Correspondencia de Prensa, 20-5-2020

Todos los 20 de mayo de cada año, decenas de miles de personas acuden a la Marcha del Silencio convocada por Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos. Es la única acción política que en el país consigue reunir a una verdadera multitud. Muchos asisten para cumplir un ritual sanador. Acompañan por solidaridad. Otros muchos, todavía, creen que es posible. Reclaman Verdad y Justicia. Exigen el fin de la impunidad. Condenan el terrorismo de Estado, repudian la dictadura militar. No se resignan a “dar vuelta la página” del sufrimiento, ejercen libremente ese derecho. En su inmensa mayoría son votantes del Frente Amplio. Depositaron una esperanza en el llamado “ciclo progresista”. Fueron burlados. Igual seguirán peleando. Con indoblegable decisión.

Esta vez, será bajo un gobierno de la misma derecha reaccionaria que, desde siempre, promovió la “caducidad” de los crímenes de lesa humanidad. Ahora, vuelta al poder, ni siquiera disimula su cómplice alianza con torturadores y asesinos. Vale decir, con el partido militar.

Cierto. Las actuales condiciones de emergencia sanitaria impiden una marea de gente en las calles. Sin embargo, muros, grafitis, barbijos, redes, videos, perfiles, afiches, balconeras, prueban que la convicción democrática salteó la barrera del “distanciamiento social”. Mensaje alentador: el tramposo relato de una “nueva normalidad” no logrará confiscar la persistente memoria colectiva.

El martes 19 de mayo, en conferencia de prensa, Alba González, integrante de Madres y Familiares de Detenidos Desparecidos, agradeció “a todas las personas, familias que en cada casa, barrio, plaza, lugar de trabajo, individualmente o desde distintas agrupaciones, colectivos, sindicatos, cooperativas, a lo largo y ancho del país desplegaron su creatividad y sensibilidad”. Y volvió a reafirmar la decisión: “Esta es una lucha social por la vida. Nuestra búsqueda, plagada de obstáculos e impunidad, no se agota en la justicia concreta por la que seguiremos batallando en los juzgados, sino en la empecinada exigencia para generar garantías de no repetición”. (Ernesto Herrera)

***

No habrá marcha este año. Una interrupción elocuente

Valentín Ríos Enseñat

Brecha, 15-5-2020

En unos días será 20 de mayo, y por primera vez, después de 24 años ininterrumpidos, no habrá Marcha del Silencio. En este lapso de tiempo pasó de todo, pero, sobre todo, lo que pasó fue el tiempo mismo. Como referencia inmediata, me tengo a mí mismo: me doblo en edad. En la primera marcha tenía 19 años y era integrante de Hijos, un grupo que habíamos formado los hijos e hijas de desaparecidos. Un dato de aquel entonces que quizás sorprenda es que, si bien acompañamos en silencio a nuestros familiares, no considerábamos que fuera la manera más adecuada de hacerlo. Fuimos una generación que creció en el silencio, y justamente por eso veíamos en este al principal aliado de la impunidad, que era absoluta en aquella época. Nos dolía, por ejemplo, que a la marcha asistieran personajes públicos que, por acción u omisión, habían sido –y seguían siendo– parte de ese entramado de impunidad. Al año siguiente, también marchamos en silencio, pero esa vez difundimos nuestra postura a través de un volante en el que dijimos lo que no queríamos callar.

Para cierto imaginario éramos los “radicales”. Los más veteranos decían que nuestra rebeldía era una resultante de la juventud, del ímpetu e idealismo propio de esa etapa de la vida que, con el paso del tiempo, se aplaca y equilibra. Reclamar justicia era visto como un acto de radicalidad política porque muchos entendían que el pueblo ya había laudado este reclamo al perder el plebiscito para derogar la ley de caducidad. Nosotros lo entendíamos distinto.

Algunas cosas no cambiaron. Se sigue hablando de la juventud como si esta se tratara de un valor absoluto, a duras penas, una etapa inconexa del propio yo. Los jóvenes son pensados como si nunca hubieran sido niños y como si nunca fueran a ser adultos, lo que les amputa el estatus de sujetos per se. No son personas transitando la vida misma, sino que son un bache, un agujero negro en el devenir de su propia construcción como sujetos. No gozan de reconocimiento ni respeto; son inofensivos porque sus acciones y sus ideas son momentáneas, apenas síntomas inocuos de quien todavía no es visto como un otro.

Tomar distancia y vernos

Pero de vuelta a los 20 de mayo: pasaron 25 años desde la primera marcha y en junio se cumplirán 47 del golpe de Estado que institucionalizó la violación de derechos humanos. Si matematizamos estos datos, veremos, por ejemplo, que llevamos más años marchando que los transcurridos entre el golpe y la primera convocatoria. Si bien esto es sólo un ejercicio, creo que es útil –necesario, más bien– cuantificar vivencias, ponerlas en perspectiva, tomar distancia y vernos desde afuera como individuos y como colectivo.

Imaginemos un lienzo en el que se plasma, mediante una línea, el recorrido de nuestra vida. Un gran garabato. Si seguimos con la mirada este dibujo, reconoceremos ciertas regularidades y patrones que se repiten idénticos: cumpleaños, rutinas, el trayecto al lugar de trabajo o estudio, al almacén, las vacaciones y las manías, por nombrar algunos. Y entre tantas repeticiones, además, encontraremos las sorpresas, lo nuevo, lo irrepetible, lo que nos marca. En mi lienzo, la novedad, sin dudas, es la espera de un hijo.

Milo nacerá en agosto. Será mi primer hijo. Llegará en circunstancias que él no eligió, porque la vida es así: comienza con un montón de cosas dadas. Crecerá inserto en una comunidad que le impondrá sus normas y heredará una historia familiar, social y política. El universo de Milo –su completitud– estará paradojalmente conformado por algunas ausencias, no sólo por el hecho de que vaya a ser nieto de desaparecido, sino porque todas las personas convivimos con la ausencia. Tendrá la posibilidad –como todos los demás niños– de ser una persona íntegra y vivir su vida plenamente a pesar de lo que pueda no tener: lo que lo determinará no será la falta, sino lo que reciba. No tengo dudas de que el amor lo puede casi todo. Esa será mi obligación con Milo: darle lo mejor de mí, siempre. A medida que crezca, él irá descubriendo cosas, y no todas serán buenas y hermosas, y así aprenderá a distinguir y a elegir quién ser.

Para ese entonces, posiblemente, seguirán existiendo las Marchas del Silencio. Eso querrá decir que la impunidad continúa y, sobre todo, que la gente no habrá renunciado a darles a sus vidas un sentido de verdad y justicia. Hay algo desolador y a la vez esperanzador en esta idea que nos interpela. Ahí tendremos que mirar otra vez el lienzo de nuestras vidas. Contaremos cuántos 20 de mayo marchamos –¿24?, ¿30?, ¿70?– y buscaremos entre tantos trazos algún rayón que irrumpa en tanta regularidad constante, algo que quiebre la simetría del dibujo y nos cuente algo más. Preguntaremos cuántos desaparecidos se encontraron, cuánta más verdad sabemos, cuánta justicia se alcanzó, y, respondidas estas preguntas, algo nos seguirá inquietando. ¿Será que tanta lucha porfiada hará que los desaparecidos y las desaparecidas lo consigan: que la memoria sea el espejo en el que nos encontremos en nuestros mejores intentos?

Algún día, más importante que los desaparecidos será el hecho de que las nuevas generaciones los porten amorosamente en su memoria. Entonces, nuestros desaparecidos dejarán de ser carteles y Marchas del Silencio para que “los enganchemos al tejido del sueño general”, decía y sigue diciendo Juan Gelman. El tiempo no nos doblega ni nos diluye como personas, sino que nos hace ser. Nos reafirmamos, mutando.

Nos vemos en las próximas.

***

Cuarenta y cuatro años de los asesinatos emblemáticos. Aberraciones naturales

El silencio espeso que persiste sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura confirma que para los militares perpetradores la tortura y el asesinato eran asumidos con naturalidad y se justificaban en el carácter ideológico del “enemigo”.

Samuel Blixen

Brecha, 15-5-2020

Interventor y gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, responsable de decenas de centros clandestinos de detención (entre ellos, el Pozo de Banfield y el Pozo de Quilmes, que alojaron a decenas de uruguayos), el general argentino Ibérico Saint Jean se jactaba de haber hecho desaparecer personalmente a 5 mil prisioneros, bajo la consigna “Primero mataremos a los subversivos, después a los simpatizantes y finalmente a los indiferentes”.

La frase, que reiteró entre abril de 1976 y marzo de 1981, no fue escuchada de su boca cuando declaró en 2007 ante un tribunal federal, acusado de 61 asesinatos y desapariciones forzadas. “No voy a declarar. No tengo nada para aportar e ignoro lo acontecido.” ¿Suena conocido? Su arrogancia y su repentina amnesia son dos cualidades que pueden encontrarse sistemáticamente entre los terroristas de Estado de las dos márgenes del Plata. Revelan, por un lado, que los crímenes fueron cometidos con absoluta conciencia, sin que se produjera un arrepentimiento, y, por otro, que la concepción ideológica y política que sustentaba esa conducta admitía como natural que el “enemigo” fuera tratado de esa manera, sometido a tormentos y denigrado en su condición humana. El carácter de “comunista” o “subversivo” habilitaba y justificaba esos crímenes de lesa humanidad.

En estos días, en vísperas de un nuevo 20 de mayo, fecha en la que los uruguayos expresamos multitudinariamente nuestro repudio a los crímenes del terrorismo de Estado, reclamamos que se conozca la verdad sobre los secretos atroces de la dictadura y exigimos saber dónde están los desaparecidos. Vale la pena recordar alguna de las características que rodearon los hechos del 13 al 20 de mayo de 1976, que sintetizan el reclamo que año a año se expresa con la Marcha del Silencio.

El 13 de mayo de 1976, dos militantes tupamaros refugiados en Argentina, Rosario Barredo y William Whitelaw, fueron tomados como prisioneros junto con sus hijos Gabriela, de 4 años, María Victoria, de 16 meses, y Máximo, de 2 meses, en la casa que habitaban en Buenos Aires, y permanecieron secuestrados. Cinco días después, el 18 de mayo, fueron secuestrados los legisladores Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz. El 20 de mayo, en el interior de un automóvil estacionado en la vía pública, fueron hallados los cadáveres de los cuatro secuestrados. Los perpetradores diseminaron en el lugar volantes con la firma del Erp (Ejército Revolucionario del Pueblo, organización político-militar argentina) que explicaban los asesinatos: los cuatro eran traidores del Mln-Tupamaros y habían sido “ajusticiados” por el Erp, por encargo. Hay que consignar que el 19 de mayo fue también secuestrado Manuel Liberoff, miembro del aparato financiero del Partido Comunista. Los tres niños fueron ubicados y rescatados por su abuelo Juan Pablo Schroeder, tras un tenaz reclamo.

Las razones del asesinato de Michelini y Gutiérrez Ruiz han sido ampliamente estudiadas: ambos, junto con el senador Wilson Ferreira, eran las cabezas de la resistencia uruguaya en el exilio y, como tales, objeto de consulta y negociación por quienes, incluso en el interior del mismo régimen, procuraban una salida política de la dictadura militar, al aproximarse el plazo constitucional para convocar a elecciones nacionales.

Pero las razones de los asesinatos de Rosario Barredo y William Whitelaw siempre quedaron en una nebulosa. La hipótesis más fundada implica una operación de inteligencia tan rebuscada como sórdida. Quienes planearon los asesinatos de los dos legisladores decidieron ejecutar a Rosario y William a los solos efectos de abandonar los cuatro cadáveres juntos y así sustentar la acusación de que Michelini y Gutiérrez Ruiz se habían incorporado al Movimiento de Liberación Nacional y, por tanto, eran tupamaros.

Memoria2005 II
Rosario Barredo, William Whitelaw, Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.

De esa aberración surgen algunas evidencias: primero, que se apeló a un asesinato para montar una mentira; segundo, que en la óptica de los militares era lícito matar tupamaros, aun en su condición de prisioneros; tercero, que tal masacre no ofrecería mayores resistencias en la opinión pública, porque, en última instancia, eran subversivos. ¿De dónde surge tal concepción? El ejemplo más patente es el exterminio de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, producto de un antisemitismo que alcanzó el poder como objetivo prioritario del régimen nazi en Alemania, pero que se extendía por toda Europa, desde Francia hasta Polonia. En América Latina, ese “enemigo de la patria” cuyo combate justifica cualquier extremo fue aportado al comienzo de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos desplegó la doctrina de la seguridad nacional, que caló con extrema celeridad en las Fuerzas Armadas del continente.

Lo que se llama genéricamente “anticomunismo” (que engloba a prosoviéticos, prochinos, procubanos y el amplio espectro de los movimientos de liberación nacional) instaló, mediante una persistente campaña mediática y el concurso, por supuesto interesado, de las oligarquías rapaces, un estado de ánimo en sectores populares inclinados a aceptar, sin mayor profundidad, el carácter demoníaco de ese enemigo.

En las Fuerzas Armadas uruguayas la doctrina de la seguridad nacional se instaló con extremada rapidez y desplazó en la concepción de la oficialidad una postura “democrática”, “legalista” y “republicana”. Los cientos de oficiales que respaldaron a Liber Seregni, deteniendo el intento de golpe de Estado del general Mario Aguerrondo en 1966, se redujeron a algo más de una docena cuando Seregni propuso incorporar el Partido Comunista en la coalición de fuerzas que creaba el Frente Amplio en 1971. Los oficiales seregnistas pagaron caro su fidelidad: fueron brutalmente torturados.

Aquellos oficiales que asumieron el carácter diabólico de los comunistas en 1973 apoyaron el golpe de Estado impulsado por un grupito de generales y coroneles que se hicieron con el poder interno de las Fuerzas Armadas. Para entonces, a lo largo de 1972, la inmensa mayoría de los oficiales asumió, con naturalidad y sin conflictos éticos ni religiosos, la práctica cotidiana y permanente de la picana, el tacho, la colgada, la paliza, el plantón y la violación de los detenidos, hombres y mujeres, además del saqueo y el robo. Son contados los oficiales que se negaron a ejecutar tal “política” y son menos los que hoy condenan tales prácticas.

De hecho, esos crímenes se asumían como legítimos. Por ello es tan extensa la lista de los más aberrantes, a saber:

-El asesinato de Eduardo Pérez Silvera, cometido por José Gavazzo con una granada de mano que le arrojó en la celda del Batallón de Artillería número 1.

-La muerte de Luis Roberto Luzardo en el Hospital Militar, nueve meses después de un tiroteo en agosto de 1972, debido a las llagas y las éscaras, el debilitamiento orgánico general y la desnutrición extrema, a causa de la orden, presumiblemente dada por el general Gregorio Álvarez, de no prestarle ningún tipo de asistencia.

-La tortura a que fue sometido Ángel Gallero en el centro de detención de La Tablada, por los oficiales entre los que se contaba Gustavo Criado Carmona, quienes lo interrogaron atado a una reja, prendieron una fogata y le quemaron los pies.

-El vía crucis de Eduardo Bleier, prisionero en el centro clandestinos 300 Carlos, llamado El Infierno, donde fue víctima de extremas torturas, a quien, ya desfalleciente, lo ponían debajo de un tablón por el que obligaban a pasar a los restantes prisioneros.

-La infame ejecución del periodista y maestro Julio Castro, que fue trasladado del centro clandestino La Casona, en la avenida Millán, a los predios del 14 de Infantería, para enfrentarlo a una tumba recién excavada, a cuyo borde fue ejecutado de un balazo en la cabeza.

-La desaparición de Roberto Gomensoro, que falleció producto de las torturas a que fue sometido en el Batallón de Artillería número 1 y cuyo cadáver fue trasladado por el mayor Gavazzo al lago de la represa del Río Negro, por orden del general Esteban Cristi, para quien era inadmisible que un prisionero muriera en la tortura.

-Todo ello sin contar las violaciones a que fueron sometidos en Treinta y Tres decenas de adolescentes, las que sufrieron jóvenes de la Ujc en los calabozos y las piezas de tortura de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia ni las que sufrieron durante meses 25 prisioneras en distintos cuarteles. Que tales prácticas estaban naturalizadas y aceptadas dado el signo ideológico de las víctimas lo revelan el paso del tiempo, el hecho de que no haya habido confesiones y el hecho de que se mantenga el silencio ominoso, sin que haya por parte de las Fuerzas Armadas una condena explícita de los crímenes. Los cómplices se convierten también en perpetradores.

***

El primer 20 de mayo

Edgardo Rubianes

La Diaria, 20-5-2020

El 20 de mayo de 1976 aparecieron en Buenos Aires los cuerpos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, legisladores uruguayos exiliados en Argentina, junto a los también exiliados y asesinados William Whitelaw y Rosario Barredo. Todos habían sido secuestrados un par de días antes, al igual que el médico Manuel Liberoff, que permanece desaparecido.

Memoria2005 IIICuando se iban a cumplir los 20 años de esos asesinatos fue tomando cuerpo una propuesta, lanzada inicialmente por el grupo político Nuevo Espacio, que no integraba en esos momentos el Frente Amplio. Consistía en recordar activamente la fecha con una marcha por 18 de Julio, con flores y el pabellón nacional como únicos distintivos, para reclamar a la vez el esclarecimiento de asesinatos y desapariciones ocurridas bajo la dictadura.

La iniciativa surgía en un contexto regional y nacional cambiante. En Argentina los jefes militares hacían su mea culpa por los actos aberrantes cometidos durante la dictadura, mientras en Uruguay Julio María Sanguinetti había iniciado el año anterior su segundo mandato presidencial tras el interregno del presidente blanco Luis Lacalle Herrera. Una pregunta emergía: ¿sería posible en este nuevo contexto avanzar en el punto 4 de la ley de caducidad, aprobada precisamente durante el primer gobierno de Sanguinetti? Dicho artículo establece “que el Poder Ejecutivo dispondrá de inmediato las investigaciones destinadas al esclarecimiento” de los hechos que involucran a los detenidos desaparecidos.

En los primeros días de mayo se avanzó en la propuesta y trascendió que varias organizaciones políticas y sociales se habían reunido para discutir la realización de la manifestación. Participaron dirigentes del Nuevo Espacio, del Encuentro Progresista (conformado en ese momento por el Frente Amplio, el Partido Demócrata Cristino y la lista 78, escindida del Partido Nacional), del PIT-CNT, de la ASCEEP-FEUU y de otras organizaciones sociales que acordaron marchar el 20 de mayo bajo la consigna “Verdad, memoria y nunca más”. Obviamente, Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos tuvo participación activa en la organización, así como diversos organismos de derechos humanos. Días después, se conoció el apoyo institucional de la Universidad de la República, de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Montevideo, del Sindicato Médico del Uruguay, de la Iglesia Evangélica Metodista y de la Asociación Cultural Israelita Zhitlovsky, entre otros.

Invitado a participar en la convocatoria, el Partido Colorado la rechazó el miércoles 15 por 14 votos a uno y emitió una declaración en la que sostenía “que el bien principal que debe preservarse es la paz”. El voto disconforme fue del representante del sector de Víctor Vaillant, que ya en 1986 se había opuesto a la ley de caducidad y tiempo después abandonaría el lema colorado. El Partido Nacional no consideró la invitación por aspectos formales, pero su directorio decidió hacerle un homenaje a Héctor Gutiérrez Ruiz. La viuda de este, Matilde Rodríguez Larreta, y su grupo político, por el contrario, anunciaron su adhesión y participación en la marcha.

La asistencia a la primera Marcha del Silencio, como se la comenzó a considerar, fue muy importante. La prensa la cuantificó en decenas de miles de personas compactadas en varias cuadras, que recorrieron en silencio el trayecto desde el Monumento al Detenido Desaparecido en América Latina, ubicado en Rivera y Arenal Grande, hasta la plaza Libertad. Pero, más allá de la importante convocatoria lograda, la marcha se transformó en un acontecimiento político cualitativamente muy importante, que no pudo ser obviado.

Al día siguiente de la marcha, el presidente Sanguinetti se reunió con el ex presidente Luis Alberto Lacalle Herrera. Este luego declaró que “hay procedimientos jurídicos” para esclarecer la suerte de los desaparecidos. Pero desde la Presidencia se adelantó el rechazo a cualquier forma de revisionismo y el semanario Búsqueda titulaba el jueves 23: “El gobierno está firme en su determinación de no remover las discusiones que hayan quedado pendientes del régimen militar”. Sanguinetti descartaba que los militares uruguayos siguieran el camino de los argentinos e hicieran un mea culpa sobre su propio accionar pasado: “Es un debate cerrado desde el punto de vista institucional. En el terreno individual o personal cada uno puede seguir sintiendo o diciendo lo que siente”, pero “las denuncias sobre desapariciones de detenidos ya fueron investigadas entre 1985 y 1987, sin que se obtuviera ningún resultado”.

Por su parte, el senador colorado Luis Hierro López, futuro vicepresidente entre 2000 y 2005, bajo la presidencia de Jorge Batlle, fue también extremadamente crítico. Calificó de “anacrónico” revisar la acción de las Fuerzas Armadas, rebatió el argumento de que sólo con verdad se logra la reconciliación y señaló que los países se reconcilian aunque no se tenga toda la verdad.

El éxito de la marcha tuvo impacto también sobre los sectores políticos de izquierda, así como sobre las principales organizaciones sociales: es posible observar a partir de entonces una rejerarquización del tema de los derechos humanos bajo la dictadura, y en particular del de los desaparecidos. Luego de la derrota, en 1989, del voto verde en el plebiscito contra la ley de caducidad, esos temas habían quedado subsumidos dentro de la reivindicaciones globales, al grado que Jorge Batlle se preguntó el miércoles 22: “¿Por qué se pide ahora [el revisionismo] y no en los últimos cinco años?”. De ahí en más, el reclamo de verdad y justicia tuvo permanente centralidad política. Pocos días después, diversas organizaciones, entre ellas Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos y el Servicio Paz y Justicia, solicitaron una entrevista al presidente, esperando un gesto de apertura. Este nunca lo tuvo y durante todo su mandato la imagen de los familiares reclamándolo en cada acto oficial se transformó en icónica.

En 1997, la convocatoria a la Marcha del Silencio fue reiterada, ahora ampliada en sus convocantes y siempre encabezada por Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, con su enorme pasacalle y las fotos de sus seres queridos.

De ahí en más, y permaneciendo impunes múltiples asesinatos y desapariciones, la fecha fue creciendo en su valor simbólico hasta nuestros días. Cada 20 de mayo, año tras año y desde hace 24, una multitud persistente y, a la vez, inevitablemente renovada generacionalmente acude a la convocatoria. Llegados a la plaza Libertad, por los parlantes se escuchan los nombres, uno a uno, de los casi 200 desaparecidos –y en los últimos años se proyectan también sus fotos– y la multitud va respondiendo a viva voz con un fuerte “¡Presente!”.

Desde aquel primer 20 de mayo hasta hoy, muchas cosas han pasado. El ex presidente Jorge Batlle se animó a dar un primer tímido paso al crear la Comisión para la Paz. Luego, bajo los gobiernos frenteamplistas hubo avances manifiestos: fueron recuperados los restos de algunos desaparecidos y varios de los responsables directos e intelectuales fueron procesados una vez que la Justicia pudo retomar su independencia. Pero la tarea sigue largamente inconclusa. Quebrar el muro de la impunidad y el manto de silencio cómplice que la sostiene no es tarea fácil. Los 20 de mayo han sido y son una fuente de energía trascendental para persistir en el esfuerzo. Por eso no hubo inclemencia climática o cambio en el contexto político que modificara ese ritual multitudinario, silencioso y a la vez tremendamente clamoroso, a lo largo de dos decenios y medio.

La presente emergencia sanitaria hace que la 25ª edición de la marcha no pueda tener las características de años anteriores, pero eso no quiere decir que la reivindicación de los desaparecidos no siga estando. Fotos, abrazos, videos, perfiles, pañuelos, tapabocas, afiches, balconeras y un largo etcétera componen los diversos modos que en este 20 de mayo ellos serán recordados y reclamados. Pues ante la cínica pregunta de hasta cuándo, la unánime respuesta de centenares de miles de uruguayos seguirá siendo: hasta que nos digan dónde están, los encontremos, sepamos la verdad y se haga justicia.