Dos coloquios claves reunieron a miles de directores de museos para buscar respuesta al creciente repudio de los críticos, que rechazan sus relatos de la historia, basados en la dominación.

Revista Ñ, 3-1-2020

Correspondencia de Prensa, 7-1-2020

En 1897, cuando la Feria Mundial tuvo lugar en Bruselas, el rey Leopoldo de Bélgica organizó una muestra hoy vista como brutal: 267 congoleses entre hombres, mujeres y niños. Exhibidos junto a sus chozas, arribaron desde la actual República Democrática del Congo, territorio que el monarca había declarado su “propiedad” en 1885, y a cuya población esclavizó durante 23 años en la extracción de caucho.

Este zoológico humano fue visto por más de un millón de personas. Y fue el antecedente del Royal Museum of Central Africa, construido en esos años por el arquitecto francés Charles Girault. Uno de los museos más grandes del mundo dedicados a África, a kilómetros de distancia del continente, que atravesó el siglo XX sin cambios en sus colecciones ni en el guión museográfico que reconstruía, en sus paredes, esta etapa de la historia.

El año 2019 fue testigo de un debate febril: por primera vez en medio siglo se puso en discusión qué es exactamente un museo, qué tiene de propio, más allá de los propósitos didácticos y de propaganda. En septiembre, el Consejo Internacional de Museos (ICOM) se reunió en asamblea en Kioto, Japón, y a los más de 4.000 directores de museos, curadores, arqueólogos, historiadores, antropólogos e historiadores del arte no les alcanzó la semana del encuentro para acordar sobre el principal punto de la agenda.

La nueva definición propuesta plantea que “los museos son espacios democratizadores, inclusivos y polifónicos para el diálogo crítico sobre los pasados y futuros. Reconociendo y abordando los conflictos del presente, custodian artefactos y especímenes para la sociedad, salvaguardan memorias diversas para las generaciones futuras y garantizan la igualdad de derechos y la igualdad de acceso al patrimonio para todos los pueblos”. A raíz de las diferencias, la propuesta fue rechazada y la decisión quedó en suspenso.

La presión, entretanto, va en aumento. El 16 de diciembre último, el gobierno francés prometió que para 2021 devolverá unos 26 artefactos saqueados por sus tropas en Benín, en el oeste africano, en la primera mitad del siglo XX. El presidente Macron había anunciado en 2017 que la restitución de los artefactos de la era colonial a África era “una prioridad” de su presidencia.

Pero las piezas hoy permanecen en sus vitrinas, ya que la devolución requiere de una nueva ley que quite la condición de inalienables a estos objetos de las colecciones nacionales. Durante el proceso, que puede llevar años, los objetos comenzaron una etapa de circulación que los llevará de visita a su terruño de origen.

Un nuevo paradigma del museo global

Casos semejantes al de Francia reavivan el debate sobre la misión última y principal de los museos: si existen para preservar la herencia cultural mundial o deben orientarse sus colecciones a promover la dignidad humana, la justicia social, la equidad global y el bienestar del planeta.

Si deben estar abiertos a los discursos globales emergentes. En verdad, la llamada a un nuevo paradigma del museo bajo la globalización atañe a los espacios históricos, etnográficos y de ciencias naturales, que conforman un caso específico, pero también a los acervos artísticos.

La definición actual plantea que el museo es “una institución permanente y sin fines de lucro al servicio de la sociedad y su desarrollo, abierta al público, que adquiera, conserve, investigue, comunique y exhiba la herencia tangible e intangible de la Humanidad y su entorno, con propósitos educativos, de estudio y disfrute”.

François Mairesse, un profesor de la Sorbonne alejado del comité de ICOM que redactó la nueva propuesta, le dijo a The Art Newspaper que se trata de una “declaración de valores de moda, demasiado complicada y en parte aberrante”, que iba a generar problemas a los museos franceses, incluido el Louvre.

Para otros, quedan relegadas las palabras institución y educación, en la base de su misión para muchos. Pero más allá de la terminología, la controversia gira en torno a si los museos pueden ser espacios ideológicamente neutros. Esto refleja el deseo, al menos desde la década de 1980, de muchos museos de ser espacios donde se discuten ideas, transformándose de “templos” tradicionales en “foros” democráticos.

Pero el debate definitivamente se aceleró, dado que numerosas instituciones de países centrales enfrentan un repudio creciente por sus colecciones de la era colonial. Al mismo tiempo, también son cuestionados por sus fuentes de financiamiento y sus inercias discriminadoras, por cuestiones de género y raciales, que van desde la sub representación de las mujeres en la historia hasta la consideración del museo como una entidad originariamente patriarcal, blanca y cristiana.

La historia no puede ser rebobinada

Retomando la idea de giro descolonial del sociólogo peruano Aníbal Quijano, Rita Segato analiza el “reordenamiento de la historia” que sacudió al mundo en 1492. América existía antes que Europa porque la idea de Europa nace con el “descubrimiento”, que impone la vara eurocentrista, que a su vez define la manera en que se enseña.

“Todos aprendimos a ver con el ojo del blanco”, enfatizó la antropóloga argentina en una de las conferencias centrales de El Museo Reimaginado, el encuentro bianual de profesionales de Museos de América que realizó su tercera edición en noviembre en Oaxaca, México, con más de 800 participantes.

Fue ella una de las especialistas en pensamiento contemporáneo que abordaron una agenda completa sobre cuestiones centrales como las migraciones, la violencia estructural, los proyectos de transformación social, la inclusión, la economización de la cultura, la sostenibilidad e incluso cómo el turismo interviene en la dinámica de la programación artística.

El Royal Museum of Central Africa quizás sea el ejemplo más abrumador de una legión de instituciones que debaten cómo enfrentar los desafíos de un mundo inestable. “Los museos tienen muchas de las condiciones para canalizar los reclamos de todo el mundo, y ayudar a dar sentido a las naciones y sus debilitadas democracias”, definió Américo Castilla, director de la Fundación TyPA, organizadores del evento junto a la Alianza Americana de Museos, un organismo con más de 4.000 instituciones asociadas, entre museos de arte, historia y ciencia, así como acuarios, jardines botánicos y sitios de memoria.

Volviendo al rey Leopoldo, él se concebía a sí mismo como un filántropo que llevaba la civilización al continente negro, hasta que el periodista británico Edmund Dene Morel, con un solo artículo, convirtió su ensueño imperial en un escándalo internacional.

El monarca fue presionado para vender al estado su colonia personal, el Congo Belga desde 1901. Ese año el museo abrió sus puertas con referencias a la flora africana y un apartado propio para el caucho pero ni una sola mención al millón de víctimas mortales del sistema de esclavitud impuesto para extraer el caucho.

“Como si un museo judío en Berlín no mencionara el Holocausto”, comparó Adam Hochschild en el artículo “The Fight to Decolonize the Museum”, parte de un especial de enero-febrero de 2020 de la revista The Atlantic que lleva por título “Cuando los museos tienen pasados horribles”.

En Bélgica, algunos defensores de los derechos humanos demandaron cambios pero solo lograron que la institución se paralizara, hasta que en 2010 se anunció la renovación del museo. Este es un caso espejo de lo que sucede en numerosos sitios históricos y monumentos en el mundo civilizador.

¡A descolonizar!

En el Museo del Hombre de San Diego, EE.UU., acaban de contratar a una educadora de la comunidad navajo como “directora de descolonización”: anunciaron que ya no mostrarán restos humanos sin consentimiento de las etnicas a las que pertenecen. Descendiente de dos comunidades originarias, Brandie Macdonald dirige el museo de antropología, fundado en 1960.

“Es un homenaje a los colonizadores, que están en la fachada aunque las personas se saques selfies y no se den cuenta”, expresó durante su participación en el coloquio El Museo Reimaginado. “Mientras no sea posible viajar en el tiempo para deshacer la historia, la descolonización busca desmantelar, ir desmenuzando el proceso de colonización, que es constante”.

En su museo todo el personal tiene Decolonizing Museums, de Amy Lonetree, como libro de cabecera, que los ayuda a llegar preparados a las reuniones de consulta con las etnias originarias. “Les decimos que les hemos robado los restos de sus ancestros, que los hemos lastimado y les pedimos disculpas”.

La labor se completa con el seguimiento de las “trayectorias coloniales”, es decir, el análisis de los recursos en términos de cómo llegaron al museo. “Esos objetos son parientes de alguien, que representan nuestro pasado, presente y futuro; objetos con los que siempre habrá un vínculo. Cuando uno mueve de su lugar un objeto eso crea una onda expansiva que afecta al museo y a toda la comunidad”.

La curadora danesa Jette Sandhal, líder del comité de ICOM que busca una nueva definición para los museos y fundadora del Museo de la Mujer en Dinamarca, fue quien convirtió las colecciones etnográficas de Gottemburgo, en Suecia, en el Museo de las Culturas Mundiales. En su inauguración, este ofreció una expo sobre las respuestas en distintas geografías a la epidemia de VIH y una instalación del artista estadounidense Fred Wilson.

En otra de las conferencias centrales de El Museo Reimaginado, Wilson presentó a través de sus proyectos la idea que recorre su obra: los objetos no nacen en los museos sino que pueden cambiar su significado y su mensaje a partir del contexto. De origen afroamericano, este muy solicitado artista neoyorquino logró que el Museo Whitney le comprara una lámina que mostraba a cuatro guardias de seguridad de museos sin cabeza (“porque están allí todo el tiempo pero nadie los ve”).

Su instalación atraía a todos los guardias del propio museo, desconcertaba a los visitantes y cerró con una visita guiada que dio él mismo vestido con uniforme… “El personal de mantenimiento entendió mucho más que los profesionales sobre la muestra y éstos lo sabían; fue un cambio de poder”, expresó.

El problema principal es que la mayoría de los museos fueron construidos hace un siglo o más por personas que asumían el colonialismo, la jerarquía racial y la esclavitud con naturalidad cultural. Un panorama que atraviesa todo el mundo occidental. Hay otros casos singulares que observar.

En río de Janeiro, el Museo de la Magia Negra fue construido junto a la jefatura de policía porque allí se acumulaban los objetos del credo candomblé secuestrados en allanamientos, cuando la práctica se criminalizó a principios del siglo XX. En el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires, se destaca una galería penumbrosa de puros sables sin indicio alguno de los inmigrantes, los pueblos originarios ni el rol de las mujeres en la construcción de la nación.

“Se puede reescribir un libro de historia, ¿pero cómo se reescribe un museo?”, se plantea Loonie Bunch, directora del Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana de los Estados Unidos, el primero, inaugurado recién en 2016. Con más de 2 millones de visitantes al año, es más influyente que cualquier libro de texto. ¿Pero qué pasa con los museos coloniales que son éxito de visitas?

Los mármoles de Elgin, “rescatados” en Grecia por un expedicionario y que hoy están en el Museo Británico –el abogado Geoffrey Robertson acaba de publicar un libro sobre esta contienda legal, ¿A quién pertenece la historia?– pone el foco en la pregunta de si los objetos culturales expropiados deben retornar a los territorios de donde procedieron.

La respuesta no es única y abundan los matices: algunos descendientes de los pueblos originarios estadounidenses no quieren conservar esos restos sino que el museo los cuide de manera adecuada. Está el caso de cierta restitución de objetos a África, la cual derivó en su venta en el mercado ilegal; en Benin necesitan primero construir el museo que albergará los objetos cuando Francia los envié de vuelta.

Entre sus 5 millones de visitantes anuales, el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York cuenta cientos de manifestantes. Entre otras acciones, realizaron el Tour del Día Anti-Colón: casi un festival con pancartas que reclamaban “Renombren el día. Respeten a los ancestros. Descolonicen. Reclamen. Imaginen!”.

Debates701 II
Los activistas de Decolonize This Place protestan frente al Museo Whitney por la composición de su directorio. Foto: Andrew White/The New York Times

Los organizadores son uno de los grupos más visibles del nuevo activismo, que tiene en el grupo feminista de las Guerrilla Girls un claro antecedente. Reclaman cambios al museo. ¿Por qué los artefactos indígenas, asiáticos, latinoamericanos y africanos residen en el museo de antropología mientras que sus análogos griegos y romanos reposan en el Met?, se preguntan. Marz Saffore, miembro del colectivo Decolonize this Place, declaró. “Aquí no hay un Hall de europeos. No hay una galería de mamíferos europeos, porque eso se llama historia, se llama ciencia”.

Otro grupo, la Monumental Removal Brigade (brigada de remoción de estatuas), se ocupó de bañar de pintura roja el pedestal de la estatua de Franklin D. Roosevelt ubicada la entrada del museo, en un pedido de que fuera removida (por haber “limpiado” de nativos las tierras que destinó a parques nacionales). “Ahora la estatua está sangrando, pero la realidad es que sangra desde su fundación”, decía la proclama.

El museo reaccionó con una exposición y un sitio web. Esta batalla por los monumentos, como la de los museos, es global y está lejos de resolverse. En su reapertura en diciembre de 2018, el museo africano en Bélgica ensayó unas intervenciones de artistas congoleses que dialogaban con obras de corte netamente colonialista y racista.

Una de ellas, proyecta sobre las placas dedicadas a los “héroes” de las empresas coloniales la presencia de los muertos que no tienen nombre: los que murieron en Bruselas después de la exposición humana y fueron enterrados en fosas comunes.

También hay un cambio en su retórica, en la que aparecen repetidos pedidos de disculpas, pero siguen ausentes los vínculos entre la explotación de las riquezas del Congo (caucho y marfil en la primera época, después diamantes, cobre y uranio) con la prosperidad belga, cuando avanza el reconocimiento de que casi cualquier cosa en exhibición pública se convierte en una declaración política.