Todos los años, sobre el cráter de un volcán al sur de la Ciudad de México, entre la niebla y el lodo, a 2 mil 723 metros de altura, un puñado de soñadores juega al futbol como si la vida dependiera de ello. Aquí no existen millones de pesos de por medio ni cámaras de televisión. Hay algo más valioso: un pedazo de tierra que se resiste a dejar de ser de quien la trabaja.
