Historia – Eichmann contra el peso del anonimato. [Margarita Martínez]

15 de abril de 1961, el criminal Adolf Eichmann en su celda de la prisión de Ramle en Israel.

El jerarca nazi estaba obsesionado por dejar testimonio y dos libros retoman sus charlas en 1957 en la Argentina y otros escritos.

Revista Ñ, 7-1-2022

Correspondencia de Prensa, 8-1-2022

Escrita por Marcos Rosenzvaig, la novela Querido Eichmann muestra a un ex jerarca nazi taciturno y obsesionado por fundar un Cuarto Reich en el norte argentino, donde se cruza con tres jóvenes marginales a los que convierte en la piedra fundante de su proyecto. Con la ayuda de un cura y un comisario, Eichmann confía incluso en cierta ayuda extraterrestre para recuperar el contacto con un Adolf Hitler vivo y escondido en la Patagonia. Encontrará adoradores del Reich perdido: “El comisario manifestó su orgullo por Alemania y, con cierto pesimismo, la necesidad urgente de mejorar la raza de los argentinos. Se aproximó a mí y a manera de secreto dijo: ‘Mire, don Klement, a estos negros ladinos oriundos de aquí les creo la mitad de lo que pregonan. No quieren trabajar. Son negros, sucios y peronistas’”. Finalmente, sus obsesiones incestuosas lo terminan involucrando con una preadolescente de origen judío que termina de modo trágico. Narrada en primera persona, es una historia fabulosa pero no menos extraordinaria que las verdaderas circunstancias del exoficial de las SS durante sus años en la Argentina.

El verdadero Adolf Eichmann, en unos escritos titulados Persönliches (Cuestiones personales), anotaba hacia el año 1956: “Me fui cansando lentamente de vivir entre dos mundos como un anónimo navegante de un submarino sin rumbo”.

Escritos nocturnos         

Todavía lejos de su captura en la Argentina y juicio en Jerusalén, la palabra clave parece ser “anónimo”: de día, Eichmann criaba y seleccionaba conejos de angora en la localidad platense de Joaquín Gorina; de noche, escribía sobre su rol en la Historia.

Cuestiones personales fueron los apuntes que darían inicio a unas conversaciones que se disponía a tener durante el otoño de 1957 en la casa de Willem Sassen, excorresponsal de guerra holandés de las SS-Waffen. Sassen, un astuto periodista nazi, junto con Eberhard Fritsch, responsable de la editorial Dürer, pensaban hacer de Eichmann un negocio propio que, sin embargo, no funcionaría como anticipaban.

El contexto era propicio: en 1953, Adenauer había decidido reconocer públicamente la culpa de Alemania y Eichmann especulaba con entregarse.

Si el personaje de Rosenzvaig se preguntaba, atónito, cómo se podía dudar de que él pudiera organizar el traslado de un grupo de “indios tucumanos” cuando había organizado la deportación por ferrocarril de los judíos europeos hacia Auschwitz, Treblinka, Sobibor, Chelmno, Belzec y Majdanek, no menos estupor le causó al Eichmann real la reacción ante sus declaraciones en la casa de la localidad conurbana de Florida.

Estas conversaciones son el origen de las vulgarmente llamadas “Entrevistas Sassen”, la transcripción de casi todas las sesiones que tuvieron lugar los sábados y domingos entre abril y octubre de 1957 en esa localidad de la provincia de Buenos Aires, y cuyo objeto era dar forma a un libro que esclareciera la cuestión del exterminio de los judíos por el régimen nacionalsocialista.

Escrita por Bettina Stangneth, Adolf Eichmann. Historia de un asesino de masas (Edhasa, 2014) es la primera investigación rigurosa sobre las entrevistas y los Argentinien-Papiere (Apuntes de Argentina), dispersos hoy en varios archivos alemanes y recién accesibles en su cuasi totalidad a partir de 1979.

Se trata de un material al que no pudieron acceder Hannah Arendt ni los demás observadores del juicio y que brinda claros elementos para poner contra las cuerdas la tesis de la “banalidad del mal”. Como observa Stangneth, la literatura de investigación sobre el excoronel de las SS sigue repitiendo su propio dictum de que “solo era un engranaje de una gran maquinaria”. De eso se trataba su estrategia en Jerusalén.

Sin embargo, cuatro años antes, la situación era otra. El proyecto de libro surgía de un equívoco del círculo nazi de Buenos Aires y de sus agentes principales en la editorial Dürer, artífices también de la revista Der Weg-El sendero, publicación nazi y negacionista que se imprimía en Buenos Aires y se vendía profusamente en Alemania.

En un mundo de mentirosos, pensaban quienes querían editar a Eichmann, donde había tenido lugar “la gran mentira de Nuremberg”, había que decir una verdad que solo él podía decir: que los judíos habían inventado el asesinato de millones de personas.

Pero Eichmann no estaba dispuesto a esa mentira que disolvía su rol en el asunto. Harto de ser “el anónimo navegante” bajo el pseudónimo Ricardo Klement, lejos del poder y la excitación que lo llevaban desde Auschwitz a las audiencias con Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS (el máximo rango militar), su espíritu se orientaba más bien hacia el título del manuscrito independiente de más de 107 páginas que hoy acompaña el material y que lleva por título Die anderen sprachen jetzt will ich sprechen (Los otros hablaron, ahora quiero hablar yo, de 1956).

Mil páginas y tres máquinas

Las entrevistas son más de mil páginas de desgrabaciones sin los nombres de los hablantes, con abreviaturas múltiples, escritas en tres máquinas de escribir diferentes por tres transcriptores y forman un acervo que todavía exige, como dice Stangneth, un “uso contundente”.

En los papeles hay indicaciones al margen (“confuso, para volverse loco”, “divagues”), certificaciones de lectura de Eichmann e incluso intervenciones orales de Sassen, como las proferidas ante un visitante inusual al que califica como un fanfarrón “que vino con un auto de porquería”.

El conjunto revela reuniones de gran confianza entre viejos camaradas sobre las cuales la investigadora hace un trabajo excepcional. El testimonio oral, refrendado por la aparición de algunas cintas originales en 1998, supone la ruptura de diversos lugares comunes de la historia y la investigación.

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Hannah Arendt en el juicio a Eichmann. Jerusalén, 2 de mayo 1961. Foto: Washington D.C., United States Holocaust Memorial Museum

Ante esta escena perdida para la historia oficial, Stangneth demuestra que Eichmann “no era un paria en la Argentina así como Willem Sassen no era un periodista curioso ni Ludolf von Alvensleben –suboficial mayor de Himmler, también participante– un nacionalsocialista reformado”.

Tampoco se sostiene “el mito del silencio y la clandestinidad” para un hombre que en su círculo andaba a nombre descubierto porque, de todos modos, lo habrían reconocido.

Una novela

Pero si todo esto no fuera suficiente para revisar el rompecabezas de un Eichmann autor previo al escriba en que se convirtió en Jerusalén, modesto y prolífico, hay otro escrito más a la espera de un análisis, aunque inaccesible. En 1959 y tras fracasar el proyecto de libro con Dürer, Eichmann compuso otro texto, Roman Tucuman (La novela de Tucumán).

Bajo custodia de sus hijos, este manuscrito inédito a la fecha, de unas 260 páginas, se dirige, según su abogado defensor en Israel Robert Servatius, “a las generaciones futuras”. Correspondería a sus meditaciones de recién llegado al país cuando, gracias a redes de emigrantes nazis y contactos gubernamentales, fue nombrado en Tucumán director de proyectos en CAPRI, Fuldner & Cía, empresa que incorporaba tecnócratas alemanes para el desarrollo de centrales hidroeléctricas.

Conjeturar el contenido de esas páginas y ensayarlas es una tentación evidente, y en esta estela podemos volver a la novela Querido Eichmann, que aunque solo conserve de fidedigno el apellido del narrador, logra un relato que bien podría ser uno de los senderos bifurcados del llamado “zar de los judíos”.

Su ejecución también se repone, narrada excepcionalmente en tercera persona: “La celda era un dado sin cielo. Adolf Eichmann hubiese deseado rodar la noche entera, supongo, pero no fue así, porque ese 31 de mayo de 1962 la noche goteó lenta”.

Verdaderas las circunstancias, la hora, y uno o dos nombres propios, todo lo demás se aleja de la verdad históricamente certificada –la presencia de Hitler en la Patagonia, entre otros asuntos no menores–. Más allá de la ruptura inmediata del verosímil para cualquier iniciado en la materia, la operación de Rosenzvaig es exitosa en la medida en que produce, en un texto de ficción, el mismo efecto que produjeron en sus oyentes originales las “Entrevistas Sassen”.

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Fotos del juicio a Adolf Eichmann publicadas por Israel.

Incredulidad ante la verdad

A Eichmann, por ejemplo, los miembros del grupo Dürer no le creen cuando dice la verdad: “Debo decirle con toda sinceridad que si de los 10,3 millones de judíos que Korberr identificó, como sabemos ahora, hubiéramos matado 10,3 millones de judíos, estaría satisfecho (…) soy cómplice de que, desde algún punto de vista o desde alguna concepción imaginaria de lo real, la eliminación total no se haya podido llevar a cabo. Mi intelecto no estaba a la altura y fui colocado en un puesto donde en verdad podría haber hecho más, y tendría que haber hecho más”, explica antes de “un silencio largo y tenso”, que provoca “intranquilidad en torno de la mesa”, según la cinta 67 de los Argentinien-Papiere.

Fue la última reunión entusiasta del grupo liderado por Sassen en la casa de Florida. Al verdadero Eichmann sus supuestos “aliados” no lo querían escuchar, pero otro tanto ocurría con quienes lo buscaban, haciendo la vista gorda, en la Alemania de posguerra.

“¿Era posible desear que este hombre, que tanto sabía, hablase, en especial, en la República Federal?”, se pregunta Stangneth. Evidentemente no. “Ha ocurrido una cosa increíble”, pensaría entonces Eichmann en 1956: estaba siendo olvidado o minimizado.

Cuando Sassen le preguntó, en el inicio de las grabaciones, cómo testimoniar que el autor del libro era Adolf Eichmann, respondió que sobre ese punto no había nada discutible. Era obvio para alguien al que, cuando le preguntaron en 1961 qué le había causado más sufrimiento después de 1945, respondió sin ambages: la carga psíquica del anonimato.