Uruguay – Violencia de género e ideación suicida: una realidad silenciosa para muchas mujeres. [Florencia Pagola]

Profesionales explican las vinculaciones entre estos dos fenómenos y los riesgos de letalidad que implican.

La Diaria, 28-7-2021

Correspondencia de Prensa, 28-7-2021

El año pasado en Uruguay se suicidaron 718 personas: 81% fueron varones y 19% mujeres. Las y los expertos dicen que el suicidio está masculinizado, al igual que el resto de las violencias. Si bien el suicidio es multicausal, en los hombres una de las principales causas tiene que ver con la falla en su rol como proveedor de la familia; y en las mujeres, predomina el haber sido víctimas de violencia sexual, violencia doméstica o por las consecuencias psicológicas que tiene la doble jornada laboral.

Los datos sobre suicidio que actualiza el Ministerio de Salud Pública cada 17 de julio muestran que se suicidan más varones que mujeres, pero no muestran que más mujeres llegan a las puertas de emergencia por ideación suicida o intentos de suicidio, y que sufren más por depresión.

Desde 1996 la feminista sudafricana Diana Russel habla del “suicidio femicida”: mujeres que cometen suicidio debido a los abusos reiterados de sus parejas o exparejas, o por la sociedad patriarcal en la que viven. El Salvador lo tipificó como delito y en Chile el concepto está popularizado. Uruguay es el país con la tasa de suicidio más alta de América; dobla la media mundial. Además, casi 77% de las mujeres uruguayas dijo en una encuesta nacional haber experimentado violencia de género alguna vez en su vida. Entonces, ¿existe vinculación entre estos fenómenos? ¿Podemos hablar de suicidio femicida en Uruguay?

Más cansadas y más tristes

Victoria Marichal (23) nunca conoció a su abuela paterna, porque se suicidó cuando ella estaba en la panza de su mamá. Tenía una cantina junto a su esposo, el abuelo de Victoria, un señor alcohólico y violento. Ella sufrió violencia doméstica durante 30 años, por lo menos, de parte del hombre que era su pareja, padre de sus tres hijos, del que dependía económicamente y con el que convivía en situación de pobreza. Lo denunció varias veces, por lo que le llegaron a poner medidas cautelares, pero la violencia siguió. Con 55 años la abuela se mata, y ese mismo día el padre de Victoria Marichal le dice a su propio padre: “No estás preso, pero deberías estarlo. Porque se mató, pero la mataste vos”.

Esta frase define muy bien “la sensación que genera que alguien que querés cometa suicidio femicida”, explica Marichal sentada en su consultorio. Ella, que es psicóloga especializada en sexualidad, diplomada en violencia basada en género e integrante de la Red de Psicólogas Feministas del Uruguay, dice que historias como la de su abuela “en nuestra genealogía y en nuestra historia como personas debe haber”. “Están ahí, lo que pasa es que no se hablan”, explica. Luego de la muerte de su abuela, el esposo sí estuvo preso, pero quedó libre cuando se tipificó el suicidio. Finalmente él también se suicidó. “La muerte de mi abuela se tipificó como suicidio, pero no se contempló que ella decidió terminar con su vida porque estuvo expuesta a 30 años de una relación violenta. Visto con los ojos de hoy es evidente que fue un suicidio femicida”.

Marichal cita a la psicóloga estadounidense Lenore Walker para explicar que muchas mujeres víctimas de la violencia de pareja ven sólo tres salidas a la situación que están viviendo: ser asesinadas, matar a su pareja o matarse. Para entender un poco más esta realidad, agrega: “Cuando el dolor es tan grande y la violencia es prolongada y sistemática empieza a generar baja autoestima y niveles muy altos de desesperanza. Y la desesperanza es uno de los mayores indicadores a tener en cuenta para el riesgo de suicidio; creer que no hay escapatoria para esta violencia que estoy viviendo o para este malestar ocasionado por la historia de violencia que viví en determinado momento”.

La Encuesta Nacional de Prevalencia sobre Violencia Basada en Género y Generaciones (2020) le pone cifras a una realidad compleja: 76,7% de las mujeres encuestadas dijeron haber experimentado violencia de género al menos una vez en su vida, y 47% dijo haberla sufrido de parejas o exparejas. En Uruguay la violencia doméstica es el segundo delito más denunciado después del hurto; y en 2020 cada nueve días se mató o intentó matar a una mujer en casos asociados a la violencia de género.

Las consecuencias de esa violencia para quienes la padecen son duras: estrés postraumático, ansiedad, somatizaciones, embarazos no deseados, embarazos con problemas (embarazos pretérmino o niños con bajo peso al nacer), imposibilidad del disfrute, y problemas en la vivencia de la sexualidad. A su vez, Sebastián Llosa, psicólogo e investigador responsable de la línea de suicidios e intentos de autoeliminación de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Udelar), explica que las mujeres que sufren violencia por parte de la pareja tienen altos índices de depresión y de trastornos de ansiedad, probabilidades de cometer suicidio y conductas suicidas, y también consumo problemático de sustancias psicoactivas como benzodiasepinas (tranquilizantes). Respecto de las consecuencias de la violencia, Llosa plantea que también puede implicar la predisposición al desarrollo de cáncer e infecciones de transmisión sexual.

El entorno de las mujeres es crucial en estas situaciones. “Lo escuchamos a diario en la clínica. Muchas veces, cuando una mujer cuenta en su familia o con amigos que su pareja la violentó, le dicen ‘bueno, ya se le va a pasar’, ‘debe estar preocupado por el trabajo’, ‘quedate tranquila, aguantá’. Se lo dicen a la mujer o ella se lo dice a sí misma”, explica.

Pero para entender la violencia de pareja o la violencia intrafamiliar, los especialistas hacen hincapié en una violencia estructural, basada en los cimientos de la sociedad. Dice Llosa: “Si la sociedad y las familias se organizan en roles estereotipados en los que hay un desequilibrio de poder en cuanto al desarrollo personal y la autonomía y eso se vive como natural, así es la vida. En cuanto eso se empieza a cuestionar suceden otras cosas en la subjetividad, existen posibilidades de movimiento, de zafar de esa estructura violenta per se”.

Y si la violencia es estructural, es cotidiana y continua, de todos los días. En palabras de Marichal: “La violencia a la que estamos acostumbradas a vivir nos precariza la vida. Empieza a afectarnos emocionalmente, estamos más cansadas y más tristes y tenemos menos ganas de hacer cosas. Y cuando hacemos tenemos que cuidarnos porque nos puede pasar algo, como cuando salimos con un varón tenemos que mandar ubicación a una amiga. Son cosas que normalizamos porque si no, no podríamos vivir tranquilas con el nivel de estrés que eso conlleva. Son violencias que van aumentando el malestar y que necesitamos ponerles una mirada de género. La salida de esto es colectiva”.

A través de la situación de violencia por parte de su pareja que vivió la abuela de Marichal, ella observa ciertos factores que la fueron acorralando. “La falta de oportunidades para pedir ayuda, la idea de que no hay salvación, la situación de pobreza que no permite acceder a una terapia ni ser independiente económicamente o mudarse de domicilio; cambiar de trabajo si sos violentada en el trabajo”. La abuela de Marichal acudió a la Justicia más de una vez, pero la violencia continuó, igual que para 15% de las mujeres que se suicidaron en Chile entre 2010 y 2012, que según la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres previamente habían iniciado una causa penal por violencia intrafamiliar. “Eran muertes evitables. Ahí entra la esperanza; si denuncio cinco veces y no tengo ayuda mis índices de desesperanza aumentan mucho y eso aumenta el riesgo de suicidio”, explica la psicóloga.

Susana Quagliata es magíster en Psicología Clínica e investigadora en suicidios. Ella cree que el suicidio femicida existe en Uruguay, sólo que queda oculto por el tabú y el estigma; y agrega: “Una mujer amenazada y víctima de violencia vive en terror permanente. En esta sociedad no se cree que se pueda llegar a suicidar por eso, pero estas mujeres piensan ‘más vale que yo desaparezca, porque este tipo los va a matar a todos’”. Para Quagliata no se ha avanzado en la terminología del suicidio femicida, porque bastante “nos costó llegar a que el femicidio sea considerado como figura”. Y dice que “el haber padecido violencia doméstica siempre es un factor de riesgo para el suicidio”. Como investigadora en el tema, hay algo que le llama mucho la atención hace un tiempo: “Está pasando que la mujer por desesperación toma la medida de autoincinerarse”. “Está apareciendo como un método en barrios precarios de Montevideo, zafar de la situación sin que haya recuperación posible; a veces incluyen a los hijos. Muchas de estas mujeres mueren solas o justo no estaban con otras personas”, señala.

Además, Quagliata trabajó con madres sobrevivientes de violencia doméstica cuyos hijos se suicidaron, y dice: “El nivel de violencia intrafamiliar que vivían estos hijos era impresionante, ya sea por estar expuestos al maltrato entre sus padres o por haber sido víctimas y ocultar esa violencia a la madre. Cuando entrevistás a las madres (los padres no iban) te das cuenta de que ellas no se percataban del daño que habían sufrido sus hijos expuestos al maltrato y la violencia”. Entonces Quagliata reflexiona: “Si ese niño se suicida por decisión, o es un acorralamiento del niño que no puede pensar en otra cosa. Nadie se mata porque sí; se quita la vida porque no puede seguir viviendo como lo está haciendo”. A su vez, Marichal pone en discusión el suicidio en personas LGBTIQ+ como escapatoria a la violencia patriarcal y heteronormativa que sufren.

Un problema extremadamente social

Sobre el abuso sexual infantil Quagliata menciona que es un factor de riesgo para el suicidio: “La población infantil abusada tiene un riesgo de 20% de cometer suicidio, incluso en la adultez. Es un daño que se traslada a lo largo del tiempo, muchas niñas no pueden poner en palabras y denunciar al abusador. Pasan años y años sufriendo”. Marichal agrega que “uno de los síntomas que más aparece frente al abuso sexual es la desesperanza de la ideación suicida, esto de no querer vivir más, de sentir que no valgo nada, porque es lo que los abusos generan en nosotras”. Ella misma es víctima y sobreviviente de abuso sexual, y cuenta cómo se conecta esa realidad con las ideas suicidas: “El sufrimiento y el dolor son tan grandes que sentís que no lo vas a poder solucionar nunca. Que hubo algo en vos que se rompió, y que a veces es más fácil pensar en no vivir más a tener que enfrentarme y recuperarme de esto que me dejó aplastada en el piso”.

Pablo Hein, magíster en Sociología e integrante del Grupo para la Comprensión y Prevención de la Conducta Suicida de la Udelar, sostiene que el suicidio como consecuencia de la violencia basada en género podría influir en las mujeres más jóvenes, hasta los 20 años. Por eso dice: “Los actos de cierta imposición física y cultural de las familias hacia los jóvenes o adolescentes creo que es más perjudicial para las mujeres. No sólo hablo de abusos sexuales consumados, sino de ciertos abusos de poder que ocurren en las familias. Hay suicidios de jóvenes que tienen su explicación sólo por ahí”. El sociólogo agrega que “eso no nos habilita a decir que el problema es sólo de las familias, porque es extremadamente social”.

Tanto Quagliata como Marichal y Llosa coinciden en que la ideación suicida y los intentos suicidas pueden ser recurrentes en las personas víctimas de violencia sexual y basada en el género, y que es un problema social y cultural. Si bien en Uruguay no se sistematizan los datos de intentos de suicidio, se sabe que las mujeres intentan suicidarse más que los hombres, tres veces más, según Llosa. El psicólogo estima algunas cifras: “Se calcula que hay unos 20 intentos de suicidio por suicidio consumado; si en 2020 tuvimos unas 700 muertes por suicidio aproximadamente, calculemos que hubo unos 14.000 intentos de autoeliminación. Y, por supuesto, los intentos de autoeliminación son precedidos, y en varias instancias, por la ideación suicida. Es un continuo”.

Para entender la conducta suicida se pasa por varias instancias. Primero están las ideas de muerte (“no quiero vivir más” o “me quiero morir”); luego las ideas de quitarme la vida (“me quiero matar”); después pensar en cómo me puedo matar, y luego elaborar un plan. Según Llosa, “la ideación suicida es algo muy frecuente”. “La cuestión es por qué razones las mujeres están en una situación en la que piensan en matarse, cuáles son los factores que las predisponen. Enfocándonos en esos problemas es que vamos a prevenir el suicidio”, explica.

Ahora, sobre por qué las mujeres intentan suicidarse más que los varones, existen varios factores. Para Marichal, “las mujeres suelen usar métodos menos violentos como el envenenamiento y la ingesta de pastillas, que muchas veces son reversibles de alguna forma. Y el peso que tiene en las mujeres el rol de cuidadoras, y el decidir no llevar a cabo la autoeliminación porque tengo que hacerme cargo de mis hijas o hijos”. En su caso, Llosa explica que “los varones cuando intentan suicidarse buscan métodos más letales y efectivos. Y pensando que las personas que intentan autoeliminarse están sufriendo, el lugar que tiene el varón para mostrar su sufrimiento o pedir ayuda no es tanto como la mujer”. Según Hein, “el hombre falla menos, porque la mujer no es que falla, es intento, son dos cosas diferentes. Creo que es un llamado de alerta o pedido de salvavidas a su círculo más inmediato”.

La pandemia tuvo un impacto directo en esta situación. “Los índices de violencia de género aumentaron con la situación de pandemia y aislamiento porque aumentaron los estresores [estrés]. Si un varón pierde el trabajo y ya tiene características violentas, eso pone en riesgo a la mujer y a la familia. La precariedad genera más violencia, sobre todo cuando los roles masculinos están muy afianzados. Aumenta el malestar y reduce las posibles vías de salida como la casa de una amiga o ir a la mutualista por un psicólogo o psiquiatra”, explica Marichal.

No estás sola

Para las mujeres, Hein ve otra franja etaria en la que el problema del suicidio acrecienta: la tercera edad. “Las notas de suicidio de las mujeres de la tercera edad nos dan a entender que el peso de la mochila de la vida ya no lo soportan más. Esas notas de las abuelas reflejan un cansancio de la vida, les cargamos la mochila con mucho machismo y violencia de género, cuando podrían haber disfrutado esa tercera edad con otras expectativas”.

Por eso Llosa hace hincapié en que “cuando estos problemas de violencia u otros que puedan llevar a la ideación suicida son detectados temprano y abordados adecuadamente, contribuyen a disminuir el avance de ese continuo de conductas suicidas”. El psicólogo habla de la importancia de la atención primaria de la salud como un espacio clave donde hablar con las mujeres sobre estos temas, preguntarles y escucharlas. “Muchas mujeres no llegan a plantear en consulta su problema con la violencia porque piensan que no van a encontrar solución o que no es un problema de salud ni de derechos humanos”. A lo que Llosa agrega las barreras en la capacitación y sensibilización de profesionales en perspectiva de género, y una ley integral de violencia basada en género que no cuenta con presupuesto. Brindar espacios seguros y opciones a las mujeres que están en situación de violencia es prioritario, porque “cuanto más se reduce la autonomía de la mujer, más riesgo hay para la conducta suicida”.

Lo otro es seguir problematizando los roles tradicionales de la mujer y el hombre en las familias y la sociedad. Visibilizar estas realidades, hablarlas, estar atentos. Para Llosa, “la motivación para los intentos de autoeliminación es diversa: influir en otras personas o terminar con el problema de violencia que están viviendo. Si las mujeres que sufren esto piensan en el suicidio como única forma de terminar con el problema estamos muy mal, porque hay otras formas de terminar con eso”.

En su caso, Hein pone a “la cultura como sanadora y reparadora de estos problemas”. “Los países que están caminando en este sentido apostaron hace años a trabajar el tema de la comprensión de la violencia de género y de las muertes violentas por temas de género culturalmente. Francia y País Vasco nos llevan 20 años en eso”, explica. Y agrega una situación no menor en Uruguay: la poca “cultura de registro”. Por ejemplo, para el cruce entre “hostigamiento sexual y suicidio no hay datos. Las otras variables que se pueden relacionar al suicidio no están registradas en Uruguay. El suicida no importa; por qué lo hace, a quién afecte y dónde lo enterramos. Porque es un loco que se fue y no nos preguntamos por qué, a pesar de que es la causa externa de muerte más importante históricamente en Uruguay”.

Marichal es tajante cuando dice que “no podemos seguir mirando para el costado como si no pasara nada, hay mucha gente sufriendo. Genera consecuencias muy graves esto de precarizar nuestras vidas, de que pasen a segundo plano”. Por eso, a quienes conviven con la ideación suicida ella les dice que “no están solas”. “Que hay veces en que sentimos que nadie nos entiende, pero que sí hay gente que nos va a entender. Que hay alternativas y salidas, que busquen refugiarse en sus lugares de contención y en esos pequeños placeres de la cotidianidad. Que pidan ayuda, porque existen formas de sabernos acompañadas en ese proceso”, concluye.