Esquerda Online, 17-10-2018

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Traducción de Ernesto Herrera

Correspondencia de Prensa, 19-10-2018

Se abrió un debate, inclusive en la izquierda, sobre si Bolsonaro es o no un neofascista. Este debate no es un diletantismo. Exige rigor. ¿Cuáles deben ser los criterios para la clasificación de un liderazgo político? Es preciso ser muy serio cuando estudiamos a nuestros enemigos. Quién no sabe contra quién lucha no puede vencer.

Evidentemente, la cualificación de cualquier corriente política o liderazgo de ultraderecha, como sumariamente, fascista, es una generalización apresurada, históricamente, errada y, políticamente, ineficaz. El fascismo es un peligro tan serio que debemos ser serenos en su definición. Toda extrema-derecha es radicalmente reaccionaria. Pero ni toda la extrema derecha es fascista. Es necesario evaluar, ponderar, calibrar, cualificar con todo cuidado a nuestros enemigos.

Bolsonaro es un neofascista. O un fascista de la etapa histórica en que vivimos, después de la restauración capitalista en la ex URSS y China. Se engañan los que piensan que se trata de una exageración. Bolsonaro es peligrosísimo. Incluso considerando que todavía no construyó un partido fascista a escala nacional. Incluso considerando que la mayoría de sus electores no sean fascistas. O que el núcleo dirigente se está formando.

Sí, el neofascismo no es una copia exacta del fascismo. El fascismo fue para el marxismo, esencialmente, la forma política de la contrarrevolución ante el peligro de la revolución europea, cuando la existencia de la URSS inspiraba la causa de los trabajadores. Todos los partidos fascistas defendían la necesidad de un régimen totalitario. La eliminación de las libertades democráticas de los regímenes electorales era instrumental para destruir las organizaciones de los trabajadores. Pero el fascismo italiano no era, exactamente igual al alemán (obsesión antisemita), o al franquismo español (preservación formal de la monarquía), y el salazarismo portugués (fanatismo católico) tenía, también sus peculiaridades. Movimientos fascistas en muchas otras naciones, inclusive Brasil, el integrismo, existían en el mismo período histórico. Pero, a pesar de sus especificidades, todos merecen la cualificación de fascistas.

Ocurre que no estamos en una etapa semejante a los años treinta del siglo pasado, después de la catástrofe la Primera Guerra Mundial, después de la victoria de la revolución rusa y de la crisis de 1929. No estamos, desde la crisis económica del 2018, ante los “años treinta en cámara lenta”. No hay peligro inminente de una nueva revolución del octubre. No obstante, a escala mundial, asistimos al refuerzo de una extrema-derecha en los últimos diez años.

El neofascismo en un país periférico como Brasil no puede ser igual al fascismo de sociedades europeas de los años treinta. En primer lugar, porque no responde al peligro de la revolución. Responde a la experiencia de sectores de la clase media durante los catorce años de gobiernos de colaboración de clases del PT, y al estancamiento económico y regresión social de los últimos cuatro años, la mayor de la historia contemporánea.

El antipetismo de los últimos cinco años es la forma brasilera de anti-izquierda, anti-igualitarismo, o anticomunismo de los años treinta. No fue una apuesta del nucleo principal de la burguesía contra el peligro de una revolución en Brasil. Hasta hace pocas semanas atrás la inmensa mayoría de la burguesía apoyaba a Geraldo Alckmin (PSDB). Bolsonaro es un caudillo. Su candidatura es la expresión de un movimiento de masas reaccionario de la clase media, apoyado por fracciones minoritarias de la burguesía, frente a la regresión económica de los últimos cuatro años.

Los modelos teóricos puede ser varios. Más simples o más complejos. Con más o menos criterios. Aquí un esbozo o una sugestión de diez criterios:

(1) su origen social;

(2) lo que hace o su trayectoria;

(3) lo que defiende; su ideología, o su programa;

(4) cuál es su proyecto político;

(5) qué relación mantiene con las instituciones, con el Congreso o con las Fuerzas Armadas, por tanto, su posición ante el régimen político;

(6) qué relación, respectivamente, con la clase dominante, y con la clase trabajadora;

(7) con que tipo de partido o movimiento y/o su instrumento de lucha;

(8) quién lo apoya o cuál es su base social, y la dimensión electoral de su audiencia;

(9) cuáles son sus relaciones y apoyos internacionales;

(10) de dónde viene el dinero o cuáles son sus fuentes de financiamiento;

Siguiendo este pequeño esquema, y considerando estos diez criterios, podemos concluir que:

  1. El origen social de Bolsonaro es la pequeña-burguesía plebeya. La búsqueda de ascenso social rápido a través de una carrera de oficial en el Ejército, no fue incomún, durante generaciones, especialmente entre los euro-descendientes. Ella exigía un desempeño escolar inferior a las carreras de medicina, derecho, ingeniería, en las Universidades Públicas (además de ofrecer un sueldo desde el inicio), y ofrecía como recompensa estabilidad, y una remuneración, comparativamente, mucho más elevada que la de un profesor de educación física. Este origen de clase explica algunas obsesiones de Bolsonaro: el racismo rencoroso, el resentimiento social, el anticomunismo feroz el nacionalismo suburbano, la fascinación por el modo de consumo de la clase media norteamericana, el rencor anti-intelectual.

  1. No se debe juzgar un líder político solamente por lo que dice, sino por lo que él hace. La trayectoria de Bolsonaro, durante los últimos cuarenta años, fue la de un oficial  insubordinado delirante y, después, de un diputado corporativista folclórico marginal en el último escalón del “bajo clero”. Bolsonaro nunca fue brillante. Siempre fue un mediocre, u desaforado, en verdad, un bocón. Bolsonaro está presente en la lucha política desde hace treinta años, y ya acumuló seis períodos de diputado federal. Pero no se puede comprender el lugar, cualitativamente, diferente que ocupa hoy sin analizar el papel de la Lava Jato desde 2014, y la apropiación histórica de la bandera anticorrupción por sectores de la clase dominante. Fracciones de la burguesía ya usaron esa bandera en sus luchas intestina en 1954 para derribar a Getúlio Vargas, en 1960 para elegir a Jânio Quadros, en1964 para legitimar el golpe militar, en 1989 para elegir a Collor de Melo, y en 2016 para fundamentar el impeachment de Dilma Rousseff. Bolsonaro salió de la oscuridad en las movilizaciones por el impeachment entre 2015/16, cuando la exigencia de intervención militar ganó audiencia entre millares de millones que salieron a las calles.

Valerio II

  1. Bolsonaro responde a la demanda de liderazgo fuerte ante la corrupción en el gobierno; de comando ante el agravamiento de la crisis de seguridad pública; de resentimiento frente del aumento del peso de los impuestos a la clase media; de ruina de pequeños negocios bajo la regresión económica; de pauperización por la inflación, de los costos de la educación, salud y seguridad privadas, de orden ante las huelgas y manifestaciones; de autoridad frente al impasse de la disputa política entre las instituciones; de orgullo nacional ante la regresión económica de los últimos cuatro años. Responde, también, a la nostalgia de las dos décadas de dictadura militar en franjas de las clases medias exasperadas. Si eso no fuese poco, conquistó visibilidad dando expresión a la resistencia de ambientes sociales atrasados y reaccionarios frente a la lucha del feminismo, del movimiento negro y LGBT, o hasta los ecologistas.

  1. El proyecto político de Bolsonaro es un régimen bonapartista. Esto significa la subversión del régimen semi-presidencialista establecido en los últimos treinta años. Bolsonaro expresa el repudio de esta clase media contra las conquistas sociales y democráticas de la Constitución de 1988. Bonapartismo, derivado de Bonaparte, inspirado por el modelo francés, significa un régimen autoritario en que la presidencia se eleva por encima de las otras instituciones, Congreso y Poder Judicial, y concentra poderes excepcionales, en nombre de la defensa de la unidad de la nación. Esa es la importancia del slogan “Brasil encima de todo”. Hay varios tipos de bonapartismos. El proyecto de Bolsonaro, apoyado en la movilización de un movimiento de masas de desesperados, sugiere el plan de un régimen que, dependiendo de las condiciones de la lucha político-social, puede llegar a adquirir formas semifascistas.

  1. Las relaciones de Bolsonaro con las instituciones, tanto cuanto sea posible, indica una fuerte representación de las Fuerzas Armadas y de las policías en su posible gobierno. Bolsonaro no es un populista de derecha como Trump. No es, tampoco, solamente un líder autoritaria, que será fácilmente neutralizado por la presión de los principales jefes de la clase dominante, después de derrotar al PT en las elecciones. Luego de la victoria electoral, con una probable mayoría en el Congreso para realizar las enmiendas constitucionales que desea, y pleno aporte del Ejército, Bolsonaro estará legitimado para el ejercicio del poder en condiciones que nadie en la presidencia tuvo desde 1985.

  1. Bolsonaro viene improvisando una relación con la gran burguesía a través de la nominación de Paulo Guedes como su superministro de la economía. Se trata de una improvisación que se acelera. El plan económico presentado es ultraliberal, con énfasis en la privatizaciones indiscriminadas y aceleradas, choque fiscal brutal, y ataque frontal a los derechos de los trabajadores, comenzando por una reforma de la previsión social. Su estrategia es reposicionar a Brasil en el mercado mundial al lado de Estados Unidos contra China. Cuenta para eso con inversiones de Estados Unidos en Brasil para salir del estancamiento. Esta estrategia es coherente como planes estratégicos de los núcleos más poderosos de la burguesía interna, pero no puede ser aplicada sin que haya una gran confrontación social, porque no ocurre, hasta ahora, una derrota histórica de la clase trabajadora brasilera. Una derrota histórica acontece cuando una generación pierde la confianza en s misma, y es necesario un intervalo histórico para que una nueva generación se ponga en movimiento. El 2016/2017 lo que ocurrió -el proceso que culminó con el golpe parlamentario que derribó al gobierno Dilma Rousseff- no fue una derrota histórica. Lo que vivimos fue una inversión desfavorable de la relación social de fuerzas. Una derrota político-social. Pero la evolución de la situación reaccionaria, si no fuera revertida, es una amenaza muy seria

  1. Bolsonaro no se apoya en un partido fascista. Usó como instrumento electoral un partido de alquiler. Pero esta debilidad orgánica fue compensada, ampliamente, por la movilización de un movimiento de masas. Y no anula su caracterización como neofascista. Él podrá, si gana las elecciones, construir un partido del control del Estado. Ya está lanzada una campaña de afiliaciones al PSL que anuncia la intención de conseguir millones de adherentes.

  1. Evidentemente, la inmensa mayoría de los seguidores de Bolsonaro no es fascista. Pero eso no anula que él sea neofascista. Tampoco quiere decir que un núcleo minoritario de sus electores no sea fascista. Lo que define un movimiento, en primer lugar, es su dirección. La audiencia alcanzada por Bolsonaro ya es grande y dinámica lo bastante para que esta corriente sea, en este momento, la mayor en Brasil.

  1. Subestimar a Bolsonaro, o a la capacidad de su corriente en articularse en el terreno internacional sería un grave error. Existe una internacional de extrema-derecha, todavía en formas embrionarias, construyéndose en el mundo, con financiamiento robusto de algunos grandes grupos económicos, que responden al proyecto de una fracción del capitalismo norteamericano de ofrecer resistencia al ascenso de China como potencia proto-imperialista.

  1. El financiamiento de la campaña electoral de Bolsonaro permanece, esencialmente, oscura. En tanto, la potencia de su presencia en las redes sugiere que hay grupos empresariales seriamente involucrados. Algunos de estos grupos ya son, ampliamente, conocidos.

* Militante de Resistencia, organización de la izquierda radical que integra el PSOL, y columnista del portal Esquerda Online. Profesor titular jubilado del Instituto Federal de Educación, Ciencia y Tecnología-IFSP, Doctor en Historia por la USP-Universidad de San Pablo.