Cultura – Kurt ya está en el cielo. Vonnegut, que cumpliría 100 años. [María José Santacreu]

En 1971. Wikicommons, Bernard Gotfryd Collection

Seguramente Kurt Vonnegut habría querido que, en su centenario, sus libros estuvieran algo olvidados o, al menos, fueran un testimonio de un pasado brutal de la humanidad cuyas reflexiones se hubieran vuelto del todo innecesarias. No es el caso. El avance de la extrema derecha y la invasión de Ucrania por Rusia hacen que libros como Madre noche y Matadero cinco estén hoy tan vigentes como hace 60 años.

Brecha, 6-5-2022

Correspondencia de Prensa, 6-5-2022

No suele mencionarse a menudo, pero probablemente quien formó el carácter de Kurt Vonnegut haya sido Ida Young, la cocinera de la casa de su infancia, una matrona negra que tuvo que ponerse a trabajar cuando quedó viuda y con la que el pequeño Kurt pasaba más tiempo y hablaba más que con su propia madre. Vonnegut no recuerda que Young –que era metodista y sabía la Biblia de memoria– le haya hablado de Dios alguna vez. No importa si lo hizo o no: lo cierto es que le hablaba de amabilidad, de honestidad y de comportarse como era debido. En su libro de artículos Guampeteros, fomas y granfalunes, Vonnegut recuerda un texto suyo, perdido, un texto que desea que, por su mala factura, nunca sea desenterrado, un texto sobre Young. «Hay un sentimentalismo casi insoportable subyacente en lo que escribo. Los críticos británicos se quejan de eso. Y Robert Scholes, el crítico estadounidense, una vez dijo que yo ponía capas amargas a píldoras de azúcar. Ahora ya es demasiado tarde para cambiar. Por lo menos soy consciente de mis orígenes: en una casa de sueños muy grande, hecha de ladrillos y diseñada por mi padre, arquitecto, en la que no había nadie durante largos períodos, salvo yo e Ida Young».1

Esa doctrina simple y desprovista de Dios es la de Vonnegut. La de una decencia elemental que se vuelve extraordinaria simplemente porque no abunda. Es la moral que permea sus libros y que, a falta de mejor descripción, ha sido denominada humanismo. De hecho, Vonnegut, al menos en Estados Unidos, presidía estas huestes: «Por cierto, yo soy el presidente honorífico de la Asociación Humanista Estadounidense, tras suceder al difunto Isaac Asimov, el gran autor de ciencia ficción, en ese cargo francamente inútil. Nosotros, los humanistas, nos comportamos de la forma más honorable posible sin esperar ni premios ni castigos en otra vida. Servimos lo mejor que podemos a la única abstracción con la que tenemos algún tipo de familiaridad, que es nuestra comunidad. Hace un tiempo celebramos una ceremonia en memoria de Asimov y, en un momento dado, dije: “Isaac ya está en el cielo”. Era lo más gracioso que podría haberle dicho a un público compuesto por humanistas. Les dio un buen ataque de risa. Y tuvieron que pasar varios minutos hasta que se restauró el orden. Si algún día he de morir –una vez más, Dios no lo quiera–, espero que algunos de ustedes digan: “Kurt ya está en el cielo”. Es mi chiste favorito».2

Una familia fantástica

Kurt Vonnegut Jr. nació en el seno de una familia próspera. Su bisabuelo, Clemens Vonnegut, había llegado de Alemania a Indianápolis en 1848 y había establecido un comercio que vendía desde artículos de ferretería hasta comestibles, incluidos accesorios para ataúdes, pieles y cuero de animales, suministros agrícolas y de carpintería. Clemens era, además, sofisticado y excéntrico –entre otras cosas, caminaba con rocas en las manos para cultivar sus bíceps–, rasgo que heredó su nieto Kurt Vonnegut Sr., padre del escritor. Kurt Sr. se convirtió en uno de los arquitectos más importantes del estado y también el más delirantemente genial: en 1929 la compañía de teléfonos de Indiana iba a demoler su sede porque necesitaba un edificio más grande; Kurt Sr. propuso (y logró) que, en lugar de demolerlo, lo rotaran 90 grados. Se trataba de un edificio de ocho pisos (y 11 mil toneladas), pero la rotación liberaría el espacio necesario para construir un anexo. Increíblemente, Vonnegut Sr. lo hizo sin detener ni por un minuto las actividades de la compañía: el edificio fue levantado 30 centímetros y 18 hombres sincronizados lo fueron rotando a lo largo de un mes, todo ello manteniendo conectados los servicios de agua, gas y electricidad, con los funcionarios trabajando y los clientes haciendo sus trámites. Pero Kurt Sr. no era el único genio de la familia: también estaba Bernard, el hermano mayor del escritor. Apasionado de la ciencia, Bernie se especializó en el estudio del clima aplicado al hielo, aunque, muy al estilo Vonnegut, solía decir que nunca se había fijado en la atmósfera hasta que alguien se la señaló.

En ese ambiente no era fácil sobresalir. Cuando la crisis del 29 golpeó también la puerta de la próspera familia Vonnegut, no quedaron dudas de quién era la mejor inversión. Obligados a ahorrar, Kurt Sr. y su esposa, Edith, decidieron que Bernard siguiera asistiendo al colegio privado y que Kurt fuera desplazado a la enseñanza pública. No importaba demasiado. Al menos no en un entorno familiar que se complicaba cada día más. Porque, a pesar de que nunca faltó un plato de comida sobre la mesa, el crack de la bolsa primero y la guerra después dieron al traste con la economía de la familia y también con la salud mental de Edith, que terminó suicidándose. Esta no fue la única tragedia que afrontó la familia: en setiembre de 1958, Alice, la hermana del escritor, murió de cáncer un día después de que su esposo, Jim, muriera en el accidente ferroviario de la bahía de Newark, cuando un tren descarriló sobre el puente del río Hudson y cayó al agua. La muerte de su hermana y el absurdo accidente que segó la existencia de su cuñado no harían sino reafirmar la oscura visión de Kurt sobre la vida y sus crueles azares. Escribió sobre el impacto de estas pérdidas en su libro Payasadas.

Escribir

En los últimos años de su vida, en un intento por colaborar con el sustento familiar, Edith intentó escribir cuentos, sin éxito. Murió sin saber que ese destino le estaba reservado a su hijo menor, que se convertiría en uno de los autores estadounidenses más queridos de la segunda mitad del siglo XX. En febrero de 1950, la revista Collier aceptó publicar su relato «Informe sobre el efecto Barnhouse», por el que le pagó la nada desdeñable suma de 750 dólares. Al año siguiente Vonnegut renunció a su puesto de relaciones públicas en la General Electric y le juró a su padre que no volvería a enrolarse en ningún trabajo fijo por el resto de su vida. Pero fue de su trabajo en esta empresa de donde Vonnegut extrajo el material con el que construyó el mundo distópico de su primera novela, La pianola, que publicó en 1952, un mundo en el que la segunda revolución industrial ha sustituido por máquinas la mayor parte de la fuerza de trabajo humana. La idea puede no sonar demasiado original. De hecho, dos años antes, Asimov había publicado su célebre Yo, robot y el tema de la mecanización hacía tiempo que poblaba los relatos de ciencia ficción. Sin embargo, allí ya asoma el estilo que luego se transformó en la marca registrada de Vonnegut: la agudeza, el humor negro, cierta puerilidad irónica, los rastros de amargura y la irrupción del autor en el mundo ficcional.

Tal vez el secreto fue que Vonnegut admiraba sinceramente la inteligencia de aquellos ingenieros y no dudaba de que los avances que proporcionaba la ciencia aplicada estaban cargados de buenas intenciones, pero no era un ingenuo. Lo raro es que, a pesar de que nadie podía serlo después de la guerra, a pocos parecían importarles las consecuencias que podían tener los usos de la técnica, incluidos aquellos, en apariencia, inofensivos. Impulsada por las necesidades de la guerra, la ciencia aplicada hacía que pareciera no haber límites para el progreso. De hecho, en el epígrafe del capítulo dedicado a La pianola, en Unstuck in Time, el biógrafo de Vonnegut recupera el eslogan que la General Electric utilizaba entonces: «El progreso es nuestro producto más importante».3 Pero ¿qué es exactamente el progreso?, ¿cuándo es bueno que haya menos trabajo y cuándo es un problema?, ¿quién pone el límite cuando las empresas solo apuntan a optimizar recursos para aumentar su lucro?

A La pianola le siguió Las sirenas de Titán –aunque pasaron varios años entre una y otra novela–, una especie de Odisea espacial antes que Kubrick. Fue el libro de más pura ciencia ficción que escribió Vonnegut y en el que desarrolla las preguntas existenciales planteadas en su primera obra. En ese texto, la indagación del cosmos es un instrumento para explorar la especie humana y la búsqueda de sentido. Una ciencia ficción existencial, digamos, en la que la pregunta ¿por qué? señala menos hacia los vastos horizontes cósmicos que hacia la comprensión del sentido de la vida del hombre en la tierra. Estas dos primeras novelas sirvieron para cimentar una pequeña reputación dentro del género, pero tal vez lo más importante es que en ellas toma forma uno de los temas más importantes de la narrativa vonnegutiana: el libre albedrío.

Y se vino la noche

Vonnegut siempre supo que iba a escribir sobre lo que vivió como soldado en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial y sobre el bombardeo aliado a Dresde. Estuvo allí como prisionero de los alemanes y se salvó de la lluvia de fuego por azar: estaba en la cámara frigorífica bajo un matadero. Mientras el texto sobre Dresde se demoraba, escribió el que tal vez sea su libro más raro y quizás el más importante: Madre noche (1961), inspirado en la figura de Adolf Eichmann. Pero, como suele suceder, nadie le prestó la menor atención.

En el prólogo de la segunda edición, Vonnegut cuenta lo que más tarde desarrolló en Matadero cinco y declara que Madre noche es el único de sus relatos cuya moraleja conoce: «Somos lo que simulamos ser, así que debemos tener cuidado con lo que simulamos ser». En ese mismo prólogo, como al pasar y munido de la esencial decencia aprendida de Young, hace una de las declaraciones más importantes que puede hacer un ser humano, es decir, reconocer que, seguramente, no es distinto a los demás, aunque secretamente piense que sí lo es: «Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sobresaliendo de montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder».

Madre noche es un esbozo del tema de la banalidad del mal, dos años antes de que apareciera el libro de Hannah Arendt (a la que muy probablemente haya leído en The New Yorker, donde esta reportaba sobre el juicio en Jerusalén). La novela es la confesión de Howard W. Campbell hijo, dramaturgo estadounidense residente en Alemania, muy conocido gracias a sus programas radiales de propaganda nazi y absolutamente desconocido como espía al servicio de su país de nacimiento. Campbell, preso en una cárcel israelí, espera su condena y escribe su historia. El libro, originalmente dedicado a Mata Hari, que se prostituyó para servir a su causa, está dedicado a sí mismo: «Este libro está rededicado a Howard W. Campbell (h), un hombre que sirvió a la causa del Mal excesivamente a la vista de todos y a la del Bien demasiado en secreto, crimen de su época».

Es uno de los libros más honestos y valientes sobre la eterna batalla entre el bien y el mal. Para Vonnegut, no hay lugar para la pureza en la literatura, porque no la hay en la vida. Incluso, llegó a afirmar que sus libros funcionan tan bien porque en ellos no hay villanos. Para Vonnegut, no hay malos puros ni buenos puros, sino una interesante y vasta gama de grises. Al explorar este tema, se acerca nuevamente a esas miradas microscópicas que le interesan: la estupidez y el egoísmo humanos, la puerilidad de sus motivos, la irresponsabilidad, la complacencia y esa facilidad que tienen los hombres de cometer atrocidades a cambio de prácticamente nada. Entre Madre noche y la llegada del éxito y la masividad todavía quedaban dos libros: Cuna de gato y Dios lo bendiga, señor Rosewater.

Es curioso que Vonnegut no haya podido aprobar sus estudios de antropología con su tesis The Fluctuations Between Good and Evil in Simple Tales (las fluctuaciones entre el bien y el mal en los relatos simples), pero sí haya podido hacerlo 27 años después con su novela Cuna de gato. La tesis original era una serie de diagramas que establecía modelos y mecanismos que se repetían en cuentos que aparentemente no tenían nada que ver entre sí (por ejemplo, entre el Viejo Testamento y Cenicienta). Vonnegut atribuyó el rechazo de la academia a que la tesis era demasiado simple y, a lo mejor, excesivamente cómica, pero lo más extraño es lo que sucedió con Cuna de gato. En rigor, esta fue la novela que representó el gran salto para el escritor, una narración que tuvo un éxito que hasta el día de hoy se verifica en las sucesivas reediciones. Cuna de gato es Vonnegut mejorado y condensado. Ni siquiera está del todo claro si tiene la forma de una novela, pero, sin lugar a dudas, es el ejemplo más claro de su habilidad para plantear cuestiones profundas de la manera más simple posible. En esta narración, vuelve a beber de su experiencia en la General Electric y en la guerra, a meterse en el mundo de la ciencia y la tecnología, y a reflexionar sobre las implicaciones éticas y las responsabilidades humanas en la aplicación de los avances científicos y sus consecuencias para el planeta.

La locura de Dwayne y el peregrino en el tiempo

La consagración definitiva le llegó a Vonnegut con Desayuno de campeones, en el que vuelve al tema del libre albedrío e imagina un mundo que prefigura lo que después otros llevaron al cine y la televisión en películas como El show de Truman y la serie The Good Place. En la novela, que escenifica la «iluminación» de Dwayne Hoover como el único hombre que puede elegir en un universo gobernado por máquinas diseñadas para engañarlo, Vonnegut juega con asuntos como la naturaleza de la realidad y el misterio de la conciencia, la paranoia y la locura. Es, además, uno de los libros en los que actúa su alter ego, Kilgore Trout. A decir verdad, Matadero cinco y Desayuno de campeones eran, en su origen, un solo libro y, a pesar de sus diferencias, no existirían el uno sin el otro.

A Vonnegut le llevó 23 años escribir sobre lo que pasó en Dresde, porque, según dice en el prólogo de Matadero cinco (1969), «nada inteligente puede decirse sobre una masacre». La novela terminó de consagrarlo como la conciencia de la generación que se opuso a la guerra de Vietnam y a esto contribuía el hecho de que había elegido escribir sobre una masacre cometida por el bando de «los buenos» y de la que él mismo era parte (lo que lo dejaba en la situación típica de un personaje salido de la pluma de Vonnegut). En esta novela hay una especie de recapitulación de los temas que le preocupan y personajes que reaparecen e, incluso, se vuelven a contar incidentes ya relatados en anteriores textos. Es como si Vonnegut finalmente hubiera llegado a ese lugar –la novela sobre Dresde– y mirara hacia atrás para contar mejor lo que siempre estuvo destinado a contar. Y lo hace de manera inmejorable.

Matadero cinco es un libro cómico y desesperanzado, y con cada nueva guerra se vuelve más cómico y más desesperanzado. Si volviéramos una vez más a la famosa charla de graduación que Vonnegut dio en el Bennington College en 1970 (sí, aquella en la que les dijo a las alumnas: «Todo va a empeorar más allá del alcance de nuestra imaginación y jamás mejorará»), deberíamos concluir que, claro, tenía razón. E, incluso, que tanta razón tenía en ser cómico y desesperanzado que el mundo conspira para que su manera de equivocarse ponga todavía más de manifiesto cuánta razón tenía.

«Con el paso de los años, la gente que he conocido me ha preguntado muchas veces en qué trabajo y, por lo general, he contestado que la obra más importante que tengo entre manos es un libro sobre Dresde.

Una vez le dije eso a Harrison Starr, el productor de cine, y él levantó las cejas inquiriendo:

—¿Es un libro antiguerra?

—Sí –contesté–. Me parece que sí.

—¿Sabes lo que les digo a las personas que están escribiendo libros antiguerra?

—No. ¿Qué les dices, Harrison Starr?

—Les digo: ¿por qué no escriben ustedes un libro antiglaciar en lugar de eso?

Lo que quería decir es que siempre habría guerras y que serían tan difíciles de eliminar como lo son los glaciares. Desde luego, también yo lo creo.»

La humanidad ha hecho tan mal las cosas que, efectivamente, ha comenzado a eliminar los glaciares, no las guerras. A Vonnegut le gustaría –amargamente– saber esto y es probable que se limitara a contestar con su resignada muletilla: «So it goes».4

Notas

  1. Kurt Vonnegut. Prefacio de Guampeteros, fomas y granfalunes. Grijalbo, Barcelona, 1977, traducción de Marcelo Covián, pág. 19.
  2. Kurt Vonnegut. Que levante mi mano quien crea en la telekinesis (y otros mandamientos para corromper a la juventud). Malpaso, Barcelona, 2013, traducción de Ramón de España, pág. 77.
  3. Gregory Sumner. Unstuck in Time. A Journey Through Kurt Vonnegut’s Life and Novels. Seven Stories Press, Nueva York, 2011, pág. 56.
  4. La traducción de esta frase ha tenido una suerte diversa en español. Ha llegado, incluso, a cambiar la expresión a lo largo del mismo libro, eliminando de esa manera su carácter de muletilla. Unas veces ha sido traducida como ‘y así sucesivamente’; otras, como ‘como suena’, y otras, como ‘eso es’, y así sucesivamente.