“Me obligaron a acostarme y a abrirme de piernas, y me pusieron un DIU”

Tras la publicación de un informe sobre las esterilizaciones forzadas realizadas en China, Libération entrevistó a una docente uigur exiliada en Europa, víctima de estos métodos, que relata su experiencia en los campos de “reeducación”. Arrestos masivos, torturas, violaciones, trabajos forzados…su testimonio inédito da cuenta del giro totalitario y genocida en la política de asimilación practicada por el Partido Comunista.

A l’encontre, 21-7-2020

Traducción de Ruben Navarro – Correspondencia de Prensa, 25-7-2020

“En Urumqi (la capital de Xinjiang o Sinkiang), todas las mujeres de mi barrio de entre 18 y 50 años fueron convocadas el 18 de julio de 2017 para un ‘examen gratuito’ obligatorio. Ya a las 8 de la mañana, la cola era muy larga delante del hospital. Cuando me tocó a mí, no hubo ningún examen o entrevista ginecológica. Me obligaron a acostarme y a abrir las piernas, y me pusieron un DIU. Fue terriblemente violento. Lloraba, me sentía humillada, abusada sexual y mentalmente. Pero yo estaba trabajando en uno de los campos (de “reeducación” para uigures), sabía lo que me pasaría si me negaba. Había algunas muchachas muy jóvenes. No vi ni una sola Han (el grupo étnico mayoritario en China)”. Qelbinur Sidik Beg tenía entonces 48 años y una hija única cursando estudios de biología médica en Europa. En su caso, el hecho de tener un segundo hijo no sería ilegal, ya que la China abandonó la política del hijo único hace cuatro años y además, las minorías de la provincia de Xinjiang tenían derecho a tener tres hijos hasta el año 2016. Pero Qelbinur Sidik Beg pertenece a la etnia uigur, unos 11 millones de musulmanes de habla turca, perseguidos por el régimen “comunista”.

Nos encontramos con Qelbinur Sidik Beg el 14 de julio, en un país europeo cuyo nombre prefiere no mencionar. Con peinado impecable, pelo negro azabache y muy pocas canas, con una camiseta rosa muy llamativa, nos mostró en su teléfono la convocatoria que recibió para la visita de control anual de ese 18 de julio: “Todas las mujeres de 18 a 59 años (el límite de edad es extendido cada año) deben presentarse. Si no coopera, será castigada”. También nos explicó que ahora, si una mujer uigur quiere tener un hijo, debe obtener tres autorizaciones: de la policía, de su patrón y finalmente del municipio.

“A escondidas”

La vida de esta egresada de la Universidad de Urumqi, especializada en civilización china, profesora en escuela primaria proveniente de una familia influyente, cambió completamente el 1 de marzo de 2017, cuando fue reclutada como profesora en un campo de “reeducación política”, al inicio de la campaña de detención masiva de uigures dirigida al más alto nivel desde Beijing. Condiciones de detención inhumanas, violaciones, torturas, métodos para evitar los nacimientos, una misión educativa absurda… Su testimonio, inédito y muy detallado, confirma todas las informaciones que hemos podido recoger durante los tres últimos años entre los pocos detenidos liberados o gracias a sus familias, así como los informes e investigaciones realizados por los periodistas e investigadores a pesar de la capa de plomo que el Partido Comunista Chino ha desplegado en toda la región. Un testimonio valioso porque revela desde el interior un sistema carcelario extrajudicial e increíblemente violento, dirigido contra un grupo étnico-racial con el pretexto de la “formación profesional” y de lucha contra el terrorismo.

Qelbinur Sidik Beg nació en 1969 en Urumqi, la capital regional situada a 3.000 kilómetros de Beijing, en una familia de seis hijos. Xinjiang, que los uigures llaman “Turquestán Oriental”, es una enorme región semidesértica situada en la encrucijada de las rutas comerciales de Asia Central y poblada por grupos étnicos mayoritariamente musulmanes: Uigures, kazakos, kirguises, uzbekos, tayikos… Hasta la década de 1990, y pese a la anexión de la región por la China “comunista” en 1949, la cultura ancestral, intelectual y artística local era omnipresente. El idioma principal es el uigur, que se escribe utilizando el alfabeto árabe, y el chino sólo se aprende en la escuela secundaria. “Teníamos vecinos Han y musulmanes, jugábamos juntos, no había odio. Mis hermanos y hermanas son todos egresados universitarios, son policías, funcionarios de alto rango, o se dedican a negocios prósperos. Me consideraba como ciudadana china, pensaba que el gobierno hacía cosas positivas en cuanto al desarrollo rural y a la educación”, recuerda Qelbinur Sidik Beg.

La primera sorpresa se produjo en 2004, cuando su escuela uigur recibió la orden de convertirse en “bilingüe” chino e inglés. Luego, después de los enfrentamientos de 2009 en Urumqi y de los atentados atribuidos a los islamistas uigures y a los independentistas, la campaña de colonización interna de Pekín se intensificó aún más. “La discriminación y el racismo eran cada vez más fuertes, y el control de las prácticas religiosas se hizo más estricto. Mi madre rezaba a escondidas. Durante el Ramadán, el director de mi escuela nos preparaba comidas y bebidas, una manera de identificar a los sospechosos”.

En 2016, la región de Xinjiang pasó a ser gobernada por Chen Quanguo, secretario del Partido Comunista local, que anteriormente había operado en el Tíbet. Bajo el pretexto de la lucha contra los “tres demonios” (es decir, el extremismo, el separatismo y el terrorismo), la asimilación forzada tomó un cariz totalitario. “Empezaron a arrestar gente por la noche. En mi edificio, los vecinos del primero, segundo y cuarto piso desaparecieron uno tras otro, y pusieron un cartel de “no entrar” en sus puertas. En la escuela, mis alumnos lloraban, preguntando por qué les habían llevado a su madre. Todas las noches me acostaba completamente vestida, porque no quería que me llevaran en pijama.”

El 28 de febrero de 2017, Qelbinur Sidik Beg fue convocada al municipio. Dado que era responsable en la gestión de los recursos humanos y de las bases de datos, la convocatoria no la sorprendió. Había allí otros siete profesores, seis hans y un uigur. Tres funcionarios les dijeron que “el gobierno había reagrupado a los incultos” y que ellos habían sido seleccionados para educarlos. “Desde 2016, teníamos que pasar exámenes para comprobar nuestras destrezas, nuestro perfil personal y el de nuestras familias. Me dije a mí misma que esa responsabilidad era el fruto de los exámenes.” La profesora firmó varios formularios, y en uno de ellos se comprometía a no decírselo a nadie, de lo contrario “toda su familia sería castigada”.

Ya en 2014, una de sus colegas, originaria de un distrito rural, le había hablado de un campo de reeducación que se había abierto cerca de Aksou, a 1000 km al sur de Urumqi. “En realidad, no le había prestado mucha atención”, dijo Qelbinur Sidik Beg. Luego, en 2016, la misma mujer le dijo, impotente, que su padre, el director de la escuela, su madre y sus tres hermanos habían sido arrestados por la policía. “A cada uno de ellos, la policía les decía: ‘Rezaste, vas tener 10 años de cárcel’. Lees el Corán, 8 años.”

“Cadenas”

Su compañera de trabajo le contó también que ciertas mujeres habían sido convocadas en grupos para ligarles las trompas. “Pensábamos que esas cosas sólo podían ocurrir en el sur, que la capital nunca se vería afectada”, recuerda Qelbinur Sidik Beg. En Xinjiang, un verdadero abismo de civilizaciones separa a la población urbana de la rural, y hablar mandarín es una ventaja importante para el futuro profesional. La maestra aceptó la misión que las autoridades le habían encomendado  y fue entonces a una reunión secreta fijada para el 1 de marzo, a las 7 de la mañana. “Tenía que ir a una parada de autobús y llamar a un policía para que pasara a recogerme. Fuimos hasta un edificio de cuatro pisos en las afueras, detrás de una montaña. Estaba rodeado de muros y alambre de púas. Entramos por una puerta eléctrica metálica. Había policías armados y unos diez empleados, administrativos, enfermeras, profesores, directores. Me llevaron a una sala de control. Un empleado gritó: “¡La clase va a empezar!” En las pantallas de control, pude ver diez celdas, con diez personas en cada una de ellas”. Qelbinur Sidik Beg nos muestra la pequeña habitación del centro que acoge a quienes piden asilo, donde estamos conversando con ella y en la que hay apenas lugar para dos literas, una cama individual y una mesita. “Las celdas eran de este tamaño. Estaban en una oscuridad total, las ventanas estaban bloqueadas con placas de metal. No había camas, sólo mantas en el suelo. En total, había 97 prisioneros. Habían sido encerrados el 14 de febrero… Conservaban aún el pelo y la barba. Siete de ellos eran mujeres, tres de ellas muy mayores”.

Durante nuestra entrevista, Qelbinur Sidik Beg se expresa con un lujo de detalles, mima las escenas, escoge sus palabras. A menudo, llora. A veces sale de la habitación para recuperar fuerzas, profundamente traumatizada por el papel de cómplice que le impusieron los verdugos. “Los alumnos entraron en el aula de diez en diez. Llevaban cadenas en los pies y en las manos. Una vez que todos estuvieron sentados en sillas de plástico, sin mesa, me hicieron entrar. Había muchos hombres de más de 70 años con barbas largas a los que, normalmente, debo demostrarles respeto. Pero se mantuvieron con la cabeza gacha. Algunos lloraban. Dije: Salam aleikum (Saludo en árabe pero utilizado por los musulmanes del mundo entero, N. de T.). Nadie me contestó. Me di cuenta de que había dicho algo que estaba terriblemente prohibido.” Miró las ocho cámaras de vigilancia y siguió hablando: “Me presenté y les dije: ‘Estoy aquí para enseñarles a hablar chino en Pinyin (transcripción fonética del mandarín, N. de T.)’. Escribí A, B, C, D… en el pizarrón, rezando para salir viva de ese infierno. Y ellos repetían: A, B, C, D…”

Al cabo de dos horas, Qelbinur Sidik Beg pidió un descanso para ir a buscar agua. Todavía hoy, sigue usando la misma cantimplora, que mira por momentos con horror. Una botella Hello Kitty, una botella azul turquesa translúcida con corazones y personajes alegres, testigo silencioso de la escena infernal. A la hora del almuerzo, ayudó a repartir la comida a los “alumnos”: “Pusimos la ‘sopa de arroz’ en tazones, pero yo no veía nada de arroz, sólo agua caliente. Cada cual tenía derecho a un momo (ravioles al vapor). En una celda de ancianos, puse dos momos, a escondidas, en lugar de uno. Después de la comida, un policía llegó diciendo: ‘Han desaparecido dos momos’. Estaba aterrorizada. Una empleada dijo que se había equivocado al contar. Fui a la tetera para servirme una taza de té, mis compañeros de trabajo se apresuraron: ‘No, no bebas, es el agua de los prisioneros, no la hacen hervir suficientemente’. Fue el día más largo de mi vida”.

Gritos de dolor

Qelbinur Sidik Beg tenía un contrato de seis meses. Durante las tres primeras semanas, se fue familiarizando con sus 97 alumnos. No tenían nombres, sólo un número impreso en sus camisas naranjas. “Tuve un estudiante que era muy bien parecido, muy inteligente. Una de las empleadas uigures lo conocía. Se llamaba Selim (nombre cambiado), era uno de los hombres más ricos de Urumqi antes de que su fortuna fuera congelada por el Estado. Todos los días me imploraba: “Maestra, déjeme ver la luz del sol unos minutos más”, porque en las ventanas de mi aula habían dejado un espacio de 20 cm. Un día desapareció. Tenía presión arterial alta y murió de una hemorragia cerebral. Había otro chico con el que se había encariñado. “Era muy activo, daba todo de sí en clase pensando que así podría salir de ahí más rápido. Se enfermó, una infección que se agravó. Cuando por fin lo llevaron al hospital, murió antes de llegar”. Él y Selim murieron durante las tres primeras semanas. “Cada día tenía menos estudiantes. Al principio, estaban en buena salud. Los vi debilitarse. Algunos ya no podían ni siquiera caminar”.

El 20 de marzo, un grupo de recién llegados, rapados y afeitados, ocupó todo el primer piso del campamento. “Los primeros reclusos eran en su mayoría religiosos practicantes, muchos de ellos eran ancianos. Vi llegar a intelectuales, hombres de negocios o estudiantes cuyo único delito había sido el de haber consultado Facebook, prohibido en China”. En ese momento, su misión educativa ya no tenía sentido. “Hablaban muy bien el chino. Así que les di canciones comunistas y el himno nacional y recitábamos juntos. La puerta por la que pasaban estaba entreabierta y bloqueada por una cadena horizontal. Para entrar, tenían que arrastrarse o avanzar en cuatro patas. Yo los miraba a los ojos, era horrible. Y cada hora, me enviaban otros 100”. Los prisioneros tienen derecho a ir al baño tres veces al día, a una hora fija, y a una ducha al mes, limitada a quince minutos.

China2507 II

Pasaban las semanas. Ella no le contaba a nadie el infierno en el que estaba, excepto a su marido, a quien le contó todo durante una noche entera. “Incluso mi barrio se convirtió en una prisión al aire libre. Vi a unos policías abalanzarse sobre cinco mujeres que estaban charlando en la acera y llevarse a dos de ellas con una bolsa negra en la cabeza. Los vi revisar el teléfono de un chico de secundaria, luego tiraron el teléfono al suelo y se lo llevaron”. Porque ahora en Xinjiang, tener WhatsApp o un contacto en el extranjero es suficiente para ser arrestado. “Mi vecino, un comerciante, le pidió a un amigo chino que llamara a su hijo que trabajaba en Kirguistán para rogarle que no volviera a casa. En la noche, cinco policías fueron a su casa y lo esposaron, gritando: “Llamaste al extranjero, es un gran crimen”. Era el mes de mayo de 2017. Su amigo chino fue liberado después de tres meses, pero mi vecino no volvió nunca más”.

Seguían llegando nuevos internos al campo en el que ella trabajaba. “Al cabo de seis meses, había quizás más de 3.000 presos. rEan 50 o 60 por celda, y se turnaban para dormir en el suelo. Cada día, dos, tres, a veces hasta siete personas eran convocadas, en un momento dado. La sala de torturas estaba en el sótano. Los gritos se propagaban por todo el edificio, los oía cuando almorzaba, a veces cuando estaba en clase.” Qelbinur Sidik Beg conocía a una de las mujeres policías del campamento, cuyo hijo había sido alumno suyo en la escuela primaria, la que le daba discretamente algunas informaciones. “Me explicó que hay cuatro tipos de tortura eléctrica: la silla, el guante, el casco y la violación anal con un palo”.

En septiembre de 2017, al final de su contrato, Qelbinur Sidik Beg fue nombrada en otro campo, también en Urumqi, pero reservado para las mujeres. “Era un edificio ordinario de seis pisos en medio de la ciudad. En la fachada, un cartel con letras grandes decía: “Residencia de ancianos”. Era enorme. Había unas 10.000 mujeres con la cabeza rapada, de las cuales sólo unas 60 tenían más de 60 años. La mayoría de ellas eran jóvenes, guapas, bien educadas. Estas mujeres habían sido internadas porque habían estudiado en el extranjero, en Corea, Australia, Turquía, Egipto, Europa o los Estados Unidos. Tenían un gran bagaje intelectual, hablaban varios idiomas. Habían sido arrestadas cuando volvieron a ver a sus familias. Temblaba por mi hija. Había decidido suicidarme si la  China la obligaba a volver”. Las reclusas no tenían baño, sólo un balde cambiado una vez por semana. Como en el primer campo, cada prisionera tenía sólo un minuto por la mañana para lavarse la cara y una ducha por mes. “Los olores eran insoportables. Muchas se enfermaban por la falta de higiene”.

Todos los lunes, las 10.000 prisioneras hacían cola en la enfermería. Una enfermera les daba una inyección intravenosa, la otra les tomaba una muestra de sangre y les daba una píldora blanca. Una enfermera, “que era bastante amable”, le explicó a Qelbinur Sidik Beg que necesitaban calcio porque vivían en la oscuridad, que la muestra de sangre era para detectar enfermedades contagiosas y que la píldora era para ayudarlas a dormir. “Yo me preguntaba: ¿Por qué tanto calcio?” Una vez, cuando iba subiendo a mi clase en el primer piso, me encontré con una mujer policía que llevaba el cuerpo de una estudiante. Éramos las únicas dos empleadas uigures, hablábamos en el patio, en los lugares en los que no había cámaras de vigilancia. Me dijo: “Los tratamientos son para el control de la natalidad. Les damos anticonceptivos, e incluso hay anticonceptivos en los momos”. Pero esta estudiante seguía menstruando y murió de una hemorragia. No hables nunca de esto”.

En el primer campamento, la mayoría de los empleados pertenecían a minorías étnicas, pero Qelbinur Sidik Beg dice que en el campamento de mujeres, todos los responsables eran hombres Han. “Una chica de unos 20 años fue llamada para una ‘entrevista’ durante mi clase. La trajeron de vuelta al cabo de dos horas. Estaba tan dolorida que ya no podía sentarse. El policía le gritó y se la llevó de nuevo. Nunca la volví a ver. La policía me explicó que todos los días, los oficiales llevaban a cuatro o cinco chicas para violarlas en grupo, a veces con porras eléctricas insertadas en la vagina y el ano”.

Acoso

En noviembre de 2017, Qelbinur Sidik Beg comenzó a sangrar de manera abundante. “Ya no podía soportar lo que veía en los campos, ese horror diario del que no podía hablar. Mi marido me dijo que fuera al hospital”. Su superior vino a verla ese mismo día, y le preguntó si podía encontrarle un suplente. Ella recomendó a un colega. “Estuve internada durante un mes. Nunca volví al campo. En diciembre de 2017, una oleada de jóvenes detenidos fueron liberados en Urumqi. Algunos habían sido torturados con tanta saña que tuvieron que amputarles un brazo o una pierna. Otros se habían vuelto locos”.

Después de las vacaciones de invierno, en febrero de 2018, volvió a su trabajo en la escuela primaria. El martes siguiente, fue relevada de todas sus responsabilidades. “Había trabajado con esmero durante veintiocho años, sacrificando mis fines de semana. Antes, pensábamos que el gobierno chino era nuestro gobierno, que bastaba con respetar la ley. Pero de hecho, cuando eres uigur, todo lo que haces es inútil. En la escuela había alrededor de 100 empleados, los otros 11 uigures fueron también despedidos. El 16 de abril de 2018, nos hicieron firmar unos documentos para jubilarnos. No tenía la edad suficiente, pero no había forma de negarse a hacerlo”.

Sin trabajo y débil todavía, solicitó que le devolvieran su pasaporte (en Xinjiang, los pasaportes son confiscados por la policía) para ir a ver a su hija que se iba a casar en Europa. A último momento, le prohibieron salir del país. Dos días después de la fecha de la boda, fue interrogada por la policía durante cinco días. “Me decían que mi hija participaba en manifestaciones prohibidas. Yo decía que no. Me mostraron su perfil de Facebook y la prueba de que había visto un video prohibido”. Le exigieron a su hija que les diera informaciones acerca de su vida en Europa, sus datos y dirección así como la dirección de su universidad. Como muchos otros estudiantes uigures en el extranjero que son acosados por las autoridades chinas, su hija les envió los documentos solicitados.

De los 600 habitantes uigures del edificio en el que vivía Qelbinur Sidik Beg, 190 desaparecieron en dos años. El primer piso y luego el segundo, fueron ocupados por inmigrantes internos chinos. En 2019, Qelbinur Sidik Beg empezó a sangrar de nuevo y gracias a la intervención de un primo suyo, que era jefe de un hospital, le quitaron clandestinamente el dispositivo intrauterino, un delito castigado con pena de cárcel. Gracias a sus relaciones, obtuvo finalmente el permiso para salir de China por razones médicas. “Tuve que ir a 23 administraciones diferentes. Cada vez tenía que comprometerme a volver después de un mes, de lo contrario mi pensión sería suprimida. La Unión Europea me dio una visa de tres meses. Mi marido también tiene un visado, pero las autoridades le exigieron que se quedara en China mientras que yo estuviera en el extranjero”.

Cuando llegó a Europa en octubre, estaba deprimida, exhausta. “No hablaba con nadie, temía por mi familia, que torturaran a mi marido.” Él le aconsejó que se quedara con su hija un tiempo más, ya que tenía una visa de tres meses. A las autoridades chinas que la acosaban, les decía que estaba hospitalizada. “Luego vino el Covid-19, y no podía volver a casa. Finalmente, decidí levantar la cabeza y luchar por mi pueblo. El gobierno chino no sabe aún que no volveré y que pedí asilo político. Tampoco lo sabe mi marido.”

Artículo publicado en Libération, 20-7-2020