{"id":5502,"date":"2018-09-11T16:43:08","date_gmt":"2018-09-11T19:43:08","guid":{"rendered":"http:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=5502"},"modified":"2018-09-11T16:43:08","modified_gmt":"2018-09-11T19:43:08","slug":"literatura-la-senora-woolf-lo-hace-de-nuevo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=5502","title":{"rendered":"Literatura &#8211; La se\u00f1ora Woolf lo hace de nuevo"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Cl\u00e1sico<\/strong><\/h3>\n<h3>Virginia Woolf<\/h3>\n<p><strong>Adaptada al cine como Las horas -primer t\u00edtulo de la novela-, en Mrs. Dalloway volvi\u00f3 a redibujar magistralmente su larga obsesi\u00f3n con el tiempo. Nueva traducci\u00f3n. <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\"><strong>\u00a0<\/strong><strong>Nora Avaro<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\"><strong>\u00a0<\/strong><strong>Revista \u00d1, 5-9-2018,\u00a0<\/strong><strong><a href=\"https:\/\/www.clarin.com\/revista-enie\/\">https:\/\/www.clarin.com\/revista-enie\/<\/a><\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">En octubre de 1922 Virginia Woolf empieza su cuarta novela. Hasta mayo de 1924 la titula Las horas, con el prop\u00f3sito evidente de narrar una jornada completa del verano de 1923, en Londres, y ritmarla con el \u201cirrevocable\u201d e institucional Big Ben en secuencias de unos prolijos quince minutos. El reloj suena, la primera vez, en la ma\u00f1ana, a las cincuenta l\u00edneas (\u201c\u00a1Ahora! El reloj tron\u00f3\u201d), y la \u00faltima, en la noche, a las doscientas p\u00e1ginas (\u201cEl reloj empez\u00f3 a sonar\u201d). Las dos veces quien lo escucha es Clarissa Daloway, en el barrio de Westminster. En Victoria Street cuando va a comprar flores para su fiesta; y luego en plena fiesta, desde la ventana de su casa mientras observa a su vieja vecina. Entre una y otra vez suceden las novelas de varios personajes, de sus trayectos urbanos, estad\u00edas, visitas, raccontos, y de sus v\u00ednculos que, genuinos o afectados (y Woolf hace un tema de esa diferencia), extienden hilos y tensan sus nudos.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">En 1925 Hogarth Press, la editorial que el matrimonio Woolf gestionaba desde 1917 en su propia casa, publica la novela bajo el t\u00edtulo Mrs. Dalloway, la opci\u00f3n que gui\u00f3 a Virginia durante los \u00faltimos meses de escritura. \u00bfA qu\u00e9 se debi\u00f3 y qu\u00e9 hubo en ese cambio?<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Por empezar, y casi seguro: Woolf supo, promediando el \u201cproceso de ajuste\u201d estructural de su relato (\u201cmy tuning process\u201d), que las horas sonantes de la novela iban tejiendo una red dieg\u00e9tica y reflexiva creciente, cada vez m\u00e1s fluida pero, a su vez, m\u00e1s intrincada, y que, en consecuencia, hab\u00eda que encausar su dispersi\u00f3n y sujetarla, desde la tapa, con el nombre de un \u00fanico personaje femenino; un sujeto etimol\u00f3gico que coincidiera, anecd\u00f3tica y estructuralmente, con la figura de una \u201canfitriona\u201d. \u201cUn centro, un diamante\u201d, escribe Woolf, \u201cuna mujer que se sentaba en la sala y era un punto de encuentro\u201d. Entre las funciones de Mrs. Dalloway, adem\u00e1s de recibir en su casa por la noche y preparase desde la ma\u00f1ana para hacerlo, tambi\u00e9n est\u00e1 la de reunir a los personajes en cercan\u00edas de primer grado (Peter Walsh, Mr. Dalloway) o de segundo grado (Septimus intermediado por el \u201coscuramente maligno\u201d doctor Bradshaw).<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Las horas y los minutos, lineales y peri\u00f3dicos en el sonido del reloj, unos tras otras empezaron a resultar del todo insuficientes (\u201clas esferas de plomo se disolv\u00edan en el aire\u201d), y a\u00fan enga\u00f1osos, para indicar, desde el vamos, el volum\u00e9trico, bifurcado, simult\u00e1neo y alternativo Tiempo de una novela que ven\u00eda a agudizar el g\u00e9nero hasta caducarlo. Es decir: a volver superflua la gran mayor\u00eda de las novelas futuras, e ineludibles solo pocas de las anteriores (incluida, como es de rigor anotar, la inmediata Ulises de James Joyce, publicada en 1922, en Par\u00eds, despu\u00e9s de que el matrimonio Woolf la rechazara para Hogarth Press). Tiempo, con la may\u00fascula de Septimus Warren Smith, el veterano de la Gran Guerra, el suicidado de y por la \u00e9poca, el aguafiestas de cualquier fiesta y, sobre todo, de la que importa, la de Clarissa Dalloway. \u201c\u2018La palabra \u2018tiempo\u2019 rompi\u00f3 su c\u00e1scara; derram\u00f3 sus riquezas sobre Septimus; y de sus labios cayeron como astillas, como virutas del cepillo de un carpintero, sin que \u00e9l las pronunciara, palabras duras, blancas, imperecederas, que volaron a ocupar sus lugares en una oda al Tiempo; una oda inmortal al Tiempo\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Por seguir y tal vez: a diferencia de Las horas, el nuevo t\u00edtulo le permit\u00eda a Woolf conectarse al ramal femenino de Madame Bovary (Clarissa tambi\u00e9n recib\u00eda a Emma) y, por su intermedio, a Flaubert, campe\u00f3n jur\u00eddico del indirecto libre, una de las tecnolog\u00edas que, como se ve en la cita anterior, la escritora buscaba rebasar interfiriendo las ciencias positivas del narrador realista desde adentro, en una tercera persona \u201canfitriona\u201d pero absolutamente captada por las primeras de los personajes. As\u00ed: una encrucijada en continuo de horas y voces, que la novelista intentaba dome\u00f1ar, se expand\u00eda a la velocidad del universo y tomaba su tama\u00f1o. Diario, 19 de junio de 1923: \u201cDir\u00e9 que va a ser una lucha endiablada. Su estructura es extra\u00f1a y dominante. Siempre tengo que retorcer mi sustancia para que se adec\u00fae a la estructura\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Mrs. Dalloway dar\u00e1 una fiesta y ella misma sale a comprar las flores; regresa a su casa, cose su vestido de noche y recibe a sus invitados. Camina calles y parques del centro de Londres, plenas de gente y, al ritmo de su paso, de sus recuerdos y balances va destacando a los personajes, los tocados por la ficci\u00f3n novelesca: Hugh Whitbread y su esposa, Sally Setton, Mr. Dalloway, Miss Kilman, su hija Elizabeth\u2026 Peter Walsh, su desentonado amor juvenil. Algunos est\u00e1n invitados a la fiesta y all\u00ed reaparecer\u00e1n en las p\u00e1ginas finales, otros, desconocidos y ausentes, ingresan por un sistema controlado de mediaciones, del que Mrs. Dalloway es soporte.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El ejemplo de Septimus vale en su magnitud. Se cuela en una explosi\u00f3n callejera que los sorprende a Clarissa, a \u00e9l y a todos los transe\u00fantes, pero solo la historia de Septimus gana distinci\u00f3n y relieve, con sus alucinaciones pos b\u00e9licas, los tratamientos de William Bradshaw y su desenlace: \u201c\u00a1Oh! pens\u00f3 Clarissa, la muerte hace su aparici\u00f3n en plena fiesta.\u201d Y m\u00e1s adelante: \u201cEl esplendor de la fiesta se desmoron\u00f3, tan extra\u00f1o era estar sola con todo su lujo. \u00bfPor qu\u00e9 se le hab\u00eda ocurrido a los Bradshaw hablar de la muerte en su fiesta?\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Fue Virginia Woolf quien pens\u00f3, como nadie antes, el entorno concreto de las tareas de escritura. Una distribuci\u00f3n econ\u00f3mica y habitacional determina y hasta supedita fuertemente la elecci\u00f3n de un g\u00e9nero, la estructura general del relato o del poema, la sintaxis de la frase, o el corte de verso. No es lo mismo una novela escrita a expensas de rentas, unas exactas 500 libras anuales, y en soledad, que otra escrita en la sala de estar a la intemperie de familiares y al albur financiero.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Esta es la realidad concluyente de las escritoras, e importa m\u00e1s que sus prop\u00f3sitos mim\u00e9ticos, porque all\u00ed, en el avance de la atenci\u00f3n, el tiempo y el trabajo, se juega la arquitectura art\u00edstica de una obra literaria; sus \u201carcadas y c\u00fapulas\u201d, escribe Woolf, que construy\u00f3 las suyas en un cuarto propio y sin interrupciones. Es algo muy registrado en sus ensayos y escritos \u00edntimos, pero palmario en la incandescente continuidad som\u00e1tica de Mrs. Dalloway, que parece escrita por una diosa colosal de la sincron\u00eda, en una sentada de tres a\u00f1os, sin descanso ni fatigas.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Las traductoras argentinas, Teresa Arij\u00f3n y B\u00e1rbara Belloc, poetas ambas, buenas escuchas de la sinfon\u00eda coral de esta novela, respetan cort\u00e9smente al lector y conf\u00edan en \u00e9l. No lo llaman a cada frase entorpeci\u00e9ndolo con datos que, si fuera imperioso, pueden encontrarse a un clic enciclop\u00e9dico, ni desambiguando t\u00e9rminos o expresiones que el traductor mismo deber\u00eda resolver antes que comentar a pie de p\u00e1gina. Breves notas al final del libro dan informaci\u00f3n sin robarle protagonismo ni a los personajes, ni a la autora, ni al lector, y, desider\u00e1tum woolfiano: sin interrumpirlos.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">\u00bfNecesitan presentaci\u00f3n Mrs. Dalloway y Mrs. Woolf? Quiz\u00e1 hoy, a sus casi cien a\u00f1os, la respuesta sea: desde luego que no. Pero el lector en la mesa de novedades habr\u00eda agradecido que, al dar vuelta el libro, en la contratapa, adem\u00e1s de una cita entrecortada, y una frase m\u00e1s bien lavada de Borges que no las quiso tanto como merec\u00edan, los editores hubieran redactado, sino elogios \u2013tan meritorios en este caso como en ning\u00fan otro\u2013, al menos alg\u00fan dato, de la infinidad que circulan desde la primera edici\u00f3n de la novela, y cuando es bien sabido que ambas, como los cl\u00e1sicos y como el universo, hasta el fin de los tiempos estar\u00e1n en expansi\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Mrs. Dalloway, Virginia Woolf. Trad. Teresa Arij\u00f3n y B\u00e1rbara Belloc. Cuenco de Plata, 224 p\u00e1gs.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Fue Virginia Woolf quien pens\u00f3, como nadie antes, el entorno concreto de las tareas de escritura. 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