Israel – «¿Desobediencia civil contra el gobierno fascista, sin palestinos?» [Dossier]

Israelíes protestan contra el nuevo gobierno, Tel Aviv, 7 de enero 2023. Foto: Tomer Neuberg/Flash90

Orly Noy

A l’encontre, 23-1-2023

Traducción de Correspondencia de Prensa, 24-1-2023

El caos desatado por el gobierno israelí de extrema derecha ha vuelto a poner en primer plano un concepto olvidado en el léxico público: la desobediencia civil. En las últimas semanas, incluso antes de la toma de posesión del nuevo gobierno, militantes y líderes de la oposición convocaron a manifestaciones masivas, huelgas y otras formas de agitación.

Dos de estos líderes son Ehud Barak [ministro israelí de Defensa de junio de 2007 a marzo de 2013] y Yair Golan [ministro de Economía 2021-2022] -ambos son generales retirados del ejército, personas que han pasado gran parte de su vida en uniforme militar- nos incitan ahora a tomar las calles y a desobedecer al régimen. Mientras que la amenaza de desobediencia civil de Ehud Barak sigue siendo vaga y carece de un plan de acción, Yair Golan presenta un plan más claro: cierre de comercios y servicios, bloqueo de carreteras, etc.

Por supuesto, podemos preguntarnos dónde va a encontrar las huestes para esta desobediencia civil un hombre [de 2020 a 2022, Golan fue miembro del Meretz] cuyo partido fue borrado del mapa político en las últimas elecciones, y si puede comprender no sólo el concepto de «civil», sino también el de «desobediencia».

Lo más cercano de la desobediencia civil que Israel ha conocido -ya sea en términos de escala, organización o determinación- fue el levantamiento de los ciudadanos palestinos en octubre de 2000. Pero esos acontecimientos trascendieron la desobediencia civil por dos razones: en primer lugar, por la condición de ciudadanos de segunda clase de los palestinos, que viven bajo un régimen de apartheid y supremacía judía; y, en segundo lugar, por la definición aceptada del término, según la cual quienes participan en actos de desobediencia civil pueden rechazar las acciones del gobierno, pero aceptando su legitimidad. En general, los ciudadanos árabes no aceptan, y la razón los asiste, la legitimidad de un gobierno que es intrínsecamente discriminatorio y opresivo hacia ellos.

Y, sin embargo, esas manifestaciones masivas de 2020 fueron las más significativas que hemos visto contra el gobierno. Sí, es cierto que ha habido manifestaciones más multitudinarias, como la de las 400.000 personas que protestaron en Tel Aviv contra la masacre de Sabra y Shatila [campos de refugiados palestinos en el oeste de Beirut] en 1982. Sin embargo, aquella manifestación se centraba en una reivindicación muy concreta y no llegó a acercarse al desafío lanzado al régimen por los ciudadanos palestinos en octubre de 2000.

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¿Dónde estaban los dos héroes actuales de la desobediencia civil, Golan y Barak, cuando la opinión pública árabe se levantó contra este régimen podrido e inmoral?

Uno era el jefe de la Brigada Nahal del ejército israelí, que oprimía a los palestinos en los campos de refugiados y las ciudades de la Cisjordania ocupada, y el otro era el primer ministro del Estado que reprimió brutalmente ese mismo levantamiento.

Una represión que se saldó con la muerte de 13 ciudadanos palestinos a manos de la policía israelí. Aunque, posteriormente, Ehud Barak «expresó su pesar» y se disculpó por su responsabilidad en los asesinatos, su gesto sin sentido fue rechazado por las familias en duelo. Yair Golan ni siquiera presentó una disculpa simbólica por sus crímenes. Al contrario, durante su breve paso por la Knesset como miembro del Meretz en el «gobierno del cambio» [el anterior al actual], apoyó la ley de ciudadanía [reduciéndola a la ciudadanía judía] e intentó suprimir las voces de su propio partido que pretendían convertirla en una ley árabe-judía.

Pero los dos generales retirados, que siguen profundamente apegados a la idea de la supremacía judía, no sólo no comprenden el verdadero significado de la ciudadanía, sino que parece que también tienen dificultades para entender el concepto de desobediencia. Una desobediencia civil eficaz requiere, sobre todo, la participación de las masas. Sin la participación de los ciudadanos palestinos, el golpeado y maltrecho bando de Barak y Golan no tiene ninguna posibilidad de lograr un cambio real. Esto ya ha sido demostrado en el ámbito parlamentario, y también es cierto en las calles.

Golan y Barak, por supuesto, no tienen ninguna posibilidad de movilizar a la población árabe para el tipo de protesta que quieren encabezar -no sólo por la cantidad de sangre palestina que tienen en sus manos, sino también por los profundas carencias en la naturaleza del cambio que quieren ver.

Y ésta es la verdadera cuestión: ¿aceptará el bando que convoca a la desobediencia civil renunciar a sus privilegios en favor de la participación en una democracia igualitaria y justa? ¿O los preferirá, aun a costa de establecer un régimen francamente fascista? Sencillamente, no hay una tercera vía. Dejando a un lado la quimera de un «Israel democrático y judío», es posible imaginar una auténtica desobediencia civil dirigida por ciudadanos árabes, que podría liberarnos a todos de las cadenas de la supremacía. De lo contrario, seguiremos inmersos en un fascismo israelí cada vez más profundo. (Publicado en: +972Magazine, 13-1-2023)

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«Los manifestantes sionistas de Tel Aviv se olvidaron de sus vecinos palestinos»

Gideon Levy

Una vez más, no fui a la plaza Habima [en Tel Aviv, también llamada plaza de la Cultura], ni a la calle Kaplan [una importante arteria del centro de Tel Aviv], para sumarme a las manifestaciones1 en Jerusalén, Michel Paul, escribe el 22 de enero sobre la primera «crisis» del nuevo gobierno, que estalló cuando el Tribunal Supremo exigió que el ministro de Interior y Sanidad, Arie Dery, fuera destituido de su cargo después de haber sido condenado tres veces por malversación de fondos. Este último era líder del partido ultraortodoxo sefardí, el Shas: «El Tribunal Supremo lo había exigido. Y Benyamin Netanyahu tuvo que acatarlo finalmente. Despidió a Arie Dery de su cargo ministerial, pero con guantes de terciopelo. Una decisión que ignora la voluntad del pueblo. Y añadió que hará todo lo posible para buscar por medios legales la manera que le permita a Dery seguir brindando sus servicios al país.»] [en protesta contra el nuevo gobierno de extrema derecha encabezado por Benyamin Netanyahu]. Mis piernas no me llevaron y mi corazón no me dejó participar en una manifestación que en gran medida está justificada, pero que no es mi manifestación.

Una manifestación cubierta por un mar de banderas azules y blancas, como para justificarse y proteger a sus participantes, mientras se prohíben las banderas de otros pueblos que viven en esta tierra [una decisión del último gobierno, entre otros de Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional] o son agrupadas en un gueto estrecho encima de un montículo de tierra al borde de la plaza, como en la manifestación anterior, no puede ser mi manifestación.

Manifestación en Tel-Avivi, 21 de enero 2023.

Una manifestación exclusivamente judía y uninacional en un Estado claramente binacional no puede ser una manifestación para nadie que busque la igualdad o la justicia, que son algunas de las palabras clave de esta manifestación pero que quedan vacías de su contenido en medio de la misma.

La retórica de «libertad, igualdad y buen gobierno» de los organizadores de una manifestación en Tel Aviv es hueca; la retórica de «lucha por la democracia» de los organizadores de la otra manifestación no lo es menos. No hay ni habrá nunca «libertad, igualdad y buen gobierno» en un Estado de apartheid, como tampoco hay «lucha por la democracia» cuando se hace la vista gorda ante el apartheid.

Algunos judíos de este país están ahora indignados ante una amenaza concreta contra sus derechos y su libertad. Es bueno que hayan sido incitados a la acción civil, pero sus derechos y su libertad, incluso después de haber sido coartados, seguirán siendo los de los privilegiados, los derechos inherentes a la supremacía judía. Quienes lo consienten, con palabras o en silencio, invocan en vano el nombre de la democracia. El silencio sobre este tema es el silencio sobre el apartheid. La participación en estas muestras de hipocresía y el doble rasero son inaceptables.

La marea de banderas israelíes en estas manifestaciones sirve de excusa a la derecha para cuestionar la lealtad y el patriotismo de este bando de manifestantes. Somos sionistas, por lo tanto, somos leales, dicen los manifestantes. Que los palestinos y los árabes israelíes esperen a que solucionemos las cosas entre nosotros. Está prohibido mezclar los temas, como si fuera posible no mezclarlos. Una vez más, el centro y la izquierda se quedan pasmados ante las acusaciones de la derecha, mascullando y pidiendo disculpas. La pureza de la bandera los ha mancillado mucho más que las acusaciones.

Una vez más, este campo demuestra que excluye a los palestinos y a su bandera tanto como la derecha. ¿Cómo se puede participar en una manifestación así? No hay ni puede haber una manifestación sobre la democracia y la igualdad, sobre la libertad e incluso sobre el «buen» gobierno, en un contexto de apartheid en un Estado de apartheid, mientras se ignora la existencia del apartheid.

La bandera fue elegida como símbolo porque es una manifestación sionista, pero no puede ser una manifestación sionista por la democracia y a la vez una manifestación justa. Una ideología que graba en su bandera la supremacía de un pueblo sobre otro no puede predicar la justicia mientras no cambie la base de su ideología. La estrella de David se hunde, como demostró de forma tan desgarradora la ilustración de portada de la revista hebrea Haaretz del viernes, pero su hundimiento es inevitable mientras la bandera de Israel sea la bandera de una sola de las dos naciones que la reclaman.

La sangre palestina ha corrido como el agua en los últimos días. No pasa un día sin que mueran personas inocentes: un profesor de gimnasia que intentó salvar a un herido en su patio; dos padres, en dos lugares diferentes, que intentaron proteger a sus hijos y un hijo de refugiados de 14 años, todo en una sola semana. ¿Cómo puede una manifestación ignorar esto, como si no estuviera ocurriendo, como si la sangre fuera agua y el agua bendita lluvia, como si no tuviera nada que ver con el rostro del régimen?

¿Qué pasaría si los judíos fueran atacados cada uno o dos días? ¿Los habría ignorado la manifestación? La ocupación está más lejos que nunca de haber terminado; se ha convertido en el ruido molesto de un mosquito que hay que enmudecer. Cualquiera que la mencione es un alborotador al que hay que mantener alejado. Incluso la izquierda ya no quiere oír hablar de ella.

«Detengan el golpe de Estado», dicen los anuncios, con un patetismo que parece que hubieran tomado prestado de la Revolución Francesa. Pero no hay revolución en un Estado de apartheid si sigue siendo un Estado de apartheid. Incluso si se cumplen todas las demandas de los manifestantes, si se elogia al Tribunal Supremo, si se exalta al Fiscal general y si se devuelve al poder ejecutivo su legítima estatura, Israel seguirá siendo un Estado de apartheid. Entonces, ¿cuál es el objetivo de esta manifestación? Para que podamos regocijarnos una vez más de ser «la única democracia del Medio Oriente». (Publicado en Haaretz, 22-1-2023)

Nota de A l’encontre

  1. El corresponsal de RFI [Radio France Internationale