Cultura – Tras 63 años en una caja fuerte, publican los dibujos que Franz Kafka no quería mostrar “a nadie”. [Verónica Abdala]

Original. El escritor checo dibujaba en cuadernos y libretas, con tinta negra o lápiz. Foto AP.

Un centenar de obras y bocetos inéditos del autor checo, que datan de los años en que cursaba en la universidad, fueron rescatados del olvido y arrojan luz sobre su “segunda vocación”, el arte.

Clarín, 20-11-2021

Correspondencia de Prensa, 23-11-2021

“Quien conserva la facultad de ver la belleza, no envejece”. Eso pensaba el escritor checo Franz Kafka (Praga, 1883- Viena, 1924) que, en paralelo a su monumental obra literaria, desplegó su amor por las artes plásticas en una serie gráfica que emerge detrás de la ficción y maravilla.

Hasta acá, el material conocido se encontraba en volúmenes dispersos, y en cuatro cajas fuertes que resguardaban material inédito: es el que ahora  aflora y fue reunido por primera vez en un libro. El volumen ya se publicó en España, por la editorial Galaxia Gutemberg y en 2023 llegará a la Argentina, distribuido por Riverside.

Es noticia en todo el mundo que a los dibujos ya editados -en 2002 y 2011- del genio checo se sumen ahora 122 obras que Kafka creó en el período que va de 1901 al 1907, cuando asistía a la Universidad Alemana de Praga. Allí, tomó clases de dibujo y era asiduo asistente a los cursos de Historia del Arte. Esos dibujos permanecieron 63 años guardados en una caja fuerte, a raíz de una disputa legal, y son los que ahora salen a la luz.

Sobre el libro

La edición de la totalidad de los dibujos -con textos y estudios de los especialistas Andreas Kilcher, Judith Butler y Pavel Schmidt- es en sí misma una proeza: se trata de un proyecto internacional del que participan editoriales de siete países. Desde España, participa Galaxia Gutenberg, en coordinación con la alemana C.H. Beck Verlag, la italiana Adelphi, la norteamericana Yale University Press, la francesa Cahiers Dessinés, la polaca Wydawnictwo Literackie y la holandesa Atheneum.

Le debemos al amigo y albacea de Kafka, Max Brod, la recuperación del material que, de haber sido por el autor de La metamorfosis y El castillo, hubiese sido destruido: así como salvó su obra literaria, Brod se aseguró de resguardar los dibujos y borradores del escritor.

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Dibujos inéditos de Kafka. Su amigo y albacea Max Brod los salvó de la destrucción y los trasladó desde Praga hasta Palestina, huyendo de los nazis. Foto: EFE.

Incluso, en momentos en que pudo haberlos olvidado o perdido, como cuando huyó de los nazis que invadieron Praga en 1939 y se llevó a Palestina los diseños de su amigo a cuestas: un periplo casi cinematográfico, con varias valijas con los dibujos y los manuscritos de los libros.

Los trazos furtivos de Kafka, en muchos casos –como en el de los hombrecillos-marionetas pintados en tinta negra o lápiz- transmiten la misma desolación de parte de algunos de sus personajes de ficción: oprimidos por una autoridad burocrática, sin rostro o torturados por la vergüenza o la culpa. En otros, exhiben una veta ligera o cómica. 

​Hay también paisajes de un escrupuloso realismo que prueban la formación en arquitectura del autor, así como caricaturas y abstracciones.

“Era, como dibujante, un artista de peculiar fuerza y personalidad”, reconocía Brod en relación a su amigo, cuyas piezas gráficas, sintéticas y potentes como los haikus japoneses, sería injusto calificar como curiosidades: revelan, más bien, la construcción de un universo refinado y original.

​Sin embargo Kafka desestimaba su propio talento. En 1922, dos años antes de su muerte, expresaba ante Gustav Janouch, que posteriormente reconstruyó sus conversaciones con el escritor: «(Los míos) no son dibujos para mostrar a nadie. Tan sólo son jeroglíficos muy personales y, por tanto, ilegibles».

También le dijo: «Mis figuras carecen de las proporciones espaciales adecuadas. No tienen un verdadero horizonte. Los dibujos son rastros de una pasión antigua, anclada muy hondo. Vienen de la oscuridad para desvanecerse en la oscuridad. Mis trazos son un intento, repetitivo y fallido, de magia primitiva.»

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Personajes melancólicos. Larga vida para Kafka.

Resulta curioso que también se refiriese a su escritura como “garabateo”, relativizando su valor.

Gracias a Brod -y a la negativa a destruir los textos y dibujos de su amigo, se conoce, por ejemplo, la obra El proceso (1915) del autor checo, que también se consideraba un mal novelista.

El origen de la vocación artística

La temprana vocación por el dibujo de Kafka se remonta a la adolescencia. A sus 15 años dos cuadros, en una vidriera, en Praga, le produjeron un fuerte impacto. Desde entonces, no dejó de «pintar».  

Antes, había tomado clases elementales de dibujo en la escuela primaria y más tarde, cuando cursó Derecho en la universidad (1903-1905), se ejercitó esbozando figuras y caras en los márgenes de sus cuadernos; son los que se conservan porque fueron rescatados por Brod.

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Kafka. A sus 15 años vio dos cuadros que le produjeron un fuerte impacto. Desde entonces no dejó de pintar.

En su madurez, admiraría el arte japonés –en especial de Hiroshige Monotaga- y las pinturas de Van Gogh, que le fascinaban.

Incluso se sabe que Kafka adoraba recorrer los museos de Europa: visitó, por ejemplo, las salas del Louvre cuando la Mona Lisa acababa de ser robada por el argentino Valfierno, en 1911. También estuvo en el Palacio de Versailles, donde se entretuvo tomando notas sobre los trabajos de Tintoretto, Tiziano, Velázquez, Rubens.

Visto desde este ángulo, no es casual que el escritor se ocupara de manera personal de las ilustraciones de sus propios libros ni que destinara con frecuencia sus modestos ahorros a comprar obras de sus amigos pintores –como Fritz Feigl- e incluso de artistas europeos desplazados.

Se vuelve cada vez más evidente, incluso, que el gusto por las artes plásticas parece haber sido una forma alternativa de composición de relatos para Kafka: «Mis dibujos no son imágenes, sino una escritura privada -reconocía-. La pasión está en mí. Desearía ser capaz de dibujar. Quiero ver y aferrar lo visto. Ése es mi deseo.»

Brod definió, cierta vez: «Su pensamiento se construía en forma de imágenes».

Kafka siguió dibujando regularmente hasta el final: su amor por el arte y el dibujo fueron para él, antes que un pasatiempo o un hobby, una pasión arraigada.

Un periplo con batalla legal incluida

El editor de Galaxia Gutenberg, Joan Tarrida, confirmó en la presentación de la edición española del libro que reunirá la obra plástica que «estos dibujos eran lo último inédito que quedaba por publicar de Kafka, que dibujó ya desde sus tiempos en la Universidad Alemana de Praga, especialmente entre 1901 y 1907, y además con ambiciones artísticas».

A la muerte de Kafka en 1924, los dibujos quedaron en manos de Brod y de cuatro sobrinas del autor.

Una vez en Palestina, Brod depositó los manuscritos, que pertenecían a las cuatro sobrinas -sobrevivientes del Holocausto- en la biblioteca del editor y coleccionista Salman Schocken, quien publicó las Obras Completas. Los dibujos fueron a una caja de seguridad de un banco de Tel Aviv.Kafka V

Cuando en 1956 estalló la crisis del Canal de Suez, temiendo un ataque al estado de Israel o incluso su desaparición, Brod decidió trasladar el material a cuatro cajas fuertes de un banco de Zurich, donde la mayoría de los dibujos permaneció durante los siguientes 63 años.

En 1961, las sobrinas decidieron depositar su parte en la biblioteca Bodleiana de Oxford, donde aún permanece, mientras que Brod los legó a su secretaria, Ilse Ester Hoffe, que desde la muerte de Brod en 1968 se resistió a que los dibujos fueran publicados.

A la muerte de Hoffe en 2007, con 101 años, se inició una disputa legal sobre los materiales de Kafka que todavía estaban en su poder, basándose en una cláusula del testamento de Brod en la que decía que los dibujos que estaban en el banco de Zurich debían ser depositados físicamente en la Biblioteca Nacional de Israel.

La biblioteca Israelí ganó la disputa en 2019 y fue entonces cuando el material quedó a disposición de los investigadores.

Hasta la presente edición, la única publicación con sus dibujos era Había una vez un gran dibujante. Franz Kafka como artista plástico, de Niels Bokhove y Marijke van Dorst (Utrecht, 2002), pero solo reproducía 41 dibujos, que también revelan en el trazo el gusto de Kafka por la caligrafía.

En el nuevo libro se incluyen los dibujos del legado custodiado por Max Brod, el de las sobrinas de Kafka, del Archivo de Literatura Alemana de Marbach (un museo que tiene la finalidad de recopilar textos y documentos de la reciente literatura alemana, ordenarlos y estudiarlos), y dos vendidos por Brod al Museo Albertina de Viena.

En el prólogo, el investigador suizo Andreas Kilcher destaca que abundan «las figuras humanas, pero también seres mezcla de animal y humano», captados en su máxima síntesis. Se trata, añade Kilcher, de unos dibujos que «van de lo realista a lo fantástico, de lo grotesco a lo inquietante, algunos parecen carnavalescos o caricaturescos».