¿Estamos viviendo un proceso revolucionario o mera agitación social?

El Mostrador, editorial, 21-10-2019

Correspondencia de Prensa, 21-10-2019

¿Estamos ante el fin del modelo neoliberal tal como lo hemos conocido hasta ahora? A estas alturas no se sabe, pero es casi imposible que las cosas vuelvan a su punto de origen. Demasiadas personas en nuestro país no tienen nada que perder y están indignadas. Se requiere de nuevos conceptos significantes e, incluso, de una simbología y un lenguaje político diferentes para que pueda haber un control mínimo de la situación. Es esto lo que el Gobierno no es capaz de comprender e interpretar en sus mensajes y acciones, insistiendo –cada vez con peores resultados– en un discurso delincuencial para referirse a hechos que, si bien algunos tienen ese componente, son la mayoría solo protestas pacíficas y legítimas, aunque de crítica profunda al sistema.

Un terremoto político y social es lo que se está produciendo en Chile durante estos días. Ni estados de emergencia ni toques de queda han podido aplacarlo. Lo que empezó como un problema de alza de tarifa del tren subterráneo de Santiago, cuajó –merced a un caldo de cultivo existente hace tiempo y a una pésima conducción política del Gobierno– en una “divisoria” histórica, entre lo que el sistema les ofrece a sus ciudadanos y lo que requiere un pacto social justo.

Divisoria llaman los historiadores a este tipo de hechos, en donde todo converge en una vorágine de malestar acumulado, frustraciones, emociones e irracionalidad, y furia, que cambia el sentido de las cosas y el curso de la vida de una sociedad, exista o no un derrotero cierto o racional. En este caso, todo indica que es un proceso fundamentalmente espontáneo y sin un rumbo claro, ni siquiera con líderes o conductores del proceso, más allá de coordinaciones espontáneas por las redes sociales o de algunos grupos menores previamente concertados (todo indica que poco significativos).

Después que ocurre ello, es casi imposible que las cosas vuelvan a su punto de origen, sino que se requiere de nuevos conceptos significantes e, incluso, de una simbología y de lenguaje políticos diferentes para que pueda haber un control mínimo de la situación.

Es esto lo que el Gobierno no es capaz de comprender e interpretar en sus mensajes y acciones, insistiendo en un discurso delincuencial para referirse a hechos que, si bien algunos tienen componentes de esa naturaleza, son fundamentalmente una crítica pacífica y profunda al sistema, que ha perdido legitimidad, por muchos factores.

Entre las conclusiones preliminares de lo que está ocurriendo –muchas secuelas se manifestarán con efecto retardado– queda la sensación de que en el centro de los hechos está el rechazo ciudadano a esa especie de rendición incondicional a que el sistema somete a los ciudadanos, especialmente en materia económica. Explotó una caldera de malestar social acumulado de manera masiva, espontánea y muchas veces violenta, que no se nutre del tema tarifario del Metro sino de un sistema de exacciones e injusticias que se han tornado insoportables para la mayoría.

A la acumulación de alzas tarifarias en electricidad, energía en general y transportes, se agregaron las fallas en los sistemas e infraestructuras concesionadas. A eso se deben agregar las crisis en los sistemas de previsión social, fundamentalmente las pensiones, la pérdida de horizontes de bienestar de los trabajadores a medida que se acerca su edad de pensionarse, las deficiencias en salud e, incluso, el alejamiento del derecho de propiedad, todo lo cual golpea de manera cruda y simultánea a los sectores medios y bajos de la escala social nacional.

El significado de fondo está en muchos actos que convergen a una hoguera, y en el momento de estallar los hechos se grafican en una palabra: “EVADE”. Esa palabra ya tenía, cuando empezó a ser escrita, un metasignificado referido a la clase política, a los infractores de cuello y corbata y a la inequidad que proyecta todo el sistema, incluidas la impunidad política y la corrupción.

El discurso gubernamental es solo atendible por un tiempo razonable, pero requiere de evidentes acciones correctivas, tendientes a prever cosas como lo que empezó a pasar la semana pasada. Ello no se ha hecho en los últimos 14 años de Gobierno de la dupla Bachelet/Piñera. Con el agravante de que Sebastián Piñera recurrió – discurso y acciones– a toda la simbología autoritaria, sacando a los militares a la calle y justificándose en la represión a la delincuencia. En 48 horas su impericia política hizo escalar un conflicto que pudo controlarse, deterioró la imagen de Chile, embadurnó de lodo toda su estrategia internacional y somos portada internacional de la ingobernabilidad.

Pero lo ocurrido es una derrota no solo del Gobierno sino también de toda la elite política, incluida la oposición. Porque, tal como se ha dicho hasta el cansancio, lo ocurrido es en esencia un estallido de malestar social acumulado, lo que no se soluciona ni con pura fuerza, ni militares en la calle, ni toque de queda y, menos, con exponer a las Fuerzas Armadas a la tensión de ultimar a sus conciudadanos.

Frente a la ola social que presiona, el Gobierno debe avanzar en rectificaciones notorias en materia económica y de igualdad social, y dar señales claras de ello, para poder separar el malestar real de la población de su exposición o inclusión involuntaria a hechos de violencia que efectivamente son delictuales.

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Claves del estallido social

La hoguera de las desigualdades

Juan Pablo Luna *

Ciper, 20-10-2019

Las autoridades insisten que el 18/1O es el resultado de la delincuencia. El politólogo Juan Pablo Luna ve, en cambio, un inflamable conflicto dominado por la desigualdad económica y política. En estas notas escritas en el primer toque de queda en décadas, sugiere que lo volátil radica en la suma de múltiples conflictos, más que en una sola causa, lo que hace difícil volver a la normalidad. Cree que puede impactar en las reformas pendientes, como la rebaja tributaria para los más ricos, o las 40 horas.

La gota

El precio del boleto de metro disparó la indignación, pero su reducción no puede, por sí sola, apaciguar la rabia (es lo que técnicamente se llama una causa asimétrica). Hoy el conflicto es otro y es uno de muy difícil solución. Una prueba tangible de ello lo son la difusión de la protesta fuera de Santiago, ya muy lejos del alcance de la línea de Metro. También los cacerolazos en el barrio alto.

Rápidamente la evasión del torniquete pasó a ser comparada con la elusión tributaria, de la que tanto se ha documentado en estos años en páginas de CIPER. Cuando la primera ilegalidad pasó a ser “reprimida con todo el peso de la ley”, el contraste entre uno y otro tipo de falta y sus consecuencias legales para los infractores (Ley de Seguridad del Estado para unos, clases de ética en la UAI para otros), catalizó la indignación de los movilizados. Y a eso siguió la retahíla de salidas en falso de los voceros del gobierno, una imprudente escapada familiar a la pizzería, y la criminalización del movimiento como único atisbo de reacción. La militarización y las medidas de fuerza para reestablecer el orden, terminaron catalizando la protesta y generando aún más desorientación en el oficialismo y más caos en las calles. Mientras tanto, la oposición quedó atónita, entrampada entre la empatía de algunos, la mano dura de otros y las ambiciones cortoplacistas de casi todos.

Esto no implica justificar el vandalismo y los múltiples y lamentables desmanes que dejó atrás. Tampoco la brutal represión que sobrevino por parte de las fuerzas de orden, ni lo que nos deparen los días que nos resta vivir hasta recuperar alguna “normalidad”. Se trata, más bien, de intentar analizar el vaso y su contenido, más allá de la gota que lo derramó.

El líquido

Parafraseando al tango, en Chile, la desigualdad es “cruel y es mucha”. Y mucho se ha escrito ya, también en estas páginas, sobre la profundidad y ambigüedad de sus posibles efectos políticos y sociales. Una clave ineludible del análisis la constituye, en mi opinión, la conceptualización de “anomia” propuesta por Robert K. Merton [1]. Pero me interesa aquí avanzar tres argumentos complementarios sobre la contingencia chilena actual.

Primero, la desigualdad que parece estar impugnada no es solo ni principalmente la socioeconómica. Es también la desigualdad ante la ley y la percepción, recurrente, de injusticia y abuso entre quienes viven muy cerca en términos físicos, pero a décadas de distancia en términos de las garantías que poseen respecto a sus derechos básicos de ciudadanía civil y social.Chile2110 II.jpg

Segundo, más allá del conflicto por el precio del pasaje, la altísima valoración social del Metro de Santiago hace difícil entender su rol como objetivo principal del vandalismo del 18 de Octubre. Su continua expansión hacia la periferia urbana le ha otorgado progresivamente una función social irremplazable e incuestionable. No obstante, la expansión del Metro también se asocia a dos fenómenos vinculados al trasfondo del descontento y la indignación. Descarto que dichos fenómenos hayan explícitamente puesto al Metro como objetivo de la acción vandálica, pero me parece interesante problematizarlos aquí.

Por un lado, el Metro ha acortado las distancias físicas y temporales entre los desiguales. Y aún en un contexto en que la desigualdad objetiva se ha reducido según las mediciones tradicionales, el Metro posiblemente ha contribuido a politizar (volviéndolas más visibles en términos sociales) las enormes desigualdades que hoy siguen marcando la vida de quienes residen en una u otra zona de la ciudad. Por otro lado, más allá de sus múltiples efectos positivos, la expansión de la red de Metro también ha jugado un rol visible en la expansión de la especulación e inversión inmobiliaria, otra de las claves fundamentales para la reproducción de la desigualdad y segregación urbana en Santiago.

Tercero, el líquido que se ha acumulado es, en realidad una emulsión inestable. No hay una indignación, hay muchas. Si bien existen procesos en que la indignación se consolida y genera acción social como el de la noche del 18/10, los componentes, como el agua y el aceite, inevitablemente terminan separándose.

Tampoco son todos descontentos derivados de la situación económica objetiva o de trayectorias de movilidad social específicas, hay de todo. Algunos nos parecen muy relevantes o cercanos, otros no tanto.

Desde el descontento de sectores de clase media endeudada por el consumo de bienes “aspiracionales”, al de quienes pusieron todos sus ahorros para comprar la casa propia en lo que luego se descubrió era una zona de sacrificio ambiental. Desde quien después de años de trabajo se desayunó con la tasa de reemplazo de las AFP, a quienes protestan contra la dominación patriarcal y siglos de abuso de poder. Desde quienes en una población deben salir a las cuatro de la mañana a ver si consiguen número en el consultorio de su barrio y deben pagarle un peaje a los patos malos de su pasaje, a aquellos que descubren en el narco nuevos canales de contestación y movilidad social.

Están, los que creen que aún después de Catrillanca se necesita más Comando Jungla y quienes creen que el Plan Araucanía se queda muy corto. También quienes votan con furia y aquellos que en cambio deciden irse a la playa el feriado de la elección, porque igual el lunes siguiente “hay que ir a trabajar igual”. Mientras tanto, otros reaccionan a la “ideología de género” y se refugian en referentes religiosos que prometen la salvación ante tanto relajo. Y otros tantos, piensan que los inmigrantes son quienes tienen la culpa de la falta de trabajo. También están los taxistas que ven tambalear su empleo porque el estado no ha podido regular a Uber, plataforma ilegal que da trabajo a desempleados y a inmigrantes por igual. Otros, decidieron salirse del taco y se volvieron fundamentalistas de la bicicleta. Pero todavía hay quienes deben combinar dos micros y un metro para llegar a trabajar como “asesora del hogar” a la casa de  jóvenes que se pasan yendo a marchas para protestar contra el lucro y el abuso.

Por supuesto también están los ambientalistas, enfrentando los proyectos de empresarios que mientras tanto se quejan de que con tanto descontento y protesta, ya no hay seguridad jurídica ni condiciones de inversión. La lista de descontentos con algo es infinita, amorfa, y crecientemente irreductible a las claves de la política institucional. Pero están ahí, y conviven, en tensión, con la complacencia (y ahora con la incredulidad y desconcierto) de aquellos que apuestan a “las instituciones” [2].

Hoy más que nunca, imputar las preferencias de quienes participan de la acción de protesta a la racionalidad del movimiento es riesgoso. Como argumenta Mark Granovetter en un clásico análisis de instancias de acción colectiva similares a la que estamos viviendo en Chile, es riesgoso proyectar en la acción colectiva las preferencias individuales de quienes se hacen parte de ella [3]. Mediante distintos mecanismos de agregación es posible que preferencias individuales inconsistentes entre sí terminen generando una acción colectiva a la que los analistas le asignamos una única o principal motivación. Y el problema es que traspasados ciertos umbrales, se producen cascadas de acción colectiva (y reacciones y contra-reacciones) que terminan con la paradoja de movimientos colectivos articulados en base a preferencias individuales inconsistentes o muy poco cristalizadas.

En otras palabras, la explicación de por qué esto sucede ahora y no antes, y por qué el movimiento cristaliza en torno al pasaje del Metro y no en torno a otros temas, responde más a lógicas de agregación de la acción colectiva que a las preferencias individuales específicas de quienes hoy están indignados. Lo que importa es que las indignaciones individuales, mediante mecanismos incluso paradójicos, están generando acción colectiva.

El vaso

El vaso se desbordó pero también está roto. La noche del 18/1O circularon dos teorías conspirativas (y oportunistas) sobre quién estaba orquestando el caos. Algunos señalaron a la “extrema izquierda” y otros al gobierno (en este caso, por haber liberado zonas, con el propósito de justificar ulteriormente el Estado de Emergencia y la militarización).

No obstante, y con la información con que contamos hasta el momento, la hipótesis más plausible parece ser la de un espasmo incubado por quienes llamaron a la protesta inicial, que luego se expandió de modo inorgánico mucho más allá de su foco original.

En esto, el carácter descentralizado de la protesta también incidió. A diferencia de una marcha en un lugar puntual, la protesta avanzó y creció a partir de múltiples focos descentrados y de la difusión y emulación rápida de repertorios de acción de protesta. Luego llegaron la impericia de la reacción oficialista (primero subestimando el tenor del descontento y luego criminalizando y reprimiendo todo lo que se moviera). El oportunismo descoordinado de la oposición también se sumó al entrevero.

Este patrón de difusión es el mismo que se ha registrado en instancias recientes y similares alrededor del mundo (por ej., las movilizaciones registradas en Brasil en los últimos años o la movilización de los chalecos amarillos en Francia durante 2019). Usualmente se lo asocia al potencial movilizador y de alcance de las redes sociales [4]. El problema es que la movilización que ambientan las redes sociales no sustituye a la organización y usualmente desborda los ámbitos en que la acción de protesta se origina inicialmente.

Tradicionalmente los movimientos de protesta contaban con voceros. Y los voceros, con cierta orgánica que les permitía representar al movimiento en la negociación de un acuerdo finalmente legítimo. El movimiento del 18/O no tiene, al menos por el momento, ni voceros ni una organización que lo estructure. Por eso lo más probable es que se vaya desgastando progresivamente, tanto por sus tensiones internas como por la ya brutal acción represiva del estado. Al mismo tiempo, el impacto del 18/O en la agenda de políticas públicas del gobierno puede llegar a ser muy significativo. Más allá del precio del Metro, ¿qué pasará ahora con las reformas pendientes (tributaria, pensiones, salud) y con proyectos resistidos por el oficialismo como el de las 40 horas?

Mientras eso sucede, escucharemos múltiples vocerías oficialistas y opositoras dando palos de ciego. En el caso del oficialismo, porque no tienen con quien negociar y el tiempo para lograr controlar la situación se les escurre como agua entre las manos. Seguramente invocarán la esencia de lo nacional y la grandeza y excepcionalidad de Chile, intentando persuadir a los indignados de deponer la protesta, porque estas cosas, aquí, no pueden pasar. Menos aún en vísperas de las cumbres de APEC y la COP25 (esperar que esa invocación surta el efecto esperado refleja con agudeza el tenor del desconcierto). En el caso de las fuerzas opositoras porque tampoco parecen contar con la capacidad de representar el descontento de forma legítima y propositiva. En este contexto, es probable que ambos campos sigan atizando el fuego, echándose culpas unos a otros y dando cátedra de falta de empatía con los que viven por donde el Metro llegó hace poco. Por supuesto, todo esto puede empeorar. Solo hace falta que se escape una bala.

– Juan Pablo Luna es PhD en Ciencia Política en la Universidad de Carolina del Norte, profesor titular del Instituto de Ciencia Política y Escuela de Gobierno de la Pontificia Universidad Católica de Chile, investigador asociado del Instituto Milenio Fundamento de los Datos e investigador del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad –CAPES. Es también autor del libro “Segmented representation: political party strategies in unequal democracies” (Oxford University Press 2014) y de “En vez del optimismo. Crisis de representación política en el Chile actual” (Catalonia, CIPER 2017). Entre sus artículos destacan “¿Notas para una autopsia? Los partidos políticos en el Chile actual” (2012) junto a Fernando Rosenblatt, y “Chile’s crisis of representation” (2016).

Referencias

[1] Según Merton, el desajuste entre los objetivos que priman en una sociedad (fines) y los medios legítimos para alcanzarlos genera anomia (en oposición a la conformidad), dando lugar a distintos tipos de adaptación según se acepten solo los fines pero no los medios (innovación), los medios pero no los fines (ritualismo), o ninguno de ellos (rebelión). Por estos días veremos varias instancias de innovación, ritualismo, y rebelión.

[2 ]Parte de este pasaje fue publicado previamente en un comentario a un texto de Carlos Peña en el sitio intersecciones.org

[3] Mark Granovetter 1978. “Threshold Models of Collective Behavior”, American Journal of Sociology. Vol. 83-6, 1420-1443.

[4] Es también ese potencial el que ha posibilitado, en las últimas horas, la proliferación de acciones solidarias para la limpieza del metro o para el transporte en autos privados de quienes quedaron varados y sin transporte público.