Una mujer pasa delante de un mural del ayatolá Ruholá Jomeini, Teherán.
Solidarité Socialiste avec les Travailleurs en Iran, SSTI
Boletín de informaciones sobre el movimiento obrero en Irán N° 27, 02-2026
Selección de artículos hecha por A l’encontre, 13-2-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 15-2-2026
Breve presentación de la República Islámica de Irán
S. Borhan
La República Islámica de Irán no es ni una dictadura clásica ni un fascismo tradicional: encarna un fascismo religioso específico. Para comprender la naturaleza del poder en Irán, es esencial entender el chiísmo, sus raíces históricas y sociales en el país, el proceso de acceso al poder de Jomeini, la consolidación del régimen y los objetivos perseguidos. Esta parte presenta una introducción sintética a estos diferentes aspectos.
El chiismo duodecimano
Después de la muerte del profeta Mahoma en 632, el islam se dividió en dos ramas principales: el sunismo y el chiismo, debido a un desacuerdo sobre la sucesión. Los suníes consideraban que el líder religioso (califa) debía ser elegido por consenso entre los compañeros del Profeta, mientras que los chiíes estimaban que Alí, primo y yerno de Mahoma, había sido designado como sucesor.
La autoridad suní, el «califato», se basa en la comunidad y su consenso, mientras que la autoridad chií, el «imanato», obtiene su legitimidad del carácter sagrado y hereditario del imán, descendiente de Alí y de Mahoma. Todas las ramas del chiismo reconocen a Alí como primer imán.
Los chiitas de Irán, Irak, Líbano, Siria y Yemen son en su mayoría duodecimanos. Reconocen a doce imanes, todos ellos descendientes masculinos de Alí y Fátima, considerados «infalibles». El imanato termina con el duodécimo imán, el Mahdi, quien, según la creencia, desapareció (ocultación) y cuyo regreso se espera para instaurar la justicia en la tierra mediante la espada, en un contexto de injusticia extrema.
La teoría política del Velayat-e faqih (gobierno del jurista-teólogo o Wali Faqih)
Para los chiitas duodecimanos, el Velayat-e faqih designa el gobierno de dios sobre sus siervos a través del representante del «Imán oculto» durante su ausencia. Esto implica una obligación religiosa de obediencia absoluta al Guía Supremo. Cualquier oposición al Velayat-e faqih se asimila a una guerra contra Dios (moharebeh), castigada con la pena de muerte, una calificación que la justicia iraní invoca regularmente para justificar la represión de los movimientos contestatarios.
Del concepto a la realidad del poder
El islam está presente en Irán desde el siglo VII. El chiismo duodecimano se convirtió en religión oficial en el siglo XVI. Hasta 1979, el clero no ejercía directamente el poder, pero los gobiernos se apoyaban en él. Entre la Revolución Constitucional de 1906 y la revolución de 1979, un comité de cinco ayatolás tenía derecho de veto sobre las leyes, verificando su conformidad con el islam.
El Velayat-e faqih, es decir, el dominio político directo del clero chií duodecimano, se hizo realidad tras la revolución de 1979, con la llegada al poder de Jomeini y los religiosos. Esta teoría, antigua y durante mucho tiempo marginada, era rechazada por muchos ayatolás. Durante siglos, los reyes de Irán se apoyaron en el clero, que respaldaba la monarquía. El propio Jomeini, antes de su exilio en Irak en 1963, mantenía una relación crítica pero reformista con el Sha, limitándose a aconsejarlo en asuntos religiosos.
Su exilio alimentó su rencor hacia el Sha y, desde Bagdad, intensificó su propaganda mediante folletos y casetes de audio distribuidos clandestinamente. Su oposición le conferió un capital político durante la revolución de 1979. Hasta los últimos meses antes de la caída de la monarquía, Jomeini era poco conocido por gran parte del público y no se lo consideraba una figura política importante. Bajo la presión internacional, en particular del presidente estadounidense Jimmy Carter, los presos políticos fueron liberados, las huelgas obreras se intensificaron y las potencias imperialistas, preocupadas, pusieron a Jomeini en primer plano, dándole acogida en Francia y difundiendo sus discursos a través de la BBC. Jomeini afirmaba entonces que los religiosos no debían gobernar y que, una vez de vuelta en Irán, se retiraría a Qom para dedicarse a la enseñanza.
La conferencia de Guadalupe
Durante la conferencia de Guadalupe (4-7 de enero de 1979), que congregó a los jefes de Estado de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania Occidental, Jomeini fue reconocido como sucesor del Sha por las grandes potencias occidentales. Estados Unidos le pidió al ejército iraní que se alineara con él. Jomeini fue sacralizado, recibió el título de «imán» y fue visto como el representante del imán oculto por las multitudes chiitas.
La revolución tomó entonces un nuevo rumbo. Durante la redacción de la Constitución (octubre de 1979), Jomeini impuso el Velayat-e faqih como pilar central del régimen. Después de su muerte en 1989, una revisión constitucional transformó este principio en Velayat-e faqih absoluto, instaurando una autocracia religiosa total.
Los objetivos de la República Islámica
Los objetivos fundamentales de la República Islámica de Irán son:
-La imposición de la ley islámica (sharia) en todos los aspectos de la vida en Irán.
-La creación de un cuasi-imperio chiíta centrado en Irán, que abarque a los chiítas de Irak, Líbano, Siria y Yemen.
La ideología de la República Islámica
A diferencia de las «ideologías socialistas o comunistas», la ideología islámica no es antropocéntrica. El ser humano solo es reconocido como siervo de Alá; los derechos humanos no existen, ya que todos los derechos pertenecen a Dios y el ser humano solo tiene deberes. Reivindicar derechos es un delito; la crítica debilita el régimen y la oposición al Velayat-e faqih se asimila a una guerra contra Alá.
La igualdad se percibe como una injusticia, ya que las desigualdades sociales se consideran conformes al orden divino. La cultura chiíta valora la sangre, la muerte y el martirio, y concede poco valor a la vida humana. La misión del régimen no es el bienestar de los ciudadanos, sino el servicio a Alá y la expansión de la sharia chiíta. Esta visión explica el empobrecimiento de la población iraní en beneficio del armamento y la expansión regional del régimen.
El antiimperialismo de la República Islámica no va acompañado de ninguna crítica al capitalismo, limitándose a una hostilidad hacia la cultura y la modernidad occidentales. El antagonismo con Israel es tanto el resultado de una ideología antisemita como del proyecto imperial chiíta.
Conclusión
El clero chiíta, que llegó al poder gracias a una revolución popular, controla un país vasto y rico, utilizando tecnologías modernas para asegurar su dominio. Nunca estuvo dispuesto a renunciar a tal posición, dispuesto a sacrificar a la población para preservar el régimen.
La República Islámica de Irán no es ni una dictadura clásica ni un fascismo ordinario: representa una de las formas más sangrientas e inhumanas de fascismo religioso. Desde los primeros días, Rafsanyaní (ayatolá que fue presidente iraní entre 1989 y 1997) declaró: «El Sha ha retrocedido, lo hemos expulsado. No cometeremos el mismo error». Jomeini afirmaba que «la permanencia del régimen es más importante que la del propio islam, e incluso más que la vida del Imán del Tiempo (Mahdi)». Jamenei sigue hoy la misma lógica: un solo principio, un solo objetivo: la permanencia del régimen a cualquier precio.
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Con motivo del 47º aniversario de la revolución iraní de 1979 y del establecimiento de la República Islámica de Irán
S. Borhan
¿Por qué la revolución iraní de 1979 acabó convirtiéndose en una República Islámica?
Para comprender el resultado de la revolución iraní de 1979, hay que remontar a un largo siglo de luchas frustradas contra la autocracia. La Revolución Constitucional de 1906 había sentado las bases de un Estado de derecho con una Constitución y un Parlamento, con el objetivo de poner fin al poder absoluto del monarca y establecer una monarquía constitucional. Pero este intento se fue vaciando progresivamente de su contenido. En 1906 descubrieron petróleo en el sur de Irán, lo que se convirtió en un interés vital para el imperialismo británico.
-En 1921, gracias a un golpe de Estado apoyado por Gran Bretaña, Reza Khan, oficial cosaco, tomó el poder. En 1926, convertido en Reza Shah Pahlavi, puso fin a la dinastía Qadjar. Su misión, encomendada por el imperialismo británico, consistía en construir un Estado-nación centralizado, un baluarte estratégico anticomunista al sur de la Unión Soviética. La British Petroleum Company obtuvo el monopolio de la explotación del petróleo por un centavo de libra esterlina el barril. Durante dieciséis años de dictadura, Reza Shah suspendió de facto la Constitución, redujo el Parlamento a un simple órgano de ejecución, reprimió ferozmente a los opositores políticos, los liberales, los demócratas, los socialistas, los comunistas y los movimientos étnicos, y encarceló y ejecutó a los intelectuales críticos. Mediante la violencia y el terror, confiscó tierras agrícolas, explotó las más fértiles y se las apropió a título personal, amasando una inmensa fortuna. Su reinado terminó cuando, debido a sus simpatías por la Alemania nazi, Londres lo obligó a abdicar a favor de su hijo y a exiliarse.
Su hijo, Mohammad Reza Shah, lo sucedió y reinó durante treinta y siete años como fiel aliado de Occidente en la estrategia antisoviética. Irán se convirtió en el «gendarme de Medio Oriente» y en un pilar del «Cinturón Verde» anticomunista creado alrededor de la URSS. Tras la nacionalización del petróleo por parte del primer ministro nacionalista Mohammad Mossadegh, fracasó un primer golpe de Estado anglo-estadounidense, lo que obligó al Sha a huir. Tres días después, en 1953, se produjo un segundo golpe de Estado que sí tuvo éxito: Mossadegh fue derrocado y el Sha volvió a ocupar el trono.
-Desde entonces, y hasta 1979, el país vivió bajo un régimen policial y represivo, respaldado por una temible policía política, la SAVAK. La prioridad era clara: garantizar los intereses energéticos y geopolíticos occidentales, en particular los estadounidenses, erradicar toda influencia comunista y neutralizar las fuerzas democráticas de todo tipo. Los partidos y periódicos de izquierda fueron prohibidos, se generalizó la censura y los militantes comunistas, demócratas e intelectuales críticos fueron encarcelados, torturados o ejecutados.
Paralelamente, el poder real se apoyó deliberadamente en el clero chiíta como muralla ideológica contra el comunismo. Los religiosos gozaron de apoyo financiero, gran libertad de organización en las mezquitas, medios masivos para la propaganda religiosa, la edición de libros y la formación de predicadores. Esta alianza estratégica con el clero fue una característica común de los reinados del padre y del hijo. Según el ministro de Información del Sha, al comienzo de su reinado había 200 mezquitas, y 55 000 el año de su caída.
-En 1963, bajo la presión de la administración Kennedy [enero de 1961-noviembre de 1963], el Sha puso en marcha unas reformas limitadas conocidas como la «Revolución Blanca». El ayatolá Ruhollah Jomeini, que hasta entonces no era hostil a la monarquía, se opuso enérgicamente a ellas, en particular a la reforma agraria y a los derechos políticos concedidos a las mujeres. Exiliado en Irak ese mismo año, radicalizó su discurso y aprovechó las redes religiosas para construir una organización militante a escala nacional.
-Cuando, a finales de la década de 1970, las crisis económicas y sociales desembocaron en una situación revolucionaria, el país se encontró sin una alternativa viable al régimen del Sha. Todas las fuerzas políticas de izquierda, democráticas, liberales o republicanas habían sido totalmente aniquiladas. El único actor que contaba con un apoyo popular masivo, recursos financieros, redes nacionales y libertad de acción era el clero. Jomeini aprovechó este vacío político. Las manifestaciones masivas, a pesar de la represión, se prolongaron durante un año y adquirieron progresivamente un carácter religioso.
Ante un movimiento que se había vuelto irreversible, las potencias occidentales buscaron una solución alternativa antes de que las fuerzas de izquierda liberadas de las cárceles o que regresaban del exilio pudieran organizarse. Francia acogió a Jomeini en Neauphle-le-Château [comuna rural de Yvelines al oeste de París], la radio BBC en persa le dio una tribuna decisiva y, en enero de 1979, durante la conferencia de Guadalupe [del 4 al 7 de enero], los dirigentes estadounidense [Jimmy Carter], británico [James Callaghan], francés [Valery Giscard d’Estaing] y alemán occidental [Helmut Schmidt] validaron su papel como sucesor del Sha.
-El Sha abandonó Irán el 16 de enero de 1979. El 1 de febrero, Jomeini regresó triunfalmente a Teherán. Diez días después (11 de febrero), la monarquía se derrumbó y la República Islámica ocupó su lugar.
-En resumen, la República Islámica de Irán no es una ruptura surgida de la nada. Es el resultado directo de la estrategia anticomunista occidental y de las políticas ferozmente antidemocráticas del Sha, llevadas a cabo en alianza con el clero. Régimen autoritario y teocrático, es el fruto envenenado del árbol de la dictadura real: al querer sofocar a la izquierda, el Sha alimentó en su propio hogar a la serpiente que acabó mordiéndolo.
Actualmente, Irán se enfrenta a un vacío en cuanto a alternativas al régimen vigente, consecuencia de cuarenta y siete años de despotismo fascista y de la masacre por parte de éste de las fuerzas de izquierda, progresistas y democráticas. En una amarga ironía de la historia, el hijo del antiguo Sha dispone de los miles de millones que su padre saqueó a Irán. Dispone de una multitud de medios de comunicación que presentan el retorno de la monarquía como la única alternativa al régimen de los mulás [véase Haaretz del 3 de octubre de 2025, artículo de Gur Megiddo y Omer Benjakob, «The Israeli Influence Operation Aiming to Install Reza Pahlavi as Shah of Iran»; Le Figaro del 30 de enero de 2026, artículo de Stanislas Poyet «Falsas cuentas, “likes” y el sha de Irán: en la sombra, la guerra digital de Israel contra la República Islámica»]. La reacción engendra reacción, y los monárquicos querrían que la historia se repitiera bajo la forma de una comedia trágica.
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La República Islámica, un poder «sentado en una bayoneta»
S. Borhan
El secreto de la permanencia de la República Islámica, a pesar de las turbulencias y tormentas devastadoras por las que ha pasado, a pesar de haber atravesado dos guerras importantes, a pesar de la pérdida de toda legitimidad interna y de un aislamiento casi total en la escena internacional, a pesar de la asfixia económica, la pérdida de sus tentáculos subsidiarios en la región y las pérdidas extremadamente graves sufridas durante la guerra de doce días, radica en tres factores fundamentales:
1. Desde el primer día, una estrategia a largo plazo destinada a impedir a toda costa el surgimiento, la formación e incluso el embrión de toda forma de organización independiente del régimen —política, sindical o civil—, junto con la represión física sistemática de las organizaciones y los militantes de izquierda, demócratas y opositores al régimen. Este factor tuvo un papel clave en la actual ausencia de una fuerza política alternativa a la República Islámica, en un momento en que la magnitud de las movilizaciones pone en jaque al régimen.
2. La política de complacencia de las potencias imperialistas y del mercado mundial de capitales hacia este régimen, a pesar de las tensiones y divergencias graves.
3. El apoyo a una fuerza de represión ideológica basada en el chiismo duodecimano, mesiánica y a la espera del Imán oculto, profundamente creyente y comprometida con el dominio del islam, totalmente leal al Guía Supremo, aguerrida por las guerras y la represión de múltiples levantamientos urbanos, dotada de los equipos militares, informáticos y de comunicación de última generación, y dispuesta a cometer cualquier crimen contra la humanidad.
Panorama del aparato represivo de la República Islámica de Irán
Aún antes de construir y organizar su aparato represivo estructurado —los Guardianes de la Revolución, los Basij, las milicias paramilitares, etc.—, Jomeini quiso aplastar a sus detractores y a las personas críticas. Cuando el proceso revolucionario de 1979 aún estaba en marcha, se apoyó en sus partidarios más determinados para lograrlo. Ello se manifestó con agresiones físicas perpetradas por bandas de fanáticos religiosos armados con cuchillos y palos, la violenta interrupción de concentraciones o mítines de izquierda y/o demócratas, el espionaje y la delación al interior de los Comités y Consejos revolucionarios y populares, una intensa propaganda, incendios provocados en locales de la oposición, etc.
El ADN de las fuerzas represivas de la República Islámica está compuesto por estos elementos. La utilización, desde sus orígenes, de una base social represiva, desde la gestación del régimen hasta la creación de aparatos oficiales estructurados, constituye una diferencia cualitativa entre este régimen fascista y totalitario y las dictaduras clásicas o surgidas de golpes de Estado, que generalmente se apoyan en el ejército heredado del régimen anterior o en grupos de mercenarios.
Es cierto que esta base social se ha ido desmoronando en gran medida a lo largo de las décadas y que la relación entre la sociedad y el Estado se ha transformado profundamente, pero la naturaleza y la esencia fascistas del régimen y de sus fuerzas represivas siguen siendo en gran medida las mismas forjadas desde sus orígenes.
-El Cuerpo de la Guardia de la Revolución Islámica (CGRI)
El CGRI (Sépâhé-Pâssdârâne) surgió de los comités revolucionarios y los consejos de barrio y de fábrica que aparecieron durante la revolución, después de haber sido «depurados» de las fuerzas de izquierda. La discriminación (en términos de confianza y de valor) hacia el ejército heredado del Sha en comparación con el CGRI se deriva precisamente de estos orígenes distintos.
Durante los ocho años de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), tanto el ejército como el CGRI fueron enviados al frente. Pero fue el CGRI el que emergió como una fuerza combatiente y comandante aguerrida y dominante. Desde entonces, el ejército ha quedado relegado a un segundo plano, a la sombra del CGRI e incluso bajo su supervisión en lo que respecta a los servicios de inteligencia y seguridad.
El propio nombre de «Guardia de la Revolución Islámica» resume perfectamente su función: ser la columna vertebral de la protección del régimen islámico. Las condiciones de reclutamiento son extremadamente estrictas, sujetas a múltiples filtros de seguridad, ideológicos y religiosos, y cada miembro, independientemente de su rango, está sujeto a un control permanente.
-Un imperio económico sin equivalente
El CGRI se transformó en el principal accionista y beneficiario de la economía nacional, en todos los niveles: propiedad de tierras y recursos naturales, producción, industrias militares y nucleares, internet, exportaciones e importaciones, sistema bancario, petróleo y gas, minas, megaproyectos de construcción, gestión de redes de contrabando y elusión de embargos.
Esta posición económica exclusiva y monopólica le confiere un poder clave dentro del Estado, sin parangón con el de las oligarquías o mafias económicas clásicas del mundo. El CGRI se ha convertido en un componente central del poder político y de la gran «burguesía» iraní.
Además, dispone de su propio servicio de inteligencia paralelo al ministerio oficial, centros de detención y cárceles independientes del poder judicial, su propia agencia de prensa y múltiples instituciones estatales. A esto se suman sus fuerzas paralelas que dominan todas las estructuras militares: fuerzas terrestres, aeroespaciales y navales del CGRI, Fuerza Al-Qods, ciberarmada y Organización Bassij. El CGRI no rinde cuentas a nadie más que al Guía Supremo y no está sujeto a ningún control fiscal.
-Los Bassij y los «civiles uniformados»
El ingenio cínico de Jomeini y los arquitectos de la maquinaria represiva consistió, desde el principio, en disponer de varias instituciones paralelas, independientes entre sí, cada una con misiones específicas: CGRI, Ejército, Bassij, fuerzas del orden…
-La organización del Bassij
Creada por decreto de Jomeini en el marco del proyecto de los «veinte millones de bassijs» (movilización de los oprimidos) en un país que entonces tenía treinta millones de habitantes, esta organización es una estructura de represión fascista en el sentido estricto, en gran parte clandestina.
Además de su misión oficial y visible —vigilancia, identificación, delación, creación de expedientes, funciones de «seguridad interna» e intervenciones violentas en todas las instituciones públicas y privadas (escuelas, universidades, administraciones, fábricas, hospitales, transportes, etc.)—, asume una misión no oficial pero vital: la represión directa de manifestaciones, huelgas y movimientos callejeros por parte de los «soldados del Imán del Tiempo» (Imán oculto), conocidos como «civiles uniformados».
Organizados en todas las ciudades, barrios y mezquitas, en células armadas con armas blancas y de fuego, operan sin uniforme para que sus crímenes no sean atribuidos oficialmente al Estado. Estos crímenes son presentados como actos de los propios manifestantes o como una reacción «espontánea» de creyentes fieles contra los enemigos del islam y de la revolución.
El Bassij recluta entre fanáticos religiosos leales al régimen y al Guía Supremo, pero también entre presos comunes. Los condenados a muerte o considerados peligrosos son indultados a cambio de su participación en la represión. También recluta a mercenarios atraídos por los privilegios y ventajas otorgados a los bassijs.
-Las fuerzas del orden de la República Islámica
La policía nacional cuenta con más de 260 000 agentes activos, incluyendo la policía, las unidades especiales, los guardias fronterizos y la policía vial. Una parte esencial de las misiones de las unidades especiales consiste en «controlar las reuniones ilegales, los disturbios y las alteraciones del orden público, restablecer el orden en situaciones de crisis, proteger los lugares sensibles y cooperar con los servicios de seguridad» .
Las unidades especiales son las primeras desplegadas contra las manifestaciones, equipadas con motocicletas pesadas provistas de ametralladoras, armas cortas, gases lacrimógenos y químicos, cachiporras y camionetas armadas. Los bassijs vestidos de civil intervienen en apoyo, armados con dagas y pistolas, al tiempo que se encargan de la infiltración, la localización, la inflexión y el control de las consignas, así como del desvío de las marchas hacia las trampas tendidas por la policía.
-Las fuerzas auxiliares regionales
La misión de las fuerzas auxiliares regionales difiere de la de las fuerzas represivas que intervienen en territorio iraní, pero su ideología, su lealtad y su dependencia del régimen iraní son idénticas. Presentes en Siria, Irak, Líbano y Yemen, están entrenadas para la guerra y el asesinato, y se caracterizan por su extrema brutalidad.
Siempre se ha mencionado la posibilidad de recurrir a ellas para reforzar la represión interna en caso de situación de emergencia. En el pasado, y también durante la represión del pasado mes de enero, hubo informaciones que apuntaban a su participación directa en la represión de los manifestantes.
Según estadísticas aproximadas, el régimen dispondría de una fuerza de entre 125 000 y 190 000 miembros del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, más de un millón de miembros registrados en el Bassij —de los cuales unos 90 000 son activos y están entrenados— y unos 260 000 policías.
Con las segundas mayores reservas mundiales de gas, la tercera reserva de petróleo y un promedio de unos 280 días de sol al año, Irán no necesita en absoluto la energía nuclear. Si la República Islámica ha convertido el tema nuclear en una cuestión de vida o muerte y ha invertido miles de millones de dólares en él, es únicamente porque busca garantizar su propia supervivencia y dotar a su proyecto de imperio chií —y al «Imán del Tiempo»— de armas nucleares.
Teniendo en cuenta la estructura y la naturaleza de las fuerzas represivas del régimen, la hipótesis de una deserción masiva o un colapso interno que condujera a una rápida caída del régimen muy poco irrealista.