gran carpa» del GOP para incluir dentro de ella a elementos de la extrema derecha y a los conspiradores de QAnon -cuya visión del mundo coincide en gran medida con la visión evangélica- es una versión más extrema del mismo procedimiento.

En un clima de continua polarización política y con la expectativa del GOP de recuperar la mayoría en el Congreso en 2022, no hay ninguna razón para que los políticos o responsables republicanos abran una brecha en sus filas. Cuanto más se aleje la élite de Washington del 6 de enero y en la medida en que el foco de la política se desplace hacia la agenda de los demócratas, más probabilidades tendrán los republicanos de movilizar nuevamente a sus partidarios en contra de los demócratas. A esto hay que añadir una estructura política [la delimitación de las circunscripciones electorales] sistemáticamente favorable a la representación blanca, rural, periurbana y conservadora. Entonces, cualquiera que escriba hoy un epitafio del Partido republicano tendrá seguramente que tragarse mañana sus propias palabras. (Artículo publicado en International Socialism Project (ISP), 8-2-2021.

* Lance Selfa integra la redacción de ISP, es autor de The Democrats: A Critical History (Haymarket, 2012) y editor de U.S. Politics in an Age of Uncertainty: Essays on a New Reality (Haymarket, 2017).