Uruguay

Con María Urruzola

Un ñato, dos ñatos, 33 ñatos…

Entrevista con María Urruzola sobre su libro “Eleuterio Fernández Huidobro. Sin remordimientos”. “Quizá mi único aporte fue ir a buscar a los protagonistas, plantearme que si acá había habido grupos operativos que hicieron finanzas, sus integrantes en algún lado tenían que estar.”, asegura la autora.

Salvador Neves

Brecha, 28-4-2017  http://brecha.com.uy/

La polémica empezó antes de que el libro saliera de imprenta, algo que no sucedía desde la edición de Pepe coloquios (libro sobre José Mujica, de Alfredo García, Fin de Siglo, Montevideo, 2009). Eleuterio Fernández Huidobro. Sin remordimientos (Planeta, Montevideo, 2017) se terminó de imprimir el jueves 20 y ya esa noche Guillermo Garat debía escoger con cuáles de las opiniones vertidas acerca del libro de la periodista María Urruzola comenzaría la reseña que publicó el viernes 21 en La Diaria.

Eso sí, la discusión giraba sobre algo que era, como ya observaba Garat, “sólo una anécdota en la biografía del polifacético Eleuterio Fernández Huidobro”, sobre un capítulo, el que trata de cómo los asaltos habrían sido una de las fuentes de financiación del Mln en los años noventa. Pero esa manera de recortar los debates seguramente no es novedosa. En 2006, con Donde hubo fuego, el libro del politólogo Adolfo Garcé sobre la adaptación del Mln a la legalidad, había pasado otro tanto: una argumentación interesante acerca de la influencia real de las ideas en la acción política se redujo a los elementos que el libro aportaba acerca del desarrollo de entrenamientos militares por esa organización cuando ya la democracia había sido recuperada.

Tal vez sean esas las reglas de juego del mercado de las ideas. En la primera entrevista que la autora concediera sobre el libro, que le hizo Daniel Figares en El Espectador y que duró 32 minutos, los primeros 20 se ocuparon de ese asunto, y ya verá más abajo el lector cómo la autora introduce el tema en este diálogo y el significado que le otorga.

Al cabo no hay periodismo sin titulares, pero tal vez sí haya cosas preocupantes en este debate: “Naturalmente, no leí el libro. Ni lo leeré”, informó Leandro Grille en la columna destinada exclusivamente a denostarlo que publicó en Caras y Caretas, también el viernes pasado.

Grille se lo pierde, pero es cierto que es sal sobre la herida.

—¿Era un traidor el “Ñato”?

—No. No, no. Sin duda que no. Supongo que cada organización tendrá su acepción del término “traidor”, pero en lo que a mí respecta, de lo que yo investigué para nada surge que haya sido un traidor. No tiene nada que ver con Amodio, que canjeó su libertad y la de su mujer vaya a saber por qué. El Ñato desde su inicio tuvo una postura acerca del trabajo dirigido a los militares con la que fue básicamente coherente a lo largo de su vida. La fue modificando, la fue elaborando, la fue mejorando, él y su concepción se fueron transfigurando, pero traidor, no. Se comió más de una década de cana. En mi acepción del término, no lo fue.

—Hay momentos en que el libro parece sugerirlo. El primero es la cita de Primo Levi del comienzo: “Los que sobrevivimos a los campos de concentración no somos verdaderos testigos […]. Formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo”.

—Lo que está en discusión ahí, lo de la cita de Primo Levi, es quién escribe la historia. Y me parece que esa reacción de barrabrava que hay en las redes se refiere a eso, a quién escribe la historia. Los dirigentes tupamaros se han arrogado el derecho de escribirla sólo ellos, incluso respecto de otros tupamaros. Parece que los tupamaros de base no tienen derecho. E incluso se podría pensar que las diferentes generaciones de tupamaros que se fueron yendo del Mln, que se fueron separando del movimiento como las capas de una cebolla, tampoco tienen derecho a dar su versión. Me parece que lo que quiso decir Primo Levi es que haber estado directamente involucrado no te da credenciales para ser la única voz autorizada. Al final del libro hablo de las legitimidades que han amordazado a tanta gente: la que da haber sido víctima, la que da haber sido testigo, y a eso, sumada, la de haber sido guerrillero y haberse jugado la vida. Esas tres legitimidades juntas amordazan a todo el resto. Nadie puede decir nada.

—Otra categoría que al final parece sugerirse es la de impostor…

—No creo, tampoco. En realidad yo fui atrás de una pregunta que ha hecho Samuel Blixen desde estas páginas: “¿Cuántos Ñatos hay y cuál es el verdadero?, si es que hay uno verdadero”. Para responderla primero reconstruí su biografía política de los últimos 50 años, que no tenía clara. Y a partir de ahí traté de responder cuál de los sucesivos Huidobro era el verdadero o si en realidad todos formaban parte de una sola persona que fue, con el paso del tiempo, tal vez transfigurando lo que eran posturas colectivas y políticas en posturas personales y… ahí ya no sé si políticas. No sabría definir el acuerdo o la colaboración que él terminó teniendo con los militares. Pero hay un eje en su pensamiento, desde los primeros documentos del Mln hasta el final. O desde su adolescencia, como él mismo contó en una entrevista con Tagliaferro. Es que el principal portavoz de la historia de Huidobro fue el propio Huidobro, y tal vez lo que yo hice fue un trabajo de filigrana o una arqueología de sus textos y sus dichos. A mí también me sorprende que pareciera que digo cosas nuevas cuando ya han estado más o menos dichas o sugeridas desde hace tanto tiempo. Tal vez lo único nuevo, no en el sentido de que no se lo sospechase, sino en el de que a ese respecto yo fui a buscar protagonistas, fue en el tema de las “finanzas irregulares”, como las llamó Zabalza, o, como ellos las llamaban, el tema de las “expropiaciones”. De eso se viene hablando hace años en el mundillo político. Es más, yo reproduzco en el libro una respuesta que Huidobro da en la Cámara de Senadores a una pregunta que hace un dirigente colorado, justamente sobre cómo se financiaba el Mln. Quizá mi único aporte fue ir a buscar a los protagonistas, plantearme que si acá había habido grupos operativos que hicieron finanzas, sus integrantes en algún lado tenían que estar.

—Tiempo, espacio y recursos son siempre limitados, y en una investigación uno siempre debe elegir algunos temas y sacrificar otros, pues piensa que por ahí debe ir la cosa. Tú elegiste este.

—En realidad yo fui atrás de cuál había sido el cisma que ocurrió en el Mln entre los años 95 y 98. De entender qué había pasado ahí. El Mln vivió una situación de tirantez entre dos líneas políticas durante muchos años: los que consideraban que la organización debería seguir siendo político-militar y que lo que había delante era un horizonte insurreccional, y los que se fueron corriendo a una opción electoral, de alianzas político-electorales. Si los tupamaros no tuvieron candidatos propios en el 89, cuando la izquierda llegó a la Intendencia de Montevideo, fue por una decisión política. Ellos no creían que el terreno electoral fuese aquel en el que tenían que competir. Pero eso cambió. ¿Cómo había sucedido ese cambio? Diferentes generaciones se habían ido yendo. Hay cartas públicas de cuando se fue Alba Antúnez, de cuando se fue Edmundo Canalda, el Frente Juvenil… Todo ese cisma ¿a qué había respondido? Y uno se hace preguntas, tira del hilito, pero el hilito te va llevando adonde te va llevando. Y yo encontré la manera de llegar a protagonistas de los asaltos y ellos quisieron hablar. Y también yo me pregunto: ¿por qué no debería haberme ocupado de eso?

—Es también inusual la imagen que das de la “tregua armada” que habría habido entre tupamaros y militares entre mayo y agosto de 1972. La visión que sugiere la cronología contenida en el capítulo sexto es que no hubo realmente ninguna tregua.

—A veces es necesario ir a buscar las palabras en el diccionario o en la jurisprudencia para ver de qué estamos hablando. Hay una definición de las Naciones Unidas de lo que es una tregua. La palabra no quiere decir cualquier cosa. Si por tregua entendemos un momento en el cual cesan las hostilidades, callan las armas, se entablan negociaciones y esas negociaciones tienen la presencia de terceros, que son un poco los garantes de las condiciones, la respuesta es no. No hubo esa tregua, porque no callaron las armas, porque cayó un montón de gente presa durante ese período, porque hubo muertos durante ese período, porque siguieron torturando salvajemente durante ese período y porque además las conversaciones fueron de algunos dirigentes con mandos medios de las Fuerzas Armadas, y además había una ambivalencia sobre si los mandos altos avalaban o no avalaban, y nunca se terminó de saber si el gobierno sabía, si estaba o no de acuerdo. Creo que el tema de la tregua surgió de una intervención que hizo Michelini en aquel momento en el Parlamento, en la que sostuvo que estaba habiendo una “tregua”, y a partir de ahí quedó la palabra. Pero en esta acepción de tregua, no la hubo.

—Supuse que en el libro iba a encontrar algo sobre la participación de tupamaros en interrogatorios a empresarios sobre ilícitos económicos durante el período de la llamada “tregua”. A partir del libro de Leonardo Haberkorn Milicos y tupas se ha señalado que eso ocurrió, y más de una vez se ha sugerido que Fernández Huidobro había estado involucrado.

—A mí no me interesó buscar en el pasado más allá de lo que fue el papel de Fernández Huidobro en esa insistencia en la rendición incondicional del Mln. Él insistía en eso y Raúl Sendic se oponía. Ahora Jorge Zabalza decía que el propio Mujica también había estado en contra… Me interesó más darme cuenta de que no hubo tregua. También ellos cuentan, y es una cosa aceptada, que formaron las llamadas “escuelitas” con los militares, donde hacían análisis de las informaciones que el Mln había ido recogiendo sobre los ilícitos económicos. Entonces: hubo colaboración, hubo un trabajo conjunto, tipo de oficina, en los mismos cuarteles donde tres celdas más allá estaban torturando gente. De eso hay sobrados testimonios.

—¿No te pareció que despejar eso hubiera sido una gran cosa para conocer humanamente al biografiado?

—No sé. Ya el documento que los militares filtraron en el 97 con la descripción que Fernández Huidobro hace de una cantidad de compañeros suyos que estaban sueltos, estando él como rehén, ya te pinta…; las conversaciones en el Batallón Florida, el hecho de que saliese a la calle con un capitán, no sólo torturador, sino responsable del asesinato de Andrés Martirena y su mujer en la calle Amazonas… Si además participó en interrogatorios, no sé. Tal vez para vos eso cambie algo de cantidad a calidad. A mí no me cambia mucho. En todo caso él, después de que salió, siguió hablando con los militares, estableció un teléfono rojo y así sucesivamente. Por eso digo que en realidad hay una gran coherencia en su historia.

—Es objeto de polémica la divulgación de los documentos como el que los terroristas de Estado filtraron en el 97.

—Un viejo dilema del periodismo que lo tengo resuelto desde siempre. Primero, la inmensa mayoría de la gente que divulga cosas no lo hace por amor a la patria sino por algún interés espurio particular, que vos no sabés cuál es. Y segundo, que la fuente tenga algún interés espurio no quiere decir que la información no sea válida. Ahí está el trabajo del periodista. Nuestro trabajo consiste en eso: tomar el dato que llega de ese modo y contrastarlo, chequearlo, determinar si esa información es válida. ¿Quién sino los militares pueden filtrar declaraciones de la época de la dictadura? ¿Quién otro que alguno que haya estado en una estafa bancaria puede filtrar documentos sobre esa estafa bancaria?

—Tu libro incluye enfoques novedosos de los que se habla bastante menos. ¿Por qué era necesario recordar a Lenin y a Rodney Arismendi para entender a Fernández Huidobro?

—Porque en realidad la única peculiaridad que el Mln tuvo en los años sesenta fue desarrollar la lucha armada. Cuando uno lee los “Documentos”, del uno al cinco, las “Actas tupamaras”, los comunicados a la población, el plan de gobierno, cuando uno lee todo ese conjunto documental descubre que en realidad planteaban más o menos lo mismo que el resto de la izquierda (reforma agraria, nacionalización de la banca, etcétera), y que la única diferencia que tenían con el resto de la izquierda era que ellos decían que eso se conseguía solamente por la lucha armada. Y polemizaban con los comunistas. Además de tratarlos de patrinqueros decían que la política de acumulación de fuerzas que éstos, entre otros, defendían, era más de lo mismo. Y es Fernández Huidobro el que en su libro Historia de los tupamaros habla del dúo Arismendi-Quijano (como representante de la visión combatida). Fue realmente una sorpresa para mí darme cuenta de que los tupamaros no tenían ninguna peculiaridad político-ideológica. Sólo los diferenció la lucha armada. Entonces, después de que abandonás la lucha armada, ¿cuál es tu peculiaridad política? Yo creo que no la tienen.

— Sobre todo para los jóvenes debe resultar una sorpresa leer en tu libro que para los comunistas no podía considerarse revolucionaria la organización que no asumiera la tarea de realizar una propaganda “sistemática y decidida” dentro del ejército.

—Eso debe responder a que soy vieja y me acuerdo todavía de cuando íbamos a las manifestaciones y gritábamos “Soldado, soldado, vos también sos explotado”. No me olvido de mi pasado y tengo presente que los partidos comunistas tenían la famosa “cuarta dirección” (dirigida a incidir en las Fuerzas Armadas) y que en realidad ya estaba formulada en las 21 condiciones para ingresar a la Tercera Internacional que tenían que asumir los que querían ser comunistas, dividiéndose por eso de los socialistas… Y por eso me parece que el debate, este, mediático, es muy de barrabravas y de poca fundamentación política. Porque también las expropiaciones anarquistas forman parte de la historia de toda la izquierda, no sólo del Mln. Todos nosotros nos formamos abrevando en posiciones de esa naturaleza. En el libro pongo el texto de un anarquista que fusilaron en Argentina donde el tipo reivindica el derecho a la expropiación, incluso individual. Son debates que se llevó la vida. Porque la revolución era la consigna hasta los ochenta, después fue la democracia y ahora parece que es la transparencia… La gente entonces puede desconocer estos orígenes. Pero no los intelectuales que han salido a opinar sin leer el libro, que son varios. Es una vergüenza; denotan que el nivel del debate político en Uruguay ya ni reconoce lo que es la historia. No tiene fundamento teórico.

—Entonces, en principio, la línea de Fernández Huidobro encuadra dentro de esa línea de trabajo revolucionario.

—Empieza como una postura colectiva, como la que también llevaban adelante los comunistas. La peculiaridad del Ñato es que él, a una postura colectiva, fundada ideológicamente, la va transformando en una cuestión personal. En qué momento él deja de hacer las cosas avalado por su orgánica y pasa a ser él la representación de esa orgánica no lo sé, pero eso fue lo que pasó.

—El libro apunta a que la prueba decisiva del acierto o desacierto de esas relaciones complicadas debía haber sido su gestión como ministro de Defensa, y el balance que de ella se hace en Sin remordimientos no es precisamente bueno.

—Él mismo termina reconociendo su fracaso en una sesión de la Comisión de Defensa de la Cámara de Senadores que yo cito. Él había asegurado que iba a hacer la gran reforma del Estado porque iba a unificar a las Fuerzas Armadas, y terminó reconociendo que ni siquiera había logrado poner un mando conjunto en las misiones de paz. Yo reproduzco sus palabras: dice que tiene tres ejércitos enfrentados entre ellos. Él se propuso un objetivo, dentro de su propia visión del mundo. Logró que se hiciera un debate nacional sobre defensa, logró que se votase una ley marco de defensa, pero después cuando la quiso aplicar no pudo y el ministerio quedó de nuevo en manos de los militares. Y algo hay que tener presente: una cosa es decir “todas las izquierdas se planteaban trabajar con los militares”, así en abstracto, pero después cuando los hechos suceden, cuando viene la dictadura, cuando durante 11 años asesinan, secuestran, torturan, ya no son los militares en abstracto. La transformación del Ñato es que antes de los militares en abstracto pasó a colaborar o a dialogar con militares concretos, y después terminó protegiendo a militares concretos. Hay un cambio sustancial desde la definición de la Tercera Internacional hasta como él la terminó aplicando en este momento y en este lugar. No es lo mismo dialogar con los militares para que entiendan “las posturas del pueblo”, que dialogar con Casella o Gavazzo. Esa práctica no es la aplicación de esa teoría.

—¿La responsabilidad de ese fracaso en la transformación de lo militar le cabe personalmente o corresponde a los gobiernos del Frente Amplio que lo tuvieron como ministro?

—Creo que en realidad hay un fracaso general de la izquierda en que treinta años después de la dictadura no se haya resuelto una cantidad de cuentas pendientes, que los archivos no se conozcan, que las cuentas de la impunidad, como escribió Roger Rodríguez, sigan dando que de 167 casos de desaparición se hayan recuperado sólo 24 cuerpos (y, en realidad, sólo cinco de ellos en Uruguay), eso es un fracaso global.

***

El general retirado Pedro Aguerre Albano, frenteamplista, preso por los golpistas ya desde la maniobra de febrero de 1972, apuntó también a señalar responsabilidades compartidas. Durante el primer gobierno del Frente, recordó Aguerre a Brecha, la ley orgánica del Ejército fue modificada para que el presidente pudiera designar generales entre todos los coroneles en condiciones de ascender, y no sólo entre los del primer tercio de la lista, generalmente integrado “por familiares o allegados a la jerarquía del Ejército”. “Si eso quedaba así, solamente iban a ascender gorilas, porque los gorilas dejaban gorilitas en esos lugares”, aclaró. Y aunque la reforma se hizo y el presidente había recobrado la libertad de elegir a quien quisiera, después de la aparición de los restos del escribano Fernando Miranda los ascendidos fueron, según Aguerre, “cinco gorilas”. “Para mí ahí hubo un agradecimiento o algo… y ahí no estaban el Ñato y ni el Pepe, yo creo que hay cosas que vienen de más arriba. Es muy complicada la relación entre Fuerzas Armadas y democracia, cada vez que se salió de una dictadura ha pasado lo mismo”, observó el general.

Por su parte el politólogo Julián González Guyer, especialista en política militar, ofreció a este semanario la imagen de una reforma militar estancada, que no logró avanzar en el camino trazado por la ley marco de defensa.

Después de ese impulso “hubo como un gesto de recoger la línea, pero eso plantea un problema muy serio”, advirtió. Para el politólogo, “cuando a una institución tan corporativa, tan cerrada, tan separada de la sociedad, se le plantea el desafío de seguir un rumbo de apertura y, sin embargo, cuando después de esa especie de amague hay una vuelta atrás, es como la confirmación de que lo que siempre hicieron está bien, que ser de hecho, no de derecho, quienes dirigen la política de defensa nacional se reafirma, y eso no es bueno para la democracia ni para la institución militar. Y no estoy diciendo que la culpa sea de los militares. Es culpa de los gobiernos”. Pero ¿por qué habría sido así? “Aquí encuentro un elemento que le quita algo de responsabilidad al Ñato. Cuando uno mira lo que se hizo y lo que no se hizo va a encontrar una regularidad casi con el carácter de una ley: se hizo aquello que no requería mayor inversión, inversión en términos económicos pero también políticos”, postuló González Guyer.

Pero para la autora de Sin remordimientos hay algo en lo que la responsabilidad de su biografiado no se puede disminuir: “Dentro de ese fracaso global de la izquierda hubo y hay protagonistas muy particulares. Cuando Fernández Huidobro, haciendo uso de su brillantez política, convence al congreso del Frente Amplio en el año 2003 de que no se puede llevar como plataforma la derogación de la ley de caducidad y se enfrenta con Hugo Cores y le gana esa polémica, y entonces el Frente decide en su congreso no asumir eso, bueno, ahí el protagonista esencial es él pero también un congreso que decidió seguir su postura. La ciencia política se preguntará sobre esa tensión entre la historia colectiva y las individualidades, supongo que hay un ida y vuelta”.

Sin tregua

En Una historia de los tupamaros (Montevideo, Fin de Siglo, 2009) el francés Alain Labrousse había consignado, sin embargo, que “la única condición previa a toda prosecución de las negociaciones por parte de los dirigentes tupamaros (…) fue que se detuvieran las espantosas torturas a las que tanto ellos como sus compañeros eran sometidos” y –lo más importante– que “durante este período las torturas en los cuarteles fueron interrumpidas en gran parte” (páginas 119 y 121). “La tortura continuó exactamente igual contra los presos que no participaban de las negociaciones. Es decir, la mayoría de los prisioneros, en la mayoría de los cuarteles”, replicó otro académico especializado en el período consultado por Brecha a este respecto. “No sé tampoco cómo se podría verificar esa afirmación”, interpuso un tercer historiador, y explicó: “Por lo que hemos visto de la dinámica represiva (autonomía de acción de los grupos de tareas, descentralización de los operativos, escaso control en los escalones más bajos), pudo haber ocurrido que delante de la mirada de los tupas la tortura hubiera menguado, pero que no haya forma de saber si eso era un fenómeno generalizado o solamente un hecho local, mientras que en otros cuarteles las cosas seguían como antes”. Consigna Urruzola en el capítulo sexto: “28 de junio (de 1972): muere por torturas Juan Fachinelli”.


 

Uruguay

MLN-Tupamaros

Los traidores del MPP y la más repugnante de las mentiras

El libro sobre Fernández Huidobro y su papel en la construcción de la historia oficial

Gabriel Pereyra

El Observador, 27-4-2017 http://www.elobservador.com.uy

Cuando el ex tupamaro Héctor Amodio Pérez me dijo que iba a venir a Uruguay a decir su verdad, le comenté que sería en vano, que nadie le iba a creer. Con el paso del tiempo, esa “bestia negra” que el MLN pintó como el traidor entre los traidores que contribuyó con su felonía a la derrota de la guerrilla en 1970, demostró que tenía parte de razón. Quizás no convenció o convenció a pocos sobre sus delaciones, pero incorporó una nueva voz que contrastaba con la verdad oficial tupamara, y que con el paso del tiempo se va afianzando en base a testimonios e investigaciones de personas a las que parece difícil atribuirle posiciones pro Amodio.

En estos días la periodista María Urruzola, conocida simpatizante de izquierda, presentó “Eleuterio Fernández Huidobro: sin remordimientos… (Planeta), un libro sobre el periplo guerrillero-político del extinto ministro de Defensa.

El libro –que en una parte recoge un documento militar que registra cómo Eleuterio Fernández Huidobro (EFH) delató a varios compañeros- tiene pasajes que perfectamente se confunden con afirmaciones realizadas en su momento por Amodio Pérez.

Sobre el final del libro, Urruzola, a modo de reflexión, califica a EFH como “el rey de la imprecisión histórica”.

EFH no actuó solo en la elaboración de esta fábula, y no estoy hablando de su compadre Mauricio Rosencoff, otro al que los propios le han señalado pecados revolucionarios similares. En realidad por acción u omisión buena parte de la izquierda, pero también de otros sectores del sistema político y de la ciudadanía, dieron por buena esa historia oficial plagada de medias verdades cuando no de mentiras completas.

Urruzola cita en su libro al escritor español Javier Cercas y su obra “El impostor”: “La investigación sobre la vida real de un gran mentiroso, que convenció durante mucho tiempo a mucha gente de algo que no había sido verdad”. Y añade que la mentira solo funciona si está amasada con retazos de verdad.

Una cosa que siempre recuerdo no sin cierta sorpresa es la anécdota ocurrida en 1972 cuando estando detenido en el Florida, Amodio Pérez hizo una especie de conferencia previa a la cual los militares le permitieron reunirse con dirigentes políticos. Uno de ellos, Dardo Ortiz, de la derecha del nacionalismo, calificó de “traidor” a Amodio Pérez y este le retrucó que si así fuera, su accionar beneficiaba a las fuerzas de la ley que luchaban contra la sedición y que el senador debía expresar beneplácito en vez de condena.

Durante la dictadura los tupamaros, a fuerza de soportar las peores condiciones de reclusión, lavaron su imagen y el agua barrió buena parte de la sangre que derramaron. Antes y después del golpe de Estado la imagen de Robin Hood y la valentía, entre otras virtudes rebeldes, impidió que se dijeran algunas verdades dolorosas para aquel sueño que devino en pesadilla. Del sector más fierrero y duro del MLN surgieron las primeras voces críticas de la historia oficial.

Se le atribuye al líder histórico de los tupamaros Raúl Sendic (1925-1989), haber dicho que si alguna vez necesitaba un guardaespaldas elegía para eso “al Mejicano” en alusión a Ricardo Perdomo Perdomo (1949-2013). En su libro “Yo soy Rufo y no me entrego”, Perdomo Perdomo escribió: “Lo repetiremos para que no haya dudas, no fue solo Amodio (Pérez) el que entregó infraestructura, armas y hombres”.

Y se pregunta cómo quienes salían a contactarse con compañeros fuera del cuartel –entre los cuales destaca a EFH-, ignoraban que podían ser descubiertos: “La verdad es que para la Inteligencia Militar, aunque hubiesen sido los más estúpidos del mundo, ¡unos prisioneros como estos daban gusto!”. Dijo que el “equipo Huidobro” salía “con milicos a las calles para apuntalar compañeros que se resistían”.

El también ex tupamaro integrante de la activa columna 15 del MLN, Esteban Pereyra Mena contó sobre EFH: “En prisión me planteó la rendición y le dije: ‘Ñato no solo me parece que lo que vos planteás es una traición; ¡vos sos un traidor!'”.

“¿Por qué defiende Huidobro tanto a los milicos? Porque él es un traidor condenado; la izquierda revolucionaria sabe que lo va a ejecutar; a Rosencof lo mismo”, dijo Pereyra Mena.

Cuando Amodio Pérez reapareció, trató de darle un contexto al relato de su pacto con los militares en procura de evitar la tortura y liberar a Alicia Rey Morales, el amor de su vida por entonces. “Fernández Huidobro sale a negociar la rendición incondicional del MLN en junio de 1972. Sale a plantear que el MLN se tiene que rendir porque está liquidado. Compañeros, estamos deshechos, dice, la caída de gente es imparable. Eso yo lo había dicho al día siguiente del 14 de abril, que debíamos replegarnos, salir de la calle, que era una locura lo que se estaba haciendo. Y por eso me pusieron en la mira, porque me opuse a todos los planes”, dijo Amodio Pérez a su regreso.

Cuando uno hurga en las declaraciones concretas de personas que dicen haber sido entregadas por Amodio Pérez, no superan la media docena. El documento militar en el que aparecen las declaraciones de EFH dando pelos y señales de sus compañeros incluye 41 nombres. Pero con su ingenio y afilada pluma, EFH se las ingenió para incluir al personaje de Judas dentro del evangelio tupamaro. Amodio había desaparecido, lo que alimentaba el mito, a diferencia de Mario Píriz Budes, de quien todos sabían que había entregado a todos los tupas del interior del país, que era su área de influencia, pero vivió todos estos años tranquilamente en el departamento de Rivera. Con los años el propio José Mujica admitió que Píriz Budes causó más daño al MLN que Amodio. Pero ya era tarde para cambiar el dogma.

En los tramos finales del libro Urruzola cita un tramo de “El pozo” de Juan Carlos Onetti: “Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”.


 

Siempre mentiroso

Jorge Zabalza

Voces, 26-4-2017 http://www.voces.com.uy/

Libro serio, afirmaciones documentadas. Nada nuevo. Todo lo que recoge María Urruzola es público y conocido desde hace diez años, desde que el Fito Garcé publicó ‘Donde hubo fuego’ (2006). El libro es mucho más que su capítulo ‘Meter el caño’. ¿Por qué en aquél momento no hubo cacería de brujas o, más bien de brujos? ¿Por qué no hubo sensacionalismo ni amarillismo? ¿por qué no acosaron al politólogo con la misma dureza que lo hacen con la periodista? Antes de leer la primer frase algunos ya estaban peleando por un pedacito de carroña. Hay que leerlo primero y opinar después.

El libro destaca varios aspectos muy interesantes que contribuyen a una historia ‘no oficial’ de los tupamaros y, por consiguiente, despertó la irritación de los adscriptos a la historia ‘oficial’. A esta altura de mi vida, luego de dar a la revolución lo más valioso que tuve, no puedo dejarme amedrentar porque algunos viejos leones hagan muecas y muestren sus desgastados dientes amarillentos. Ya no atemorizan los ataques de los desdentados, el escudar la culpabilidad negando estúpidamente los hechos. Todo lo miden en votos: digo la verdad pierdo tantos votos, miento y mantengo los que ya tengo. Son unos sacanalgas.

El perfil

Más que una biografía, el libro presenta una semblanza de la personalidad de Eleuterio Fernández Huidobro (EFH). Hay varios Ñatos en la historia del Ñato, escribió Samuel Blixen, pero María los ensambla a todos ellos para darnos la globalidad: el Ñato de todos los Ñatos. Y nos ayuda a entender que el tipo fue un gran mentiroso. Escribiendo y hablando con brillante estilo, pero nos mentía en los ‘60 y nos mintió en el 2000. Siempre mintiendo, puro verso. Mentiroso es su obituario. ¿Éste gusano fue aquella mariposa que todas y todos los tupamaros reconocíamos como segundo jefe?, ¿este mentiroso contumaz fue el que tantas y tantos seguimos ciegamente? Y…bueno, sí, esa es la triste realidad.

‘No podemos pedirle a nadie que sea un héroe en la tortura’, me escribió Perico desde Barcelona. Es una verdad a medias sin embargo, pues había a quienes debíamos exigir no entregarse al torturador, enfrentarlo con el coraje de Rufo y del Ché, del gauchito Marín, el Caudillo Lerena, Jessie Macchi o Frutos Berreta, de tantas y tantos. Comportarse como un héroe en la tortura fue la responsabilidad asumida por quienes convocaron a la lucha armada, en especial los primeros en llamar a dar la vida por la revolución, la punta del ovillo como dijo alguna vez el Ñato.

Ya sabíamos que se entregó sin pelea cuando Calcagno y Castiglioni asesinaron a Ivette y Luis Martirena. Ya lo sospechábamos, pero ver ahí, en las páginas escritas por María, que EFH, Mauricio Rosencof y Lucía Topolansky colaboraron con el enemigo, provoca escalofríos, espanto y horror. La cobardía de la calle Amazonas estuvo conectada con la colaboración, una realidad redondita, inocultable, contundente. Con toda seguridad hay otros viejos guerrilleros cuya colaboración quedó en la penumbra, en esos archivos que no acaban de hacerse públicos.

Callar la boca es consentir. El silencio de algunos ya es complicidad. En lo personal, no me deja nada tranquilo que Graciela Jorge, compañera de EFH durante medio siglo, haya estado a cargo del cuidado y clasificación de los archivos incautados por la Dra. Azucena Berruti. La verdad siempre es revolucionaria pero…¡cuánto cuesta llegar ella cuando los custodios están interesados en tapar la mierda!

De guerrillero a milico

En el tramo final de su vida el Ñato se desdijo de muchas cosas que había sostenido en los ‘60 pero, entre ellas, hay una muy sugerente. EFH ayudó a nacer la guerrilla tupamara reafirmando la tesis de que es posible tomar el poder ‘contra’ las FFAA, derrotándolas como habían hecho los barbudos cubanos. Sin remordimiento alguno pasó a la tesis contraria, al dogma de la III Internacional: sólo se puede hacer una insurrección contando ‘con’ las fuerzas armadas. En 1971 concibió su propia versión: había que apostar a convertir el ejército en el partido político del desarrollo nacional y, por consiguiente, es preciso convencer políticamente a sus oficiales. Para lograr ese objetivo, en el Batallón Florida (1972) propuso la rendición incondicional de los que continuaban luchando. Después que fracasara su tentativa el Ñato, muy criticado en la interna, dijo haberse equivocado, era una ilusión su estrategia de volcar hacia el pueblo sectores importantes de las fuerzas armadas. “Éstas están concebidas y concebidas de tal modo que la rosca dominante nunca va a perder su control”, escribió en ‘La Tregua Armada’.

Pese a todo, impulsado vaya a saber por qué secreta aspiración, terminó en el 2003 convertido en un ‘militar, irregular, pero militar al fin’, en abogado de la inocencia de los criminales del terrorismo y obstáculo a quienes pretendían llegar a la

Verdad y la Justicia. Bien podía haberse afiliado al partido comunista en lugar de instalar un foco guerrillero en el Uruguay de 1965. ¡Cuánta sangre compañera se habría ahorrado!. ¿Cómo no compartir el sentimiento de haber sido traicionados que abruma a la mayoría de las y los tupamaros irredentos?

Las expropiaciones

¿No es cierto que roban cada día a los asalariados? ¿Qué instalar un banco es la manera legal de robar? ¿No es cierto que las corporaciones como UPM (transnacional de celulosa) rapiñan los recursos patrios? No habrá democracia mientras sean unos pocos los que toman las decisiones económicas, los que deciden para quién se produce, adónde van a parar las riquezas producidas. Es bueno refrescar los viejos conceptos básicos en estos tiempos de la apología a la democracia desprendida de las clases sociales, elevada al Olimpo de las verdades abstractas.

¿En nombre de qué democracia condenan a los revolucionarios que expropian a los expropiadores? ¿De esos edificios jurídicos construidos por los explotadores nuestros de cada día? ¿De las formalidades de un Estado de Derecho que protege a los poquitos que expropian legalmente a los muchísimos? ¿De los principios éticos que amparan la masacre de los rebeldes por la violencia institucionalizada?

La flagrante inmoralidad de este mundo indigna, llena de bronca los espíritus, los insurrecciona y los impulsa a luchar por su emancipación desafiando a los aparatos policíaco-militares. La revolución será, en definitiva, una gigantesca y masiva expropiación a los dueños del mundo. El pueblo insurrecto expropiando a los violentos defensores de su propiedad abusiva de la tierra y del capital.

No me horroriza pues que haya quienes se adelanten a ese día glorioso de la gran expropiación. Es un acto de justicia, un derecho individual y colectivo, el del pobre que va por pan. En particular el de aquellos que se organizan para acumular las fuerzas sociales que harán la revolución. Comparto totalmente en lo ideológico la expropiación de los poderosos para financiar insurgencias. Ideas que se entendieron muy válidas en los ‘70 y en 1985, pero hoy negadas tres veces por los apóstatas del arrepentimiento.

No sé de nadie que lo haya hecho y no haya pagado en años de cárcel o de exilio su actitud irreverente hacia las leyes y las instituciones de la clase dominante. Los comprendo y no los condeno ni ética ni moralmente. No condené nunca a Ricardo Perdomo cuando, según contaba a quién quisiera escucharlo, en el año 1991 tomó su decisión de expropiar a los expropiadores en acuerdo con José Mujica