El nuevo hallazgo de restos humanos en un predio militar se produjo en una zona que ya había sido inspeccionada entre 2005 y 2006, sin resultados. Esto fue posible a partir de un cambio en la metodología de búsqueda, que implicó una intervención total sobre el terreno. Sin embargo, esto reaviva la necesidad de una política concreta para buscar información de calidad, que ayude a saber dónde están los desaparecidos que aún faltan.

Mauricio Pérez

Brecha, 30-8-2109

Correspondencia de Prensa, 30-8-2019

La pala de la retroexcavadora se clavó en la tierra. Como miles de veces antes. Pero esta vez, además de tierra, la pala dejó entrever rastros de cal sobre la pared de la trinchera. Un rastro más intenso que lo normal. Un rastro que debía analizarse, por lo que se inició el trabajo manual para abrir el cuadrante contiguo. El reloj marcaba el mediodía del martes 27 de agosto. Horas después, el Grupo de Investigación de Arqueología Forense (Giaf) confirmó que ese rastro de cal representaba lo que presumían: allí había restos humanos.

El hallazgo se produjo en la trinchera 3896, sobre los fondos del Batallón 13, a unos 80 centímetros de profundidad, en la margen del arroyo Miguelete, sobre una barranca. Una zona anegable y de difícil acceso, que dificultaba la intervención arqueológica. El lugar se ubica a unos 100 metros del sitio donde, en 2005, fueron hallados los restos del escribano Fernando Miranda, padre del presidente del Frente Amplio, Javier Miranda.

El retiro de los restos se hizo contrarreloj, a raíz del anuncio de fuertes lluvias. El trabajo se extendió día y noche, hasta que se pudo recuperar el cuerpo entero. Los restos fueron trasladados a la sede del Giaf, para limpiarlos, acondicionarlos y definir su perfil biológico (estimar sexo, edad y altura). El estudio de Adn se realizará en un laboratorio especializado en Argentina y una muestra testigo quedará en custodia del Instituto Técnico Forense (Itf), dependiente del Poder Judicial. Recién en dos semanas se podrá saber la identidad.

En este sentido, el fiscal especializado en crímenes de lesa humanidad Ricardo Perciballe dijo a Brecha que el hallazgo es parte de “un trabajo importante e intenso” que se estaba haciendo en ese lugar desde hacía algunos años. Según recordó, buena parte del predio militar está “cautelado” desde 2011, en el marco de la indagatoria penal por el secuestro y la desaparición de María Claudia García de Gelman.

Los integrantes de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos fueron informados, apenas se confirmó el hallazgo, por el coordinador del Grupo de Trabajo por Verdad y Justicia, Felipe Michelini. Al otro día, ingresaron al batallón para interiorizarse de los pormenores del hallazgo. Mientras estaba en el lugar, Ignacio Errandonea dijo a Brecha que recibió la noticia con una mezcla de sensaciones: “Fundamentalmente, ansiedad; por un lado, bronca; por otro lado, la seguridad de que los vamos a encontrar. En definitiva, debemos seguir buscando y pidiendo que se profundicen los trabajos”.

Zona clave

Desde hace unos dos años, la búsqueda de restos de desaparecidos se concentra en el predio del Batallón 13. Allí funcionó el centro clandestino de detención 300 Carlos y allí fueron hallados los restos de Miranda. El lineamiento fue excavar toda el área cautelada –unas 12 hectáreas– para despejar dudas sobre posibles enterramientos clandestinos (veáse “La búsqueda sin farándula”, Brecha, 19‑VII‑19).

Esa decisión se adoptó por la falta de información precisa sobre sitios de enterramiento, dijo Alicia Lusiardo, referente del Giaf, a Brecha. “Casi nunca hemos tenido un dato preciso”, agregó. Antes del hallazgo, ya se había intervenido 85 por ciento del área cautelada, lo que corresponde a 56 por ciento de las 22 hectáreas que conforman el predio del batallón. Según Lusiardo, el hallazgo se produjo durante un trabajo de rutina, como parte de la estrategia metodológica que se diseñó para intervenir en todo el predio y despejar las dudas que pudieran quedar en torno a posibles enterramientos en el área.

Testimonios de ex soldados y croquis anónimos referían a enterramientos clandestinos detrás de la cancha de fútbol y el monte de sauces, en la margen del arroyo Miguelete.(1) Si a eso se le suma el hallazgo de los restos de Miranda, esa zona del batallón se transformó en un sitio de sumo interés para la búsqueda.

Incluso, la zona del hallazgo había sido inspeccionada durante los trabajos efectuados entre 2005 y 2006. Aquella vez se hizo una intervención parcial, con distancia de metros entre trincheras. “Nosotros trabajamos en una zona que estaba muy alterada y la cobertura habrá sido del 85 por ciento (…); excavamos en un bosque, había que mover las máquinas. No es una ciencia exacta”, afirmó a Brecha José López Mazz, referente del equipo universitario de antropología en esa época.

Esa zona tenía interés por los testimonios recopilados –relató–, pero también porque el análisis de imágenes fotográficas daba cuenta de que entre 1983 y 1985 el área “fue forestada de manera maniática”, lo que parecía sospechoso. “Nos pareció que estaban maquillando algo deliberadamente y lo que hicimos fue recticularla y la excavamos; nos quedaron pedazos, que fue donde ahora se fue a trabajar”, agregó López Mazz.

Esta intervención se realizó con un cambio en la metodología. Según Lusiardo, de una intervención parcial se pasó a una intervención sistemática, exhaustiva, sin espacio entre trincheras, para abarcar todo el terreno: “Era la única manera de intervenir” con la información vaga e imprecisa que se tenía. Tras varios meses, esa nueva estrategia dio resultado. López Mazz reconoció que esa modalidad de intervención fue positiva: “Hubo un hallazgo, y eso demuestra que fue correcto”.

Con el hallazgo, según Lusiardo, se refuerza aún más el interés de excavar en toda la franja del arroyo Miguelete que se ubica dentro del batallón. “Hay bastante terreno a la costa del arroyo para excavar”, enfatizó, pero prefirió no aventurar sobre la posibilidad de que allí, en la margen del curso de agua, haya otros cuerpos enterrados.

Un patrón

Los primeros huesos en aparecer fueron el cráneo y la clavícula, pero con el correr de las horas se pudo recuperar todo el cuerpo. En este sentido, se pudo establecer que se trata de un enterramiento primario e individual, que sigue el mismo patrón de los otros cuatro cuerpos hallados en predios militares: Miranda, Ubagesner Chaves Sosa, Julio Castro y Ricardo Blanco.

Algo que los identifica es el uso de cal, que se utilizaba para acelerar la descomposición del cuerpo. “La cal que les colocaron a estos cuerpos es tan abundante que llama la atención”, afirmó Lusiardo. En este sentido, la referente del Giaf dijo que a partir de estos resultados, a su entender, no existen indicios de la existencia de la Operación Zanahoria, el supuesto operativo de exhumación y posterior destrucción de restos de desaparecidos realizado por personal militar en 1984.

Incluso, horas antes del hallazgo, el fiscal Perciballe solicitó el archivo de la indagatoria penal sobre la existencia de esa operación (Búsqueda, 28‑VIII‑19). Esa causa se abrió tras una denuncia presentada por el senador Rafael Michelini en 1997, ante versiones que daban cuenta de la exhumación de restos en predios militares. Según Perciballe, no existen elementos para confirmar la verosimilitud de esa hipótesis, al tiempo que el hallazgo de restos en predios militares contradecía la versión consignada, por ejemplo, en el informe oficial elevado por el Ejército al Poder Ejecutivo en 2005.

Sin embargo, López Mazz insistió en que esa operación existió. “Estoy absolutamente convencido; lo he publicado y creo que sobran las pruebas”, señaló a Brecha. Para López Mazz, ese operativo de desenterramiento se demuestra con el hallazgo, también en el Batallón 13, de un fragmento óseo correspondiente a un radio izquierdo (el antebrazo), que podría pertenecer a una mujer. Esa pieza fue sometida a un triple examen de Adn (en Uruguay, Argentina y España), sin éxito, ya que no se logró extraer material genético.

Según el ex referente del equipo de antropólogos, ese hallazgo se produjo en un lugar donde un ex militar señalaba la existencia de desenterramientos, donde la tierra “estaba dada vuelta” y donde sólo se encontró ese fragmento óseo. “Entiendo que es lógico que la nieguen frente a la eventualidad de que el poder político les diga que no vale la pena buscar. Entiendo el reparo de Familiares, pero como científico voy a la cancha de Cerro a discutirlo, a donde sea”, enfatizó.Uruguay3008 III

Sin embargo, la búsqueda de restos debe continuar, porque “quedan muchísimos” cuerpos para buscar y recuperar. “Pienso que (la operación zanahoria) fue acotada, que recuperaron algunos (cuerpos) que recordaban, pero si los enterraban de noche era difícil encontrarlos a todos”, apuntó. A esto se le suma que la dictadura se extendió durante 12 años, lo que significa que los comandos que mataron gente no fueron siempre los mismos, por lo que tienen que haber variado los patrones de ejecución y enterramiento, lo que también hace prever que esa operación de exhumación de restos no haya sido exhaustiva.

Otros sitios

La referente del Giaf, Alicia Lusiardo, apuntó que desde el comienzo de los trabajos, en 2005, se han señalado unos cincuenta sitios en todo el país como posibles lugares de enterramientos clandestinos. Actualmente, el equipo concentra su trabajo en el Batallón 13, pero con intervenciones puntuales en otros lugares, como el Batallón 14 y un predio privado en Neptunia, donde los resultados no han sido positivos.

Por ejemplo, la especialista dijo que se aguarda el resultado de una investigación con georradar (ground penetrating radar, Gpr, una técnica geofísica no destructiva), que el Equipo Argentino de Antropología Forense aplicó en las proximidades de una edificación del Batallón 14. El objetivo de esa inspección es detectar indicios de posibles movimientos de tierra o cavidades en el subsuelo. El resultado de este trabajo se conocerá en los próximos días. En el Batallón 14 fueron hallados los restos de Julio Castro y Ricardo Blanco.

Sin embargo, Lusiardo dijo que la búsqueda de restos requiere información específica. En este sentido, explicó que las excavaciones son parte de un proceso que permite contrastar esa información que se presenta con otras fuentes a disposición del Giaf, con el objetivo de “reconstruir un circuito represivo” y delinear cuáles son las zonas de interés para la búsqueda.

Para Lusiardo, el Batallón 13 es un área de sumo interés, porque allí se reconstruyó un circuito represivo: allí funcionó el 300 Carlos, allí desaparecieron personas, allí hay testimonios sobre enterramientos y allí se produjo el hallazgo de dos cuerpos. Eso abre la posibilidad de, en un futuro, extender las excavaciones a otras áreas del batallón. “Cuando terminemos con el área cautelada, vamos a haber terminado con buena parte del batallón”, afirmó Lusiardo.

Nota

1) Informe final 2005‑2006. Investigaciones arqueológicas sobre detenidos‑desaparecidos en la dictadura cívico‑militar, tomo V.

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Falta algo

Tras el hallazgo de nuevos restos humanos en un predio militar, Ignacio Errandonea, integrante de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, dijo que es indispensable seguir adelante con la búsqueda exhaustiva que se inició en los últimos tiempos y permitir terminar con las dudas que persisten sobre otros posibles enterramientos en el Batallón 13. Según Errandonea, este método es el más adecuado ante la “ausencia de información” que existe sobre lugares de enterramiento.

“Está faltando la búsqueda de información. No puede ser que haya que dar vuelta la tierra de todo un batallón; habría que ir a sitios precisos”, afirmó el integrante de la organización. En este sentido, aseguró que Familiares está en favor de la decisión de trasladar la búsqueda de restos a la Institución Nacional de Derechos Humanos, ya que esto permitirá crear un equipo de investigación, con potestades para investigar en profundidad. “Siempre hemos criticado la ausencia de la búsqueda específica de información; esto no puede depender de cuestiones voluntarias”, reflexionó.

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Algunas consideraciones relevantes

Samuel Blixen

1. El Batallón de Infantería número 13 integraba un complejo militar que agrupaba, además del 13, al Servicio de Material y Armamento (Sma) y al Batallón de Transmisiones número 1. Las tres unidades estaban delimitadas por cercos, portones y garitas, pero compartían un territorio común.

2. Ese complejo, a diferencia del resto de las unidades del Ejército, dependía directamente del comandante del Ejército, y las dos unidades de combate (el 13 y Transmisiones) eran definidas como “la reserva” del Ejército. Por tanto, los comandantes de las tres unidades respondían –junto con el Batallón de Infantería número 14– también directamente al comandante y no al jefe de la División de Ejército I, de la que dependía el resto de las unidades de combate de Montevideo y Canelones.

3. Desde mediados de 1975, el complejo, llamado comúnmente “13 de Infantería”, fue centro de operaciones del Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas; el Ocoa dependía directamente del segundo comandante de la División de Ejército I.

4. Un galpón del Sma fue destinado principalmente para el depósito de los prisioneros políticos capturados por el Ocoa; se le conoció como “300 Carlos” o “Infierno Grande”. Los detenidos podían ser torturados en el galpón o en Transmisiones 1, que también colaboraba con el Ocoa. Toda la oficialidad del complejo actuaba, logística y operativamente, para las necesidades del Ocoa (como ejemplo: el general Miguel Dalmao, procesado por la muerte de Nibia Sabalsagaray, era oficial de Transmisiones 1).

5. Antes, el Ocoa utilizaba como centro de operaciones las instalaciones de distintas unidades, hasta que tuvo su primer centro clandestino en la llamada “casa de Punta Gorda”. (Ejemplo: Roberto Gomensoro fue torturado y falleció en Artillería 1, sede transitoria del Ocoa, y Luis Eduardo González desapareció después de ser torturado en el sexto de Caballería, otro local transitorio del Ocoa.) En 1977, el Ocoa abandonó el 300 Carlos y tomó posesión de La Tablada como centro de operaciones, denominada “Base Roberto”.Uruguay3008 II

6. Los restos del escribano Fernando Miranda, detenido el 30 de noviembre de 1975 por el Ocoa y trasladado al 300 Carlos, fueron hallados en el 13 de Infantería, cerca del arroyo Miguelete, que bordea el batallón. Los otros cuatro restos de desaparecidos fueron ubicados, dos de ellos en el Batallón de Infantería 14, uno en la chacra de Pando y otro en el lago de la represa de Rincón del Bonete.

7. El esqueleto que acaba de ser ubicado, a unos 40 metros de donde fue enterrado Miranda, casi con seguridad pertenece a alguno de los desaparecidos secuestrados entre octubre de 1975 y diciembre de 1976 por el Ocoa, en su gran mayoría víctimas de la llamada “Operación Morgan”, y ello, en principio, descarta a los desaparecidos que permanecieron en la Casona de Millán o en La Tablada, a partir de 1977.

8. Estos dos enterramientos están ubicados en una zona anegable debido a las crecidas del arroyo. Por lo tanto, es lícito presumir que su deceso y enterramiento ocurrió en una época en que el nivel del agua era bajo.

9. Los últimos restos hallados cubiertos de cal corresponden a un enterramiento primario. Esa característica es compartida por los otros cuatro restos desenterrados, y cada uno de esos casos fortalece la hipótesis de que no existió una llamada “Operación Zanahoria”, que supuestamente desenterró los cuerpos ocultos en las unidades militares. Las excavaciones que se vienen realizando desde 2005 tampoco aportaron evidencia de remoción de tierras. Cada vez más se tiene la convicción de que la “Operación Zanahoria” fue un elemento para desestimular la búsqueda de enterramientos clandestinos en unidades militares.

10. Después de la aparición de Miranda, se desistió de buscar en la zona próxima. Cuando los nuevos responsables del Giaf delinearon un sistema metódico para las excavaciones, fueron surgiendo “datos” que obligaban a excavar en otros predios: en “La Montañesa”, en el 14 de Infantería, en la chacra de Pajas Blancas (sugerida por el ex comandante Manini Ríos), o “aparecían” granadas y drones que obligaban a suspender los trabajos. Estas “distracciones”, y la confusión que generaba el volumen de testimonios imprecisos, llevaron a tomar la determinación de barrer todo el 13 de Infantería. Ese trabajo metódico produjo el reciente hallazgo.