{"id":1312,"date":"2016-11-07T17:18:10","date_gmt":"2016-11-07T17:18:10","guid":{"rendered":"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=1312"},"modified":"2016-11-07T17:18:10","modified_gmt":"2016-11-07T17:18:10","slug":"uruguay-reproduccion-de-las-desigualdades-de-genero-en-el-mercado-laboral","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=1312","title":{"rendered":"Uruguay: Reproducci\u00f3n de las desigualdades de g\u00e9nero en el mercado laboral"},"content":{"rendered":"<p><strong>Uruguay<\/strong><\/p>\n<p><strong>Reproducci\u00f3n de las desigualdades de g\u00e9nero en el mercado laboral <\/strong><\/p>\n<p><strong>Entre techos de cristal y suelos pegajosos <\/strong><\/p>\n<p><strong>En el \u00faltimo medio siglo se produjo un notorio proceso de reducci\u00f3n en las brechas por g\u00e9nero, tanto en los ingresos como en la participaci\u00f3n en el mercado laboral. Sin embargo, a\u00fan subsisten diferencias salariales importantes, y el proceso de convergencia se ha enlentecido fuertemente. Uruguay no escapa a esta realidad: el salario promedio de las mujeres es 25 por ciento menos que el de los hombres.<\/strong><\/p>\n<p><strong>Estefan\u00eda Galv\u00e1n *<\/strong><\/p>\n<p><strong>Brecha, Montevideo, 4-11-2016<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"http:\/\/brecha.com.uy\/\">http:\/\/brecha.com.uy\/<\/a><\/strong><\/p>\n<p>En el \u00faltimo medio siglo en gran parte del mundo se produjo un notorio proceso de reducci\u00f3n en las brechas por g\u00e9nero, tanto en los ingresos como en la participaci\u00f3n en el mercado laboral. Esto en parte fue posible por distintas conquistas en la legislaci\u00f3n laboral, que han permitido que las diferencias salariales entre hombres y mujeres \u2013en un mismo puesto laboral\u2013 se reduzcan casi completamente; tambi\u00e9n responde al crecimiento en los niveles educativos y de experiencia de las mujeres.1 Sin embargo, a\u00fan subsisten diferencias salariales importantes, y el proceso de convergencia se ha enlentecido fuertemente. Uruguay no escapa a esta realidad: el salario promedio de las mujeres es 25 por ciento menor que el de los hombres.2<\/p>\n<p>La principal corriente econ\u00f3mica para interpretar las diferencias salariales \u2013la teor\u00eda del capital humano\u2013 sostiene que estas desigualdades se explican por los distintos grados de productividad de los individuos y est\u00e1n determinadas por el nivel educativo y la experiencia. Y aunque la convergencia entre hombres y mujeres en educaci\u00f3n y experiencia jug\u00f3 un papel importante en la reducci\u00f3n de las brechas \u2013dado que las mujeres poseen niveles educativos m\u00e1s elevados que los hombres y las diferencias en experiencia se redujeron fuertemente\u2013, estos factores explican relativamente poco la brecha remanente.<\/p>\n<p>Entonces \u00bfcu\u00e1les son las causas de las diferencias persistentes en los ingresos laborales de hombres y mujeres?<\/p>\n<p><strong>M\u00e1s horas, menos pago<\/strong><\/p>\n<p>En un conjunto de individuos de entre 18 y 65 a\u00f1os, la tasa de ocupaci\u00f3n para las mujeres es de 67 por ciento y de 86 por ciento para los hombres. Entre las mujeres ocupadas gran parte lo est\u00e1 a tiempo parcial. As\u00ed, si consideramos s\u00f3lo a los trabajadores de tiempo completo (aquellos que trabajan al menos 35 horas semanales), la brecha salarial en el ingreso medio por g\u00e9nero es de 19,3 por ciento. Las mayores diferencias se producen entre los hombres y mujeres que viven en pareja, donde las tasas de empleo son de 66 por ciento para las mujeres y 92 por ciento para los hombres, dando cuenta de la persistencia del modelo de hogar de hombre proveedor.<\/p>\n<p>Una primera raz\u00f3n de la peor inserci\u00f3n de las mujeres en el mercado laboral es la fuerte divisi\u00f3n social por g\u00e9nero del trabajo, que lleva a que los hombres realicen mayor cantidad de horas de trabajo remunerado en el mercado y las mujeres de trabajo de cuidados en los hogares.<\/p>\n<p>Trabajo de cuidados se le llama a una serie de actividades indispensables para la reproducci\u00f3n y sostenimiento de la vida: crianza de los ni\u00f1os, tareas del hogar, cuidado de personas dependientes. Para salir a trabajar, antes tuvimos que tener una comida preparada, ropa limpia que vestir, y mucho antes que eso tuvimos que nacer y crecer. El trabajo de cuidados est\u00e1 por tanto en el centro de la reproducci\u00f3n social, y es lo que permite que el resto de la econom\u00eda de mercado siga funcionando. Algunas de estas actividades pueden alternativamente ser compradas en el mercado o ser producidas por los miembros del hogar. En este \u00faltimo caso, al no tener un valor de mercado, permanecen invisibles como actividades productivas.<\/p>\n<p>Existe una vasta literatura vinculada a la econom\u00eda feminista dedicada al an\u00e1lisis de la econom\u00eda del cuidado, con el objetivo de valorizar econ\u00f3micamente las actividades del trabajo no remunerado realizadas en el hogar y su interacci\u00f3n con las actividades de mercado.3 Para el caso de Uruguay, un estudio4 de Soledad Salvador estim\u00f3 que el valor econ\u00f3mico del trabajo no remunerado de cuidados represent\u00f3 en 2007 entre un 26,6 por ciento y un 30 por ciento del Pbi (dependiendo del criterio metodol\u00f3gico adoptado).<\/p>\n<p>A partir de datos de la Encuesta de Uso del Tiempo, de 2013, es posible saber que dos tercios del tiempo de trabajo de las mujeres son dedicados al trabajo no remunerado (65 por ciento), mientras que en el caso de los varones la relaci\u00f3n es inversa: s\u00f3lo dedican un tercio del tiempo al trabajo no remunerado (31,9 por ciento). Las mujeres realizan una jornada laboral por semana que dura diez horas menos en promedio que la de los hombres, pero su dedicaci\u00f3n al trabajo no remunerado es 20 horas superior, lo que lleva a que la carga global de trabajo de las ocupadas sea en promedio diez horas semanales m\u00e1s que la de los hombres.<\/p>\n<p>El hecho de que la mayor parte del trabajo no remunerado en los hogares recaiga sobre las mujeres es la primera raz\u00f3n para entender las restricciones y los peores resultados que \u00e9stas obtienen en el mercado laboral. Esta idea es definida muchas veces como \u201csuelo pegajoso\u201d, aludiendo a que las responsabilidades que la sociedad asume como \u201ccorrespondientes\u201d a las mujeres las adhieren a la base de la pir\u00e1mide econ\u00f3mica y les imponen restricciones: una doble jornada laboral que las ata a determinado tipo de ocupaci\u00f3n y que no les permite avanzar en su carrera profesional.<\/p>\n<p><strong>Duros techos de cristal <\/strong><\/p>\n<p>Las cifras que manejamos hasta ahora esconden importantes diferencias por nivel educativo. Hay a\u00fan 15 puntos porcentuales de diferencia entre las tasas de empleo de las mujeres con nivel educativo terciario (m\u00e1s de 12 a\u00f1os de educaci\u00f3n) y el resto. La mayor inserci\u00f3n en el mercado laboral de estas mujeres no es la contracara de un reparto m\u00e1s equitativo por g\u00e9nero del trabajo no remunerado dentro de estos hogares, sino que se encontrar\u00eda m\u00e1s bien asociada a una mayor capacidad, por parte de las mujeres de mayor nivel educativo e ingresos, de comprar parte de estos servicios en el mercado (por ejemplo en forma de guarder\u00edas, comida preparada o servicio dom\u00e9stico), y por tanto trasladar parte de su trabajo no remunerado del hogar al mercado.<\/p>\n<p>Sin embargo, el tener mayores niveles educativos no soluciona el problema. De hecho es entre quienes tienen mayores niveles educativos donde se encuentran las mayores diferencias salariales por g\u00e9nero. Esto se debe a los denominados \u201ctechos de cristal\u201d, barreras invisibles a las que se enfrentan las mujeres para ascender en la carrera profesional, que impiden que alcancen cargos jer\u00e1rquicos en igual medida que los hombres, a pesar de tener mejor nivel educativo.<\/p>\n<p>Una parte de la explicaci\u00f3n parece estar en la duraci\u00f3n de las jornadas laborales. Debido a la mayor carga de trabajo no remunerado, las mujeres no s\u00f3lo tienen una tasa de participaci\u00f3n laboral m\u00e1s baja, sino que, adem\u00e1s, aquellas que participan se insertan en trabajos de medio tiempo en mayor medida que los hombres. El trabajo de media jornada penaliza de dos maneras los ingresos recibidos por las mujeres. En primer lugar, reciben menos ingresos totales por mes y a lo largo de la vida \u2013por lo tanto recibir\u00e1n menos ingresos por jubilaciones cuando finalice su vida laboral\u2013. En segundo lugar, por la forma en que se estructuran las diferentes ocupaciones en el mercado laboral, cada hora trabajada en un empleo de medio tiempo se paga peor que en un trabajo de tiempo completo.<\/p>\n<p>Sin embargo, no s\u00f3lo quienes trabajan medio tiempo ven afectados sus ingresos salariales por hora por el hecho de hacerlo as\u00ed. Un trabajo reciente de la economista Claudia Goldin, de la Universidad de Harvard,5 analiz\u00f3 las caracter\u00edsticas asociadas a ocupaciones que requieren alta calificaci\u00f3n y reciben elevada remuneraci\u00f3n en Estados Unidos. Encontr\u00f3 que para ascender en algunas ocupaciones (bufetes de abogados, negocios y finanzas) se requieren jornadas largas u horarios irregulares con disponibilidad full-time. En estas actividades, aquellos que trabajan 50 o m\u00e1s horas semanales reciben en promedio una remuneraci\u00f3n desproporcionadamente m\u00e1s grande que aquellos que lo hacen por 40 horas semanales, y las diferencias salariales por g\u00e9nero son muy elevadas. Por otra parte, sectores como la industria farmac\u00e9utica tienen menores brechas salariales y jornadas laborales m\u00e1s flexibles. La evidencia presentada en este trabajo sugiere que mientras una parte de estas fuertes diferencias dentro de las ocupaciones puede ser resultado de las caracter\u00edsticas del trabajo en s\u00ed (la labor realizada por diferentes empleados no es sustituible), tambi\u00e9n juegan un rol importante las convenciones sociales e institucionales de c\u00f3mo se organiza el trabajo.<\/p>\n<p>La autora sostiene entonces que las condiciones para la equidad salarial de g\u00e9nero pasan por generar los cambios tecnol\u00f3gicos e institucionales que reduzcan los costos de la flexibilidad temporal. Sin embargo, puede que esto no sea suficiente.<\/p>\n<p><strong>Romper la reproducci\u00f3n de estereotipos<\/strong><\/p>\n<p>Las diferencias de ingreso por g\u00e9nero no explicadas por caracter\u00edsticas productivas (es decir: que hombres y mujeres con iguales niveles de educaci\u00f3n y experiencia reciban diferentes salarios por un mismo trabajo realizado) se asociaron tradicionalmente a problemas de discriminaci\u00f3n por parte de los empleadores. Sin embargo, la evidencia parece mostrar que no es la \u00fanica causa. Si diferentes resultados en el mercado laboral se encuentran asociados a diferentes \u201celecciones\u201d que hacen hombres y mujeres (carrera, ocupaci\u00f3n, horas de trabajo, entre otras), parece relevante, por tanto, entender c\u00f3mo se forman esas diferentes preferencias y qu\u00e9 determina las elecciones.<\/p>\n<p>Recientemente se ha desarrollado una literatura que centra su atenci\u00f3n en las normas de identidad de g\u00e9nero y su trasmisi\u00f3n intergeneracional en la familia y la sociedad, para explicar diferentes realidades del mercado laboral, como por ejemplo la menor presencia de mujeres en matem\u00e1ticas y disciplinas asociadas, la persistencia de la segregaci\u00f3n ocupacional por g\u00e9nero, en las promociones y cargos y en la participaci\u00f3n en el mercado laboral y las horas de trabajo.6 Esto es relevante porque aporta evidencia sobre la importancia de la reproducci\u00f3n de las normas sociales de g\u00e9nero como elemento clave para entender los diferentes resultados de hombres y mujeres en el mercado laboral, definiendo o reforzando estereotipos en el hogar, en el sistema educativo y la sociedad en general. M\u00e1s aun, muestra que, como construcciones sociales, son pasibles de ser modificadas.<\/p>\n<p>Si bien la evidencia es novedosa, las ideas de fondo no son nuevas. La econom\u00eda feminista viene analizando desde hace a\u00f1os c\u00f3mo los patrones de g\u00e9nero dominantes trasmitidos a trav\u00e9s del proceso de socializaci\u00f3n inciden sobre la formaci\u00f3n de expectativas y pr\u00e1cticas sociales, de c\u00f3mo las sociedades se organizan para resolver el trabajo dom\u00e9stico y de cuidados.<\/p>\n<p>Parte importante de la pelea por la reducci\u00f3n de las brechas de g\u00e9nero en el mercado laboral pasar\u00e1 entonces por generar los cambios tecnol\u00f3gicos e institucionales que reduzcan los costos asociados a jornadas laborales menos extensas y eliminar algunas de las restricciones que enfrentan las mujeres para insertarse en el mercado laboral (en particular acceso a sistemas de cuidado que permitan reducir la carga de la doble jornada). Sin embargo, puede que esto no sea suficiente. Ser\u00e1 necesario tambi\u00e9n avanzar hacia mercados laborales m\u00e1s humanos, que no reproduzcan estereotipos masculinos de trabajador ideal \u2013como aquel que no tiene obligaciones familiares\u2013, y habr\u00e1 que repartir de forma m\u00e1s equitativa el trabajo no remunerado dentro de los hogares y en la sociedad en general. Esto requiere que nos concienticemos sobre la importancia social del trabajo de cuidados para la sostenibilidad de la vida. Liberarnos de los estereotipos de g\u00e9nero no s\u00f3lo nos permitir\u00e1 reducir las inequidades que enfrentan las mujeres en su inserci\u00f3n en el mercado laboral, tambi\u00e9n nos har\u00e1 m\u00e1s libres a todos, hombres y mujeres. *<\/p>\n<p>Estefan\u00eda Galv\u00e1n es estudiante del doctorado en econom\u00eda en la Universidad de Aix-Marseille (Francia) y docente del Instituto de Econom\u00eda, Fcea-Udelar (Universidad de la Re\u00fablica].<\/p>\n<p><strong><u>Notas<\/u><\/strong><\/p>\n<p>1.Blau, F D y Kahn, L M (2016). \u201cThe Gender Wage Gap: Extent, Trends, and Explanations\u201d, en el Journal of Economic Literature.<\/p>\n<p>2.Las cifras presentadas corresponden a c\u00e1lculos propios a partir de microdatos de la Encuesta Continua de Hogares 2015, Instituto Nacional de Estad\u00edstica. Asalariados entre 18 y 65 a\u00f1os.<\/p>\n<p>3.V\u00e9anse por ejemplo los trabajos de Julie A Nelson y Marianne Ferber, Antonella Picchio y Cristina Carrasco.<\/p>\n<p>4.Salvador, Soledad. \u201cLa valoraci\u00f3n econ\u00f3mica del trabajo no remunerado\u201d, en Rosario Aguirre (ed), Las bases invisibles del bienestar social. El trabajo no remunerado en Uruguay. Montevideo, 2009.<\/p>\n<p>5.Goldin C (2014). \u201cA Grand Gender Convergence: Its Last Chapter\u201d, en American Econo-mic Review. 104(4): 1091-1119.<\/p>\n<p>6.V\u00e9anse, por ejemplo, Fortin, N (2005), \u201cGender Role Attitudes and the Labour Market Outcomes of Women Across Oecd Countries\u201d, en Oxford Review of Economic Policy 21: 416-438; Fern\u00e1ndez, R, Fogli, A, y Olivetti, C (2004), \u201cMothers and Sons: Preference Formation and Female Labor Force Dynamics\u201d, en The Quarterly Journal of Economics, 1249-1299; Bertrand, M, Kamenica, E, y Pan, J (2015), \u201cGender Identity and Relative Income within Households\u201d, en The Quarterly Journal of Economics, 130(2), 571-614.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En el \u00faltimo medio siglo se produjo un notorio proceso de reducci\u00f3n en las brechas por g\u00e9nero, tanto en los ingresos como en la participaci\u00f3n en el mercado laboral. 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