Bolsonaro, el polarizador

 

Encabeza las encuestas de intención de voto para la primera vuelta de las elecciones presidenciales del domingo, y tiene buenas chances de convertirse en el próximo presidente de Brasil. Jair Bolsonaro ha sabido aprovechar el profundo descontento popular por la corrupción, el desencanto con el petismo, el miedo a la inseguridad y la reacción contra los movimientos de mujeres y de minorías discriminadas. Así este ex militar ha obtenido el apoyo de sectores muy diversos. El único grupo que ha logrado unirse con éxito en rechazo a este nostálgico de la dictadura han sido las mujeres. Con el eslogan “Él no”, el sábado pasado tuvo lugar el mayor evento político organizado por mujeres en la historia de Brasil.

 Marcelo Aguilar, desde San Pablo

 Brecha, 5-10-2018

https://brecha.com.uy/

Brasil se enfrenta a una de las elecciones presidenciales más polarizadas de su historia reciente. Las constantes discusiones entre la gente contrastan con el hastío que la mayoría de los brasileños dicen sentir frente a la política.

Si la discusión política se mantiene viva a nivel social, es sobre todo debido a un hombre: Jair Bolsonaro. El candidato presidencial ultraderechista lidera las encuestas para la primera vuelta del domingo próximo con 35 por ciento de la intención de voto (según una encuesta de Datafolha de ayer).

Este ex militar paracaidista, nostálgico de la dictadura militar, ha logrado acumular el apoyo de amplios sectores de la sociedad, aprovechando sobre todo el descontento popular con la extendida corrupción en el país, la preocupación por la inseguridad y la reacción contra los movimientos de mujeres, Lgbt y de minorías discriminadas.

Pero su discurso virulento también ha sido capaz de generar un amplísimo rechazo, y el pasado sábado 29 de octubre ese rechazo lo representaron las mujeres brasileñas, que irrumpieron en el escenario político al colmar las calles de las principales capitales de los estados del país con multitudinarias manifestaciones, sobre todo en San Pablo –donde alcanzaron el medio millón de participantes– y Rio de Janeiro. A una semana de las elecciones, las mujeres se colocaron a la vanguardia de la lucha política. Protagonizaron la primera movilización masiva anti-Bolsonaro, que no fue gestada por las organizaciones sociales tradicionales ni contó con el sustento de grandes estructuras organizativas. Nació como iniciativa de una mujer, Ludmilla Teixeira, que a mediados de setiembre creó un grupo de Facebook llamado “Mujeres unidas contra Bolsonaro”. En dos semanas ya contaba con más de 3,5 millones de integrantes y rápidamente, antes de expresarse en las calles, el rechazo a Bolsonaro se transformó en un fenómeno viral bajo el eslogan #elenão (“él no”).

Un fantoche carismático

Jair Bolsonaro es un personaje curioso. Fácilmente irritable, suele perder la compostura ante preguntas que, aunque no muy complejas, lo obligan a pensar más allá de su estrecha zona de confort. A pesar de estar acostumbrado a ser victimario, ha conseguido presentarse como víctima (el apuñalamiento que sufrió durante un acto público el mes pasado reforzó esta imagen) y presentar la imagen de que todo el mundo está contra él porque dice lo que nadie se anima a decir.

Sus declaraciones venenosas y sus propuestas radicales de mano dura –una de sus banderas es la liberalización de las armas: “Si alguien dice que quiero darle carta blanca a la Policía Militar, para matar, yo respondo: sí, quiero”, dijo en diciembre pasado– encuentran eco en un país con índices altísimos de violencia. Ha logrado convencer de que representa lo nuevo al venderse como el “único político que no se corrompió”, a pesar de que su trayectoria parlamentaria es poco impresionante: durante sus 28 años en el Congreso, el diputado del Partido Social Liberal (Psl) sólo ha logrado hacer aprobar dos proyectos de ley que presentó. Bolsonaro cosecha apoyos en una sociedad indignada con la corrupción.

Asume su ignorancia –y se distancia así de su principal rival, Fernando Haddad, el sabelotodo de la elite académica paulista, encorsetado en la defensa del legado petista, que no ejerce la autocrítica ni asume ninguna equivocación– prometiendo “rodearse de los mejores en cada área” y “buscarle la vuelta” a los problemas del país.

Estos son algunos de los elementos que hacen que Bolsonaro convoque apoyos muy lejanos de lo que debería ser el nicho de una candidatura de extrema derecha que defiende la oligarquía blanca más rancia, que es capaz de partir al medio una placa conmemorativa de Marielle Franco en la calle y posar para una foto riendo descaradamente.

Bolsonaro ha superado ese nicho, y el riesgo de su victoria ya se ha vuelto demasiado real. Con Lula preso, el diálogo con el pobrerío quedó vacante, y en tiempos de histeria colectiva no sería la primera vez que pase a ejercerlo un fantoche con delirios fascistas que promete cuidar a los menos privilegiados, aunque en realidad los odia.

“Antisistema”

La socióloga Esther Solano, de la Universidad de San Pablo, ha estudiado a los votantes de Bolsonaro. En su investigación, Crisis de la democracia y extremismos de derecha, explora, mediante entrevistas, los motivos para simpatizar con el ultraderechista. Solano señala que el principal es que se presenta como un “político honesto”, en contraposición a la “clase política corrupta” que gobierna el país. Eso, analiza la investigadora en su estudio, lo ha convertido en un candidato “antisistema” a ojos de sus seguidores. Además Bolsonaro consigue presentarse como un candidato con soluciones para temas muy caros a la sociedad brasileña, como la inseguridad.

“Te pueden matar en cualquier momento. Este país es horrible. Tenés una hija, sale de noche y puede ser violada. Robos, asaltos por todos lados. No se puede vivir de esta manera, siempre con miedo. Nosotros queremos soluciones”, se queja una entrevistada por Solano. Otros defienden la liberalización de las armas de fuego: “Si el Estado no nos protege, tenemos que protegernos solos. Los bandidos tienen armas y nosotros no. Es un derecho, sí queremos tener armas para defender a nuestra familia y a nuestra casa”, comenta otra entrevistada.

Otro eje central del apoyo a Bolsonaro que identifica Solano es el antipetismo –el rechazo al PT tuvo su punto más alto durante las protestas pro impeachment de 2016–, cuyo foco es la condena a la corrupción, pero también a las “políticas asistencialistas”, que generarían “parásitos del Estado”.

Solano muestra en su estudio que muchos también consideran que Bolsonaro es un líder carismático, cercano a la gente común, una imagen de la que goza Lula y que motivó a muchos de sus votantes en anteriores elecciones.

Bolsonaro suele expresar su rechazo al 50 por ciento de la población brasileña que es negra. En un acto en el Club Hebraica, de Rio de Janeiro, en abril de 2017, contó que visitó un quilombo –así se llamaban las comunidades de esclavos forajidos, y que hasta hoy son espacios de resistencia negra– y que allí las personas “no hacen nada, creo que ya no sirven ni para procrear”. Prometió que de ser electo presidente no demarcará “ni un centímetro de tierra indígena o quilombola”, porque “donde hay una tierra indígena se encuentra una riqueza debajo” que puede ser explotada. Las comunidades indígenas y quilombolas que reclaman tierras sufren en Brasil una persecución sangrienta. Según los datos de la Comisión Pastoral de la Tierra (Cpt), más de 1.800 personas fueron asesinadas en conflictos vinculados a la posesión de tierras desde el retorno de la democracia, en 1985.

La mayoría de los entrevistados por Esther Solano expresan recelos respecto del movimiento negro, del feminismo y de los movimientos Lgbt. Afirman que los integrantes de estos movimientos sí sufren discriminación, pero que “abusan de sus derechos” y que se aprovecharían de la victimización para obtener beneficios del Estado e incomodar a los que no pertenecen a esos grupos.

Un motivo para el apoyo a Bolsonaro es justamente la defensa de valores tradicionalmente conservadores. Por ejemplo, Solano entrevistó a un estudiante de 19 años que se define como gay de derecha y que cree que los homosexuales sufren discriminación, pero piensa que eso se soluciona trabajando y no reclamando: “Yo no soy víctima de nada. Eso de que los gays somos unos pobrecitos, unas víctimas, no es así. Hay que reclamar menos y trabajar más”.

Remasculinización

Joanna Burigo, coeditora del libro Tem saída? Ensaios críticos sobre o Brasil y magíster en género, medios y cultura, señaló a Brecha que Bolsonaro también representa “el fuerte rescate de una masculinidad que muchos sienten que está siendo atacada y diluida, sobre todo por los discursos feministas”, ese es un punto clave, insistió. “Eso se ve reforzado en el gesto principal de la campaña de Bolsonaro (que constantemente simula tener un arma en la mano y disparar con ella) y en fotos que se sacan sus seguidores con armas reales, en una demostración fálica.”Bolso.jpg

Es que en un país donde –según los datos del Foro Brasileño de Seguridad Pública– 164 mujeres son violadas cada día, si hay algo que parece haber logrado forjar una unidad contra Bolsonaro es su machismo indiferente y sus repetidos ataques hacia las mujeres.

En 2016 el diputado del Psl dedicó su voto a favor del impeach­ment de la entonces presidenta Dilma Rousseff al coronel Carlos Brilhante Ustra, uno de los más feroces torturadores de la dictadura militar, verdugo de Dilma y al que Bolsonaro califica de “héroe nacional”. En 2014, en el pleno de la Cámara de Diputados, le dijo a la diputada petista y ex ministra de Derechos Humanos María do Rosário que no la violaba “porque no valía la pena”. Un hábito del candidato ultraderechista es denigrar a mujeres periodistas que lo entrevistan, incluso en vivo y en directo. Las ha llamado “vagabundas”. También ha afirmado que no necesariamente le pagaría el mismo salario a una mujer que a un hombre.

Sobre la población Lgbt, Bolsonaro no esconde nada. Ya dijo que “a nadie le gustan, sólo los soportamos”.

Mujeres de todos los colores

El rechazo a la candidatura de Bolsonaro recorre todo el espectro político. En las movilizaciones del sábado participaron mujeres tanto de izquierda como de derecha.

“Estoy aquí porque no quiero un fascista gobernando mi país. Sería un retroceso sin retorno. Luchar para que no ocurra esa tragedia es una cuestión de ciudadanía básica. Bolsonaro va contra todo lo que hemos construido en este tiempo de democracia”, comentó a Brecha Eloísa, durante el acto en la explanada de Largo da Batata, en San Pablo. Simpatizante de Geraldo Alckmin –representante de la derecha liberal y candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (Psdb)– y lesbiana, afirmó que votar por Bolsonaro significaría ir contra sí misma: “Cómo voy a votar por un candidato misógino, homofóbico y racista, que además no tiene propuestas. Votarlo es darle un cheque en blanco. Quien respeta los derechos humanos, quien quiere igualdad y pluralismo no puede permitir que una persona así sea electa. Entre el oscurantismo y la libertad, no hay dudas, elijo la libertad”, sentenció.

Para Jessy Dayane, vicepresidenta de la Unión Nacional de los Estudiantes (Une), que también estuvo presente en la marcha en San Pablo, Bolsonaro representa “un atraso civilizatorio” que “enfrenta a todo el pueblo brasileño”. Esta militante, que votará a Fernando Haddad, consideró que uno de los motivos para rechazarlo es que a lo largo de su trayectoria política el presidenciable representó siempre intereses que “benefician a los ricos” y perjudican a la clase trabajadora: “Cree que los trabajadores tienen que tener menos derechos, para así generar más empleos; o sea, opone el trabajo a los derechos. Y nosotras queremos justamente lo contrario: un Brasil con trabajo digno y derechos para todos”, comentó a Brecha. “Mujeres de diferentes identidades y corrientes ideológicas se unieron contra él justamente porque el fascismo, el machismo, el racismo y la ‘lgbtfobia’ son atrasos civilizatorios que nadie que defienda un mínimo básico de democracia puede defender. Y especialmente las mujeres, que sabemos que su victoria sería un riesgo para nuestras vidas”, concluyó.

En otro rincón de la multitud se encontraba Melina, una argentina que vive en Brasil desde hace siete años y que hace campaña por el candidato Ciro Gomes, un progresista de perfil nacional-desarrollista. “Yo nunca fui activista, ni me involucré mucho en política. Pero hoy soy madre de un niño de 2 años y me di cuenta de la importancia que tiene la mujer en la toma de decisiones políticas”, comentó. “Cuando escuchás hablar a Bolsonaro te das cuenta de que no piensa en invertir en las personas, lo que quiere es resolver los problemas sociales eliminando a las personas, al diferente, y lo hace a través de un discurso tosco de violencia y segregación. Yo no quiero eso para mi hijo”, comentó a Brecha, y describió el fenómeno de apoyo a Bolsonaro como una “marea de odio”. “El problema es que fue subestimado, pero es un fenómeno creciente –afirmó–, por eso estamos acá, precisamos combatirlo en las calles.”

Lecturas de la marcha

Para Burigo, el hecho de pasar de un grupo de Facebook a una movilización nacional en tan poco tiempo marcó un punto de inflexión en el movimiento anti-Bolsonaro. “Poner el cuerpo en las manifestaciones, que fue lo que ocurrió el sábado en todo el país, cambió radicalmente el tono de la protesta, porque es en nuestros cuerpos donde sentimos los efectos de la violencia, y son nuestros cuerpos los que estamos colocando en las trincheras de la lucha contra un futuro sombrío para segmentos de la población ya tan marginalizados en este país”, comentó.

Burigo apuntó, además, que “ningún otro grupo consiguió movilizar a tanta gente en las calles contra esa candidatura abiertamente antidemocrática, y en ese mismo impulso construir el mayor evento político organizado por mujeres en la historia de Brasil”. Pero esta analista señaló que las manifestaciones multitudinarias del sábado no surgieron de la nada y que no deben comprenderse solamente como un gesto de las mujeres para “salvar a la patria”, sino como “una continuación de la politización de las mujeres brasileñas y de nuestra participación en el debate público”.

Según Esther Solano, las mujeres tendrán un papel clave en las elecciones de este mes de octubre. “Por primera vez en la historia el voto de género está tan distante entre unos candidatos y otros. El público femenino representa la mayor parte del voto indeciso. Ese voto tiene la capacidad de tener un gran impacto en la elección, sobre todo en una segunda vuelta, que todo indica será muy ajustada”, comentó a Brecha. Sobre todo teniendo en cuenta que, según la última encuesta publicada (Datafolha, 2 de octubre), es en este público entre el cual Bolsonaro encuentra mayor rechazo. El 49 por ciento de las mujeres de ninguna manera votaría por él.

“Al partir de variables como ‘izquierda’ versus ‘derecha’, ‘militantes de partidos’ versus ‘despolitizados’, ‘elite’ versus ‘pobres’, ‘antipetismo’ versus ‘petismo’, los analistas tradicionales no consiguen explicar cómo lo femenino atraviesa esas distinciones y las torna más complejas”, comentó en Facebook Camila Maia, activista de derechos humanos y co-coordinadora del programa de política exterior del candidato presidencial Guilherme Boulos, del izquierdista Partido Socialismo y Libertad (Psol). “Para las mujeres, Bolsonaro no es sólo un candidato. Es una fuerza concreta que afecta sus relaciones en la sociedad, sus relaciones personales y familiares, especialmente con los hombres, su libertad y su existencia”, subrayó.

La candidatura de Bolsonaro ha evidenciado un abismo cultural en cuanto a los derechos de las mujeres. Una muestra de esa polarización, que incluso ha logrado dividir a las mujeres entre sí, fueron los comentarios de la profesora universitaria Janaina Pascoal, famosa por ser una de las autoras del pedido de impeach­ment de Dilma y hacer discursos encendidos Biblia en mano. “Las mujeres que votan a Bolsonaro saben que si el PT vuelve, seguiremos más rápidamente hacia una venezuelización. No tiene sentido quedarnos paradas en causas femeninas o feministas”, declaró al sitio Huffington Post.

El día después de las movilizaciones de mujeres contra Bolsonaro, los seguidores del ultraderechista realizaron su propia marcha. En la Avenida Paulista, de San Pablo, Eduardo Bolsonaro, diputado e hijo del candidato presidencial, reforzó el discurso de su padre. Entre otras cosas dijo: “Las mujeres de derecha son más lindas que las de izquierda” porque “no muestran los pechos ni defecan en las calles”.

La candidatura de Bolsonaro, concluyó Burigo, “es un triste síntoma cultural de la nación”.