{"id":10029,"date":"2019-12-20T22:01:45","date_gmt":"2019-12-20T21:01:45","guid":{"rendered":"http:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=10029"},"modified":"2019-12-20T22:01:45","modified_gmt":"2019-12-20T21:01:45","slug":"venezuela-maracaibo-cronica-del-ocaso-venezolano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/?p=10029","title":{"rendered":"Venezuela &#8211; Maracaibo: cr\u00f3nica del ocaso venezolano.  [Giovanny Jaramillo Rojas]"},"content":{"rendered":"<p><strong>Aguafuertes maracuchas <\/strong><\/p>\n<p><strong>Maracaibo, la capital petrolera de Venezuela, escenifica la decadencia de un modelo. A la vieja contaminaci\u00f3n de las aguas de su lago por la industria extractiva se suman hoy las brutales consecuencias del colapso econ\u00f3mico. Entre los apagones y el racionamiento de combustible, sus habitantes viven del recuerdo de un pasado desaparecido.<\/strong><\/p>\n<p><strong>G. Jaramillo Rojas, desde Maracaibo<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"https:\/\/brecha.com.uy\/\">Brecha<\/a>, 20-12-2019<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"https:\/\/correspondenciadeprensa.com\/\">Correspondencia de Prensa<\/a>, 20-12-2019<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align:left;padding-left:280px;\"><em>H\u00e1blame de Maracaibo<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align:left;padding-left:280px;\"><em>tierra bendita, tierra del viejo golpe pasmero<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align:left;padding-left:280px;\"><em>mi patria chica, tierra del sol cuna de gaiteros<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align:left;padding-left:280px;\"><em>por ella canto, por ella vivo, por ella muero.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align:left;padding-left:280px;\">Junior Veladiago<\/p>\n<p><strong>I.<\/strong><\/p>\n<p>28 de septiembre. Es mediod\u00eda en Maracaibo, la ciudad ca\u00edda.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Do\u00f1a Dioselina Ospina me trata como a un hijo. Me abri\u00f3 las puertas de su casa para alimentarme. Vive en el sector La Lago, un barrio acomodado de Maracaibo, con su esposo y su ex nuera. Sus manos blancas son un embeleso, un extraordinario embrujo de comida venezolana: arroz con pollo, mandioca frita, pabell\u00f3n criollo, muchacho guisado, bollos pelones, pasteles, quesos madurados, arepas rellenas y empanadas de carne y papa hacen parte de su exquisito y casero repertorio gastron\u00f3mico.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Para ella, cada plato, indefectiblemente, contiene una historia. Por ejemplo, el arroz con pollo supuso la reconstrucci\u00f3n de la vida de su madre colombiana, que hab\u00eda migrado a Barinas a principios del siglo XX. El pabell\u00f3n criollo la llev\u00f3 a hablar de sus \u00e9pocas juveniles en Barquisimeto, Caracas y Valencia, mientras que los quesos madurados la sumergieron en la memoria de la tierra que le secuestr\u00f3 su identidad, seg\u00fan ella, para siempre: Maracaibo.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Los sabores y los olores son la raz\u00f3n de su vida. Do\u00f1a Dioselina lo remarca una y otra vez. Su corpulencia expone una gran debilidad por la comida. Sus maneras, aunque muy propias de los 67 a\u00f1os que arrastra con inusitada dignidad, denotan un desgarbo muy propio de una aristocracia que, aunque disminuida, se niega a la evaporaci\u00f3n rotunda.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Rubor para todo el rostro, cejas perfectamente delineadas, aroma a Jean Paul Gaultier y cabello intacto, prolijo, mantas de seda largas multicolores y collares y pendientes de dise\u00f1o. Su postura, invariablemente recta, parece proporcionada por la precisi\u00f3n de una ecuaci\u00f3n matem\u00e1tica. En todos nuestros encuentros nunca se le escurri\u00f3 una sola gota de sudor, ni siquiera cuando la temperatura amenazaba con calcinarlo todo.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Lo primero que dijo cuando la conoc\u00ed fue que, si bien podr\u00eda parecer incre\u00edble o incluso mentira, Maracaibo hab\u00eda sido, alguna vez, la Miami de Suram\u00e9rica y que por eso ella y su esposo hab\u00edan decidido instalar su matrimonio, a finales de la d\u00e9cada del 70, en la futurista capital del estado Zulia, el estado m\u00e1s rico y pr\u00f3spero de la Venezuela de entonces. Do\u00f1a Dioselina relata, con macilenta voz, que hasta los primeros a\u00f1os de este acelerado siglo la ciudad de Maracaibo contaba con vuelos directos a muchas ciudades de Estados Unidos y Europa. Que el desfile de turistas e inversores era incesante y que toda la ciudad permanec\u00eda coloreada por un cosmopolitismo indefinible. Sus anchas avenidas ostentaban los mejores y m\u00e1s costosos autos, hoteles y restaurantes prestigiosos, el comercio era una fiesta que no ten\u00eda nada que envidiar al primer mundo y su arquitectura exhib\u00eda el eclecticismo de una migraci\u00f3n que aparentemente hab\u00eda llegado para quedarse.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Ahora, todo esto parece un cuento triste, un relato melanc\u00f3lico cuya inverosimilitud lo situar\u00eda en el g\u00e9nero de la ciencia ficci\u00f3n. Hoy Maracaibo es todo lo opuesto a esa urbe que recuerda Do\u00f1a Dioselina: una ciudad que respira herida a la vera de una ruta infecunda, una ciudad que se extravi\u00f3 en su patrimonio hasta la resequedad y la ofuscaci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Basta con dar un paseo para evidenciar que es el escenario perfecto donde se compendia la declinaci\u00f3n social y econ\u00f3mica de Venezuela. Al caminar por el centro se puede verificar aquel imaginario que han venido construyendo por todo el planeta los varios millones de personas que decidieron abandonar el pa\u00eds. Una ciudad insociable, descuidada, sin sistema formal de transporte, con edificios abandonados y enormes complejos industriales al punto del colapso, ya no econ\u00f3mico, sino directamente material. Una ciudad fantasma que se recluye temprano, en total silencio, a ejercer el derecho de so\u00f1ar imposibles.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">En cada almuerzo, en cada cena, hasta consejos de vida y clases informales e inconscientes de sociolog\u00eda se anim\u00f3 a darme Do\u00f1a Dioselina: los hijos son lo m\u00e1s importante, s\u00f3lo el estudio libera al ser humano de la pobreza, lo \u00fanico que mantiene en pie a las sociedades actuales es el consumo, los militares son buenos si est\u00e1n del lado de los valores morales y no de ideolog\u00edas pol\u00edticas y, como para chuparse los dedos: los indios son un problema porque ni dejan de tener hijos, ni se mueren r\u00e1pido. \u201cSon vagos y no son confiables\u201d, termin\u00f3 diciendo, para despu\u00e9s, en silencio, como d\u00e1ndose cuenta de su racismo, pasar a servirme un delicioso jugo de guayaba.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Do\u00f1a Dioselina tiene tres hijos y todos, con sus siete nietos, viven fuera de Venezuela. Dos en Estados Unidos y uno en las Islas Caim\u00e1n. Cada vez que la invitan sale del pa\u00eds a visitar a su descendencia y vuelve a Maracaibo con la valija llena de comida, ropa y tecnolog\u00eda. No se va definitivamente porque duda mucho que pueda conseguir un mejor lugar para vivir. Para ella Venezuela es el mejor pa\u00eds del planeta, el m\u00e1s bello, y por eso dice, continuamente, que la esperanza es lo \u00faltimo que se pierde y que el d\u00eda del cambio, aquel en el que pueda volver a caminar tranquila por la calle, ir de compras sin ser molestada por la miseria circundante y ver a su familia reunida, empapada por la felicidad patria, llegar\u00e1 m\u00e1s temprano que tarde.<\/p>\n<p><strong>II.<\/strong><\/p>\n<p>29 de septiembre. Amanece en Maracaibo, la ciudad sin fuerzas.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">De tanto ir y venir vaciamos el tanque del auto y decidimos ir a llenarlo. En Venezuela no deber\u00eda representar ning\u00fan problema, ya que la gasolina es pr\u00e1cticamente gratis, gracias al fuerte subsidio estatal. De hecho, el procedimiento se parece a una broma. La transacci\u00f3n es simb\u00f3lica y, aunque hay precios definidos en los tableros de las estaciones de servicio (0,0025 d\u00f3lares por litro), el asunto se puede zanjar con la cantidad de bol\u00edvares que el comprador disponga. Un monto que dif\u00edcilmente puede llegar a superar los 20 centavos de d\u00f3lar y que el funcionario de la estaci\u00f3n de servicio ni siquiera se toma el tiempo de contar. Hacerlo significar\u00eda perder varias horas diarias: un d\u00f3lar pueden ser, depende de la denominaci\u00f3n, hasta 400 billetes.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Pues bien, al llegar nos encontramos con una fila compuesta por cientos de autos. Unas 15 cuadras mal contadas. A simple ojo se podr\u00eda improvisar una cifra: en Maracaibo, tres de cada cinco estaciones de servicio de Petr\u00f3leos de Venezuela (Pdvsa) se encuentran cerradas. La buena noticia es que casi todos los despojos gasolineros sirven de habitaci\u00f3n a la infinidad de indigentes que circulan, como sombras desterradas, por la ciudad. La mala noticia es que cuando se consigue entrar en alguna de las estaciones que tiene combustible disponible, la Guardia Nacional Bolivariana decide a qu\u00e9 cantidad de gasolina puedes acceder.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El tiempo no nos daba como para pasar algunas horas a la espera de un turno. Pero la sorpresa fue total cuando nuestra conductora nos dijo que en marzo pasado estuvo dos d\u00edas haciendo fila, durmiendo y comiendo dentro del auto con peque\u00f1os intervalos de ausencia para ir al ba\u00f1o y que, incluso, conoc\u00eda gente que hab\u00eda completado cinco d\u00edas en ese tr\u00e1mite.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Para la mirada for\u00e1nea este fen\u00f3meno no deja de ser un esc\u00e1ndalo, pero para los maracuchos, que as\u00ed se llaman los habitantes de Maracaibo, no es m\u00e1s que otra de las manifestaciones de la insondable hondura de la crisis. Una palabra, \u201ccrisis\u201d, que no logra encerrar el verdadero sentido en el que avanza la realidad: en una tierra rica en petr\u00f3leo escasea el combustible. Aunque Venezuela no es precisamente un pa\u00eds refinador (el 80 por ciento de la gasolina que consume proviene de Rusia y China), esa paradoja es una sombra del derrumbe total.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Despu\u00e9s de esperar tres horas y no avanzar un solo metro en la delirante fila, decidimos recurrir a la otra opci\u00f3n: la oferta del mercado negro. Para poder llegar a la zona de la ciudad donde se pod\u00eda suplir la necesidad instant\u00e1neamente, tuvimos que negociar (cinco d\u00f3lares) y absorber (por medio de una manguera) el combustible del tanque de un auto amigo. Despu\u00e9s atravesamos Maracaibo hacia una localidad marginal llamada Ciudad Lossada.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Tras dar algunas vueltas, en medio de un barrio des\u00e9rtico, de calles destapadas a las malas, atiborradas de basura y viviendas construidas con materiales m\u00e1s que precarios, conseguimos el contacto que nos suministrar\u00eda el preciado l\u00edquido. Por 40 litros pagamos diez d\u00f3lares. M\u00e1s o menos cinco veces el salario m\u00ednimo mensual venezolano a esta fecha. El joven que nos atiende, de clara ascendencia way\u00fa, adem\u00e1s de cobrar, s\u00f3lo dijo: \u201cVivir aqu\u00ed es un martirio; nos est\u00e1n dejando morir, no se sabe si es m\u00e1s dif\u00edcil conseguir agua o gasolina\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">La par\u00e1lisis humana es evidente. En un contexto en el que no hay posibilidad de movilidad social, la espera es el hambre de cada d\u00eda y el rebusque, la incontenible sed. Se estima que, desde 2017, unas 200 mil personas dejaron su vida en Maracaibo para irse a buscarla en cualquier otro lugar, lejos de esta zona cero que escenifica el verdadero desmayo venezolano, aquel que en Caracas a\u00fan no pasa de ser una migra\u00f1a.<\/p>\n<p>III.<\/p>\n<p>30 de septiembre de 2019. Llueve en Maracaibo, la ciudad ahogada.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Maracaibo es una ciudad memoriosa y oscura. El alumbrado p\u00fablico y el suministro de agua son, desde hace algunos a\u00f1os, un par de milagros en una urbe que permanece suspendida en la evocaci\u00f3n de lo que fue. Maracaibo tambi\u00e9n es ermita\u00f1a, sobrecogedora. El c\u00e9lebre y floreciente trasfondo industrial de las \u00faltimas tres d\u00e9cadas del siglo XX es, ahora, una hilera de ruinas, ad portas de cambiar al estatus de mito.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El fastuoso lago est\u00e1 contaminado. Echado a perder. Los constantes derrames de crudo, propiciados por la dejadez gubernamental y el deterioro de los pozos petroleros (que hoy en d\u00eda no son m\u00e1s que imponentes tumbas mar\u00edtimas), flotan viscosos como una manta negra por encima de las aguas. Comer frutos del lago, reiteradamente, es una carrera en contra de la intoxicaci\u00f3n inmediata y alguna extra\u00f1a enfermedad futura.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Los sem\u00e1foros, si sirven, sirven mal. Titilan y titilan sin sentido. Las exorbitantes avenidas amenazan con quebrarse en cualquier momento. El famoso mercado de pulgas y su romer\u00eda se parecen m\u00e1s a un asfixiante rebato de resistencia, en el que s\u00f3lo subsiste no el m\u00e1s fuerte, sino el m\u00e1s r\u00e1pido, el m\u00e1s informal: tr\u00e1fico de divisas, venta ilegal de medicamentos, ropas, accesorios, licores y cigarrillos contrabandeados, alimentos vencidos y carnes descompuestas. Resignaci\u00f3n: todo lo que sea, por un d\u00f3lar, por un pu\u00f1ado de pesos colombianos, por algo de comer. Maracaibo no lucha contra ning\u00fan olvido ni contra la decadencia: Maracaibo pelea contra su propia deriva y, con nebulosa presunci\u00f3n, contin\u00faa erguida, d\u00e1ndole coletazos al concepto de naufragio.<\/p>\n<p><strong>IV.<\/strong><\/p>\n<p>1 de octubre de 2019. Anochece en Maracaibo, la ciudad que se niega a ser borrada.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">La cerraz\u00f3n es una boca que se abre para trag\u00e1rselo todo. Hay m\u00e1s oscuridad que de costumbre en una ciudad radicalmente oscura: los autos bajan la velocidad, los pocos comercios que funcionan cierran y la gente se enclaustra, con el \u00faltimo rayo de sol, a sobrellevar la intimidad de un apag\u00f3n. Desde la terraza de mi hotel apenas se ve la luna, ind\u00f3mita, juntando esfuerzos para avivar las calles desoladas. El viento, calmo, patea el mutismo y trae la fresca respiraci\u00f3n del lago. Los edificios parecen mecerse como palmeras prehist\u00f3ricas y tristes.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Las zonas privilegiadas padecen la oscuridad pocos minutos. Con un chasquido de dedos encienden sus plantas, y la cerveza sigue fr\u00eda,y Netflix, disponible. El gran resto entra en la noche incierta, aquella que soporta el insoportable zancudero en el que se convierte el sonido de la electricidad port\u00e1til.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">El apag\u00f3n dura 16 horas. Entre los maracuchos no s\u00f3lo es algo pasajero, sino algo normal. En los \u00faltimos meses la ciudad ha experimentado hasta siete d\u00edas consecutivos sin luz. Una locura para cualquier ciudad que se ufane de ser moderna. No obstante, el conserje del hotel dice que algo estall\u00f3 en alg\u00fan lado y que es cuesti\u00f3n de esperar el arreglo, una recepcionista asegura que, a veces, la gobernaci\u00f3n sacrifica la luz local para no quit\u00e1rsela a Caracas, y un hu\u00e9sped, con furia, se\u00f1ala que es una conspiraci\u00f3n del pa\u00eds del norte, aquel que huele a azufre. La gente dice cualquier cosa porque lo importante es convencerse de algo, teorizar la adversidad, justificar el infortunio, todo con el objetivo de burlar la realidad: especular para darle un sentido a la orfandad.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Cada habitante, como si se tratara de una guerra civil, pero sin un enemigo claramente definido, permanece auspiciado por una suerte de individualismo ciego y voraz, un ensimismamiento que no le permite ser consciente de los dem\u00e1s, porque la finalidad es clara: sobrevivir a como d\u00e9 lugar. Ceder un poco, en cualquier sentido, podr\u00eda significar una peque\u00f1a muerte que, de tantas sucesivas, podr\u00eda convertirse en la muerte final. La gente de Maracaibo vive sujeta a la espera de que la F de fracaso se convierta en F de futuro, resiste maniatada, mientras la hirviente luz le tortura los ojos, mientras la lobreguez ahuyenta la vida y mientras el tiempo, implacable, lo pudre todo.<\/p>\n<p><strong>V.<\/strong><\/p>\n<p>2 de octubre de 2019. Despedirse de Maracaibo, la ciudad fantaseada.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Do\u00f1a Dioselina me muestra fotos de la ciudad. En los a\u00f1os ochenta, ella y su marido caminan por el malec\u00f3n y, enseguida, sonr\u00eden en la entrada de la Bas\u00edlica de Nuestra Se\u00f1ora de Chiquinquir\u00e1. En los a\u00f1os noventa, sus hijos posan frente al teatro Baralt, y despu\u00e9s, una panor\u00e1mica del imponente puente General Rafael Urdaneta. Pasados los a\u00f1os dos mil, sus dos primeros nietos en una pileta del parque acu\u00e1tico de la ciudad y un hermoso atardecer en la laguna de Sinamaica.<\/p>\n<p style=\"text-align:justify;\">Do\u00f1a Dioselina me brinda una \u00faltima comida. Mi preferida: pabell\u00f3n criollo. Me ve comer y me dice: \u201cExtra\u00f1o a mis hijos, hijo\u201d. Me despido y lo que no le digo, no s\u00e9 por qu\u00e9, es que s\u00ed, que tiene raz\u00f3n, que Maracaibo no s\u00f3lo se parec\u00eda a Miami, sino que quiz\u00e1s lleg\u00f3 a ser mucho m\u00e1s interesante. M\u00e1s bonita.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Maracaibo, la capital petrolera de Venezuela, escenifica la decadencia de un modelo. A la vieja contaminaci\u00f3n de las aguas de su lago por la industria extractiva se suman hoy las brutales consecuencias del colapso econ\u00f3mico. 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