Brasil – La inflación golpea a los más pobres. [Esquerda Online – Editorial]

Se necesita una respuesta anticapitalista a la amenaza de hambre.

Esquerda Online, 15-9-2020

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa, 17-9-2020

Los índices de inflación publicados recientemente por el IBGE (Instituto Brasilero de Geografía y Estadística), evidencian una realidad acumulada en los últimos meses: mientras que el índice general de precios al consumidor ha subido un 2,44% en los últimos 12 meses, los precios de los alimentos aumentaron un 11,39%. Apenas en ese año, los precios de los alimentos ya han aumentado un 6,10%.

La inflación para las familias más pobres en agosto subió 0,38%, mientras que la faja de ingresos más altos registró una deflación del 0,10%, según el IPEA (Instituto de Pesquisa Económica Aplicada). Evidentemente, los más afectados por esta situación son los sectores más pauperizados de la clase trabajadora, especialmente los negros, las mujeres y los LGBT. Diariamente, son los que comprometen la mayor parte del presupuesto doméstico en la compra de alimentos.

Como veremos más adelante, este escenario es el resultado tanto del pleno funcionamiento de la dinámica productiva capitalista, como de las opciones políticas del gobierno de Bolsonaro.

Lógica capitalista y disparada inflacionaria

Al explicar el aumento inflacionario de los alimentos, los economistas de la ortodoxia neoliberal se centran en los elementos cíclicos. Destacan el alto valor del dólar frente al real, lo que hace que la exportación de los cultivos sea más atractiva que la comercialización en el Brasil. De manera complementaria, hacen hincapié en el aumento de la demanda (interna y externa) en el contexto de la pandemia como factor de desequilibrio en la relación entre la oferta y la demanda.

Por otra parte, Bolsonaro, en sus pronunciamientos públicos, ha hecho llamamientos para que los mercados minoristas reduzcan el precio de los productos destinados al consumidor final. Así, en cierto modo, da la impresión de que la inflación se debe a la avaricia y la actividad especulativa de los propietarios de estos mercados.

Ambos enfoques ponen de relieve aspectos reales de la situación actual. Sin embargo, al señalar sólo desequilibrios momentáneos y/o comportamientos individuales como causas, mantienen ocultos los mecanismos estructurales en funcionamiento. En otras palabras, no indican que este escenario sea el resultado del funcionamiento normal de la lógica capitalista.

El caso del arroz es bastante ilustrativo de esta lógica, ya que aunque Brasil es uno de los diez mayores productores del mundo, los precios del producto se dispararon. Un saco de cinco kilos, hasta hace poco vendido por unos 15 R$, ahora cuesta hasta 40 R$. En los últimos años, la producción nacional se ha reducido considerablemente. Entre 2019 y 2020, por ejemplo, Río Grande do Sul -donde se concentra la mayor parte de la producción brasileña- vio cómo su superficie de cultivo de arroz se reducía en un 15% 1. Gran parte de la tierra liberada de esta manera se convirtió en otros cultivos cuyos precios en el mercado internacional eran más atractivos, como la soja.

Por lo tanto, se puede ver que la lógica capitalista de la búsqueda de la maximización de los beneficios, se centra no sólo en el momento de la comercialización de los productos, sino en la determinación misma de lo que se producirá. Estas elecciones, asociadas a la ausencia de una política eficaz de almacenamiento de granos, terminaron por limitar la capacidad de suministro de arroz del país.

Este escenario se ve agravado por la dependencia externa estructural que caracteriza a la economía brasileña. Es esta condición la que explica tanto la devaluación del real como el alto y creciente peso del sector agrícola en nuestra economía. Incapaz de impulsar su economía con un grado significativo de autonomía, Brasil ve que la producción de este sector está cada vez más orientada al comercio exterior. Sólo considerando esta suma de factores estructurales es posible comprender la profundidad del impacto de los elementos coyunturales y, en consecuencia, también el grado de aceleración de la inflación de los alimentos.

La dramática crisis social

El aumento de los precios de los alimentos se produce en medio de una profunda crisis social en el Brasil. Según los datos del IBGE correspondientes al mes de julio, el país tiene casi 13 millones de desempleados, 5 millones de desalentados (ya han renunciado incluso a buscar trabajo), 28 millones de trabajadores infrautilizados (les gustaría trabajar más horas a la semana) y 34 millones de trabajadores informales, con pocos derechos 2

Consecuente con su proyecto de garantizar la rentabilidad del capital, bajando brutalmente las condiciones de vida de la clase trabajadora, el gobierno de Bolsonaro no hace nada para mejorar esta situación. Por lo tanto, en los próximos meses, la tendencia es que este escenario empeore aún más. Sin reacción alguna por parte del gobierno, ya se han anunciado despidos masivos en varias empresas y sectores, como Embraer (2.500 trabajadores) y profesores privados de enseñanza superior (1.800 trabajadores, sólo en el estado de San Pablo) 3. Al mismo tiempo, Bolsonaro ya ha conseguido reducir el valor de la ayuda de emergencia de 600 a 300 reales (su propuesta inicial era de 200 reales).

Frente a este escenario, el aumento incontrolado de los precios de los alimentos tiene el potencial de generar un verdadero desastre. Millones de familias trabajadoras están teniendo que adaptar su dieta (en general, reduciendo su ingesta de calorías y nutrientes), o simplemente se ven empujadas a una situación de hambre.

Por un programa anticapitalista que asegure la soberanía alimentaria

Este escenario de generalización del hambre en un país responsable de una parte importante de la producción mundial de alimentos, sólo puede superarse eficazmente si se abandona completamente la lógica capitalista. En lugar de la búsqueda del máximo lucro individual, es necesario construir un orden social guiado por el máximo bienestar colectivo.

Algunos ejemplos de esta lógica alternativa se pueden encontrar en nuestro presente. Por ejemplo, muchas cooperativas del MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra) que producen arroz orgánico ya han declarado públicamente que no aprovecharán este momento para aumentar sus márgenes de beneficio a expensas de los salarios de los trabajadores. Por esta razón, mantendrán sus precios en los niveles anteriores al aumento de la inflación. No por casualidad, el MST y sus cooperativas también se encargaron de donar toneladas de alimentos a las familias de los trabajadores que se encontraban en dificultades a causa de la pandemia del Covid-19 4.

Nuestro desafío es extender esta lógica a la sociedad en su conjunto, subordinando a ella toda la producción social. Se trata, pues, de garantizar la soberanía alimentaria mediante una planificación económica democrática, con una amplia participación de la clase trabajadora.

A corto plazo, es necesario adoptar algunas medidas urgentes para evitar una tragedia social aún mayor. Entre ellas, cabe señalar: el aumento de la ayuda de emergencia por el valor de un salario mínimo; la prohibición de los despidos masivos; la reforma agraria en beneficio de los pequeños productores y la ampliación de la financiación a la agricultura familiar, que es la principal responsable de la producción de alimentos en el país; y el control de los precios practicado por los comerciantes minoristas.

Enfrentando directamente los intereses de los diversos sectores capitalistas, este programa puede poner en marcha a la clase trabajadora a través de la defensa de sus intereses inmediatos. Al mismo tiempo, señala la posibilidad de construir y fortalecer un orden social que supere el capitalismo. El primer paso para su concreción es la formación de un Frente Único de trabajadores urbanos y rurales, a través de sus partidos, movimientos y otras entidades, como PSOL, PCB, PT, PCdoB, MTST, APIB, MST, colectivos de negros y negros, feministas, LGBT, etc.

Notas

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