El asesinato del afroamericano George Floyd por un policía de Minneapolis provoca una ola de protestas en EE.UU. El fuego que arde estos días viene espoleado por la tormenta perfecta: fractura política, pandemia y desesperación económica.

D. E. Barros, desde Chicago

CTXT, 1-6-2020

Correspondencia de Prensa, 3-6-2020

En el número de julio de 1968, tres meses después del asesinato de Martin Luther King y de la ola de rabia desatada en más de un centenar de ciudades del país (46 muertos, la mayoría a manos de la represión policial y la Guardia Nacional en apenas cuatro días), la revista estadounidense Esquire publicó una entrevista con el escritor afroamericano James Baldwin. Un mes antes, Robert Kennedy había sido también tiroteado –otro de esos asesinatos nunca esclarecidos del todo que jalonan la mitología americana–, en un pasillo de un hotel de Los Ángeles, en los primeros pasos de una campaña presidencial centrada en la lucha por los Derechos Civiles. En un momento dado, se produjo este intercambio entre el entrevistador y el escritor:

ESQ: ¿Cómo podemos hacer para que los negros lo enfríen [la situación]?

BALDWIN: No nos corresponde a nosotros enfriarlo.

ESQ: ¿Pero no son ustedes los que más sufren?

BALDWIN: No, nosotros solo somos los que morimos más rápido.

En 1968 ardió EE.UU. porque el mundo en general ardía. En 1965 ardió el vecindario angelino de Watts. En 1967 ardieron Detroit y Newark como antes habían ardido San Luis (1917), Chicago (1919), Tulsa (1921), –la pasada noche hizo exactamente 99 años de la llamada Masacre de Tulsa–, Harlem (1935) y de nuevo Detroit (1943). Como después arderían Miami (1980), Los Ángeles (1992); y más recientemente Cincinnati (2001) o Ferguson (2014). Son solo unas cuantas chinchetas marcadas en la línea temporal, pero señalan una tendencia, casi una maldición histórica. Si bien hasta la revuelta de Harlem los “disturbios raciales” estadounidenses habían sido principalmente supremacistas blancos, aunque arrasaban el lado negro de la ciudad. Desde entonces, todos han venido precedidos de un acto de violencia policial contra los negros.

Ardieron esas ciudades como llevan ardiendo, con distinta intensidad y desde hace una semana otras como Minneapolis, Chicago, Seattle, Salt Lake City, Louisville, Atlanta o New York. Trece estados tienen la Guardia Nacional desplegada, y desde el viernes, el toque de queda entra en vigor en todas las ciudades mencionadas tan pronto como empieza a caer el sol.

El vecindario en el que vivo, de mayoría afroamericana, aunque uno de los pocos multirraciales de Chicago –la prestigiosa universidad tiene la culpa–, lleva 48 horas sobrevolado por helicópteros y con policía (ciudad, universidad y quién sabe si Servicio Secreto –Barack Obama tiene residencia aquí) casi en cada esquina. Aun así, en la noche del sábado varios establecimientos de las arterias comerciales del barrio fueron saqueados. Ayer no había nada abierto en una ciudad en la que casi nada cierra en domingo. Los saqueos continuaron al final del día, y también las cargas policiales.

Arde EE.UU. como ardía Mississippi en la magnífica película de Alan Parker. Arde y, la verdad, poco importa quién prenda la mecha, aunque los que lo hacen ahora tengan la razón de su parte. Que arda es una tradición tan americana como las hamburguesas en una parrilla la tarde del 4 de julio. Mal que nos pese. Y cada vez que arde América, la rueda vuelve a girar para volver al punto de partida, al tiempo que los agentes de opinión pública se ocupan de mantener nuestra mirada fija en el dedo para olvidar, rápidamente, la luna que había sacado a la gente a la calle.

La tarde del sábado casi todos los medios mantenían una actitud proclive a los manifestantes. A medida que caía la noche y la violencia y los saqueos se iba imponiendo todo cambió. Ayer la protesta parecía haber pasado a segundo plano y los saqueos, los saqueadores y el nuevo juguete de la derecha americana –“los Antifa”– se convirtieron en los reyes de la pantalla. Especialmente desde que en uno de sus habituales arrebatos, el presidente asegurara en Twitter que “EE.UU. designará ANTIFA como organización terrorista”.

Según la Liga Anti-Difamación, no ha habido ningún asesinato relacionado con los denominados Antifa. Sin embargo, grupos de ultraderecha, neonazis y supremacistas perfectamente identificados –“very fine people”, según Trump– han cometido tres de cada cuatro delitos de odio desde 2010. En 2017, una manifestación organizada por este tipo de grupos en Charlottesville acabó en enfrentamientos entre antifascistas y ultras. Resultó muerta una chica de 19 años cuando un extremista de ultraderecha se lanzó con su coche contra un grupo de contramanifestantes.

Será difícil lograr dicha designación para una “organización” cuya existencia como tal es difícil de probar. Además, la legislación antiterrorista norteamericana no lo permite para grupos domésticos. Pero es probable que tengamos tonto debate para las próximas semanas.

Nadie condena la violencia, los saqueos, los incendios y las palizas que hemos visto, una vez más, en los últimos días. Es un milagro que tras seis días solo haya habido, todavía, tres víctimas mortales, en Chicago, Detroit y Oakland, en diversos incidentes que permanecen bajo investigación. En LA 92 hubo 54. Hay cientos de detenciones a lo largo de todo el país.

Martin Luther King, quien además de condenar toda violencia era un antifascista pues es la única forma de ser persona, advirtió: “Un disturbio es el lenguaje de los que no son escuchados”. Un lenguaje que –decía el reverendo– América se niega a escuchar. Él fue asesinado.

Cuando lean esto habrán quedado atrás 6 días de protestas, disturbios y saqueos de diversa intensidad con su punto álgido en las noches del sábado y el domingo. Era esperable. Era fin de semana. Y era esperable también porque, tras la actitud contemporizadora un tanto laissez faire, que habían demostrado las diversas policías en las jornadas anteriores, era hora de la mano dura. Así lo hacía sospechar la subida de tono del presidente Donald Trump a través de sus vomitonas tuieras pidiendo palo y llamando “thugs” (matones) a los manifestantes en Minneapolis –sin diferencia. Pronto a todos, en todas partes.

Si la América normal se resiste a escuchar el lenguaje, imaginen el Pirómano en Jefe.

La razón de que EE.UU. vuelva a arder, a estas alturas, la conocen todos. La agonía y muerte del afroamericano George Floyd televisada en todo el país vía videos virales el pasado lunes. Muerte, supuestamente, por la asfixia provocada por la rodilla del agente de la Policía de Minneapolis, Derek Chauvin, sobre el cuello de Floyd. Lo último que se le escuchó a Floyd, lo último que todos en EE.UU. escuchamos ante la actitud indiferente de hasta cuatro agentes y el horror de los testigos presenciales, fue un grito de sobra conocido: “I can´t breath” (no puedo respirar). Fue lo mismo que había pronunciado otro afroamericano, Eric Gardner, el 17 de julio de 2014 mientras la vida se le escapaba ahogado por el brazo del oficial de policía, blanco, Daniel Pantaleo. Este nunca fue acusado y permaneció en su puesto hasta ser despedido y despojado de su pensión en agosto de 2019.

El de Floyd es solo uno de tantos casos, el último. El 13 de marzo Breonna Taylor murió después de que la policía de Louisville entrara en su casa en medio de una persecución y se iniciara un tiroteo. Este mismo miércoles en Tallahassee, Tony McDade, un afroamericano transgénero fue asesinado a tiros por la policía. Ahmaud Arbery, de 25 años, murió el pasado 23 de febrero por los disparos de Gregory McMichael, un expolicía de 64 años, y su hijo Travis, de 34. Arbery corría por un barrio de mayoría blanca y a sus asesinos les resultó sospechoso. Los negros solo corren por una buena razón dentro de un recinto deportivo, debieron pensar los McMichael antes de subirse a su furgoneta, perseguirlo, detenerlo, forcejear con el joven y dispararle.

La lista es interminable. Poco importa, solo son vidas. Vidas negras, cuerpos negros. Como le escribe Ta-Nehisi Coates a su hijo en el durísimo y bellísimo Between the world and me:

“Y ahora sabes, si no lo sabías antes, que a los departamentos de policía de tu país les han otorgado autoridad para destruir tu cuerpo. No importa que esa destrucción sea resultado de una reacción desafortunadamente excesiva. No importa que su origen sea un malentendido. No importa que la destrucción parta de una política ridícula. Si vendes cigarrillos sin la debida autorización, tu cuerpo puede ser destruido. Si guardas resentimiento a la gente que está intentando inmovilizar tu cuerpo, te lo pueden destruir. Si te metes en una escalera a oscuras, tu cuerpo puede ser destruido. A quienes lo destruyen casi nunca se les hace responsable de ello. […] Y la destrucción no es más que la forma superlativa de un dominio cuyas prerrogativas incluyen los registros, las detenciones, las palizas, las humillaciones. Esto le pasa a toda la gente negra. Y les ha pasado siempre. Y no se responsabiliza nadie. No hay nada extraordinariamente maligno en esos destructores, ni siquiera en el momento presente. Los destructores no son más que hombres que garantizan el cumplimiento de los caprichos de nuestro país, interpretando su herencia y su legado”.

¿Es racista la policía estadounidense? ¿Es racista EE.UU.? La respuesta a ambas preguntas no es sencilla. En cualquier caso, la policía de Estados Unidos no es más racista que cualquier otra policía de los países blancos desarrollados; y EE.UU. no lo es más que cualquier otro país occidental. La diferencia es que la de este es la historia de sus cepos de castigo, sus cruces ardiendo y los fantasmas de extraños frutos colgando de sus árboles. Y es esa historia escrita en un lenguaje nunca escuchado y por tanto nunca reparada la que explica, en parte, el desaguisado. Lo cierto es que un adulto afroamericano tiene tres veces más posibilidades que un blanco de morir a manos de la policía. Y eso aunque tenga 1,3 veces más posibilidades que un blanco de estar desarmado en el momento de verse involucrado en una acción policial. No hay una relación directa entre índices de violencia y la posibilidad de ser asesinado por la policía. Y una cosa es cometer un crimen y otra ser condenado. Los afroamericanos constituyen el 13,4% de la población total de EE.UU. por el 76,5% que se identifican como blancos. Según los datos de 2018, el 43% de los crímenes violentos fueron cometidos por afroamericanos por el 46% achacado a los blancos. Sin embargo, los afroamericanos son más propensos que los blancos a ser arrestados; una vez arrestados, es más probable que sean condenados; y una vez condenados, es más probable que reciban largas condenas. Los adultos afroamericanos tienen 5,9 veces más probabilidades de ser encarcelados que los blancos (3,1 veces más, los hispanos). Uno de cada tres niños negros nacidos a partir de 2001 podría ir a prisión en su vida, uno de cada seis latinos. La comparación con los niños blancos es de 1 de cada 17.

Hay algo, pues, que escapa a la frialdad de las estadísticas. Según The Sentencing Project, la explicación a semejante disparidad “es más profunda y más sistémica que la discriminación racial explícita”, pues en EE.UU. “operan dos sistemas penales distintos: uno para las personas ricas y otro para los pobres y las personas de color”. La diferencia entre la renta media de un hogar blanco frente a uno afroamericano es de treinta mil dólares. Esa misma diferencia se dispara a un par de cientos de miles de dólares en cuanto entra en juego un factor como la educación universitaria.

Se trata, pues, de un entramado de causas en un país que soporta índices de violencia más propias de una zona de conflicto que de un estado desarrollado. Un país en el que cualquiera puede ir armado; algo que la policía tiene siempre presente.

Hay ocasiones como esta en la que la violencia acaba por rebosar los bordes del depósito y se convierte en un espectáculo hipnótico a través de la pantalla del televisor. Es en los hogares de los suburbios blancos de los alrededores de las ciudades en cuyas afueras se despliegan los guetos afroamericanos. Es en las ciudades donde se producen los choques entre manifestantes y policía, los saqueos. Es en los suburbios blancos y en los barrios ricos (no necesariamente blancos) donde se ven las cadenas por cable. Y es allí donde vive la gente que vota, la mayor parte al menos. Gente normal y de orden, a la que aunque casi nunca le salpiquen los cristales rotos y mucho menos la sangre, odia ver el caos desde la comodidad de sus salones.

El silencio de los líderes nacionales –no de los alcaldes afectados, no del presidente, nunca del presidente– de ambos partidos, pero especialmente de los demócratas, el sábado resultó ensordecedor. Hay elecciones presidenciales en noviembre y quien le diga que sabe qué va a ocurrir le miente como un bellaco.

Todos los políticos necesitan los votos de la gente normal y de orden. Todos los políticos necesitan el apoyo de la policía y de sus poderosos sindicatos para ganar elecciones. Nadie ha mimado tanto a los sindicatos policiales como Trump, a los que incluso ha animado a no ser “demasiado amables” en los arrestos. El pasado octubre el líder del sindicato de policías de Minneapolis participó en un mitin del presidente y le agradeció haberles librado de las “esposas y la opresión” padecidas durante la era Obama.

Durante ocho años hubo un afroamericano en la Casa Blanca, otro afroamericano al frente de la Fiscalía General. Ocho años no son suficientes para cambiar los 236 anteriores, ni mucho menos cicatrizar las heridas y la memoria. El día después es historia reciente, la estamos viviendo. El verdadero drama, dijo el viernes por la noche con su torrente habitual el profesor Cornel West, es estar siendo testigos de “América como experimento social fallido”. West, uno de los intelectuales más reputados de EE.UU., evidenció que el capitalismo “no protege a la gente” y cargó contra el ala neoliberal del Partido Demócrata que, según él, está únicamente interesada en “colocar caras negras en posiciones altas”, pero no en el cambio real.

Como me dijo hace poco un amigo afroamericano: “No es que haya menos racismo, es que ahora tenemos teléfonos móviles”.

Estos días se han hecho paralelismos con 1968. Hay algunos, pero también diferencias. El fuego que arde estos días viene espoleado por la tormenta perfecta: fractura política, pandemia y desesperación económica. Veinte millones de estadounidense perdieron su trabajo el pasado abril, el paro alcanzó el 14,7%, diez puntos más que en marzo. El número de desempleados alcanza ya los 40 millones, (20,3%). En USA, un país sin apenas cobertura social y colchón familiar, no job no money. Y tampoco sanidad. Los bancos de comida, con colas kilométricas, están al borde del colapso financiero.

Ahí se acaban los paralelismos y es, de nuevo, James Baldwin, desde el pasado y “optimista” el que nos dice: “Los blancos deben buscar respuesta en sus corazones, por qué fue necesario tener un nigger (vocablo inglés especialmente peyorativo y racista) desde el principio, porque no soy un nigger, soy un hombre. Pero si crees que soy un nigger significa que me necesitas (…) y si yo no soy ese nigger, tú lo inventaste y debes preguntarte por qué”.

Nadie ha respondido todavía.

* Diego E. Barros estudió Periodismo y Filología Hispánica. Vive en Chicago y es profesor universitario.