Ciudad de México, julio de 2020

Correspondencia de Prensa, 25-7-2020

Una depresión económica sólo comparable a la de hace 90 años cuando el capitalismo se cimbró como nunca antes, una pandemia sanitaria que ha contagiado a millones y todos los días acumula miles de nuevos fallecidos en todo el mundo y una oleada de agitación y violencia que anuncia convulsiones sociales mayores en el cercano futuro: este es el mundo en que está inserto México y el gobierno de López Obrador (AMLO) que pomposamente se autodefine como de la ”Cuarta Transformación”. Un mundo cuyo devastador huracán azota al tejido socioeconómico nacional con toda su fuerza.

El proyecto abortado de las élites nacionales agrupadas abrumadoramente tras los tradicionales partidos PRI y PAN de aclimatar en México un régimen “democrático burgués” en el año 2000 fue inaugurado por un demagogo y corrupto Vicente Fox salido de los establos del PAN, seguido por un represor profesional Felipe Calderón que sacó a los militares de los cuarteles para “luchar contra el crimen organizado” y ensangrentó al país y finalmente permitió una breve restauración del PRI con la presidencia de Peña Nieto que llevó a su cúspide tanto la corrupción como la represión de un régimen abominable.

AMLO triunfó porque el régimen del PRIAN estaba agotado. Una población harta de la represión y corrupción de un régimen que se sobrevivía anhelaba no sólo un cambio sino una redención política. La rebelión electoral de julio de 2018 fue la expresión más importante de ese anhelo de la población. Pero el triunfo de AMLO fue y se mantiene como una distorsión de ese impulso libertario que subyace en la decisión de millones de mexicanos y mexicanas de transformar al país. Personalmente él no es un líder revolucionario y políticamente es heredero pasivo de la tradición dominante de la política mexicana en el siglo XX: la del bonapartismo mexicano.

Pero una reedición del bonapartismo cien años después del bonapartismo peculiar surgido como la principal consecuencia política de la Revolución mexicana se trata de un proyecto muy distinto. Ese bonapartismo peculiar que llegó a su esplendor con el gobierno de Lázaro Cárdenas y que tuvo de testigo excepcional a León Trotsky quien incluso debió buscar una caracterización especial para definirlo y lo llamó bonapartismo sui generis, no es precisamente el que encarna AMLO. Después de Cárdenas el sistema se esclerotizó e institucionalizó y en los años 60’s con Díaz Ordaz a su cabeza se convirtió en el gobierno de la masacre de Tlatelolco. Ese bonapartismo en completa ruina fue el que sus directos descendientes neoliberales Salinas de Gortari, Zedillo y cómplices le dieron la puntilla en los años 90’s. Pero el experimento “democrático burgués” que intentaron le sucediera apenas pudo durar poco más de tres lustros. Hoy México es un país muy diferente al de hace 80 años.

En los dos años que lleva gobernando AMLO primero como candidato victorioso y después ya como presidente todas las señales apuntan que su bonapartismo no tiene nada de lo que caracterizaba al modelo cardenista. Más que apoyarse en los sectores populares para equilibrar la presión del imperialismo, como era el caso de Cárdenas, AMLO ha cedido del todo a las exigencias de Washington a pesar de la política antimexicana y racista de Donald Trump. El colmo fue su visita a la propia Casa Blanca, la cual pasó sin pena ni gloria en Estados Unidos pero fue utilizada enfáticamente por AMLO para acallar y calmar a los sectores burgueses mexicanos opuestos a su gobierno. Con el gobierno de AMLO estamos frente a un régimen con las típicas características de un bonapartismo senil, o sea uno surgido ante un proceso de decadencia que no logra superar su decrepitud.

El personaje parece hecho a la medida: astuto conocedor de la politiquería burguesa, formado en la tradición priísta, con olfato a los sentimientos populares, seguidor de un nacionalismo provinciano sin miras internacionales, anticomunista visceral y con un instinto autoritario y clara empatía del poder por el poder mismo, AMLO es un dirigente llegado en el momento oportuno previo al estallido de un conflicto social mayúsculo. Pero dicho momento, para su desgracia ha derivado en una situación de emergencia que sin dificultad puede calificarse de catastrófica. Una situación en la que la conversión de una triple crisis económica, sanitaria y de violencia extrema amenaza tajante y brutalmente su proyecto de “Cuarta Transformación”: una depresión económica que las agencias consideran que será del 9 por ciento este año, una pandemia que en agosto cumplirá su quinto mes sin que pueda ser domada y la violencia imparable puede que supere este año la del 2019 que fue el año más violento de la década.

Para AMLO son necesarias medidas que permitan que esa población que espera un mejoramiento de su situación que no llega, pueda sentirse satisfecha. Ante la imposibilidad de un mejoramiento económico, de una pandemia controlada y de una reducción de la violencia el espectáculo de que la justicia redentora llegará puede ser de gran utilidad. La Fiscalía está en plena actividad. Se ha anunciado que como era de suponerse en el crimen infame de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa en 2014 los militares están involucrados, que la detención de Emilio Lozoya el ex director de Pemex durante el gobierno de Peña Nieto plantea como muy posible un llamado a cuenta del expresidente priista. Y el escenario político se llena de conjeturas, apuestas, conflictos reales y ficticios. ¿Cuánto tiempo serán efectivos para velar la situación catastrófica que prevalece?

Mientras tanto los trabajadores lenta pero sin pausa comienzan a moverse, como lo demuestran los de las maquilas de la frontera norte que han salido a defender con movilizaciones a su líder y defensora Susana Prieto, quien como dirigente del Sindicato de Jornaleros y Obreros Industriales y de La Industria Maquiladora (Sjoiim) en Tamaulipas encabezó hace dos meses un movimiento exitoso de huelga y protestas de los trabajadores por lo cual fue detenida, después liberada pero obligada a cambiar de residencia. Los trabajadores no se han quedado quietos y han organizado mítines y manifestaciones, incluso en la capital del país.