Sudán – “Una lucha a vida o muerte”. [Gilbert Achcar – Entrevista]

“Una lucha a vida o muerte”

Dina Ezzat

Al-Ahram Online, 27-5-2023

Traducción de Viento Sur

Correspondencia de Prensa, 3-5-2023

Cuando llevamos nueve días desde que estallara el conflicto entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), Gilbert Achcar, atento observador de los retos políticos y militares que surgen en el mundo árabe durante más de un decenio, reflexiona sobre una lucha que él considera que era inevitable debido a la naturaleza dual del poder militar en Sudán. Profesor de relaciones internacionales en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres, Achcar expone a Al-Ahram Weekly las salidas que puede tener el enfrentamiento en el peor y el mejor de los casos en un conflicto que estalló “debido a la incapacidad de las dos fuerzas militares de consensuar el nuevo marco que se había negociado por mediación internacional entre el gobierno militar sudanés y la Coalición Libertad y Cambio”.

Estaba previsto que el acuerdo se firmara en la primera semana de abril, cuando Abdel-Fatáh al Burhan, líder de las FAS, exigió la “rápida inclusión de las FAR bajo el mando de las FAS”. Achcar piensa que “lo que quería era poner fin al estatuto de las FAR como ejército paralelo, mientras que Mohamed Dagalo [el líder de las FAR] no estaba dispuesto a someter a sus tropas al mando del ejército regular. Se trata de un caso clásico de conflicto inevitable entre dos poderes armados desplegados en el mismo territorio: más pronto o más tarde, uno de los dos tratará de someter al otro.”

Establecidas por el expresidente destituido Omar Al Bashir, las FAR se organizaron como fuerza armada autonóma, paralela al ejército regular. Esto convenía al propósito de Al Bashir de contrapesar un poder con otro a fin de blindar su propio poder personal utilizando las FAR para misiones en las que el ejército no podía implicarse, dice Achcar. Dagalo era originalmente el líder de una fuerza paramilitar que fue propulsada a la política por Al Bashir durante la guerra desatada por el presidente depuesto en Darfur. “Así, esencialmente, Dagalo debía todo a Al Bashir, pero esto no le privó de volverse contra él cuando pensó que el tiempo de Al Bashir había pasado,” explica Achcar. El derrocamiento de Al Bashir fue el momento en que Dagalo comenzó a aspirar a desempeñar un papel político mucho mayor, impulsado por la participación decisiva de las FAR en la caída del expresidente en colaboración con las FAS.

Achcar cree que Al Burhan conocía la ambición de Dagalo. Solo esperaba a que llegara el momento oportuno para someterlo. Ese momento, señala, llegó “después del golpe del 25 de octubre [de 2021], cuando Dagalo se distanció de las FAS y declaró que el golpe había sido un fracaso”. En octubre de 2021, Al Burhan pensó que la escisión que se había producido dentro de la Coalición Libertad y Cambio le permitía avanzar en la eliminación del acuerdo de reparto del poder entre civiles y militares existente desde 2019 y el restablecimiento de un gobierno puramente militar.

“Sin embargo, las cosas no fueron por la senda que esperaba Al Burhan a causa de la vigorosa oposición en las calles y las presión económica internacional, principalmente occidental. Se vio forzado a dar marcha atrás y negociar con la Coalición Libertad y Cambio que él había expulsado del gobierno y, presionado desde el exterior, aceptar un nuevo acuerdo que de hecho es más restrictivo para el ejército que el de 2019”, afirma Achcar. “Esto fue de hecho una clara manifestación del fracaso de su intentona.” Al Burhan se convenció de que necesitaba someter a las FAR para poder maniobrar dentro del nuevo tablero político que se estaba definiendo. Las FAS debían mejorar sus posibilidades de mantener el control del poder político y con él el de su imperio económico en Sudán, y esto exigía poner fin a la división de las fuerzas armadas del país.

Las FAS no podían seguir coexistiendo con unas FAR autónomas. “Por mucho que tanto Al Burhan como Dagalo sean hijos del mismo régimen político de Al Bashir, desde la caída del dictador pasaron a ser rivales. El poder político se basa en el monopolio de la fuerza, y en este sentido no hay dualidad que se sostenga durante mucho tiempo”, señala Achcar. Al Burhan toleró la coexistencia con las FAR mientras estas cooperaran con las FAS en hacer frente a la presión de la oposición a favor de un gobierno civil, pero Achcar piensa que “esto ha pasado irremediablemente a la historia. Por eso es un error creer que ambos bandos podrían reconciliarse de alguna manera. Asistimos a una lucha a vida o muerte entre ellos.”

Achcar está de acuerdo en que esta situación es muy preocupante. Si mañana cesara el enfrentamiento sin que ninguno de los dos bandos lograra una victoria decisiva, Sudán quedaría dividido en zonas separadas bajo control de una u otra fuerza militar. Un acuerdo político renovado entre estas fuerzas, añade, es muy improbable. “Exigiría que Dagalo aceptara la integración de las FAR bajo el mando único de las FAS. Hoy por hoy, esto parece prácticamente imposible, a menos que una fuerza regional lograra obtener el consentimiento de Dagalo para abandonar la lucha.”

Guerra civil

Según Achcar, el conflicto podría conducir a una guerra civil prolongada o concluir con una división del país en zonas controladas por una u otra de las dos fuerzas rivales. “Por eso hay tanta preocupación por lo que está sucediendo en Sudán, especialmente en un país que comparte un pasado y una frontera como es Egipto y un país que teme la desestabilización de la región como es el Reino Saudí.” Sin embargo, Achcar entiende que representar el conflicto actual en Sudán como una guerra por delegación es simplista y reduccionista. “Es cierto que influyentes actores regionales tienen sus preferencias entre dos fuerzas que luchan por el control de Sudán.” Pero cuesta pensar que alguna de estas potencias han buscado esta guerra, que puede convertirse en un barrizal con efectos regionales potencialmente peligrosos.

“Egipto parece optar por la neutralidad” en el conflicto actual, a pesar de su estrecha relación con Al Burhan”, dice Achcar, y añade que también sería difícil pensar que los Emiratos Árabes Unidos puedan arriesgarse a verse abiertamente involucrados en la guerra, “pese a su conocida relación con Dagalo y su deseo de hacer su propio juego frente a los saudíes, como hizo en Yemen”, ya que nadie sabe cómo puede terminar este conflicto.

La complejidad de la situación en Sudán no se limita a la rivalidad entre las FAS y las FAR, añade Achcar. Las fuerzas políticas civiles que formaban la oposición política a Al Bashir también están divididas. Sus caminos se separaron hace ya bastante tiempo, recuerda, cuando en 2019 una mayoría de la Coalición Libertad y Cambio optó por el compromiso político con los militares, mientras que el resto, junto con los Comités de Resistencia y una mayoría de la Asociación de Profesionales Sudaneses, rechazaron ese acuerdo. El golpe del 25 de octubre desmintió a quienes creyeron que las FAS respetarían su promesa de entregar el poder a los civiles en condiciones democráticas.

Sin embargo, la presión internacional a favor de un acuerdo renovado influye tanto en los militares como en la oposición civil, continúa Achcar. Quienes habían sido destituidos por Al Burhan en 2021 volvieron a entablar negociaciones con las FAS y suscribieron finalmente el Acuerdo Marco, que ha sido rechazado de nuevo por las fuerzas radicales. “Quienes no estaban convencidos de la utilidad de colaborar con las FAS en 2019 sin duda no cambiarían de opinión después del golpe de 2021 coup”, explica.

Con el actual conflicto armado, las esperanzas de democracia en Sudán generadas por la Gloriosa Revolución (como la llaman allí), que comenzó en diciembre de 2018, están en entredicho, señala Achcar. Explica que si las FAS ganan la batalla, puede que venga un largo periodo de control militar, que aplastaría toda perspectiva de establecimiento de la democracia. Por otro lado, si las FAR consiguen resistir, la división del país entre las dos fuerzas beligerantes podría asfixias las perspectivas democráticas.

Una hipótesis favorable podría ser que la lucha entre ambas fuerzas militares debilitara a ambas y que el grueso de la población sudanesa les culpara por el caos creado. En este caso, el movimiento popular, encabezado por los Comités de Resistencia, tal vez lograría movilizar a la gente hasta poner fin a la dictadura militar e instituir la democracia en Sudán. “Está claro que las fuerzas armadas son el principal obstáculo para cualquier proceso revolucionario, tanto en Sudán como en otros países de la región,” declara Achcar. Dice que esta es la cuestión que no tuvieron en cuenta las fuerzas políticas en todos los países de la Primavera Árabe, tanto en su primera como en su segunda fase.

Para tener éxito, necesitaban ganarse los corazones y las mentes del ejército, como había ocurrido en todos los casos de cambio radical mediante levantamientos en la historia, dice. Las situaciones de guerra, especialmente en casos de derrota, podrían facilitar este escenario. Sin embargo, aún está por ver si la batalla que se está librando en Sudán podría conducir a un resultado semejante.

Un final del conflicto actual que ahogue las esperanzas de democracia en Sudán es un peligro que no puede subestimarse, afirma Achcar. Tras los sucesos de 2021 en Túnez, un final así, añade, podría suprimir el último espacio democrático logrado por las dos oleadas revolucionarias sucesivas de la Primavera Árabe en 2011 y 2019. Aún así, dice, incluso con la fallida oportunidad de democracia que existe hoy en Sudán, sería un error asumir que el potencial revolucionario, ya sea en Sudán o en cualquier otro lugar de los países de la Primavera Árabe, está sofocado. “Solo han pasado 12 años desde la primera onda expansiva de la Primavera Árabe. Todavía es bastante pronto para los procesos revolucionarios a largo plazo”, afirma.

Los cambios políticos, y también militares, en el mundo árabe tienen su propia dinámica. “Por eso fue un gran error establecer paralelismos entre las revoluciones democráticas de Europa del este [a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990] y la Primavera Árabe”, afirma. “En Europa del este había un gobierno burocrático, Estados dirigidos por burócratas con privilegios relativamente limitados. En cambio, en Oriente Medio estamos hablando de grupos con inmensos intereses creados que consideran los Estados como su propiedad privada y están dispuestos a aferrarse al poder y con él a sus enormes privilegios por todos los medios necesarios. Son dos situaciones muy diferentes”, agrega.

Achcar está preocupado por la posibilidad de una derrota de los sueños revolucionarios de democracia en Sudán. También le preocupa el retroceso más amplio de la democracia en la región árabe, que se manifiesta, entre otros signos, en la actual reintegración del presidente sirio Bachar al Asad en la Liga Árabe y la actual represión contra la oposición política en Túnez. Sin embargo, insiste en que se trata de un retroceso temporal en una prolongada sucesión de ciclos revolucionarios. Según Achcar, “los levantamientos árabes fueron provocados por grandes problemas estructurales, políticos, sociales y económicos. El flagrante fracaso a la hora de resolver cualquiera de estos problemas significa que solo es cuestión de tiempo que el volcán vuelva a entrar en erupción, de alguna manera, en algún lugar.”