{"id":6840,"date":"2019-03-07T17:42:39","date_gmt":"2019-03-07T20:42:39","guid":{"rendered":"http:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=6840"},"modified":"2019-03-07T17:42:39","modified_gmt":"2019-03-07T20:42:39","slug":"colombia-venezuela-la-guajira-el-hambre-cruza-la-frontera-eugenia-rodriguez-cattaneo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=6840","title":{"rendered":"Colombia\/Venezuela &#8211; La Guajira. El hambre cruza la frontera.   [Eugenia Rodr\u00edguez Cattaneo]"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align:justify;\"><strong>Un tramo olvidado de la divisoria entre Colombia y Venezuela<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\"><strong>La Guajira, uno de los departamentos m\u00e1s pobres de Colombia, ha recibido m\u00e1s de 100 mil inmigrantes venezolanos. En este departamento, han muerto de hambre 4.770 ni\u00f1os en los \u00faltimos ocho a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\"><strong>Eugenia Rodr\u00edguez Cattaneo, desde La Guajira<\/strong><\/p>\n<p><strong>Brecha, 22-2-2019<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"https:\/\/brecha.com.uy\/\">https:\/\/brecha.com.uy\/<\/a><\/strong><\/p>\n<p><strong>Correspondencia de Prensa, 7-3-2019<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Las trochas arrancan justo al lado de la oficina de migraci\u00f3n colombiana en el paso fronterizo de Paraguach\u00f3n, en La Guajira. Las m\u00e1s conocidas son \u201cla ochenta\u201d y \u201cla cortica\u201d, pero se estima que hay alrededor de ciento ochenta trochas a lo largo de la frontera entre el departamento colombiano y el estado de Zulia, en Venezuela.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Una gigantograf\u00eda de Hugo Ch\u00e1vez y Nicol\u00e1s Maduro da la bienvenida a Venezuela. Unos doscientos metros separan la valla colombiana de la venezolana en Paraguach\u00f3n. Decenas de personas cargadas de bolsos y ni\u00f1os, vendedores de zumo y de pl\u00e1tanos, cambistas, maleteros, polic\u00edas y militares van y vienen de una valla a otra.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El paso fronterizo, cerrado para veh\u00edculos, est\u00e1 abierto para peatones, pero, aun as\u00ed, la mayor\u00eda de las personas no tiene los documentos necesarios para cruzar la frontera. Nunca han tenido, no pueden pagarlos, se los han robado o se los secuestra la propia polic\u00eda fronteriza para pedirles coima. Tal es la corrupci\u00f3n entre los oficiales a cargo que se hace imposible cruzar sin dejar all\u00ed todo el dinero. La \u00fanica opci\u00f3n para los migrantes es \u201ccruzar por trocha\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Los cientos o tal vez miles de personas que cruzan cada d\u00eda de manera ilegal por las trochas, los senderos que serpentean entre los arbustos y los cactus del desierto de La Guajira, son guiados por ind\u00edgenas way\u00fas. La zona, \u00e1rida y polvorienta, en la que el cambio clim\u00e1tico ha hecho desaparecer las reservas de agua, es tan inh\u00f3spita que nadie se arriesga a cruzar sin gu\u00eda: el calor seco y el sol inclemente son una barrera impenetrable.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Decenas de veh\u00edculos llegan y salen a toda hora. Motos, autos o camiones, en los que se amontonan los migrantes, muchas veces de pie, entre bolsos de equipaje, bidones de combustible y cajas de todo tipo de mercanc\u00eda. Un negocio multimillonario que tal vez escape al control de las autoridades, pero no al de las mafias.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u201cLa trocha no deber\u00eda existir, no deber\u00eda la gente tener que pasar por una trocha\u201d, repiten todos. \u201cAll\u00ed es tierra de nadie.\u201d Las mafias se pelean por el control de los caminos, un negocio de miles de d\u00f3lares. Cada migrante paga por pasar y por el cargamento que lleve. Los precios var\u00edan cada d\u00eda seg\u00fan el tipo de transporte y el cambio de la moneda. Se pagan \u201cpeajes\u201d por todas partes y, aunque se paguen, las bandas de criminales que pululan en la zona asaltan a los migrantes. A los que se defienden, los matan. A las mujeres que quieren, las violan. A los que las defienden, los matan. El desierto es un cementerio en el que no se marcan las tumbas y, dicen todos en voz baja, hay decenas de fosas comunes.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Deber\u00eda ser tierra way\u00fa, porque este territorio es habitado mayoritariamente por ind\u00edgenas de esa etnia y para ellos la circulaci\u00f3n es libre entre ambos pa\u00edses. Pero es tierra de nadie. All\u00ed manda el m\u00e1s fuerte, que es uno hoy y puede ser otro ma\u00f1ana. El contrabando de ingentes cantidades de combustible barato desde Venezuela motiv\u00f3 el cierre de fronteras. Hoy, el negocio florece sin grandes restricciones, como puede comprobar cualquiera que recorra la zona: a lo largo de las rutas de La Guajira, peque\u00f1os puestos polvorientos ofrecen combustible en botellas, o \u201cpipinas\u201d. En la ruta de acceso a Uribia, decenas de camionetas despachan combustible a 20 mil pesos colombianos (200 pesos uruguayos) \u201cel grande\u201d, un bid\u00f3n de cinco galones (19 litros, unos diez pesos uruguayos el litro).<\/p>\n<p style=\"text-align:center;\"><strong>\u201cNo somos mercenarios\u201d <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Dice entre risas, y a modo de saludo, un muchacho de 20 a\u00f1os, vestido con jeans rotos y remera de marca italiana. Somos seis desconocidos apretados en un \u201ccarrito\u201d, un taxi compartido, que va desde la ciudad de Maicao hasta Paraguach\u00f3n, el paso fronterizo con Venezuela. \u201c\u00bfEstamos bien?\u201d, pregunta el chofer sin esperar ninguna respuesta, y arranca a toda velocidad por la carretera calcinante.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">A mi lado va Yanelis. Viene de Bogot\u00e1, donde visit\u00f3 a sus hijos. Uno est\u00e1 trabajando y la m\u00e1s chica, de 15, estudiando. El gobierno colombiano facilita los tr\u00e1mites para que los venezolanos puedan seguir sus estudios en el pa\u00eds. En Maracaibo est\u00e1 su esposo, profesor, igual que ella. Resistir\u00e1n todo lo posible, porque tienen all\u00ed su casa y empezar de cero en otro pa\u00eds, a su edad, ya no es una opci\u00f3n. Yanelis sellar\u00e1 su pasaporte en migraci\u00f3n como si hubiera salido de Colombia y luego seguir\u00e1 hasta la valla venezolana, donde sellar\u00e1 su pasaporte como si hubiera entrado en Venezuela. Despu\u00e9s, desandar\u00e1 el camino y entrar\u00e1, con su carga, por una trocha. Dice que el viaje es dif\u00edcil, por la cantidad de peajes que debe pagar en el trayecto, pero es preferible a pasar por la frontera legal. Son diez o veinte cuerdas \u2013una simple piola que corta el paso, sostenida por ni\u00f1os o mujeres la mayor\u00eda de las veces\u2013, en las que hay que pagar cinco o diez mil pesos (cincuenta o cien pesos uruguayos). Tambi\u00e9n hay bandas armadas, con las cabezas tapadas por pa\u00f1uelos y pasamonta\u00f1as.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014\u00bfSon colombianos o venezolanos?<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014No lo sabemos. S\u00f3lo pagamos y nos quedamos quietos en el cami\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align:center;\"><strong>Paraguach\u00f3n <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Vendedores ambulantes, viajeros y migrantes se mueven como una marea bajo el sol enceguecedor. Al costado del paso fronterizo funciona un comedor comunitario del Programa Mundial de Alimentos (Pma) de Naciones Unidas. Para \u201cpoblaci\u00f3n venezolana y colombianos retornados\u201d, dice el cartel.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"6842\" data-permalink=\"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?attachment_id=6842\" data-orig-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/correspondenciadeprensa.com\/wp-content\/uploads\/2019\/03\/guajira73-ii.jpg?fit=1280%2C848&amp;ssl=1\" data-orig-size=\"1280,848\" data-comments-opened=\"0\" data-image-title=\"Guajira73 II\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/correspondenciadeprensa.com\/wp-content\/uploads\/2019\/03\/guajira73-ii.jpg?fit=656%2C435&amp;ssl=1\" class=\"  wp-image-6842 alignleft\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/correspondenciadeprensa.com\/wp-content\/uploads\/2019\/03\/guajira73-ii.jpg?resize=507%2C336&#038;ssl=1\" alt=\"Guajira73 II\" width=\"507\" height=\"336\" \/>En un rinc\u00f3n, a la sombra de un \u00e1rbol reseco, esperan, sentados, mujeres y ni\u00f1os way\u00fa. Se los reconoce por los rasgos y las \u201cmantas\u201d, la vestimenta t\u00edpica, que consiste en una t\u00fanica entera, casi hasta los tobillos, bordada de colores.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014\u00bfEsperan para comer? \u2013preguntamos.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El hombre, raqu\u00edtico, apoyado en una carretilla hecha de hierros y tablones de madera, nos mira en silencio. Las mujeres empiezan a hablar. S\u00ed. Esperan para comer. Est\u00e1n all\u00ed desde las siete de la ma\u00f1ana, y son pasadas las doce del mediod\u00eda. Vienen todos los d\u00edas desde Potrerito, una localidad del estado de Zulia, en Venezuela. Desayunan a las siete, se quedan toda la ma\u00f1ana all\u00ed, esperando el almuerzo, y regresan. El hombre, animado por la conversaci\u00f3n, agrega: \u201cTambi\u00e9n vienen de Moina, Paraguaipoa y muchas otras comunidades\u201d. Con su carretilla hace changas, cuando salen, cargando los bolsos de los viajeros de una valla a otra. Cinco ni\u00f1os \u2013el m\u00e1s grande, de 3 a\u00f1os, y la m\u00e1s peque\u00f1a, una beb\u00e9\u2013 se recuestan agotados en las piernas de sus madres. Una de ellas tiene siete hijos, la otra, nueve, pero los m\u00e1s grandes no vinieron hoy, porque empezaron la escuela.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014\u00bfComen en la escuela?<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014No, ya no. Antes s\u00ed les daban la comida, ahora ya no hay.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Cada d\u00eda viajan tres horas, por lo menos, para llegar al comedor. En lo que haya: a dedo, en cami\u00f3n, en moto y otras veces a pie.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Una portezuela met\u00e1lica da a un patio semitechado, donde funciona el comedor. En las mesas de pl\u00e1stico, muy prolijas y limpias, se empiezan a acumular los comensales. Ni\u00f1os y mujeres, casi todos ind\u00edgenas. Hoy sirven frijol rojo, arroz, jugo de guayaba y tortilla. Algunos comen con avidez, otros vuelcan sus platos en t\u00e1peres, latas o bolsas. El encargado nos dice que se reparten 2 mil raciones por d\u00eda, que de momento alcanzan, pero nunca sobran. Explica que se reparten 2 mil porciones de desayuno y 2 mil de almuerzo cada d\u00eda. El comedor, que funciona desde hace cuatro meses, est\u00e1 destinado a los inmigrantes, que, previo registro con un documento, pueden comer all\u00ed durante dos semanas.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Una mujer nos interrumpe: dice que una amiga suya no puede venir, pero que est\u00e1 pasando muy mal, que si le puede llevar una raci\u00f3n. No tiene ning\u00fan documento, dice. El encargado solucionar\u00e1 el problema. Nadie se queda sin comer. S\u00ed, el objetivo es que coman all\u00ed los migrantes de paso, pero la pobreza en la zona es tal que la mayor\u00eda de los comensales son de los pueblos vecinos.<\/p>\n<p style=\"text-align:center;\"><strong>Maicao<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El centro de Maicao, ca\u00f3tico y polvoriento, est\u00e1 lleno de vendedores de herramientas y candados. \u201cEs lo que toca estos d\u00edas\u201d, me dicen. Son todos venezolanos. Meses atr\u00e1s ten\u00edan productos de limpieza, antes electrodom\u00e9sticos de segunda mano. Maicao est\u00e1 saturada de venezolanos. En las calles, en los comercios, vendiendo, pidiendo limosna, o simplemente sentados all\u00ed, esperando que algo pase.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">En pleno centro de Maicao, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) tiene un albergue transitorio para inmigrantes, junto con la Di\u00f3cesis de Riohacha y el Secretariado de Pastoral Social. \u201cNo te dejar\u00e9 ni te desamparar\u00e9. Hebreos 13:5\u201d, dice en el frente en letras muy grandes. Adentro, en un local limpio e impoluto, se reciben migrantes por un m\u00e1ximo de tres d\u00edas y luego estos deben seguir su camino. Afuera, en una vereda atiborrada de colchones, atados de ropa, mantas y carros, acampan todos los dem\u00e1s.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Al llegar, una ni\u00f1a se tira sobre mis piernas y me abraza. \u201cLe tiene miedo a la polic\u00eda\u201d, me dice otro ni\u00f1o entre risas. \u201cLlora cuando viene la polic\u00eda\u201d,dice otro. \u201cNo somos la polic\u00eda\u201d, les respondo. La ni\u00f1a se r\u00ede y de pronto media docena de peque\u00f1os de no m\u00e1s de tres a\u00f1os me tiene rodeada. Son los que viven \u201cafuera\u201d, los migrantes que han llegado hace m\u00e1s de tres d\u00edas; algunos llevan all\u00ed m\u00e1s de un a\u00f1o. La polic\u00eda los desaloja cada noche, pero vuelven, simplemente, porque no tienen a d\u00f3nde ir.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014Yo duermo en El Coliseo \u2013bromea Yaribel. Es venezolana. Est\u00e1 embarazada de siete meses.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El Coliseo es un restaurante delante del cual hay una gran explanada.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014Han dicho que abrir\u00e1n un campo de refugiados \u2013dice, o pregunta, toc\u00e1ndose la panza.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Cuando est\u00e9 por tener a su hijo, podr\u00e1 quedarse dentro del refugio unos meses. La mayor\u00eda de los inmigrantes vive en asentamientos precarios, en edificios abandonados o en las veredas cercanas a los lugares donde piden comida.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u201cMa\u00f1ana nos tenemos que ir\u201d, nos dice una chica apenas nos acercamos al mostrador del refugio. Va camino a Barranquilla, donde est\u00e1 una prima suya que puede conseguirle trabajo. El problema es que no tiene documentos y en el Acnur no se los pueden conseguir. Sus hijos quedaron en alg\u00fan lugar de los llanos venezolanos, con su madre. Al lado est\u00e1 su cu\u00f1ada, embarazada de cinco meses. \u201cNos robaron todo en la trocha\u201d, dice, \u201cno tenemos m\u00e1s dinero ni documentos\u201d. Pero, aun as\u00ed, ma\u00f1ana tendr\u00e1n que ir a la calle.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014\u00bfLes robaron colombianos o venezolanos?<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014No se sabe. En las trochas todos van encapuchados y con armas.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Est\u00e1 \u201cmuy fuerte\u201d, repiten, refiri\u00e9ndose a que es muy peligroso.<\/p>\n<p style=\"text-align:center;\"><strong>Riohacha <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Riohacha, la capital de La Guajira (de donde partieron los Buend\u00eda en Cien a\u00f1os de soledad), tiene una larga rambla sobre el mar Caribe, que me recuerda a Montevideo. Es una de las ciudades donde m\u00e1s se ha sentido la llegada de venezolanos en los \u00faltimos dos a\u00f1os.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014A la Plaza de la India \u2013le pido al taxi.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014A la plaza de los venezolanos \u2013responde el taximetrista con sorna.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Me deja delante de la estaci\u00f3n de polic\u00eda, justo enfrente de la Plaza de la India. La polic\u00eda tolera la presencia de decenas de venezolanos que acampan all\u00ed. Colchones, mantas, bolsas de ropa y comida se esparcen por toda la plaza, arriba de los \u00e1rboles y en los bancos de cemento. A veces los desalojan, pero saben que volver\u00e1n, simplemente porque no tienen a d\u00f3nde ir.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014Si, vivo aqu\u00ed \u2013dice casi con despecho Eliza, se\u00f1alando un atado de ropa, que es todo lo que tiene.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Los primeros d\u00edas se los pas\u00f3 llorando. Despu\u00e9s se dijo que podr\u00eda salir adelante y empez\u00f3 a pedir. La gente ayuda muchas veces; otras, le cierran la puerta en la cara. Pero as\u00ed ha sobrevivido un a\u00f1o. Trabajo no hay.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014Hay demasiados venezolanos. A veces te toman para limpieza o para trabajos de mostrador, pero al final del d\u00eda si quieren no te pagan y no hay a qui\u00e9n reclamar.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Vende \u201ctinto\u201d \u2013caf\u00e9 negro\u2013, cigarrillos y agua en la plaza. Con eso saca unos cinco mil colombianos al d\u00eda (algo as\u00ed como cincuenta pesos), con los que se sostiene. Para ir al ba\u00f1o tiene que pagar mil pesos en una casa cerca de all\u00ed. Por dormir en el balc\u00f3n, otros cinco mil. A veces la dejan dormir en el patio de una panader\u00eda a media cuadra. Come en un comedor comunitario financiado por el Pma y la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. Otras veces llegan Ong que reparten comida y ropa. No hay ni\u00f1os all\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014Vinieron un d\u00eda los de Bienestar Familiar y se los llevaron a un refugio \u2013dice Eliza\u2013. Dicen que no podemos cuidarlos. Nos los entregan los viernes, para que pasen el fin de semana con nosotros, y se los vuelven a llevar los lunes. All\u00ed les dan comida y abrigo, y van a la escuela. Est\u00e1n bien all\u00ed \u2013dice con tristeza\u2013, y podemos verlos un rato por la tarde.<\/p>\n<p style=\"text-align:center;\"><strong>Comedor<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Se para con verg\u00fcenza lejos de la cola de quienes esperan para recibir su raci\u00f3n de comida. Tiene cara de ni\u00f1o, los ojos verdes, enormes, remera de marca y una mochila negra al hombro. Lleg\u00f3 esta ma\u00f1ana de Maracaibo, donde dej\u00f3 a su esposa y sus dos hijos. Viene a vender en Colombia lo que tiene en su casa: esta vez, su computadora. La desarm\u00f3 y la pas\u00f3 en un cami\u00f3n por la trocha. En Colombia compra cosas b\u00e1sicas para su familia: pasta de dientes, jab\u00f3n, arroz. Estaba en el sexto semestre de ingenier\u00eda, pero ya no pod\u00eda pagar ni la universidad, ni la comida de su familia, ni nada. Ahora est\u00e1 vendiendo en Colombia lo poco que tiene en Venezuela, para irse a Ecuador. Quisiera ahorrar para llegar a Quito, donde tiene un empleo posible, pero pasa el tiempo y, si no consigue el dinero para llegar, lo va a perder.<img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"6841\" data-permalink=\"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?attachment_id=6841\" data-orig-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/correspondenciadeprensa.com\/wp-content\/uploads\/2019\/03\/guajira73-iii.jpg?fit=830%2C550&amp;ssl=1\" data-orig-size=\"830,550\" data-comments-opened=\"0\" data-image-title=\"Guajira73 III\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/correspondenciadeprensa.com\/wp-content\/uploads\/2019\/03\/guajira73-iii.jpg?fit=656%2C435&amp;ssl=1\" class=\"  wp-image-6841 aligncenter\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/correspondenciadeprensa.com\/wp-content\/uploads\/2019\/03\/guajira73-iii.jpg?resize=605%2C401&#038;ssl=1\" alt=\"Guajira73 III\" width=\"605\" height=\"401\" \/><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014\u00bfC\u00f3mo pasas lo que traes para vender?<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00ad\u2014Por trocha. Est\u00e1 muy fuerte, est\u00e1 muy fuerte la trocha \u2013repite\u2013. El dinero me toca ponerlo no quiero decirte d\u00f3nde, porque todo te lo roban. A veces te quitan lo que llevas para comer.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Hizo una larga cuenta de lo que gastar\u00eda en ir y volver de Venezuela, para calcular cu\u00e1nto le quedar\u00eda, al cambio de ese d\u00eda, en soberanos. Y era la nada misma, siempre y cuando no se lo robaran.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Se estima que hay m\u00e1s de un mill\u00f3n de venezolanos en Colombia, la mayor\u00eda llegados en los \u00faltimos tres a\u00f1os. El departamento de La Guajira es el tercero con mayor n\u00famero de venezolanos, m\u00e1s de 100 mil, pero ese no es su principal problema. Con cerca de la mitad de la poblaci\u00f3n de la etnia way\u00fa, La Guajira tiene los peores \u00edndices de pobreza del pa\u00eds y la malnutrici\u00f3n alcanza a 77 por ciento de la poblaci\u00f3n, seg\u00fan un estudio del Pma publicado en 2018.<\/p>\n<p style=\"text-align:center;\"><strong>Tierra way\u00fa<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Una piola atada a un palo cierra el paso a los veh\u00edculos que van hacia Cabo de la Vela. Cuatro o cinco ni\u00f1os, que no tendr\u00e1n m\u00e1s de seis a\u00f1os, han puesto un \u201cpeaje\u201d en el camino. Paramos el auto y los ni\u00f1os nos rodean pidiendo monedas y galletitas por las ventanillas. Cuando han reunido 1.000 pesos, bajan la cuerda.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Cruzamos diez o doce de estos \u201cpeajes\u201d camino al Cabo de la Vela, una zona des\u00e9rtica sobre playas paradis\u00edacas, al este de Riohacha. Entre las matas se adivinan peque\u00f1as casetas de barro y madera. Son las rancher\u00edas de las comunidades way\u00fa. En cada curva del camino, en ranchos que apenas se tienen en pie bajo el viento inclemente del desierto, hay mujeres sentadas tejiendo. Las mochilas, las pulseras y los chinchorros, tejidos con exquisitos dise\u00f1os multicolores que invaden las plazas y las ferias de la zona, desde Cartagena de Indias hasta Riohacha, se encuentran aqu\u00ed a un precio de ganga. Los ni\u00f1os extienden las manos, pidiendo cualquier cosa que se les pueda dar.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">En los \u00faltimos ocho a\u00f1os, 4.770 ni\u00f1os way\u00fa murieron de hambre, inform\u00f3 el magistrado de la Corte Constitucional colombiana Alberto Rojas R\u00edos en 2018. Cifras que parecen de una zona de guerra, pero no lo son. En diciembre de 2015, la Comisi\u00f3n Interamericana de Derechos Humanos interpuso medidas cautelares al Estado colombiano y le solicit\u00f3 que tomara acciones a favor de ni\u00f1as, ni\u00f1os y j\u00f3venes way\u00fa para preservar la vida y la integridad de sus comunidades. La solicitud no ha tenido efectos visibles. En las rancher\u00edas m\u00e1s alejadas, hacia el norte, en la Alta Guajira, las mujeres caminan tres horas hasta los pozos de agua y tres horas de regreso. Simplemente, se mueren de sed.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Casi la mitad de la poblaci\u00f3n de La Guajira es de la etnia way\u00fa, la mayor comunidad ind\u00edgena de Colombia. Por un acuerdo entre ambos pa\u00edses, en el territorio de la pen\u00ednsula de La Guajira, que comparten Colombia y Venezuela, los way\u00fa se mueven libremente, porque para ellos no existen fronteras. Su sistema normativo tiene una figura llamada \u201cp\u00fctchip\u00fc\u2019\u00fc\u201d o \u201cpalabrero\u201d, que es el encargado de solucionar los conflictos intra\u00e9t-<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">nicos. Viven de la cr\u00eda de chivos, la pesca y la venta de artesan\u00edas, sobre todo en la zona tur\u00edstica de Cabo de la Vela.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">La ayuda humanitaria, tanto de las organizaciones internacionales y de ONG como del Estado, no llega a las comunidades m\u00e1s alejadas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cada migrante paga por pasar y por el cargamento que lleve. Los precios var\u00edan cada d\u00eda seg\u00fan el tipo de transporte y el cambio de la moneda. 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