João Vitor Santos

IHU On-line, 9-7-2020

Traducción de Correspondencia de Prensa, 10-7-2020

Aunque utiliza el argumento de que vivimos en un país democrático, el Presidente Jair Bolsonaro no defiende la idea de la democracia plena, sino una visión muy particular de lo que entiende por democracia. El profesor André Singer es más directo y resume: “Bolsonaro comanda un proyecto autoritario. Para él, el presidente “piensa que la democracia brasileña es demasiado abierta, demasiado indulgente, demasiado tolerante y quiere neutralizar a los que identifica como enemigos internos, poniéndolos, si es posible, en la ilegalidad”.

En la siguiente entrevista, Singer también analiza la situación del gobierno y los impactos de la pandemia covid-19 en el espectro político. “En este momento, la pandemia protege a Bolsonaro, porque la gente tiene un miedo comprensible de participar en manifestaciones”, señala. Por esta razón, cree que el presidente ha aprovechado el contexto actual para acelerar su proyecto.

André Singer es profesor titular del Departamento de Ciencias Políticas de la Facultad de Filosofía, Literatura y Ciencias Humanas de la Universidad de San Pablo – USP. Es licenciado en Ciencias Sociales y Periodismo por la USP, tiene una maestría, un doctorado y un post-doctorado en Ciencias Políticas por la USP. Fue Secretario de Redacción de Folha de San Paulo, y portavoz de la Presidencia de la República y Secretario de Prensa de la Presidencia de la República. Actualmente, coordina el Centro de Estudios de los Derechos de la Ciudadanía (Cenedic-FFLCH/USP). También es autor y organizador de Izquierda y Derecha en el electorado brasileño (San Pablo: Edusp, 2000), Los sentidos del lulismo (San Pablo: Companhia das Letras, 2012) y El lulismo en crisis (San Pablo, Companhia das Letras, 2018).

 

-IHU On-Line – ¿Cuáles son las consecuencias políticas de la pandemia de coronavirus en Brasil?

André Singer – Según un artículo que escribí para Le Monde Diplomatique, hasta el comienzo de la pandemia el caso brasileño parecía encajar en lo que el politólogo Adam Przeworski llama autoritarismo sigiloso (“subversion by stealth”, en inglês),, en el libro Crisis de la Democracia, que está a punto de ser publicado en Brasil por Zahar. Se trata de una lenta erosión del régimen democrático, que se caracteriza por ser gradual, producirse dentro de la ley y ser dirigido por mandatarios electos y no por fuerzas ajenas al sistema político.

Bolsonaro, sin embargo, decidió aprovechar la emergencia sanitaria para acelerar el proceso. A diferencia de otros líderes, Bolsonaro no usó las medidas de aislamiento para extender su poder. Hizo de la lucha contra la orientación científica la bandera bajo la cual intentó avanzar la escalada dictatorial. Inspirado en el ejemplo de Donald Trump, a quien visitó, vale la pena recordar que justo antes de que el virus llegara a Brasil, Bolsonaro estuvo, desde el principio, a favor de la libertad de los ciudadanos para salir a trabajar y en contra de la orientación de los gobernadores, quienes, con el apoyo del Supremo Tribunal Supremo (STF) y del Congreso, orientaron a las personas a quedarse en casa.

A partir de la lucha contra el distanciamiento social, Bolsonaro intentó reducir el espacio de los poderes Legislativo y Judicial, con cierto éxito. Al cerrar un acuerdo con el centrão (partidos y dirigentes de una derecha muy corrupta, que negocia cargos y favores: ndt), congeló la propuesta de impeachment y provocó que los presidentes de la Cámara y el Senado recularan de la postura independiente que habían adoptado. El Supremo Tribunal Federal, con los ministros Alexandre de Moraes y Celso de Mello al frente, dio más trabajo. Aun así, Bolsonaro sólo se detuvo cuando el ex PM (Policía Militar)  Fabrício Queiroz fue arrestado a mediados de junio, lo que revivió los problemas que enfrentaba la familia presidencial en los tribunales de Río de Janeiro.

-¿Qué representa simbólicamente que el Presidente Bolsonaro haya contraído el covid-19? ¿Cuál es su lectura de la posición del presidente en el anuncio del examen positivo?

El presidente sigue tratando de negar la gravedad de la pandemia y de divulgar la cloroquina, cuya eficacia no está probada.

-¿Qué tipo de consecuencia puede tener esta enfermedad del presidente?

Aunque no se sabe cuándo, la tragedia brasileña del enfrentamiento del coronavirus acabará cayendo sobre su espalda.

-Viendo la coyuntura actual, especialmente la pandemia y el encarcelamiento de Fabrício Queiroz, ¿qué lectura hace del gobierno de Jair Bolsonaro?

Bolsonaro comanda un proyecto autoritario. Piensa que la democracia brasileña es demasiado abierta, demasiado indulgente, demasiado tolerante y quiere neutralizar a aquellos que identifica como enemigos internos, si es posible poniéndolos en la ilegalidad. Sobre la construcción de enemigos imaginarios vale la pena consultar el artículo que firmé con otros siete colegas de la Universidad de São Paulo en abril en la Folha de San Pablo.

Lo importante es cerrar la democracia, el resto para Bolsonaro es secundario. Nótese que el punto culminante del conflicto con la justicia se produjo cuando Bolsonaro destituyó al ex ministro Sergio Moro a dimitir a finales de abril, para interferir en la Policía Federal (PF) y aumentar así la capacidad de reprimir y aterrorizar a los enemigos.

Al dejar el gobierno, el ex juez hizo serias acusaciones contra el presidente. En nombre del control de la Policía Federal, el representante habría atacado el estado de derecho, según el discurso pronunciado por Moro en el auditorio del Ministerio de Justicia, en la mañana del viernes 24 de abril. Aunque el Ministerio Público, aun siendo dirigido por un fiscal que Bolsonaro escogió a dedo, reaccionó rápidamente y el STF aceptó la solicitud de investigación, el Jefe del Ejecutivo siguió adelante. Terminó nombrando a alguien de confianza en la dirección de la PF. Enseguida, los gobernadores fueron presionados por las acciones de la  FP.

-¿Cómo observa las encuestas de evaluación del gobierno Bolsonaro? ¿Qué revelan sobre el bolsonarismo y sus límites?

Un tercio del electorado acompaña a Bolsonaro desde el primera ronda de las elecciones de 2018,y siguió con él hasta la última encuesta del Instituto Datafolha a finales de junio. Aunque no constituye una mayoría, constituye una minoría lo suficientemente grande como para mantenerlo en el poder. Es una proporción que también le da la oportunidad de llegar a la segunda ronda en 2022.

Sin embargo, cuando se miran los números en detalle, se puede ver que la composición social de este apoyo está cambiando, como hemos discutido en el grupo de la USP que ha estado publicando juntos. La catástrofe sanitaria producida por la decisión de boicotear el distanciamiento social y la evidencia de que un proyecto autoritario está en marcha, además de las complicaciones con la Justicia de Río de Janeiro, drenan el apoyo de la clase media. Desde diciembre de 2019, el presidente ha perdido unos diez puntos porcentuales en los dos tramos de ingresos más altos (del 44% al 34% entre los más ricos). En tanto, ha subido en el extremo inferior del espectro, el que normalmente se inclinaba hacia Lula. Entre los que viven con hasta dos salarios mínimos familiares mensuales, la aprobación aumentó siete puntos porcentuales de diciembre de 2019 a junio de 2020 (del 22% al 29%).

Cabe señalar, sin embargo, que la repentina pérdida de ingresos modificó el perfil de la muestra de Datafolha, y probablemente la propia estratificación del electorado. Del 44% de la muestra en diciembre, el segmento de hasta dos salarios mínimos subió al 56% en junio. Con eso, la participación de los más pobres en la base que aprueba el Bolsonaro (óptimo y bueno) subió del 32% al 52%, según escribió en Twitter (miércoles 30 de junio) el periodista de Folha de San Pablo, Bruno Boghossian.

Por otra parte, es necesario considerar que debido a la recesión, una parte de los que ganaban de dos a cinco salarios mínimos, donde Bolsonaro tenía cerca de un tercio de los seguidores desde la elección de 2018, cayó en la franja inferior. En otras palabras, todavía no está claro si el auxilio de emergencia está captando adeptos del lulismo y transfiriéndolos a la base bolsonarista.

-En 2015, usted dijo que “el lulismo estaba contra las cuerdas”, para referirse a la crisis en aquella circunstancia. Hoy, el bolsonarismo está contra las cuerdas… ¿Por qué?

“Lulismo contra las cuerdas” era el título del artículo que publiqué en la revista Piauí, en diciembre de 2015. La situación actual es diferente. Empezando por la aprobación de Dilma Rousseff, que en agosto de 2015 era del 8%, mientras que la de Bolsonaro está en el 32%. La segunda diferencia es que ya se habían producido grandes manifestaciones callejeras contra la presidenta (en abril y agosto de 2015), mientras que por el momento la pandemia protege a Bolsonaro, porque es comprensible que la gente tenga miedo de participar en las manifestaciones. En tercer lugar, el presidente de la Cámara de Diputados de entonces, Eduardo Cunha, se movía para derrocar a Dilma, mientras que el actual, Rodrigo Maia, fue neutralizado por el acuerdo que cerró con el centrão.

Además, Bolsonaro ha hecho una alianza -algunos dicen que es más que eso- con sectores de las Fuerzas Armadas. Los militares, a su vez, están presionando a las instituciones para reducir la resistencia contra el presidente. Esto se ha hecho evidente en repetidos episodios relacionados con el STF. Pero no debemos olvidar que un ministro militar acusó al Congreso de chantaje, usando palabras groseras capturadas involuntariamente.

No obstante, el gobierno federal ha establecido un caos sanitario en el país, con unas 1.100 muertes diarias por nuevo coronavirus (al momento de esta entrevista, primera semana de julio], mientras que en Argentina hubo cerca de 50. Aun considerando que la nación vecina tiene una población cinco veces menor, la desproporción es sorprendente. Con más de 64.000 muertes, Brasil sólo está por detrás de Estados Unidos, donde también se ha seguido la misma línea de negar la validez del distanciamiento social. El comportamiento de Bolsonaro frente a la pandemia ha consolidado su aislamiento frente a la gran prensa, el STF y de la sociedad civil, que se ha organizado en torno a la defensa de la vida y la democracia.

En resumen, el destino del gobierno Bolsonaro no está sellado, dependiendo de la orientación que adopten las fuerzas que aún se muestran reticentes a la consigna fuera Bolsonaro. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo permanecerán fieles a Bolsonaro los congresistas del centrão?Brasil1007 II

-Al principio del mandato, se destacaba que el gobierno era compuesto por las alas ideológica, liberal y militar. ¿Cómo observa el movimiento de estas tres alas en los últimos meses?

Como observé en Le Monde Diplomatique, creo que hubo un cambio durante la pandemia. Hasta la llegada del coronavirus, se pensaba que los generales tendían a contener al presidente, evitando brotes locos, como la amenaza de una invasión a Venezuela, durante las tensiones fronterizas en febrero de 2019. Sin embargo, una vez iniciada la ofensiva pandémica, los militares gobernantes adoptaron una postura tutelar, como si fueran un poder moderador no del ejecutivo, sino del poder judicial, el legislativo, los gobernadores, la prensa y la sociedad, situándose por encima de todos.

En un artículo de mediados de mayo, después de que el STF abriera una investigación contra Bolsonaro, el vicepresidente Hamilton Mourão afirmó que las “prerrogativas del Poder Ejecutivo” estaban siendo “usurpadas”; que “gobernadores, magistrados y legisladores” estaban olvidando la teoría política según la cual las decisiones del gobierno nacional serían las más “sensatas” en una federación; que personalidades destacadas de gobiernos anteriores estaban dañando “la imagen de Brasil en el extranjero” y que la “prensa necesita revisar sus procedimientos”.

En una entrevista con la BBC Brasil, el antropólogo Piero Leirner, profesor de la Universidad Federal de São Carlos e investigador de las Fuerzas Armadas, dijo que los militares protegen al presidente, porque les sería útil como “pararrayos inalámbrico” para una “refundación del Estado”. “Haciendo un paralelismo con los sistemas informáticos, pensé en la idea de ‘reiniciar el sistema’, como un ‘robot en modo de seguridad’, es decir, cuando el ‘administrador’ tiene el control total sobre lo que ‘funciona’ y lo que ‘no funciona’ en ese sistema”, dijo.

Después del arresto de Queiroz, Bolsonaro parece haberse visto obligado a hacer algunas concesiones, como sustituir a Abraham Weintraub por un nombre menos ideológico para dirigir el Ministerio de Educación. Con eso, el ala extrema del gobierno perdió una pieza importante. Pero probablemente se moverá de nuevo si las circunstancias mejoran en el futuro.

Hasta ahora, el ala liberal se ha mantenido firme. Debido al tamaño de la recesión causada por la pandemia, se han tomado algunas medidas de protección de los trabajadores, en parte bajo la presión del Congreso. La ayuda de emergencia prevista en 200 reales ha aumentado a 600 reales y puede llegar a 1.200 reales por vivienda. Destinada a durar tres meses, ya se ha prorrogado a cinco. Se trata de una cantidad significativa, especialmente en las regiones del país donde el costo de la vida es menor. Sin embargo, hay economistas que consideran que la orientación general privatizadora de la política económica no cambiará, lo que es importante para mantener los vínculos con los sectores empresariales.

-¿Qué sostiene al gobierno Bolsonaro hoy en día?

Un tercio de apoyo en el electorado, alianza con los militares, acuerdo con el centrão, vínculos en el medio empresarial, dudas en el centro del espectro político.

-¿Cómo podemos entender el autoritarismo, que parece tener centralidad, en el gobierno de Bolsonaro?

Es importante prestar atención a los vínculos entre el Primer Ministro Viktor Orbán, una especie de pro-dictador húngaro que desfiguró la constitución del país, y el Presidente Bolsonaro. Después de la inauguración de Bolsonaro, Orbán declaró que “la definición más adecuada de la democracia cristiana moderna se puede ver en Brasil, y no en Europa”. Con “democracia cristiana moderna” quiero decir que Orbán se refiere a las democracias “antiliberales”, como Orbán reconoció que se había convertido la húngara.

En otras palabras, se está llevando a cabo un proyecto mundial para convertir las democracias en regímenes de fachada en los que el poder se concentra y rara vez entra en disputa.

-¿Cómo se enfrentan las instituciones brasileñas al autoritarismo? ¿Cómo resistir a él y fortalecer la democracia?

El STF ha resistido hasta ahora, convirtiéndose en el punto central de la ofensiva autoritaria. Así que no importa lo que el STF haya hecho antes, su posición necesita ser sostenida. La prensa también está empezando a tomar posiciones valientes, como la campaña de Folha, “use amarillo para la democracia”. En la sociedad civil, indignada y ansiosa por que pase la pandemia, se están cocinando a fuego lento manifiestos y frentes unitarios en favor de la democracia. Las grandes entidades representativas comienzan a unirse en torno a una postura de resistencia.

Los grupos más avanzados y audaces ya están promoviendo manifestaciones callejeras, a pesar de la amenaza del coronavirus. Pero el mundo político está confundido. El Congreso, que es decisivo, está dividido y retrocede. Los partidos, muy focalizados en 2022, no están siendo capaces de actuar a la velocidad necesaria.

-¿En qué medida un frente de izquierda será capaz de responder a Bolsonaro y al bolsonarismo?

He defendido la idea de que los frentes deben ser pensados según un modelo de geometría variable. El frente democrático debe ser lo más amplio posible, sin pedir un certificado ideológico. Se trata de preservar lo que queda de la democracia y luego reconstruir las condiciones que comenzaron a caer en 2016.

Al mismo tiempo, necesitamos un frente programático que, junto con la defensa democrática, ponga las demandas de los trabajadores, como una extensión de la ayuda de emergencia, la derogación de los artículos de la reforma laboral que hacen precario el mercado de trabajo y la supresión del techo de gastos. Este frente es necesariamente más restringido.

Finalmente, debemos pensar en un frente electoral que reúna a aquellos que creen que los cambios estructurales son necesarios en el país. Este tercer frente es quizás aún más restringido, ya que sólo encajaría en aquellos que tienen la suficiente unidad para renunciar a intereses particulares en nombre de una opción a largo plazo. Sin embargo, es importante recordar que el instituto de la segunda ronda permite la unidad en torno a objetivos mínimos en momentos decisivos.

-¿Cómo evalúa los movimientos actuales para la composición en este frente?

El frente democrático amplio ha dado pasos positivos a nivel de la sociedad civil. Conferencia Nacional de Obispos Brasileños – CNBB, Colegio de Abogados de Brasil – OAB, Asociación de la Prensa Brasileña – ABI, Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia – SBPC, las centrales sindicales se están articulando, discutiendo la adopción de posiciones conjuntas. El proceso es necesariamente lento, pero una vez que ha despegado, puede ganar rapidez.

El frente programático ha estado en la coordinación establecida por el Frente Brasil Popular y el Frente Pueblo Sin Miedo. Lo que va peor es el frente electoral. Este encuentra la dificultades de los intereses partidarios específicos que dividen y enlentecen la marcha.

-¿Por qué la izquierda no ha hecho una oposición sistemática al gobierno Bolsonaro?

Es difícil hablar a la izquierda como un bloque. Muchos sectores de la izquierda se han opuesto. El problema es que sin acceso al Ejecutivo federal y con una bancada minoritaria en el Congreso, hay pocas opciones de poder. Con la pandemia, la calle ha sido prohibida. Pero el segundo semestre, con la elecciones municipales y menores restricciones sanitarias – si esto se confirma – puede ser diferente.

-¿Qué proyectos alternativos al de Bolsonaro tiene la izquierda para un país atravesado por la pandemia?

Creo que el programa de emergencia desarrollado por el Frente Brasil Popular y el Frente Pueblo Sin Miedo es un buen comienzo.