Cultura – Queremos tanto a Mark Fisher. [Federico Romani]

Mark Fisher, conocido como «k-punk», fue un escritor británico, crítico y téorico de la cultura.

Tras el suicidio del crítico cultural británico, uno de sus discípulos revisa en un libro elegíaco, pero también teórico, el legado del autor que definió el realismo capitalista.

Revista Ñ, 8-3-2022

Correspondencia de Prensa, 10-3-2022

El 14 de enero de 2017 la noticia del suicidio de Mark Fisher corrió por Twitter y lastimó el corazón invisible de la comunidad estudiantil de Goldsmiths, en Londres. No solo se había quitado la vida uno de los profesores más originales y estimulantes que el efervescente comando de blogueros surgido con el siglo XXI había aportado a las aulas, sino que desaparecía, también, la voz más importante de una crítica cultural que había logrado, por primera vez en mucho tiempo, fusionar el espesor académico con la vocación popular, sacudir con atrevimiento y rigor el polvo de mausoleo que suele depositarse una y otra vez sobre esas catacumbas inundadas de papers redundantes y conferencias cuadradas, a las que el propio Fisher había bautizado como un “Castillo de Vampiros”. Con él se iba una época –una época fugaz pero intensa– y en su lugar aparecía una sombra, un hueco en el ánimo de sus alumnos y seguidores.

“Este libro (*) en absoluto desea sugerir que el suicidio de Mark fue, en algún sentido, un acto de protesta, como muchos de los amigos de Mark han dejado en claro: a fin de cuentas, la salud mental de Mark no fue un problema político, sino trágicamente personal. Tampoco es la intención aquí utilizar la muerte de Mark como un conveniente punto de partida anecdótico para un proyecto puramente filosófico y paraacadémico”.

Desde el comienzo, Matt Colquhoun deja en claro que su libro no es, por decirlo de alguna manera, una “lápida al pie” de una obra que aún no había terminado de formarse al momento de quedar trunca. Puede leerse como un ensayo sobre algunos ángulos de la misma, pero nunca se paraliza al contacto con ella.

Egreso es, en realidad, una celebración del pensamiento de Fisher y un lamento por su brusca interrupción, ambos marcados, paradójicamente, por una leve recaída en ese terrorífico fatalismo de la resignación que el autor de Realismo Capitalista había señalado como el gran desplazamiento interior de la crítica cultural del nuevo milenio.

Sorprendido y profundamente afectado por la pérdida de su profesor, Matt Colquhoun historiza la llamada “función Fisher” y, simultáneamente, disecciona los mecanismos, los modos y las pautas de un duelo colectivo, ese que empezó en las redes sociales de los estudiantes y se contagió a la comunidad de lectores con un alcance tan difícil de definir como fácil de reconocer.

Porque se sabe que, a partir de Fisher, cualquier intento de volver a colocar los apellidos “Spinoza” o “Lacan” junto al nombre de cualquier banda o solista de rock y pop contemporáneo solo puede resultar una acto de pedantería cirquera.

Un alma grupal sacudida

¿Cómo rompe la muerte el equilibrio de un alma grupal? En una serie de conferencias posteriores a la muerte de Fisher, Robin Mackay asignó a su apellido la capacidad de intensificar las inquietudes culturales y la renovación crítica que aquel había sabido ensamblar, rastreando en la oscuridad dejada por la ausencia las señas y los modos de una manera de entender lo “pop” que fue volviéndose progresivamente incompatible con el mundo en el que se producía.

MarkFisher II
Matt Colquhoun es escritor y fotógrafo

Si todo suicidio supone, de una u otra manera, el dolor insoportable de ese desacople, el libro de Colquhoun se colorea de elegías por partida doble. Al preguntarse por la ausencia, rompe el cristal del futuro y añora la utopía de formación de una nueva manera de entender las relaciones entre los seres humanos, el mundo y el arte que los interroga. La tragedia de Fisher, lo desesperante de su pérdida, es, en ese sentido, el punto de fricción donde puede espiarse la crisis de lo humano atrapado en el interior de fuerzas descomunales que lo sobrepasan.

Quizás para escapar de ese nudo tremendo de angustia que la desaparición del Estado de Bienestar había generado en el alma de la sociedad inglesa de los años ochenta, Fisher comenzó a “afantasmarse” mucho antes de desaparecer físicamente, convocando a través del blogueo avatares y extraños “dobles” de sí mismo.

Algunos de ellos se cocinaron e idearon en los inquietos pasadizos digitales del CCRU (la poco ortodoxa Unidad de Investigaciones Cibernéticas de la Universidad de Warwick) donde el intercambio y los préstamos grupales dispararon las trayectorias de ese “egreso” al que Colquhoun define como una experiencia que debe mantenerse abierta y en alerta colectivamente.MarkFIsher III

El término es tomado prestado de Bataille, y en su intención de canalizar fuerzas dispares para unirlas en un movimiento excesivo de desborde y superación, llegó a incluir tanto el pesimismo paradójicamente esperanzado de Fisher como el nihilismo aceleracionista y eugenésico de Nick Land, uno de sus mentores. La vida los llevó, después, por caminos diametralmente opuestos, pero los años de Warwick siguen siendo, para ambos, el punto de partida.

Un “egreso” es, entonces, una pregunta por el límite. Cuando los poderes y las capacidades intelectuales de una época tocan las fronteras de lo que son capaces de procesar y comprender, las relaciones sociales se resienten y sufren bajo presión. El horror al vacío se vuelve directamente proporcional a la inquietud frente a la bestia cultural, y tal vez por eso Fisher dedicó uno de sus mejores libros (Lo Raro y lo Espeluznante) a explorar los horrores de la literatura y del psicoanálisis, al que en más de un sentido responsabilizaba por la claudicación frente al “no hay alternativa” del neoliberalismo cibernético.

Nihilismo mal entendido

Colquhoun subraya a su maestro cuando señala que, al separar la estética de la política, el extrañamiento frente a la realidad se vuelve mucho más pronunciado e inquietante, como si aquella se volviera una gigantesca ficción narcotizante capaz de prestarle sentido a absolutamente cualquier cosa, incluso a las más incompatibles con nuestra propia naturaleza. Para Fisher, lo inhumano de las sociedades contemporáneas siempre estuvo vinculado al placer destructivo y regocijante del nihilismo mal entendido.

Nuevos puntos de vista Señalada la política del duelo como la manera que tiene Colquhoun de sorprender el pensamiento de Fisher desde nuevos puntos de vista, habría que preguntarse hasta qué punto su escritura se deja embrujar por la figura del ausente. Egreso es tanto la descripción de un proceso de elaboración como la descarga psíquica de una mente que sufre y trata de traer a otra de regreso hacia los contenidos de éste, nuestro tiempo.

La buena noticia es que Colquhoun no es un deudo colgado de un cadáver, sino un tipo lúcido abocado a pensar cuáles son las consecuencias de la muerte de un autor en su propia escritura. “De inmediato, la surrealidad de la muerte, tal como la experimentan aquellos que permanecen vivos, inyecta una extrañeza profunda al núcleo de nuestras comunidades.

A través de su rareza, la realidad abyecta de la muerte aclara las apuestas de nuestra política como ninguna otra cosa y, del mismo modo, rompe las extrañas conductas que damos por sentadas en este mundo nuestro”. Poco después de este pasaje, Colquhoun se define como un estudiante que trata de seguir aprendiendo de un hombre que ya no está presente para enseñar.

La única forma de seguir aprendiendo de Fisher debería ser la negación sistemática a regodearse en la exploración de un paisaje desértico. Un “egreso” estará hecho inevitablemente de dolor y depresión, de duelo y melancolía, pero, al citar a Blanchot, Colquhoun nos está invitando a tratar de enunciar eso que Fisher pudo pensar pero acaso no llegó a escribir, o simplemente decidió callar: solo a través del traspaso de un límite seremos capaces de comprobar la existencia del interior que aquél supone.

En el peor de los escenarios posibles, se tratará de una mera táctica de enfrentamiento, una prueba de resistencia frente a un mundo de pesadillas algorítmicamente diseñadas que se empeña en ubicarnos en lugares de corrección política y cancelaciones hipócritas.

En el mejor, la obra de Mark Fisher, todo ese “ejercicio de confianza frente a la desesperanza” –que nada tiene que ver con la autoayuda y es, en cambio, una invitación permanente a pensarlo todo y a no dejarse llevar por nada– sigue siendo una obligación emocional y dolorosa, una experiencia parecida a la cicatrización en este tiempo que siempre se las ingenia para marcarnos con nuevas heridas.

* Egreso. Sobre comunidad, duelo y Mark Fisher, editorial Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2021.

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