A pesar del mal momento que atraviesa la economía cubana, existe un mercado interno de bienes y servicios de lujo en crecimiento. Estadías en hoteles cinco estrellas, viajes al exterior y hasta mascotas de lujo satisfacen las demandas de un sector social cada vez más apartado de la mayoría de la población.

Amaury Valdivia, desde La Habana

Brecha, 7-6-2019

Correspondencia de Prensa, 7-6-2019

Aunque la lista de requisitos es mucho más extensa, lo fundamental es poseer una cuenta bancaria de 5 mil Cuc (1) y la titularidad de un inmueble o automóvil. Cumplidas ambas exigencias, sólo resta reunir –al menos– 3 mil Cuc adicionales y escoger el recorrido internacional que se prefiera.

Las opciones van desde viajes por Europa hasta estadías en la República Dominicana y en México, y han sido “un éxito” en el mercado cubano, aseguraban a mediados de 2017 directivos de la estatal agencia de viajes Havanatur y de compañías extranjeras participantes en el negocio. La tendencia al crecimiento se ha mantenido desde 2014, cuando fueron anunciados los primeros paquetes, y no ha disminuido durante los últimos tiempos, a pesar de las penurias económicas que vuelven a experimentarse en la isla (véanse Brecha, 26-IV-19, 22-II-19, 14-XII-18, 25-VIII-17, 29-VII-16).

“El turismo nacional, tanto en la modalidad de sol y playa, como en el multidestino, se ha convertido en una prioridad, y estamos seguros de que continuará creciendo”, sentenció a comienzos de mayo de este año el ministro cubano del ramo, Manuel Marrero Cruz, al inaugurar la Feria Internacional de Turismo de La Habana. Como respaldando su optimismo, por las mismas fechas las principales cadenas hoteleras lanzaron sus campañas con vistas a la temporada veraniega. A diferencia de las destinadas a los meses invernales (cuando la publicidad concentra su atención en los vacacionistas extranjeros), de junio a setiembre son los clientes locales el motivo de los mayores desvelos. No por casualidad: en años recientes, su número ha crecido hasta consolidarlos como el tercer grupo más importante entre los que se alojan en el país (sólo antecedidos por canadienses y estadounidenses). Si se les sumaran los arribos desde las llamadas “comunidades cubanas en el exterior”, en conjunto pasarían a liderar el listado.

Viviendo entre triunfadores

Incluso en el más humilde hospedaje turístico de Cuba, el precio rara vez desciende por debajo de los 30 Cuc la noche. Traducido al lenguaje cotidiano: más del triple del salario básico mensual fijado por el gobierno, o poco menos que el ingreso medio registrado al cierre de 2018.

La factura crece de manera exponencial cuando se trata de instalaciones más lujosas, en especial las ubicadas en la capital y los principales balnearios. Una estancia de fin de semana en cualquiera de los cinco estrellas levantados en los paradisíacos archipiélagos de la costa norte fácilmente puede alcanzar los 1000 Cuc por persona. “Es carísimo, impagable para la mayoría, y, sin embargo, en el verano hemos llegado a tener ‘plena ocupación’”, asegura un empleado de uno de los hoteles de Cayo Guillermo, en la central provincia de Ciego de Ávila.

Acepta dialogar con Brecha al amparo del anonimato, pues en su condición de “trabajador civil de la defensa” tiene prohibido brindar informaciones sobre la entidad en que trabaja (la práctica totalidad de las hoteleras cubanas forman parte del Grupo de Administración Empresarial, el holding corporativo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias; los encuadrados en sus nóminas están sujetos a la legislación militar).

“En cuanto a los cubanos, he visto de todo, pero priman los dueños de negocios particulares, los que poseen alguna otra ciudadanía y la aprovechan para hacer de ‘mulas’ (importando artículos que luego revenden en el mercado negro), y los médicos (su participación en las “misiones de colaboración” en otros países les reportan ingresos muy superiores a la media). Fuera de ahí, lo que más puedes encontrarte son algunos campesinos ricos, artistas y gente a la que sus familiares ‘de afuera’ les han pagado la reservación. Cubanos de a pie, lo que se dice trabajadores, son muy pocos”, cuenta.

De vuelta a la vida “real”, el buen estado de las finanzas personales se traduce en infinidad de privilegios, algunos tan singulares como el de poseer mascotas de lujo. Así lo resaltaba, meses atrás, el periodista Luis Orlando León Carpio, en un reportaje publicado por el sitio alternativo El Toque. Una de sus entrevistadas, propietaria de un hostal en la ciudad colonial de Trinidad, se enorgullecía por la compañía de un bello husky siberiano, que al mes le demandaba gastos superiores a los 100 Cuc; otros, no escatimaban en cuidados hacia sus animales de compañía: incluso cuando se veían obligados a emprender un viaje, la atención quedaba asegurada al internarlos en guarderías privadas con precios que van a partir de los 5 Cuc por noche. “El mercado para la crianza de mascotas crece. Han surgido salones de belleza, entrenadores, tiendas con los más variopintos productos (…) de las 181 licencias recogidas en la Resolución 33 del 2011 (que regula el trabajo por cuenta propia), casi diez se relacionan con animales afectivos”, detalla el texto. Una tarifa compilada por el propio reportero apunta los casi insensatos valores que pueden alcanzar un cachorro de gran danés (hasta 500 Cuc) o artículos tan poco glamurosos como una jaula (200 Cuc) y una pelota (4 Cuc, las más baratas). Muchos no tienen reparos en afrontarlos.

“Cuando se tiene una buena situación económica, es lógico que se busque otro estatus, comenzando por el barrio donde se vive y terminando por dónde estudian los hijos o cómo se divierten”, piensa Omar, un corredor de inmuebles inscripto en La Habana, pero con experiencia también en la comercialización de propiedades en el lujoso balneario de Varadero. La agencia para la que trabaja gestiona viviendas en una gama de ofertas que va desde los 50 mil hasta cerca de un millón de Cuc. Por lo regular, se ubican al oeste de la capital, en los barrios que habitaba la burguesía prerrevolucionaria, o en la llamada “Playa Azul”. Del estatus de ambas zonas da cuenta un conocido chiste reconvertido en proverbio por la sabiduría popular: “Es preferible ser perro en Miramar que persona en Centro Habana”. Exageraciones al margen, no anda desencaminado.

¿Diferencias inevitables?

No sin razón, algunos opinan que, a Cuba, la desigualdad regresó a finales de los años setenta, cuando Fidel Castro y el entonces presidente estadounidense Jimmy Carter acordaron la reanudación de los vínculos entre la isla y la comunidad cubana establecida en la nación norteña. Precisamente en 1978 surgiría Havanatur, con el fin de organizar los viajes de los emigrados que volvían de visita. Amén de los ingresos que reportaría la venta de pasajes, la ocasión se convirtió en una provechosa oportunidad de negocios para el gobierno de La Habana gracias a las tiendas en las que los recién llegados adquirían regalos para sus familias. Electrodomésticos y ropas eran los productos estrella de aquellos comercios que la ironía colectiva no tardó en bautizar como “las tiendas de las mariposas” (al triunfo de la revolución, quienes decidían marcharse a otros países eran considerados “gusanos”, por no ser capaces de plantar cara al imperialismo junto con el resto de sus compatriotas. Ahora, en apariencia, habían completado para bien su metamorfosis).

Fue el comienzo de una nueva época, signada por el afán de hacerse con una televisión a color o un apartamento en las barriadas “buenas” de las principales ciudades. No sería hasta los años noventa cuando, tras el estallido de la crisis económica derivada de la debacle del socialismo europeo, volvería a adoptarse una singular conjugación de retórica igualitarista y política práctica, marcada esta última por la dolarización parcial del comercio, el fomento del turismo y algunas formas de propiedad privada.

Las similitudes entre aquel escenario y el actual no deben prestarse a confusiones, opina en un artículo para la revista Progreso Semanal el economista y profesor universitario Ricardo Torres Pérez. “En los noventa se hablaba de repartir ‘equitativamente’ los costos de la crisis. (…) Ahora la situación es otra; los cubanos de la isla no llegan en igualdad de condiciones a este período de austeridad.” A su juicio, “conviene repensar los enfoques para amortiguar el impacto sobre los grupos más vulnerables (…) concibiendo mecanismos de redistribución que tengan en cuenta esas diferencias”.

El “cómo hacerlo” puede considerarse la gran pregunta del rompecabezas nacional. Aunque la última aplicación del índice de Gini se remonta a 1997, hasta las autoridades se han visto obligadas a reconocer de forma implícita que amplios sectores de la sociedad sufren un continuo proceso de empobrecimiento. Un estudio realizado en una comunidad de la periferia habanera en 2013, bajo la coordinación de la doctora en ciencias económicas Blanca Munster, del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial de La Habana, reveló que el 64 por ciento de los hogares estudiados no contaba con ingresos suficientes para atender sus necesidades básicas. En promedio, los gastos mensuales de las familias cuadruplicaban sus entradas por salarios y otras prestaciones. La diferencia entre ambas columnas contables es cubierta mediante remesas desde el exterior y actividades que no pocas veces rebasan los límites de la ley.

La evolución económica de Cuba parece llamada a ahondar esas diferencias. Otra investigación, divulgada en 2015 por la revista de ciencias sociales Temas, centró su mirada en los nuevos ricos y su percepción del país. Llamaba la atención que prácticamente la totalidad de los entrevistados aseguraran “que no importa el nivel económico para establecer relaciones” interpersonales, pero a renglón seguido acotaran “que las mejores relaciones se dan endogrupalmente (bajos-bajos; altos-altos)”. “No es lo mismo andar en carro que andar a pie; qué le voy a comentar si él no tiene lo que yo tengo, no va a los lugares que yo frecuento y, entonces, no hay temas de conversación”, confesaba uno de los encuestados.

Desde la perspectiva de ese segmento social, “se legitima la desigualdad, sustentada en diversas razones (…) se consolida en el imaginario social, que ‘tanto tienes, tanto eres’”, valoró en sus conclusiones la psicóloga y profesora universitaria Daybel Pañellas Álvarez, coordinadora del estudio (Temas, 10-XII-15).

Hace dos años atrás, el sitio web Cubadebate aportaba en números una premisa esencial para comprender los vientos que soplan sobre la isla: de acuerdo con directivos del Banco Central, el 15 por ciento de los ahorristas concentraban el 83 por ciento del monto total de los depósitos particulares. Nada indica que en el tiempo transcurrido se haya producido una reversión de dicha tendencia.

El problema visto desde la “vanguardia”

En 2007, Raúl Castro anunció el comienzo de las reformas económicas que marcarían sus 12 años en la presidencia. El programa planteaba como metas esenciales la reducción de gastos y la creación de nuevas fuentes de ingresos para el Estado. Como parte del primer objetivo, fue lanzada una campaña de “eliminación de gratuidades indebidas”, que debía traducirse en miles de millones de pesos cubanos ahorrados cada año.

Los “planes de estímulo a trabajadores destacados” se contaron entre las primeras prestaciones recortadas. No fue una gran pérdida para el ciudadano común. Aunque, en teoría, esa opción había surgido para permitir el acceso de los empleados estatales a hoteles y otras instalaciones recreativas a precios preferenciales, desde hacía tiempo sus capacidades eran copadas por la clase dirigente. Consciente del mal ejemplo que tal situación producía, el comandante en jefe del Ejército decidió que a partir de entonces los “planes” transcurrieran en casas de visita, villas y hoteles subordinados al Partido Comunista y al gobierno, lejos de la mirada indiscreta –y probablemente cuestionadora– de la población. En puntos alejados de las playas de Varadero, Cayo Coco o Guardalavaca, o a las afueras de La Habana y de las capitales de provincia, es posible encontrar esas instalaciones destinadas al descanso de la “vanguardia revolucionaria”; no son pocas las que pueden compararse en confort con las utilizadas por el turismo internacional.

La de barrer para abajo de la alfombra ha sido siempre una estrategia efectiva para la dirigencia isleña, que por décadas ha mantenido su existencia privada bajo el más absoluto secreto. No fue hasta la irrupción de los teléfonos móviles e Internet que sus compatriotas comenzaron a conocer la vida regalada que disfrutan la mayoría de los líderes y sus familias. Muchos de los que en la Asamblea Nacional o desde la jefatura de ministerios reclaman sacrificios “gozan de dietas especiales y posibilidades de adquirir directamente bienes y servicios, sin costo alguno”, denunció a comienzos de este mes el sitio izquierdista La Joven Cuba. “La soberbia ha proliferado en los predios de la burocracia y suele crecer según aumenta su nivel. Los cubanos sabemos que los que nos exigen comprar en los sobrevalorados comercios oficiales no acuden a esos establecimientos para abastecerse. La cuestión de equilibrar el precario salario real para llegar a fin de mes es algo que no les afecta en lo más mínimo.” Como era de esperar, el alcance de la crítica fue limitado. Convenientemente el gobierno mantiene un control estricto sobre los medios de difusión masiva, evitando el escrutinio público.

Mientras, unidos por la causa común del consumismo, los nuevos triunfadores del sector privado y la elite dirigencial organizan sin reparos grandes fiestas animadas por cantantes de moda o incitan a sus hijos a pasear por el mundo y mostrar en Instagram la belleza de los yates que abordan (uno de los nietos de Fidel Castro, devenido modelo e influencer, es de los más activos). Incluso un dirigente histórico como el nonagenario ex comandante guerrillero Guillermo García, quien semanas atrás convocó a criar avestruces y cocodrilos para “garantizar la alimentación del pueblo”, puede “enorgullecerse” por el buen uso que hace su descendencia de los placeres del capitalismo, en viajes pagados no se sabe cómo ni por quién.

En definitiva, reza el discurso oficial, “igualdad no puede ser sinónimo de igualitarismo”.

Nota

  1. Peso convertible, de valor nominalmente igual al dólar estadounidense. Equivale a 25 Cup (pesos cubanos), la moneda oficial del país.