Francia/Argelia

El tabú de los harkis argelinos

Hijos del olvido

Dalila Kerchouche creció convencida de que era normal vivir separada del mundo por un alambrado y recogerse a las diez de la noche tras el toque de queda. Cuando ella nació en el campo de Bias, en el sudoeste de Francia, hacía 12 años que sus padres habían huido de Argelia y vivían prácticamente en reclusión luego de haber pasado por otros cinco campos antes, todos ellos, se suponía, transitorios. Eran campesinos analfabetos que no hubieran salido nunca de la aldea de no haber sido por la guerra de independencia, una guerra cuya crueldad se pretendía disimular en Francia con el eufemismo de “los acontecimientos” de Argelia.

Virginia Martínez *

Brecha, 18-8-2017

http://brecha.com.uy/

Muchos años después, Dalila descubrió que su padre era un harki, un renegado. Traidor en su país de origen y un paria en Francia, Kerchouche fue uno de los 200 mil argelinos musulmanes que combatieron al servicio del ejército francés contra sus compatriotas en la guerra por la independencia de la colonia (1954-1962). Dalila se acostumbró a hablar árabe en casa, francés fuera, y a callar cuando las amigas del liceo, orgullosas, contaban historias de sus padres, antiguos combatientes del Frente de Liberación Nacional (FLN). El de ella era innombrable. En revancha, al volver a casa le reprochaba con violencia al padre su pasado. “Él me miraba triste, sacudía la cabeza, sin replicar ni contradecirme”, recuerda Dalila. Llena de rencor, fue alejándose de la familia: “Franceses sin historia, amables hasta la exageración, discretos hasta volverse invisibles, siempre prefirieron que los ventajearan en el supermercado antes que alzar la voz. Hicieron de todo para ser aceptados. Demasiado, incluso. Toda la vida vivieron con culpa, temiendo que los acusaran y por la más mínima falta los devolvieran a Argelia”.

Dalila fue la única de los diez hijos del matrimonio que, aunque nació en el campo de Bias, hizo su vida fuera de él. Por eso los hermanos mayores (uno de ellos se suicidó) siempre la consideraron una privilegiada que podía permitirse la crítica porque no había padecido la marginación. Finalmente todos se abrieron camino como electricistas, contadores, funcionarios administrativos, informáticos, enfermeras. Dalila, en cambio, siempre distinta a los suyos (al menos eso creía), eligió el periodismo. Años después, para conocer más del sufrimiento de sus padres y romper la frontera que la separaba de su gente, se internó en el pasado familiar. El resultado de ese trabajo de “harkeología”, como lo llama, es el libro-testimonio Mon père, ce harki (Éditions du Seuil, 2003). La peripecia de Dalila y su familia también fue llevada al cine en el filme Harki (2009), de Alain Tasma, con la conocida actriz Leila Bekhtien en el papel protagónico. Tres años más tarde, Dalila volvió sobre el tema con la novela Leila, relato sobre una adolescente en un campo. El año pasado publicó Espionnes, investigación sobre la vida de las agentes de la Dirección General de Seguridad Exterior (Dgse) francesa.

Enemigos de sí mismos

Si todo país tiene sus silencios y toda guerra su tabú, la de Argelia fue el silencio de Francia y losharkis su principal tabú. Cuando Francia se retiró de la colonia, más de 50 mil harkis y sus familias buscaron refugio en la antigua metrópolis, donde los internaron en campos que se parecían al que se clausuró hace no mucho en Calais. Con el tiempo aquellos campos se transformaron en guetos, y los guetos en sitios permanentes de pobreza y exclusión.

En la guerra Francia había enrolado a los argelinos con promesas económicas (aunque siempre les pagaron menos que a los franceses) y los había empleado en los trabajos sucios (informantes, fuerza de choque cuando entraban a una aldea, en los interrogatorios y la tortura). Cuando terminó los abandonó a su suerte. El general De Gaulle, que nunca había sido partidario de emplearlos en el conflicto, tampoco lo fue de darles protección. El historiador Pierre Vidal Naquet, gran helenista pero sobre todo hombre comprometido con su tiempo, vio en ese abandono la continuidad de la vieja concepción racista y colonial francesa: “Los resistentes argelinos tienen, sin duda, el derecho de despreciar a los harkis y de tenerlos por traidores, pero el gobierno francés no tiene ese derecho. Y, además, es demasiado evidente que esos hombres, incluso aquellos que cometieron, bajo sus órdenes, crímenes, son tan víctimas como culpables. Víctimas del orden colonial y del mito de la Argelia francesa en la que alguno de ellos pudo creer”.

La masacre de harkis comenzó antes de la retirada francesa de Argelia. Se estima que más de 70 mil personas murieron en esos ajustes de cuentas que los franceses toleraron o disimularon. Voces amigas de la Argelia independiente se alzaron contra el asesinato de los harkis, como antes lo habían hecho contra los crímenes del Estado francés. El historiador Vidal-Naquet y el periodista Jean Lacouture denunciaron las torturas, las ejecuciones sumarias y los asesinatos en masa que incluían a niños y mujeres. “Un pueblo torturado, aun en las difíciles condiciones que atraviesa Argelia, tiene, más que ningún otro, el deber de proscribir la tortura”, escribió Vidal-Naquet. También abogó para que su país los rescatara de la muerte: “Es en Francia donde los antiguos harkis y sus familias pueden salvarse”.

Riversaltes

Luego de los acuerdos de Evian, del 18 de marzo de 1962, la migración de harkis se hizo masiva y desesperada. Francia comenzó a recibirlos con desgano. Con seguridad ellos no imaginaban que el país por el que habían peleado sólo tenía para ofrecerles la internación. A ese efecto, el Estado francés abrió seis campos, que serían –en principio– de tránsito para concentrar a los recién llegados. Los principales fueron Saint Maurice l’Ardoise, Bias y Riversaltes. Este último tenía una ignominiosa historia. Creado en 1938 para extranjeros indeseables (españoles y brigadistas internacionales que habían cruzado la frontera española escapando de Franco), se pobló más tarde con judíos y gitanos en su última escala antes de partir a los campos de exterminio.

La familia de Dalila fue a parar a Riversaltes. El primer invierno lo pasaron durmiendo en el piso, sin muebles ni calefacción, muertos de frío. La nieve blanqueaba los techos de las carpas, que desbordaban el campo. Todos los días entraban cientos de argelinos. Llegaron a ser 5 mil adultos y 2 mil niños. Comían poco y mal. No había frutas, verduras, ni leche. Pronto aparecieron los primeros casos de tuberculosis y desnutrición. Vivían en un régimen carcelario, sometidos a trabajos forzados. El Ministerio de los Repatriados firmó un acuerdo con la Oficina de Aguas y Bosques para emplear a los hombres como peones. Ese fue el primer trabajo del padre de Dalila. El convenio autorizaba a enviarlos a cualquier zona del país, donde se los necesitara. No podían salir del campo, ni sabían hasta cuándo duraría el confinamiento. También los emplearon como jornaleros de los pieds-noirs (franceses o europeos nacidos en Argelia), que venían a buscarlos al portón del campo y los cargaban en camiones para llevarlos a trabajar en sus propiedades. “En el fondo, nada había cambiado desde la Argelia colonial. Los harkis, que creían haber ganado la igualdad ciudadana peleando por Francia, seguían siendo indígenas”, dice Dalila. Aunque teóricamente tenían derecho a la asistencia social, el Estado les confiscaba el dinero para financiar el funcionamiento de los campos.

Hacinados en una barraca en la que cada familia disponía de un espacio definido por separadores de cartón, a los Kerchouche por ser numerosos les tocaron poco más de diez metros cuadrados. La prensa, sin embargo, mostraba a Riversaltes como un lugar apacible donde los árabes aprendían a vivir “a la europea”. Allí nació la quinta hija del matrimonio, la primera francesa de la familia. La madre se impuso al consejo de la asistente social y la llamó Kheira. “Póngale Marianne, como la república”, le había sugerido la funcionaria, segura de que eso le evitaría problemas en el futuro. Años más tarde uno de los hermanos de Dalila recogió la sugerencia. Harto de que a pesar de tener oficio y trabajo estable lo rechazaran con cualquier excusa a la hora de concretar un contrato de alquiler sólo porque se llamaba Abdelkader Kerchouche, decidió cambiarse el nombre. Así nació Paul Yann Gaétan. “Cuarenta años de integración para terminar en eso”, apunta Dalila con amargura.

Bias

Los Kerchouche fueron enviados al campo de Mouans-Sartoux, donde los recibió un jefe que encarnaba la versión más brutal de la política de asimilación: explotación y maltrato a los hombres y prohibición de practicar las tradiciones culturales a las mujeres. No podían cubrirse la cabeza ni tatuarse las manos con henna, costumbres tan bárbaras como comer cuscús. La mujer del jefe del campo contribuía a la tarea civilizatoria del marido dando clases obligatorias de catecismo a los niños. Sin embargo, la familia Kerchouche todavía no había visto lo peor.

Lo peor se llamaba Bias, donde vivirían los siguientes seis años. Construido como una fortaleza militar, Bias había sido campo de concentración de prisioneros alemanes en la Primera Guerra Mundial, de resistentes capturados por Vichy en la Segunda y de colaboradores del nazismo al fin de ésta. Harkis expulsados de otros campos, discapacitados, viudas y viejos, esa era la población de Bias. No se podía salir de la barraca después de las diez de la noche, y por la mañana las mujeres y los niños tenían que reunirse en la plaza central del campo para saludar la bandera y entonar “La Marsellesa”. Las privaciones llevaron a la familia a romper con un mandato arraigado entre los campesinos musulmanes: que las mujeres casadas se quedaran en casa. La madre de Dalila, como muchas otras de Bias, tuvo que emplearse como obrera.

La salvación de los Kerchouche llegó con un carrito de madera que el padre construyó con tablas y ruedas de bicicleta para acoplar a una bicimoto comprada de segunda mano. Dice Dalila: “El carrito de mi padre fue nuestra fuente de recursos, nuestro medio de locomoción y el principio de nuestra autonomía”. La madre se empeñó en que el marido cargara a los niños en el carrito y los llevara a la biblioteca municipal a la que iban los niños franceses. Cuando por fin Ahmed y Aicha terminaron la escuela primaria, la mujer lloró de alegría como si hubieran obtenido el diploma de médico.

Hacia 1970 Bias se había vuelto un antro. Conflictos con la administración del campo, viviendas deterioradas, prostitución. Cuando los niños que habían crecido allí llegaron a la adolescencia empezaron a dar problemas (la mitad de la población tenía menos de 16 años). En respuesta, el jefe del campo promovió la creación de unos llamados “centros educativos y disciplinarios” adonde mandar a los díscolos. Uno de los centros lo dirigía la mujer del general Jacques Massu, conocido por haber practicado y defendido a viva voz la tortura en Argelia.

Independencia

La fábrica hizo mucho más por la europeización de la madre de Dalila que todos los consejos de la asistente social. Le dio cierta autonomía económica y conciencia de su valor. Cuando nació Dalila hacía tiempo que los Kerchouche habían renunciado a la autoridad del padre y la que mandaba era su mujer. Ella quería irse del campo, para salvar a los hijos del centro disciplinario que les esperaba a la vuelta de la esquina y porque se daba cuenta de que lo aprendido en Bias sólo los llevaría a la fábrica o al trabajo zafral. Se convenció después de que a una de sus hijas hubo que internarla en un hospital psiquiátrico por una depresión prolongada. Volvió diciendo que vivir en el psiquiátrico era mucho mejor que vivir en Bias: allá comía bien, los médicos se ocupaban de ella y hasta la habían llevado a una kermese. Cuando pudieron, juntaron lo poco que tenían y se fueron.

Mientras los Kerchouche empezaban a organizar su vida fuera, en los campos estallaron revueltas. En junio de 1975 se levantó Saint Maurice l’Ardoise, y en agosto, Bias. Hubo toma de rehenes, manifestaciones, huelgas de hambre y acciones armadas. Dos años más tarde el Estado francés cerró los campos, aunque Riversaltes continuó operativo como centro de retención de inmigrantes clandestinos hasta mediados de 2000. Los harkis fueron a vivir a los suburbios de las ciudades del interior del país o emigraron a la capital. La mayoría eran hijos de argelinos, nacidos en Francia, jóvenes, desocupados o con trabajos precarios. Se concentraron en las viviendas sociales, las habitations à loyer móderé (Hlm), donde hasta el presente hay un alto número de inmigrantes, sobre todo de origen argelino. A fines de la década del 90 los descendientes de harkis llegaban a ser unas 800 mil personas.

Un pasado que no cesa

Cuando en julio de 2000 la Asamblea Nacional recibió al presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, este proclamó la necesidad de reconciliación entre los dos países, pero fue categórico en la exclusión de los harkis: “Es como si le pidieran a un francés de la resistencia que se dé la mano con un colaborador”, declaró. Del lado francés, recién en setiembre de 2016 el Estado reconoció su responsabilidad en el desinterés por el destino de sus antiguos colaboradores. En un acto de homenaje a los harkis, el entonces presidente François Hollande admitió que Francia los había abandonado: “Ustedes confiaban en Francia, lucharon por ella y no imaginaron que Francia pudiera abandonarlos. Eso fue, sin embargo, lo que sucedió”. El Partido Comunista rechazó, por parcial y selectivo, el gesto de Hollande. El secretario nacional Pierre Laurent declaró: “Francia debería tener un discurso global sobre el conjunto de las reparaciones que deben hacerse en relación con esta situación. (…) sobre el hecho de haber llevado adelante esta guerra y dividido a los argelinos, de haber utilizado a una parte, los harkis, contra otra parte de la población que quería la independencia (…). Todo eso dejó huellas terribles. Sin hablar de los miles y miles de jóvenes franceses que fueron enviados a hundirse en la guerra de Argelia”.

Más recientemente el asunto estuvo en la campaña electoral cuando Marine Le Pen, a quien se ha acusado de hacer un uso abusivo de la causa de los harkis, reivindicó las bondades de la colonización francesa en Argelia y acusó a Macron de haber tratado de criminales a los harkis. Macron se defendió alegando que la comparación de la ocupación francesa de Argelia con los crímenes de lesa humanidad no significaba de ninguna manera que considerara criminales a los que habían vivido esa situación.

* Nota de Correspondencia de Prensa: Virginia Martínez, profesora de historia y productora de cine. Realizó los documentales, Las manos de la tierra, Memoria de mujeres, Ácratas, por los cuales recibió premios nacionales e internacionales. Dirigió Televisión Nacional de Uruguay (TNU), canal estatal, durante el gobierno de José Mujica. Autora de varios libros de historia política y social, entre ellos: Tiempos de dictadura 1973-1985. Hechos, voces, documentos. La represión y la resistencia día a día (Banda Oriental, 2005); El círculo. Las vidas de Henry (Banda Oriental, 2009); “Siglo de Mujeres” (Banda Oriental, 2012).