La revuelta de los sectores populares e indígenas contra las medidas neoliberales del Gobierno de Lenin Moreno abre un nuevo escenario en el Ecuador post-Correa donde todo es posible.

Decio Machado, Quito 

El Salto, 8-10-2019

Correspondencia de Prensa, 10-10-2019

El pasado jueves 3 de octubre, la dirigencia de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) convocó, junto a sectores del sindicalismo tradicional, un paro nacional con el objetivo de expresar su discordancia respecto a las últimas medidas económicas establecidas por el Gobierno.

El anuncio de la Conaie conllevó el inicio de una serie de movilizaciones en distintas localidades del país y asambleas permanentes en territorios con fuerte presencia indígena bajo el objetivo de coordinar una gran movilización a Quito demandando la derogación del Decreto 883, que incluía el alza de precios de los combustibles en todo el país.

El problema de desequilibrio económico del Ecuador no es nuevo: ya en 2016 —última fase de la década de mandato de Rafael Correa— existían informes que recomendaban un ajuste fiscal asertivo para preservar la estabilidad macroeconómica

El antecedente de dicha medida se encuentra en los acuerdos establecidos por el Gobierno ecuatoriano con el Fondo Monetario Internacional (FMI), mediante el cual este organismo financiero multilateral exige a las arcas públicas una optimización económica del 1,5% de su PIB mediante reformas de carácter tributario a cambio de otorgarle algo más de 10.000 millones de dólares en concepto de financiamiento durante los próximos tres años.

El problema de desequilibrio económico del Ecuador no es nuevo: ya en 2016 —última fase de la década de mandato de Rafael Correa— existían informes que recomendaban un ajuste fiscal asertivo para preservar la estabilidad macroeconómica y financiera del país fruto del desequilibrio entre gastos e ingresos existentes en esta economía dolarizada desde inicio de siglo. El Gobierno correista decidió en aquel momento mantener en reserva dichos informes y no hacerlos públicos ante su población.

Dos opciones tuvo que manejar el Gobierno presidido por Lenín Moreno ante tales exigencias fondomonetaristas: o incrementar el IVA en tres puntos porcentuales —medida que según los medios de comunicación parecía ser la más probable y en principio más regresiva— o la que definitivamente fue aprobada.

A priori la opción tomada por el Gobierno ecuatoriano parecía ser la menos conflictiva. La escasa eficiencia de un modelo de subsidio que carecía de focalización y que mayormente beneficiaba a grandes empresas con alto consumo de combustible, grandes flotas de transporte y sectores de las élites económicas que disponen de más de un vehículo por unidad familiar, parecía ser la que menos rechazo social podría generar.

De esta manera el presidente Lenín Moreno decretó el fin de los subsidios, lo que implicó un notable incremento de precios de la gasolina “extra” —la más usada en el país— pasando el galón de 1,45 a 2,41 dólares. De igual manera la gasolina Eco País (extra con etanol) de 1,45 a 2.53 dólares y la Súper de 2,3 a 3,07 dólares.

La reacción inmediata fue el bloqueo de carreteras por parte del sector del transporte y de vías urbanas por parte de los taxistas, aunque al día siguiente se desconvocó el paro tras negociar con los huelguistas un incremento de tarifas. El sector del transporte está acostumbrado a acomodarse de forma sistemática a los distintos gobiernos que han transitado en el poder en Ecuador. Durante la época correísta llegaron incluso a legalizar una formación política en connivencia con el partido de gobierno y ocupar curules en el legislativo.

Sin embargo, por experiencia histórica, el pueblo ecuatoriano es consciente de que el incremento de precios del combustible afecta al bolsillo del conjunto de la sociedad sean propietarios o no de vehículos. Los precios de los productos básicos y los indicadores de inflación suelen ser afectados de manera indirecta por este tipo de medidas.

El descontento generalizado entre la sociedad no hizo cambiar la posición Lenín Moreno, quien ha manifestado de forma permanente que la liberalización del precio del combustible a costos internacionales es una política —entre otras— necesaria para el mejoramiento e las finanzas públicas y sobre la cual “no hay marcha atrás”.

Las organizaciones sociales ecuatorianas definieron las medidas económicas establecidas por el Gobierno como un “paquetazo” neoliberal, argumentando que forman parte de un modelo de políticas públicas que beneficia fundamentalmente a sectores empresariales, flexibiliza el mercado laboral y achica al Estado enviando al desempleo a cada vez mayor número de funcionarios públicos sin que estos sean posteriormente demandados por el sector privado.Ecuador1010 I

Así las cosas, durante todo el pasado fin de semana se sucedieron movilizaciones y asambleas indígenas en gran parte del territorio nacional pese a que el Gobierno Nacional optó por declarar el estado de excepción buscando suspender o limitar el ejercicio del derecho a la inviolabilidad de domicilios, libertad de tránsito, libertad de asociación y de reunión. Con movilizaciones cada vez de mayor afluencia en todos los territorios afectados por la convocatoria, las resoluciones fueron unánimes: se determinó una gran movilización indefinida en el conjunto del país en rechazo a las medidas económicas y en defensa de los territorios indígenas, ríos, agua, páramos, la justicia indígena, la educación intercultural, salud, transporte y radios comunitarias.

300 cortes de carreteras

Los cortes de carretera se sucedieron por gran parte de la red vial nacional, llegándose a contabilizar 300 cortes de carreteras al mismo tiempo durante diferentes momentos del pasado sábado y domingo. En paralelo, el Gobierno intentó combinar dos estrategias disímiles. Por un lado, se intensificaba la represión bajo el eufemístico argumento del uso de la fuerza progresivo. Por otro, sus interlocutores buscaban desesperadamente el diálogo con los manifestantes intentando establecer propuestas de compensación a los sectores movilizados (créditos productivos a bajo tipo de interés, apoyo para la adquisición de maquinaria agrícola, reconocimiento de autoridades locales…). Nada sirvió, la dirigencia nacional de Conaie manifestó públicamente que el diálogo con el régimen está totalmente cerrado. “No habrá ningún acercamiento con ningún representante del Estado hasta que se revea el decreto que eleva el precio de los combustibles”, manifestaron de forma homogénea todos sus voceros. El conflicto se agudizó a lo largo y ancho de la geografía nacional, llegándose a retener en diversos territorios indígenas a unidades militares y policiales para posteriormente ser entregadas tras haberse liberado extraoficialmente a civiles detenidos en dichas comunidades. La Conaie, bajo el principio de autodeterminación de los territorios indígenas, también había declarado su estado de excepción, prohibiendo la entrada de infiltrados y grupos armados pertenecientes a los aparatos de seguridad del Estado.

Amaneció el lunes más tranquilo, los voceros del Gobierno Nacional —titulares de muy diversas carteras ministeriales— salieron a los medios de comunicación a autofelicitarse. El número de detenidos civiles ya sumaban más de 320 en aquel momento. De los 300 cortes de vías se había bajado a cincuenta, de igual manera el número de movilizaciones en diferentes localidades del país también había bajado… el paro indígena y las movilizaciones urbanas en diferentes partes del país aparentemente estaban en retroceso. “Se impone paulatinamente la normalidad”, llegó a aseverar en su ignorancia María Paula Romo, ministra del Interior. Sin embargo, la versión indígena era radicalmente distinta. Según Jaime Vargas, presidente de la Conaie, “la represión de la fuerza pública permitió la movimiento fortalecerse y coordinar con sus bases y otras organizaciones sociales en cada provincia para poder desplazarnos hacia la capital”.

Apenas un par de horas más tarde comenzaban los mensajes de alerta en la capital. La Policía Nacional y el servicio de inteligencia del Estado detectaban fuerte movimiento en carreteras desde las provincias indígenas de la Sierra Central hacía Quito. La reacción no pudo ser más desafortunada, el ministro de Defensa, un general del Ejército en servicio pasivo que responde al nombre del Oswaldo Jarrín amenazó directamente a los movilizados: “Que no se provoque a la fuerza pública, no la desafíen o sabremos responder…”. Estas declaraciones encendieron aún más los ánimos de los movilizados.

Durante todo el día de este lunes 7 de octubre llegaron diversos contingentes de indígenas a la capital ecuatoriana y de forma sorpresiva también a Guayaquil, segunda ciudad en importancia del país. En diversos barrios populares de la periferia quiteña los indígenas fueron recibidos con actos de solidaridad por los pobladores locales, pese a una fuerte campaña de desprestigio y racismo posicionada por influencers de perfil ideológico conservador en las redes sociales. Con los acceso de entrada a las ciudades altamente custodiadas por las fuerzas de orden público —militares y cuerpos de élite de la policía nacional— los enfrentamientos se sucedieron por doquier. Más manifestantes detenidos, más violencia en medio de llamados poco creíbles llamados al diálogo e incluso algún que otra tanqueta policial incendiada durante las reyertas.

Distintas puntos geográficos de la capital ecuatoriana se convirtieron en focos de conflicto entre movilizados y fuerzas del orden público. El presidente Moreno anunció una cadena televisiva gubernamental que fue tres veces aplazada y los periodistas destinados a cubrirla desalojados por los militares del palacio presidencial de Carondelet.

Las movilizaciones populares, tanto en Quito como en Guayaquil, se combinaron con actos de vandalismo protagonizados por grupos organizados que aprovechaban la protesta para sus fines delictivos. De igual manera, militantes políticos que responden a la tendencia correísta se infiltraron en las movilizaciones protagonizando asaltos de edificios públicos —Asamblea Nacional y Contraloría General del Estado— que fueron censurados por la Conaie y otras organizaciones sociales convocantes de la marcha. En otras provincias, los movilizados ocuparon instituciones públicas tales como la Gobernación o el Consejo de la Judicatura en la provincia de Bolívar. Las movilizaciones fueron permanentes en las provincias amazónicas y en la Sierra Central, todas ellas con fuerte ascendencia indígena.

A las 21 h del lunes por fin se produjo la tan esperada cadena nacional. El presidente Lenin Moreno, custodiado por su vicepresidente a la derecha y su ministra de Defensa a la izquierda, junto a los jefes de los diferentes cuerpos militares atrás, manifestaba —con cierto nerviosismo— que el pueblo ecuatoriano está asistiendo a un intento de “golpe de Estado” con asideros en un complot internacional. “El sátrapa de Maduro ha activado junto con Correa su plan de desestabilización”, aseveró el mandatario ecuatoriano, insistiendo en que las medidas tomadas “no tienen marcha atrás” y que “los saqueos, el vandalismo y la violencia demuestran que aquí hay una intención política organizada para desestabilizar el Gobierno y romper el orden constituido, romper el orden democrático”.

Para sorpresa de los ecuatorianos la cadena nacional se emitió desde la ciudad de Guayaquil, lo que implica que el Gobierno Nacional abandonó el Palacio de Carondelet en la capital quiteña para, recordando lo que hizo Charles de Gaulle en mayo de 1968, instalarse en otra ciudad.

La estrategia política y comunicacional del Gobierno de Lenín Moreno no pudo ser más desacertada. Nuevamente una escenografía de fuerza, el presidente de la República rodeado de militares, que realmente emitía comunicacionalmente toda su debilidad —un Gobierno sin base social que tiene un credibilidad inferior al 16%—. En paralelo, un confuso llamado al diálogo en medio de soflamas sobre que bajo ningún concepto se revisará el Decreto 883. Por último, una alerta sobre una supuesta trama internacional desestabilizadora tan poco creíble como las anteriormente posicionadas por Rafael Correa ante cada levantamiento indígena o paro obrero.

La noche quiteña fue larga, el vandalismo se apoderó de algunas zonas de la ciudad mientras manifestantes indígenas y estudiantes universitarios portaban carteles y pancartas cuya consigna era “Ni Correa ni Moreno”, buscando desmarcarse de la pretendida capitalización política correísta de las movilizaciones.

Con la situación al límite, los movilizados se repartieron para pasar en la noche en tiendas de campaña situadas en parques públicos, en coliseos universitarios y locales de organizaciones sociales.

Sectores sociales ciudadanos solidarios con los movilizados suministraron en la noche alimentos y mantas a los recién llegados, estudiantes universitarios de enfermería atienden a los heridos y el periodismo alternativo trata de hacer coberturas coherentes sobre el qué y el porqué de lo que demandan los movilizados. En paralelo, otros sectores de ciudadanos capitalinos expresan su miedo ante la algarabía y convocan para hoy una movilización de rechazo a las movilizaciones, supuestamente para defender Quito. Mensajes xenófobos corren por las redes sociales y líderes conservadores llaman a movilizarse supuestamente contra el correísmo, intentando a su vez desmarcarse oportunistamente de Moreno, pero claramente antagónicos a lo que consideran una invasión de su ciudad por parte de “indios ignorantes”.

Así amaneció el día hoy, martes 8 de octubre, un país donde en estos momentos todo puede pasar… Al cierre de la redacción de esta crónica, los movilizados comienzan a agruparse en zonas aledañas al centro de la ciudad Quito mientras van recibiendo nuevos contingentes de compañeros que van llegando a la capital.

Hoy posiblemente las movilizaciones serán calientes, mañana está convocada huelga general.

El pasado 10 de agosto, Ecuador cumplió 40 años de democracia tras una dictadura militar que tuvo distintas fases políticas y que se extendió entre 1972 hasta 1979. En ese período se han desarrollado 11 contiendas electorales, tres constituciones —1978, 1998 y 2008— y una década de desestabilización política que comenzó con la caída Abdalá Bucaram y que perduró hasta la llegada de Rafael Correa a la poltrona presidencial del Palacio de Carondelet. Durante esa década Ecuador asistió a como siete personajes, cada cual políticamente más deplorable, cruzaron sobre su pecho la banda presidencial.

La década correísta estabilizó políticamente el país, si bien terminó decepcionando notablemente a la mayoría del pueblo ecuatoriano y desinstitucionalizando aún más Ecuador, tras haber implementado el predominio del poder Ejecutivo sobre los demás poderes del Estado.

La última fase de deterioro económico del país comenzó en el año 2014, momento en el que la caída de los precios del petróleo comenzó a golpear fuertemente a la economía nacional. Fue durante la última fase del Gobierno de Rafael Correa cuando el país comenzó a entregarse al Fondo Monetario Internacional. El Presupuesto General del Estado pasó de 44.300 millones de dólares en 2014 a 37.600 millones en 2016, el endeudamiento público —interno y externo— pasó de 2,8% del PIB en 2012 al 8,1% en 2016 y 9% en 2017, las urgencias por obtener financiamiento internacional hizo que el Gobierno correísta llegase incluso a negociar parte de la reserva nacional de oro con Goldman Sachs. Incluso se firmó un tratado de libre comercio con la Unión Europea y llegó a hipotecar el petróleo aun no extraído del subsuelo ecuatoriano con China y Tailandia.

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Informe de situación

Movilización y Paro Nacional contra el paquetazo

Fernando López Romero

Corresponsal de Correspondencia de Prensa en Quito, 8-10-2019

El 7 y 8 de octubre miles de indígenas provenientes de la Amazonía y de la Sierra, superando las barreras colocadas por policías y militares en las carreteras, llegaron a Quito, donde se unieron con estudiantes, maestros, trabajadores y organizaciones   de mujeres que habían comenzado a movilizarse desde el jueves 2 de octubre, un día después de que el gobierno de Lenin Moreno anunció el paquetazo.

En Quito, ya desde la mañana del jueves 2 de octubre, la fuerte represión policial contra las marchas, anunció lo que sería la confrontación en las horas y días siguientes. En la tarde y noche del jueves la ciudad fue conmocionada por intensas protestas, que se realizaban en medio de un paro nacional de todos los gremios del transporte, que se oponían especialmente al alza del diésel y de la gasolina corriente.

La declaratoria del Estado de Emergencia realizada al mediodía del viernes tres, mientras arreciaban las manifestaciones y cierres de calles y de vías, solo logró que los dirigentes de los gremios de transportistas anuncien hacia el final de la tarde la suspensión de la medida de hecho, replegándose en espera del desarrollo de los acontecimientos de los días siguientes, especialmente de los alcances de la movilización indígena.

Pese al anuncio de los transportistas de la suspensión del paro, el país se mantuvo paralizado porque miles de vehículos de carga y de transporte pasajeros no retornaron a trabajar, por decisión de sus dueños y por los cierres de carreteras y de calles en la Sierra, la Costa y la Amazonía.

En el río de la movilización social se han expresado tres vertientes: los transportistas, cierto correísmo duro, y el campo popular articulado al llamado de sus organizaciones. Hasta ahora es el rechazo al alza de los combustibles lo que une contra el gobierno de Moreno a los sectores populares y los transportistas. Pero son movimientos que desarrollan cada uno sus propias accione; en plena ofensiva  los sectores populares, y los  transportistas en repliegue,  a la espera del desenlace de la confrontación entre el gobierno y las organizaciones populares.

El sábado continuaron las manifestaciones en el centro histórico de la capital mientras desde el norte y centro del país avanzaban las marchas indígenas.  El lunes se integraron a la lucha organizaciones campesinas de la provincia del Guayas. Hasta el día lunes, según declaraciones de la propia ministra del Interior, la cifra de detenidos ascendía a 477 personas, algunas de ellas acusadas de haber participado en saqueos. Para el martes la cifra es de 676, con decenas de heridos y dos muertos.

De la amenaza a la diferenciación y el atisbo de un diálogo

Entre   el lunes y el martes  las movilizaciones han dado cuenta de la fortaleza del movimiento de protesta   social y de la complejidad de la situación.

El lunes 7 el gobierno   trasladó su sede a Guayaquil y realizó desde allí una cadena nacional en la noche. Poco antes de la intervención de Lenin Moreno, dos jóvenes fueron arrojados por miembros de la policía anti motines desde un puente en un barrio del centro de Quito y uno de ellos murió en un hospital horas más tarde.

En la Cadena Nacional, con una cortina negra como telón de fondo, Moreno se presentó flanqueado por su Vicepresidente y por el Ministro de la Defensa.  De pie y con traje de tarea le acompañaron los jefes de las Fuerzas Armadas.

La cadena fue la respuesta del Presidente al ascenso de la movilización. En ella anunció que las medidas se mantendrían sin alterarse, acusó al movimiento de vandalismo, de estar manipulado por Rafael Correa y financiado por dineros de la corrupción, buscando así desprestigiarlo y dividirlo,  amenazando con la aplicación de la ley y de la fuerza para mantener el orden.Ecuador1010 III

Con la decisión de gobernar desde Guayaquil, Moreno se refugió en el interior del aparato represivo del Estado (cortes, policía, militares), y se estableció en el bastión político y social de la derecha socialcristiana y estimula el regionalismo contra Quito “que vota gobiernos”.

Este duro llamado al orden tiene un clarísimo sello de clase al buscar cohesionar a los empresarios y las clases medias en torno a las políticas del gobierno,  pero ha indignado al movimiento popular.

El 8 de octubre, en medio de la extensión territorial del conflicto social, se realizaron tres ruedas de prensa.

Hacia las 14 horas, en Quito, el Frente Unitario de Trabajadores convocó a una rueda de prensa en la que volvió a rechazar el paquetazo fondomonetarista, deslindó cualquier relación   con Rafael Correa y   con los hechos de violencia y el vandalismo y llamó a la movilización y al Paro Nacional del día 9 de octubre.

A las 16 y treinta, en otra rueda de prensa, Moreno apareció   en Guayaquil acompañado de los jefes de las otras funciones del Estado  que le ofrecían apoyo político. Pero el mensaje de las otras funciones del Estado, marcó cierta distancia   con el mensaje de Moreno de la noche anterior, pues se hizo la diferenciación entre la lucha social y la conspiración política del correísmo, culminando con un llamado para abrir los puentes hacia un diálogo.

Minutos más tarde, la Ministra del Interior y el Ministro de Defensa explicaron los alcances del toque de queda que regirá desde la ocho de la noche, hicieron un recuento de la situación en el que la ministra admitió la extensión de las protestas, y   coincidió con la diferenciación entre la lucha social, el vandalismo y la conspiración política. Anunció también la realización en Guayaquil y en otras ciudades de marchas “en favor de la democracia”.

Se mantiene y se extiende la lucha

Este día, 8 de octubre Quito permaneció semiparalizado, con casi todos los locales comerciales del centro de la ciudad cerrados y miles de indígenas concentrados a pocas cuadras de la Asamblea Nacional. Hacia la tarde y en dos ocasiones cientos de ellos ingresaron por la fuerza a la Asamblea, siendo fuertemente reprimidos y desalojados. En horas de la tarde se anuncia el toque de queda desde las 20 hasta las 5 horas y se implanta un cerco del sector donde está concentrada la movilización indígena.

Durante el día ha  crecido la acción  de varias instituciones  en favor de una mediación y de la apertura  del diálogo  entre el gobierno y las organizaciones sociales. Pero también comenzó la movilización, “en favor de la democracia”, de la racista clase media de Quito que realizó una primera concentración en la Avenida de los Shirys.

Sube la escalada de la confrontación.  Los próximos días serán decisivos.