El racismo estructural es difícil de combatir, y sus impactos empeoran cuando se intersectan género y raza: ser mujer y afrodescendiente se traduce en un nivel de desempleo mayor al de los hombres afro y no afro, en el inicio temprano de la vida reproductiva, en la desvinculación con los centros educativos y en la constante histórica del vínculo con el trabajo doméstico y las tareas menos calificadas.

Brecha, 19-7-2019

Correspondencia de Prensa, 20-7-2019

Hablaba del pasado sin pena. Su nieta, Amanda Díaz, la recuerda hoy como una mujer ajena a las ideas de su época a la que le gustaba contar historias inverosímiles que resultaban reales. Amanda Rorra fue la primera mujer afrodescendiente en presidir una organización social. Antes de dedicarse por entero a la militancia política y social, su vida se parecía a la que tuvieron la mayoría de las mujeres afrodescendientes que nacieron a principios del siglo pasado en Uruguay.

A sus 16 años se fugó del colegio de monjas en el que estaba internada, donde, en lugar de estudiar, limpiaba. Luego trabajó como empleada doméstica, mucama y niñera, hasta que decidió que ese no sería su destino. Fue una de las primeras integrantes del Centro Uruguay (actual Asociación Cultural y Social Uruguay Negro,Acsun), organización en la que participan hasta hoy sus hijos y nietos, que mantienen vivo su legado: “Nunca olvides que llegaste hasta aquí gracias a que lavé muchos pisos, y no quiero que esa historia se repita contigo”.

Pero su historia es una excepción. La segregación de las mujeres afrodescendientes en el ámbito laboral se mantiene hasta la actualidad. Se concentran en labores de baja calificación y con mayor inestabilidad laboral. Según datos tomados del Plan Nacional de Equidad Racial y Afrodescendencia, el 21,2 por ciento de las mujeres afro trabaja en el servicio doméstico, frente a un 12,9 por ciento de las mujeres no afro, a lo que se suma un alto índice de informalidad laboral. Por otra parte, las mujeres afrodescendientes son las principales afectadas por el desempleo, con una tasa de 12 por ciento (contra un 8,4 de las mujeres no afro), según estudios con base en el censo de 2011 citados en el plan.

“Las condiciones de pobreza, de vivienda y de salud (en las que nos encontramos) cuando llegamos al mercado laboral hacen que sigamos reproduciendo las mismas tareas que en la época de la colonia, pero en versión siglo XXI. Quien era la nana de leche, ahora es la niñera; quien era la esclava de adentro de la casa, ahora es la empleada doméstica; quien trabajaba en el campo, ahora es la peona. Este sistema capitalista reproduce la desigualdad. Y esa desigualdad en este país y en todo el mundo tiene color de piel y tiene género”, ilustró Tania Ramírez, integrante de Mizangas, un colectivo de incidencia política compuesto por mujeres jóvenes, afrodescendientes y diversas.

Lo que dice Ramírez lo confirman los estudios: a partir del relevamiento antropológico sobre la comunidad afrouruguaya en algunos departamentos del país realizado por los etnólogos y antropólogos Martín Iguini, Eliana Lotti y Nicolás Guigou para la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, se identificó una división racial del trabajo. “Desde la época colonial, pasando por la fundación de la República y hasta la actualidad, vemos a las personas afro en los mismos puestos de trabajo. Y esto es reforzado permanentemente”, señaló Guigou a Brecha.

La desigualdad es una “cadena que viene desde atrás”, dijo por su parte Noelia Ojeda, licenciada en ciencia política y también integrante de Mizangas. En consonancia, Ramírez señaló la ausencia total de políticas reparatorias por parte del Estado a las personas africanas y afrodescendientes luego de que fuera abolida la esclavitud, mientras que los amos blancos recibieron una suerte de indemnización por la pérdida de aquellos que consideraban su propiedad. Las personas afrodescendientes “de un día para otro pasaron a ser pobladores –porque tampoco se hablaba de ciudadanos– y terminaron en situación de mayor pobreza con un salario mínimo. Así se forjaron nuestras familias”, observó Ramírez.

Planes y cupos

Este año se lleva a cabo la implementación del primer Plan Nacional de Equidad Racial y Afrodescendencia, que fue creado en 2017 a raíz de la necesidad de dar respuestas a las observaciones que la Onu le hizo al Estado por la ausencia de un plan articulado que tuviera foco en las políticas públicas dirigidas a las personas afro, contó al semanario Miguel Pereira, jefe del Departamento de Afrodescendencia de la División de Derechos Humanos del Mides (Ministerio de Desarrollo Social). En la articulación entre Estado y sociedad civil se decidió trabajar sobre los ejes de educación, trabajo y vivienda, con un enfoque territorial y desde una construcción participativa.

A pesar de que el artículo 4 de la ley 19.122 estipula que el Estado está obligado a destinar el 8 por ciento de los cupos de trabajo que se generen anualmente a personas afrodescendientes que cumplan con los requisitos, no se ha llegado a la cifra y existen diferencias en el acatamiento en los distintos incisos del Estado, dijo Pereira.

El año pasado ingresaron 642 personas afrodescendientes, lo que representa un 3,29 por ciento de los cupos (incluye reparticiones estatales y personas jurídicas de derecho público no estatal). El 11 por ciento de los organismos estatales cumplió con la cuota, el 19 por ciento tuvo ingresos, pero no alcanzó la meta, mientras que el 33 por ciento de los organismos tuvo ingresos de personal, pero entre ellos no había personas afrodescendientes, según se lee en el informe del Laboratorio de Innovación y Observatorio de la Función Pública de la Oficina del Servicio Civil.

Para Guigou el problema está en que el incumplimiento de la ley no conlleva una sanción. “Pueden hacerte una observación, como le pasó a la Universidad de la República, pero no hay una sanción.” Además, cree que el supuesto de “que todos somos iguales” sirve como falso argumento para aquellos que no tienen voluntad de acatar la ley. Pero el estado de situación no puede achacarse únicamente a la falta de voluntad: el requisito excluyente de secundaria completa para los cargos administrativos disminuye la posibilidad de inserción de personas afrodescendientes. Como consecuencia, los puestos laborales a los que acceden en los organismos públicos son los de menor calificación.

A raíz del incumplimiento, desde el Departamento de Afrodescendencia del Mides se elaboró una guía para la transversalización de la temática afrodescendiente, con elementos conceptuales y de procedimiento para la implementación de la ley. También se capacitó al 60 por ciento de los funcionarios y funcionarias de los distintos organismos públicos, contó Pereira.

Desde el Departamento de Mujeres Afrodescendientes de Inmujeres se lleva a cabo el proyecto “Mujeres afro que emprenden. Fortalecimiento de la autonomía económica para mujeres afrodescendientes”, que busca dar el paso de la precarización hacia la formalización del empleo con el amparo de la seguridad social. La primera parte del proyecto consistió en caracterizar a la población e identificar el tipo de emprendimiento que las mujeres tenían, explicó Lourdes Martínez, responsable del Departamento de Mujeres Afrodescendientes de Inmujeres. De las 65 mujeres participantes, un 37 por ciento tenía primaria completa o incompleta como nivel educativo máximo alcanzado y el 45 por ciento siempre había tenido trabajos informales. La segunda parte consiste en empoderar y sensibilizar sobre identidad afro y género, y también en capacitar en materia de emprendedurismo.Uruguay2007 II

Tradición matriarcal

Amanda Rorra llevaba el nombre de la hermana de su padre, el cantante Oscar Rorra, también conocido como Carusso Negro. El nombre se trasmitió de generación en generación hasta llegar a su nieta. Pero Amanda Díaz cortó con la tradición y decidió no darle ese nombre a su hija porque para ella, a pesar del orgullo, es “como una carga”. Aún vive en la casa de Sayago que construyeron sus abuelos, donde aprendió que la militancia comenzaba en la casa. “Crecí en una familia en la que ser negro era lo mejor que te podía haber pasado.”

“Mi abuela era mi mejor amiga”, recordó, y la comparó con Edward, el personaje de la película El gran pez, porque le encantaba conversar y agregarle “picante” a las historias. Para Rorra no existían tabúes con la sexualidad. Siempre se mostró a favor de la despenalización del aborto, a pesar de la educación católica que recibió. Durante su vida se practicó varios abortos y no tenía problema en contarlo. Tuvo los hijos que quiso tener.

Sin embargo, a diferencia de la suya, las familias afrodescendientes se caracterizan por ser extendidas, con un recambio generacional de muy pocos años. Según datos de la Institución Nacional de Estadística (Ine), una de cada tres mujeres afro tiene al menos un hijo antes de los 20 años, y entre los 45 y los 49 años tienen un promedio de tres hijos, mientras que las mujeres no afro tienen un promedio inferior a 2,5 hijos. A su vez, el promedio de personas por hogar es mayor en las familias afrodescendientes, y estas se caracterizan por ser familias monomarentales.

Ramírez considera que la maternidad entre las mujeres afrodescendientes está atravesada por la cultura en la que “ser mamá a cargo del hogar” es visto como “un megavalor, mientras que el progenitor de los hijos desaparece”. En 2011 el colectivo Mizangas realizó una investigación que nombró Reinas, que significó un acercamiento a mujeres jóvenes afro de entre 14 y 22 años. A partir de los relatos, observaron que la maternidad vista como opción, si bien era multicausal, se debía a la dificultad de construir un proyecto de vida alternativo, y no tanto por desconocimiento de los métodos anticonceptivos y abortivos.

Desde que se desarrollan físicamente, los cuerpos de las niñas y adolescentes son hipersexualizados. Martínez considera que este hecho se relaciona con “los imaginarios sobre la población” y que tiene “correlato en los índices de la violencia basada en género, en el ámbito público, privado y laboral”. Que la mujer afrodescendiente es más “fogosa” y es una “mujer fértil” son algunos de los estereotipos clásicos, junto con la idea de “cuerpo exótico”.

Para Gigou, en tanto, la hipersexualización de las mujeres afrodescendientes es histórica y “está en contrapartida al patriarcado blanco”. En sus investigaciones encontró generaciones de mujeres abusadas por sus patrones “con la anuencia de la esposa blanca”.

Igualdad relativa

Rorra defendía su convicción de que la educación es el medio para acceder al poder político y social con la misma tenacidad con la que elevaba su voz, megáfono en mano, afuera de algún bar o restaurante, cuando comprobaba que allí se discriminaba o se negaba el servicio a una persona por ser afrodescendiente. Durante los años sesenta trabajó junto a José Pedro Martínez Matonte en la primera cooperativa educativa de Uruguay, en Villa García, y en su familia se encargó de que sus dos hijos recibieran educación y alcanzaran títulos terciarios.

No obstante, llegar a la universidad sigue siendo un desafío para la mayoría de las personas afrodescendientes. Las cifras del Ine indican que sólo cinco de diez adolescentes culminan el ciclo básico y que nueve de cada diez jóvenes afro, de entre 20 y 24 años, dejan de estudiar antes de llegar a la educación terciaria.

Martínez explicó que las dificultades en la educación no están en el acceso, sino en lograr la permanencia. En el caso de las adolescentes afrodescendientes, piensa, no ven en la educación un “vehículo” para acceder a mejores niveles de vida. “No es que las mujeres afro no quieran estudiar. Hay hambre, hay razones económicas. Estudiar significa seis horas en los centros educativos que podrían dedicarse a otras cosas. Hay hermanos para cuidar porque la madre tuvo que ir a trabajar.”

También Ojeda piensa que la desvinculación de las chicas está relacionada con las tareas y cuidados del hogar. “Esto hace que, cuando salís al mercado de trabajo, accedas a los trabajos más precarios. Además, recae el prejuicio de que las personas afrodescendientes sirven para tareas de servicio o tareas de fuerza.”

El racismo se arrastra de generación en generación, comienza a sentirse a muy temprana edad y muchas veces determina la interrupción del trayecto educativo en ciclo básico. A los 3 o 4 años, cuando los niños y niñas ingresan a los centros educativos, empiezan a sufrir bullying por sus rasgos fenotípicos a través de comentarios como “negro de mierda”, “tenés el pelo feo”, o “mirá tu nariz”, mencionó Pereira.

“La escuela es el ámbito en el cual se dan las mayores manifestaciones de racismo, porque cuando comienza la vida en sociedad, empiezan a notarse esas diferencias. Somos como un ruido en la foto”, interpreta la responsable del Departamento de Mujeres Afrodescendientes de Inmujeres. La repetición de las situaciones de discriminación tienen un fuerte impacto en la autopercepción de los niños y niñas. Pereira recordó un estudio presentado por el consejero de Primaria, Héctor Florit, que demuestra que dos de cada tres niños afro sufren baja autoestima.

Hace dos meses que el Mides trabaja con Anep (Administración Nacional de Educación Primaria) en la capacitación de docentes, directores y personal administrativo de todo el país para evitar la expulsión de las personas trans y afrodescendientes de la educación. Bajo el supuesto laicista igualitarista uruguayo –acotó Gigou– se esconde la producción constante de asimetrías en los ámbitos institucionales que la túnica blanca no pudo evitar. “La túnica blanca sirvió para la gente blanca. Nunca fue para los indígenas tampoco.” En su investigación percibió que existía un trato diferenciado por parte de los docentes hacia los niños por su condición étnico racial.

“Hemos pensado en cómo revertir la situación. Primero pensamos en capacitación y luego en las becas. En el 2011 sólo se otorgaron 20 becas; hoy estamos en ochocientas y pico.”

Ramírez apuntó a que los docentes muchas veces asocian las dificultades que puedan surgir en el aula a la racialidad del niño o niña. “El estereotipo de la inteligencia de las personas afro todavía sigue instalado: la idea de que servimos para las tareas menos calificadas o de fuerza y no para tareas intelectuales. Eso va construyendo un imaginario colectivo que de alguna forma es un falso constructor de identidad para una niña o niño afro.”

Otro factor determinante es que las instituciones carecen de herramientas para resolver las situaciones de discriminación que se presentan en el aula, porque los docentes, durante su formación, no son sensibilizados sobre los temas étnico-raciales y de diversidad. “No explican lo que fue el sistema esclavista, lo que significó el secuestro de personas, la trata, las torturas a nuestros ancestros y cómo el sistema económico se forjó con base en la trata de esclavos”, dijo Ramírez en referencia a esa parte de la historia que sigue negada e invisibilizada.