Revista Online IHU, 25-3-2020

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa, 26-3-2020

Hay dos antagonistas en la lucha contra Covid-19 que rara vez se mencionan: el miedo a la enfermedad y la soledad. Reaparecen en todas las epidemias.

“El miedo llevó a la negación de la existencia misma del Ébola o al estigma social hacia los infectados y sus familias”, relata un antropólogo africano al sitio web de la Organización Mundial de la Salud.

Y las medidas de contención, como la cuarentena, pueden causar nuevas fracturas en la sociedad.

“La epidemia no es sólo una emergencia sanitaria, sino también social y política”, explica Umberto Pellecchia, referente de la investigación cualitativa y antropológica de Médicos Sin Fronteras, que ha trabajado en Italia, Francia y Bélgica y ha estudiado la propagación del Ébola en Liberia en 2014. “Por eso la cuarentena debe ser manejada desde abajo y no sólo desde arriba.

La cuarentena no debe convertirse en un instrumento de control y poder

“Hoy en día, se están tomando medidas para corregir el comportamiento de los individuos. Detrás de estas medidas institucionales hay una concepción del comportamiento humano individualista”, comenta el antropólogo, que especifica que habla de manera personal y no por la ONG.

La visión del mundo basada en el individuo generalmente pertenece a nuestra cultura contemporánea, explica, pero puede ser una limitación porque genera mucho miedo en una situación de emergencia.

¿El remedio? Se trata de fortalecer las comunidades, evitando imponer medidas sin dar voz a los ciudadanos:

“La cuarentena no debe ser un instrumento de control y poder. Las comunidades deben participar en el proceso de toma de decisiones”, dice Pellecchia.

De hecho, existen condiciones básicas para que esta medida de contención sea efectiva, según el académico: deben garantizarse los derechos civiles, debe haber una compensación financiera por la pérdida de empleo y un proceso transparente de concienciación e intercambio de información.

Frente a la epidemia, no todos somos iguales

“En un nivel biológico, el virus afecta a todos indiscriminadamente, pero las condiciones sociales marcan la diferencia”, subraya el antropólogo.

Y estas diferencias deben ser asumidas por los gobiernos democráticos.

El riesgo de cualquier crisis, de hecho, es el empeoramiento de las desigualdades:

“Lo que me impresiona en este momento es que las medidas adoptadas, como la distancia física o el bloqueo de la movilidad, muestran grandes contradicciones: la policía debería multar en la calle, pero el metro está lleno de gente que va a trabajar”.

“Bloquearemos todo, pero ten cuidado de no detener las estructuras sociales”

Una lectura antropológica puede ayudarnos a sentirnos parte activa de la solución, no a permanecer pasivos. Cada epidemia tiene su propia historia y no se pueden hacer comparaciones entre sociedades muy diferentes, pero a partir de la experiencia en Liberia, Pellecchia ha aprendido que las comunidades tienen la capacidad de organizarse autónomamente para defenderse del virus, de manera solidaria.

“Las comunidades son realidades plásticas, que interpretan la crisis, la reelaboran, porque nadie quiere simplemente morir. Incluso durante el Coronavirus, podemos observar cómo nuestras comunidades están poniendo en práctica formas de autocontrol y contención desde abajo, manteniendo una estructura social. Piensa en los barrios que se organizan autónomamente para apoyar a los ancianos. Estas son prácticas sociales y la gente es consciente del peligro que corren”.

¿Por qué es tan importante para nosotros permanecer activos como comunidad, incluso cuando todo lo demás se detiene?

“El ser humano necesita una estructura social que necesariamente debe ser creada en un momento de crisis”.

¿Pero existen comunidades hoy en día?

“Sí, y más a menudo están en los barrios más pobres de las ciudades”.

La petición de los jóvenes antropólogos que quieren ayudar contra el coronavirus:

“Lamentablemente, la disciplina antropológica no se reconoce como conocimiento práctico”, comenta el académico. Como antropólogos, tenemos en cuenta el punto de vista de las comunidades para ayudar a los epidemiólogos a formular las preguntas adecuadas, pero a nivel institucional siempre existe la idea de que la epidemia debe ser tratada sólo a nivel clínico, legislativo o coercitivo. Y es un indicador de cómo se interpreta hoy en día la propia medicina: como conocimiento técnico”.

Antropólogo IIb
Umberto Pellecchia

En cambio, hay una dimensión humanística en el conocimiento que resulta invaluable en el tiempo de cuarentena. Y las nuevas generaciones parecen ser conscientes de esto. Entre los voluntarios que quieren ayudar en la emergencia, de hecho, también hay jóvenes que estudian antropología: “Algunos estudiantes de Roma han lanzado una petición en Change.org”, revela el antropólogo. Está dirigido a los medios de comunicación para hablar de la comunidad y la importancia de la interrelación. Como el coronavirus es una “enfermedad antropológica”, los estudiantes escriben. Y la distancia”, recuerda Pellacchia, “debe ser física y no social.

El peligro de una narración de guerra

Por lo tanto, el papel de los medios de comunicación tampoco es el de amplificar una narrativa alterada de los fenómenos.

“Estamos en guerra”, declaró Macron, “pero esta narración es muy peligrosa. La guerra prevé un enemigo. Eso se materializa en el otro: los otros primero fueron los chinos, luego los italianos. Los demás suelen ser los más débiles”, advierte Pellacchia.

Y de las palabras a los hechos, es un pequeño paso: “Esta narración puede entonces realizarse a través de las fuerzas militares”, concluye el antropólogo.

* El reportaje fue realizado por Antonella Scarfò para  Business Insider Italia, 24, 3-2020 (https://it.businessinsider.com/) la traducción del italiano al portugués es de Luisa Rabolini..