{"id":12639,"date":"2020-07-10T09:34:30","date_gmt":"2020-07-10T07:34:30","guid":{"rendered":"http:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=12639"},"modified":"2020-07-10T09:34:30","modified_gmt":"2020-07-10T07:34:30","slug":"brasil-son-dias-de-silencio-inusual-en-la-favela","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=12639","title":{"rendered":"Brasil &#8211; Son d\u00edas de silencio inusual en la favela.   [Diego Galeano\/Maria Alice Balbino]"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align:justify;\"><strong>Desde R\u00edo de Janeiro, y desde un pa\u00eds con casi 70 mil muertes por COVID 19, Mar\u00eda Alice Balbino y Diego Galeano recorren las fronteras invisibles entre la favela y la zonas caras de la ciudad. De La Rocinha a Barra de Tijuca ida y vuelta: instant\u00e1neas que cruzan el negacionismo de Bolsonaro ante la pandemia con la profundizaci\u00f3n de la injusticia social.<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"http:\/\/revistaanfibia.com\/cronica\/\">Revista Anfibia<\/a>, julio 2020<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/\">Correspondencia de Prensa<\/a>, 10-7-2020<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Rocinha, Rio de Janeiro, junio de 2020. Mal\u00fa se ajusta el tapabocas para encarar el tedioso v\u00eda crucis con la misi\u00f3n de comprar porotos negros. Tiene que bajar todo el morro de la favela en la que naci\u00f3. Trata de evitar las callejuelas angostas, en las que \u2013ella sabe\u2013 el metro y medio de distancia es imposible. Pasa la entrada de la comunidad, donde se amontonan vendedores ambulantes. Cruza por la pasarela esa ancha avenida que separa su favela del coqueto barrio de S\u00e3o Conrado y se suma a la larga fila del hipermercado de la zona, el \u00fanico lugar donde un paquete de porotos todav\u00eda se consigue a menos de ocho reales, doble del precio anterior al desastre.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Se pone los auriculares y empieza a escuchar el podcast de una clase de la facultad, perdida el d\u00eda anterior por los altibajos de la conexi\u00f3n a Internet. La eterna espera del supermercado se hizo rutina y la lleva con resignaci\u00f3n. Cada tanto su atenci\u00f3n se aleja del audio. La invade el temor por su t\u00edo, que acaba de perder al padre en esta peste y ahora atraviesa d\u00edas decisivos, a la espera de los resultados de su hisopado. La acechan tambi\u00e9n los recuerdos del padre de su t\u00edo, cuando le sonre\u00eda al pasar por la playa en la que vend\u00eda palitos helados. Poco tiempo transcurri\u00f3 entre los primeros s\u00edntomas y la muerte: nadie lo pudo despedir.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Mal\u00fa termina la compra justo a tiempo para subir el morro y entrar a la clase de metodolog\u00eda de la investigaci\u00f3n. Es alumna de Ciencias Sociales en la mejor universidad privada de la ciudad: consigui\u00f3 una beca para familias de bajos ingresos luego de presentar una parva de documentos de los que nunca hab\u00eda siquiera o\u00eddo hablar. Despu\u00e9s vino la burocracia del pase libre de \u00f3mnibus, los tr\u00e1mites para poder almorzar en el comedor universitario y un primer a\u00f1o que no fue nada f\u00e1cil. Nunca se sinti\u00f3 mayor\u00eda en el campus que transitan los hijos de la aristocracia carioca, pero encontr\u00f3 m\u00e1s estudiantes negras de las que esperaba y vecinos de la Rocinha que, como ella, desafiaban el destino familiar. Primera generaci\u00f3n universitaria.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Los d\u00edas de la educaci\u00f3n a la distancia ponen m\u00e1s piedras en un camino ya sinuoso. Sin la biblioteca ni el centro de computaci\u00f3n donde preparaba los trabajos, sin se\u00f1al ni datos suficientes en el celular para soportar la carga de clases por Zoom, logr\u00f3 que un vecino de la comunidad le prestara su notebook. All\u00ed fue despu\u00e9s de dejar las compras y tomar un caf\u00e9 en su casa. Se sienta frente a la notebook prestada, abre la plataforma virtual y el profesor pregunta si lo escuchan bien. Mal\u00fa responde que s\u00ed. La iglesia evangelista del otro lado de la calle suspendi\u00f3 las misas y la polic\u00eda ces\u00f3 con los operativos armados. Son d\u00edas de silencio inusual en la favela.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">La madre de Mal\u00fa es una de las tantas empleadas de casas particulares de Rocinha que trabajan en departamentos y casas de Barra da Tijuca, regi\u00f3n de clase media alta y nuevos ricos carioca. En uno de sus numerosos barrios cerrados tiene su casa el clan Bolsonaro y, a pocos metros, viv\u00eda el sicario de Marielle Franco. La cuarentena no vale para el servicio dom\u00e9stico, y la mam\u00e1 de Mal\u00fa no fue la excepci\u00f3n, pese a que el patriarca de la familia que la emplea sigui\u00f3 viajando a Portugal por negocios hasta que los europeos lo prohibieron. A las habituales tareas de limpieza se le sumaron otras que transfieren el riesgo de las aglomeraciones de la familia a la empleada dom\u00e9stica: buscar el correo, abrirle la puerta al delivery, llevar a la manada de Shih Tzu a la peluquer\u00eda canina y hacer compras en el supermercado. M\u00e1s tiempo de trabajo, la misma remuneraci\u00f3n de siempre. Cada vez que, exhausta, se despide hasta el d\u00eda siguiente, la patrona le repite que, por favor, se cuide y cuide a los suyos, que son como parte de la familia.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El padre de Mal\u00fa, hijo de migrantes del nordeste brasile\u00f1o, trabaja como portero en un edificio de Leblon donde \u2013 dice \u2013 viven algunos actores de Globo. La mayor parte de los vecinos son gente en \u201cedad de riesgo\u201d. Pocos han resignado las caminatas diarias en la playa, pero la rutina de cenas en restaurantes del barrio se transform\u00f3 en un desfile interminable de entregas de delivery, que el padre de Mal\u00fa recibe con su tapabocas que raramente le cubre la nariz. Su hijo, el hermano mayor de Mal\u00fa, perdi\u00f3 el empleo como lavacopas en un hotel de Copacabana y entr\u00f3 en ese enjambre de ciclistas que recorren R\u00edo de Janeiro con mochila de Rappi.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Por su ubicaci\u00f3n a las puertas de la burguesa zona sur de la ciudad, el morro de Rocinha aporta un ej\u00e9rcito de j\u00f3venes a la industria del delivery, que solo crece con la intensificaci\u00f3n de la crisis. La mayor\u00eda carece de bicicletas propias y al magro ingreso de las entregas le resta el valor del alquiler de las bicicletas que, por veinte reales al mes, le ofrece el sistema patrocinado por el banco Ita\u00fa. La misma entidad bancaria que, desde el golpe de 2016, mientras las favelas enfrentan rebrotes salvajes de desempleo, hambre y violencia policial, bati\u00f3 todos los r\u00e9cords de ganancia. El mayor banco privado del pa\u00eds, en 2018, bati\u00f3 el umbral del lucro l\u00edquido m\u00e1s alto de la historia financiera de Brasil (veinticinco mil millones de reales) y en 2019 super\u00f3 su propia marca (veintis\u00e9is mil quinientos millones de reales).<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El puesto de bicicletas de Ita\u00fa m\u00e1s cercano queda frente al supermercado y la estaci\u00f3n de subte de S\u00e3o Conrado que, despu\u00e9s de una lucha por el nombre, los vecinos de la favela lograron que tambi\u00e9n se llamara Rocinha. En ese punto converge al amanecer la masa de trabajadores y trabajadoras del servicio dom\u00e9stico, la enfermer\u00eda, la limpieza urbana y el transporte p\u00fablico que baja del morro y se desparrama por la ciudad. All\u00ed se dirigen temprano los meninos de Rappi, porque las bicicletas disponibles se agotan enseguida. Cada jornada de trabajo, una doble carrera contra el tiempo: los cinco reales de cada entrega se pierden si tardan en llegar a destino y cada bicicleta de alquiler tiene un turno de dos horas que, si se sobrepasan, tambi\u00e9n genera multa. Y a rezar que no le roben la bicicleta porque quedan endeudados con Ita\u00fa.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">En la Rocinha y en otras favelas de R\u00edo de Janeiro hay muchas familias como la de Mal\u00fa. Trabajan en la l\u00ednea de frente de esta cuarentena vertical a la brasilera, que no consiste en aislar a los m\u00e1s vulnerables al virus, sino en exponer a las personas cuyos derechos fueron vulnerados por generaciones. Empleadas del servicio dom\u00e9stico, enfermeras, porteros, choferes de Uber y entregadores de delivery se re\u00fanen al atardecer en una misma residencia, donde lo que impera es el miedo a perder el trabajo y a enfermarse. Los casos de infecciones y los muertos proliferan. Sin estad\u00edsticas oficiales confiables, es dif\u00edcil saber cu\u00e1ntos hay en esta comunidad gigantesca de cerca de cien mil habitantes. La municipalidad cont\u00f3 m\u00e1s de quince mil infectados, pero nadie conf\u00eda en el intendente de R\u00edo de Janeiro, Marcelo Crivella, un pastor evangelista que dice que Bolsonaro est\u00e1 \u201cguiado por Dios\u201d en esta pandemia y que, antes de la crisis sanitaria, lo \u00fanico que hizo por la favela fue mandar a pintar las fachadas de las casas que dan a la avenida para mejorar su aspecto externo.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Al mismo tiempo en que Bolsonaro y Crivella incitan a abrir bares y comercios, los vecinos de la favela se organizan por sus propios medios. Una densa red comunitaria se encarga de la distribuci\u00f3n de donaciones de alimentos, m\u00e1scaras y productos de limpieza, mientras grupos de m\u00e9dicos y enfermeros hacen visitas casa por casa. Hasta las facciones que controlan el narcotr\u00e1fico colaboraron m\u00e1s que los poderes p\u00fablicos al establecer una suerte de \u201ctoque de queda\u201d, difundido por redes sociales, que prohib\u00eda los bailes funks y restring\u00eda el funcionamiento nocturno de los bares. Pero nada detuvo el avance del virus y el aumento de casos corre de boca en boca.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Mal\u00fa recibi\u00f3 dos noticias pesadas, una atr\u00e1s de la otra. El hisopado del t\u00edo dio positivo, tambi\u00e9n fue internado y a los d\u00edas muri\u00f3: ten\u00eda poco m\u00e1s de cuarenta a\u00f1os. Horas m\u00e1s tarde supo que toda la familia del vecino que le prestaba la notebook estaba con s\u00edntomas y tuvo que terminar el semestre haciendo trabajos en el celular. En esos d\u00edas empezaron los cacerolazos masivos en la favela contra Bolsonaro y Crivella. Se sintieron hasta en el barrio de S\u00e3o Conrado. Sue\u00f1a con que termine esta pesadilla pol\u00edtica y sanitaria para retomar algo de la vida que hab\u00eda conquistado. Ir la universidad, besarse en un baile funk, pasar un domingo en la playa y ver el atardecer sobre el mar, tomando una cerveza en el bar m\u00e1s alto de todo el morro.<\/p>\n<p>* <strong>Diego Galeano<\/strong>, profesor de la PUC (Pontificia Universidad Cat\u00f3lica) de Rio Janeiro, especializado en historia social del delito y de la polic\u00eda en Am\u00e9rica del Sur. Es autor de<em> Delincuentes viajeros: estafadores, punguistas y polic\u00edas en el Atl\u00e1ntico sudamericano <\/em>(editorial Siglo XXI, 2018), entre otros libros. <strong>Mar\u00eda Alice Balbino<\/strong>, es historiadora graduada en la PUC-Rio de Janeiro, donde fue becaria de iniciaci\u00f3n cient\u00edfica. Sus investigaciones se enfocan en el campo de la historia oral, memoria y patrimonio inmaterial, especialmente de las m\u00fasicas y danzas afro-brasileras.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Desde R\u00edo de Janeiro, y desde un pa\u00eds con casi 70 mil muertes por COVID 19, Mar\u00eda Alice Balbino y Diego Galeano recorren las fronteras invisibles entre la favela y la zonas caras de la ciudad. 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