A l’encontre, 20-5-2020

Traducción de Correspondencia de Prensa, 25-5-2020

Incluso si, y sobre todo si la crisis global provocada por la pandemia de Covid-19 terminara dando lugar a un regreso al statu quo ante, lo que por el momento no es seguro, nos habrá enseñado algo sobre las necesidades (imperativos y urgencias) y las posibilidades (potencialidades y oportunidades) que contiene en sí la actual etapa de desarrollo del modo de producción capitalista. Lecciones que deben alimentar la reflexión crítica de las fuerzas sociales que cuentan aún con los medios para abrir otros caminos, incluido el que puede conducir a su superación por la vía revolucionaria. (1)

1. La pandemia de Covid-19 causada por el virus SARS-CoV-2 forma parte de una larga serie de pandemias virales cuya frecuencia se ha visto acelerada en los últimos decenios. El VIH/SIDA (que apareció en 1981), el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) entre noviembre de 2002 y julio de 2003 (provocado ya por un coronavirus, SARS-CoV), la gripe aviar en 2004 por el virus H5N1, la gripe por el virus H1N1 en 2009, el MERS-CoV que sigue causando estragos en el Medio Oriente desde 2012, la gripe aviar debida al virus H7N9 en 2013 -sin mencionar los brotes de Ébola en África occidental y del Zika en el Brasil o el dengue, cuya presencia sigue extendiéndose en todo el mundo- son los ejemplos más conocidos de algunas decenas de enfermedades emergentes o reemergentes. La hipótesis más aceptada, y en la mayoría de los casos confirmada, es que se trata de zoonosis, provocadas por la transmisión de agentes infecciosos (esencialmente de naturaleza viral) de especies animales, salvajes o domesticadas, a los seres humanos. Es por eso que, los nombres de muchas de ellas se refieren a especies animales.

En el primer caso, la transmisión se ve favorecida por la presión que la especie humana ejerce sobre los entornos naturales, lo que multiplica las oportunidades de contacto entre esta última y las especies de animales salvajes (mamíferos, aves, serpientes, insectos, artrópodos) que viven en ellas. Este es aún más patente cuando se desata una especie de locura por la carne de estos animales. Pero, más ampliamente, es la destrucción de sus espacios ecológicos bajo el efecto de la deforestación, causada por la extensión de los cultivos, el ganado, la minería, el hábitat, las carreteras y autopistas, etc., lo que obliga a estas especies a encontrar refugio en ambientes regularmente frecuentados o incluso permanentemente ocupados por el hombre. La multiplicación de tales contactos favorece la transmisión de agentes que, aunque sean a menudo benignos en los animales salvajes en cuestión, pueden convertirse en patógenos al pasar a los humanos. Tanto más cuanto que esas transmisiones inter especies son regularmente acompañadas por mutaciones genéticas.

El segundo caso involucra, en particular, la cría industrial de animales. Robert G. Wallace demostró cómo la agroindustria capitalista contribuye de múltiples maneras a la generación de pandemias virales dentro de la especie humana (2). El mecanismo es siempre el mismo: El agente infeccioso se encuentra originalmente albergado de forma benigna por una especie de animal salvaje. La probabilidad de que se transmita a los animales domésticos cuando están densamente concentrados en mega-explotaciones como las creadas por la agroindustria, por razones de economía de escala y para conquistar mayores cuotas de mercado, es tanto más alta cuanto que la uniformidad de la especie y el aumento de la densidad de los animales así criados son factores que debilitan las barreras inmunitarias. Además, la frecuente ubicación de estas mega-granjas cerca de zonas desfavorecidas de hábitat popular, que le proporcionan el grueso de la mano de obra, como es el caso de las formaciones periféricas, especialmente las situadas en las regiones tropicales, favorece las zoonosis, que se propagan fácilmente desde estas periferias a los centros urbanos, de los que pueden diseminarse aún más lejos. Además, al globalizar el comercio, la agroindustria abre el paso a la propagación mundial de esos virus, permitiendo así oportunidades de transmisión intra e inter especies. Por último, a partir del momento en que el virus cuenta con esos receptáculos animales y humanos tan diversos, que por otra parte se renuevan constantemente, aumenta también la probabilidad de que se produzcan mutaciones genéticas en los virus transmitidos, favoreciendo así la aparición de cepas patógenas para el ser humano con grados diferentes de virulencia, en un período de tiempo muy breve. En resumen, en muchos sentidos, “la agroindustria está en guerra contra la salud pública”.

Las lecciones que podemos sacar son inmediatas y radicales. Si no se hace nada para acabar con estas prácticas destructivas, es seguro que otras pandemias similares, tal vez incluso más graves que la que estamos atravesando actualmente, se producirán en los próximos años. (3) En términos más generales, la crisis actual es presagio de otras, y todas tendrán las siguientes dos características: su causa inmediata radicará en una u otra de las múltiples facetas del desastre ecológico mundial en el que nos ha sumido el capitalismo, y la vida de las poblaciones estará en juego a una escala que podría ser planetaria. Por consiguiente, el movimiento revolucionario debe inscribir el problema ecológico, en todas sus dimensiones, en el centro de sus preocupaciones: la transformación socialista de la sociedad ya no puede ser sino ecosocialista.

En lo inmediato, supone luchar para terminar con todas las actividades y prácticas anteriores que se han identificado como causas directas o indirectas de las pandemias. Entre ellas se encuentran la deforestación y la destrucción de zonas silvestres, en particular en las áreas tropicales, y todo aquello que permite su desarrollo, incluida la expansión de la agricultura y la ganadería intensivas, que también son responsables de otros peligros para la salud pública (uso masivo de fertilizantes y pesticidas artificiales, recurso a los OGM, etc.). Asimismo, hay que terminar con las explotaciones gigantescas a las que éstas han dado lugar, volviendo a las prácticas agrícolas, así como a las prácticas de cultivo más generales, que sean a la vez menos extensas y menos intensivas y que tengan en cuenta esencialmente la biodiversidad animal y vegetal, en todos los niveles de la ocupación humana de la Tierra, y más aún en las zonas de la Tierra que los seres humanos no ocupan de forma permanente. También es necesario poner fin a la aberración económica y ecológica que consiste en ampliar los circuitos de distribución de alimentos a un nivel planetario, favoreciendo los circuitos cortos y, por lo tanto, locales. Sin embargo, para que los cambios mencionados sean posibles deben ser modificadas de antemano las prácticas de consumo también deben modificarse en las fases posteriores, en particular una reducción del consumo de carne, cuyo aumento a nivel mundial sirve de fundamento y legitima la extensión e intensificación de la ganadería. Porque la salud pública también se juega en nuestra mesa.

2. Resultó imposible prevenir la actual pandemia porque las investigaciones científicas realizadas a partir de pandemias anteriores (sobre todo el síndrome respiratorio agudo severo SARS en 2002-2003) fueron abandonadas rápidamente en los años siguientes. En cuanto a la investigación pública, ésta ha sido afectada por la austeridad presupuestal, más severa aún después de la crisis financiera de 2007-2009, que llevó a la restricción e incluso a la supresión de la ya escasa financiación de la investigación pública, tanto a nivel nacional como internacional (4). En cuanto a la investigación privada, que opera en el marco de las empresas farmacéuticas privadas transnacionales, cuya principal preocupación no es ciertamente la salud pública sino la valorización máxima de su capital (5), la misma tiene por definición poco interés y menos aún medios para el desarrollo de medicamentos o vacunas cuya rentabilidad es dudosa al ser necesarios largos para su desarrollo, además de la incertidumbre en cuanto a la existencia de una demanda solvente, dado que se desconoce la probabilidad de recurrencia de tales episodios epidémicos o no. Sin embargo, en los últimos años se han alzado muchas voces, no sólo por parte de los investigadores sino también por parte los aparatos de la policía y del ejército (6), para advertir a los líderes políticos, en particular a los responsables de la salud pública, sobre el riesgo y la casi certeza de tales recurrencias, sin que hayan obtenido resultado alguno. Y la actual pandemia ha demostrado a posteriori que tenían razón.

Sin embargo, si bien los investigadores preocupados por la lucha contra las recurrencias de las pandemias virales tienen buenas razones para indignarse, no ocurre lo mismo con algunos de sus colegas que han podido disponer claramente de los fondos necesarios y suficientes para lograr… amplificar la virulencia de algunos de esos virus, que sin embargo constituyen importantes amenazas para la salud pública (7). En decenas de laboratorios de todo el mundo, en Europa, los Estados Unidos, Japón, China y Rusia, se están llevando a cabo investigaciones para producir estos virus “mejorados”, cuyas ” mejoras en la función” (nombre oficial) se obtienen mediante la manipulación genética. Así, en 2011, dos virólogos, Ron Fouchier y Yoshihiro Kawaoka, se hicieron conocer al anunciar que habían mutado el virus de la gripe aviar H5N1, que se transmite naturalmente sólo de las aves a los seres humanos, para que sea capaz de transmitirse directamente entre los seres humanos. Dos años después, los mismos investigadores propusieron manipular el virus de la gripe aviar H7N9 de la misma manera. Todo ello con el pretexto de estudiar cómo mutan tales virus pero también, más probablemente, para “mejorar” los arsenales de guerra bacteriológica que poseen los estados mayores de los principales ejércitos, aunque declarando que nunca serán los primeros en utilizarlos… Si los científicos mencionados están entre los muy pocos que admiten que realizan este tipo de manipulación para crear Frankenvirus en sus tubos de ensayo, es evidente que no son los únicos: un laboratorio americano recreó el virus de la famosa gripe española, que provocó entre cuarenta y cincuenta millones de víctimas entre 1918 y 1919.

A este inventario de los horrores científicos en curso hay que agregar que, pese a todas las precauciones tomadas, el personal de los laboratorios que llevan a cabo este tipo de investigaciones no está al resguardo de contaminaciones, ni tampoco puede afirmarse que estos laboratorios están perfectamente aislados. En resumen, el virus que se manipula allí, haya sido o no “mejorado”, puede llegar a salir del laboratorio y contaminar no sólo al personal en cuestión, sino también a sus familiares, vecinos, a todas las personas que se encuentren en el camino, etc. Las fugas de este tipo se producen con la misma frecuencia que las fugas de las centrales nucleares, que también tienen la reputación de ser perfectamente seguras, según los nucleócratas. A tal punto que, tres veces en los últimos cinco años, las autoridades estadounidenses han tenido que suspender investigaciones de ese tipo en laboratorios bajo su supervisión debido a deficiencias en la seguridad (8).

¿Qué lecciones se pueden extraer de lo anterior? Por una parte, es evidente que debe garantizarse la independencia de los investigadores tanto con respecto a la industria como al gobierno, mediante la asignación de los fondos necesarios para las investigaciones consideradas necesarias o prioritarias desde el punto de vista de la defensa de la salud pública. Pero por otra parte, en esta área como en cualquier otra, la investigación científica es un asunto demasiado serio y precioso como para dejar su dirección y control sólo a los científicos, ya que se corre el riesgo de dar rienda suelta a los delirios de los Dr. Strangelove (Dr Insólito, referencia al personaje principal de la película homónima de Stanley Kubrick de 1964, NdT) que puede haber en algunos de ellos, delirios a menudo alentados por los industriales y los gobiernos. La reconciliación entre esos imperativos contradictorios debe buscarse a través de la institución de procedimientos democráticos de deliberación y toma de decisiones sobre las investigaciones a efectuar y la financiación de las mismas, con la participación de los investigadores y también de los ciudadanos, que a menudo tienen un sentido agudo de las necesidades y urgencias en materia de enfermedades, ordinarias o excepcionales, para las que es necesario buscar tratamientos así como las mejoras posibles a aportar a sus condiciones ordinarias de existencia.

3. La pandemia del Covid-19 se propagó como un reguero de pólvora gracias a los intercambios económicos transnacionales. La lección que hay que sacar de esto es evidente: si se quiere evitar o al menos limitar y frenar la propagación de esas pandemias, que muy probablemente se repitan en el futuro dadas las condiciones actuales, es necesario reducir la escala y la velocidad de esos intercambios reubicando las unidades productivas lo más cerca posible de las poblaciones cuyas necesidades se supone que deben satisfacer.

Pero a partir de las lecciones de la crisis actual, la prevención de los efectos de las pandemias no es el único argumento a favor de un cambio de ese tipo. La crisis ha puesto de manifiesto la extrema fragilidad de la infraestructura productiva creada por la transnacionalización del capital. Los más veteranos (incluido el autor de estas líneas) recordarán, con cierta nostalgia, la capacidad de conflicto que los OE (trabajadores especializados), que trabajaban en las cadenas mecanizadas y taylorizadas de la industria fordista de los años sesenta y setenta, demostraron mediante la práctica de lo que en su momento se denominó “huelgas del corcho”: bastaba con detener la producción en un taller determinado o en un segmento clave de las cadenas productivas para bloquear la producción en todos ellos. Ahora bien, con la intención de liberarse en principio de esta capacidad proletaria de conflicto, la “fábrica fluida, flexible, difusa y nómada” posfordista no hizo otra cosa más que extender esta fragilidad al conjunto del planeta: basta con que, por alguna razón (catástrofe natural, gran crisis sanitaria, guerra… o huelga), uno de los eslabones clave (un Estado, una región, una zona industrial, a veces una simple empresa) de las “cadenas de valor” mundiales se rompa momentáneamente para que toda la cadena se paralice. Aunque tales accidentes siempre son perjudiciales para la valorización del capital de esas cadenas, el impacto en el bienestar de las personas es escaso cuando esas cadenas producen bienes tan inútiles como el último i-Phone o la última tableta, exceptuando, por supuesto, a los más adictos a esos aparatos…(9)

La situación es diferente cuando se trata de necesidades básicas como los son los medicamentos, el gel hidroalcohólico, las máscaras protectoras o los respiradores artificiales, que tanto hecho falta en las últimas semanas. Esto es precisamente lo que ha revelado la actual pandemia, recordando también que en Europa se ha producido una escasez repetida o incluso crónica de medicamentos en los últimos años: “Actualmente, sólo el 22% de los medicamentos reembolsados (a través de la Seguridad Social, NdT) en Francia se producen localmente – o sea el 17% de los medicamentos utilizados en los hospitales y el 2% de los medicamentos contra el cáncer. Incluso en el caso de los de origen francés, la mayoría de las materias primas proceden del extranjero: China y la India representan el 61% de los centros de producción de sustancias activas” (10). Esta no es una situación exclusivamente europea, sino que la encontramos también en Canadá (11) y en los Estados Unidos (12), por ejemplo.

Dicho de otra manera, la pandemia actual ha puesto de manifiesto hasta qué punto la “mundialización” del capital ha debilitado el sistema de salud y afectado a la seguridad de las poblaciones al hacerlas dependientes de sistemas de producción e intercambio que están fuera de su propio control y fuera del control de las autoridades políticas y las administraciones encargadas de la salud pública (13). Si la seguridad alimentaria de las poblaciones ha llevado a que la producción agrícola sea excluida del conjunto de reglamentos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) tras el fracaso del ciclo de negociaciones de Doha (2001-2006), lo mismo debe ocurrir con todo lo que se refiere a la seguridad sanitaria de esas mismas poblaciones. Y los mismos argumentos a favor de la agricultura local y los canales de distribución cortos pueden y deben desarrollarse para “relocalizar” la producción de bienes y servicios necesarios para la salud pública. La situación creada por la actual pandemia ofrece la oportunidad de imponer esas medidas, lo que debemos aprovechar con urgencia. (14).

El alegato a favor de la “relocalización” de las actividades productivas puede reforzarse también con dos argumentos adicionales, que van más allá de las consideraciones de la actual pandemia, pero que no son ajenos a ella. Por una parte, la transnacionalización del capital se ha basado en la extensión e intensificación del movimiento físico (transporte) de bienes y personas, a veces en una medida verdaderamente aberrante (15), aunque ésta no sea la única ni siquiera la principal dimensión. Recordemos en qué medida el transporte (tierra, mar, aire) es uno de los principales factores de la emisión de gases de efecto invernadero, especialmente el dióxido de carbono (CO2) procedente de la combustión de los hidrocarburos que utilizan como combustible (16). La “mundialización” de los intercambios es, por lo tanto, uno de los principales factores de la agravación constante de la crisis climática; y la ” relocalización” de las actividades económicas es una de las principales condiciones para atenuar esta crisis. Aquí encontramos el vínculo entre la pandemia actual y la crisis ecológica mundial, en la que nos ha embarcado la arrogancia capitalista del control de la Tierra.

Por otra parte, la “relocalización” de las actividades productivas es una condición que puede favorecer el control del aparato productivo por parte de la población, algo necesario no sólo en la producción de bienes y servicios de salud, como se verá más adelante. Este control implica obviamente la socialización de los medios de producción y la autogestión de las unidades productivas. Pero supone igualmente una planificación democrática del conjunto de la producción social, para ajustar los medios disponibles en el trabajo muerto (medios de producción) y en el trabajo vivo (fuerzas de trabajo) a las necesidades sociales que hay que satisfacer, enumeradas por orden de prioridad, cuya definición deberá ser objeto de deliberaciones y decisiones colectivas. Ahora bien, las dificultades inherentes a una democracia económica de este tipo aumentan inevitablemente con la escala de la población, su espacio de residencia, sus necesidades y con las unidades productivas a coordinar. Por lo tanto, las posibilidades de éxito son inversamente proporcionales a estos parámetros citados.

Para terminar, aclaremos que lo planteado anteriormente no constituye en modo alguno un alegato a favor de ningún tipo de autarquía. Si bien sugerimos claramente que las sociedades humanas controlan aún más su destino en la medida en que cuentan y en que les basta con confiar en sus propias fuerzas, no abogamos por una sociedad que se repliegue sobre sí misma e ignore los beneficios de la solidaridad en todas sus formas, de acuerdo con los principios del federalismo libertario. Por lo tanto, defendemos una autonomía económica, política y cultural de las sociedades humanas, que no excluye las relaciones entre ellas, sino que las subordina a sus propias orientaciones internas y a sus principios de organización, lo que concuerda con el significado etimológico de la palabra autonomía.

4. La pandemia no pudo ser contenida en la escala y con la rapidez que hubiera sido posible y deseable debido a los fuertes recortes del gasto público en salud en las décadas anteriores. Aunque esto ya se ha documentado abundantemente en forma de numerosos testimonios, el macabro número de decenas de miles de vidas sacrificadas deliberadamente por los sumos sacerdotes y los bajos clérigos de los ministerios, las administraciones y los organismos de salud pública en el altar de la austeridad presupuestaria, a través del cierre de instituciones y unidades de cuidados intensivos y la restricción de personal. Y esto, pese a las protestas y advertencias de ese mismo personal, que a menudo recibió como única respuesta un silencio arrogante y despectivo y gases lacrimógenos. Todos los (ir)responsables del desastre que acabamos de vivir deben rendir cuentas, en el plano político, por supuesto, pero también, si fuera posible, en el plano judicial (17).

La lección inmediata que podemos sacar es que hay que poner fin a esta austeridad, poner en marcha un vasto plan público para el sistema de salud, que incluya la cancelación de la deuda de los hospitales, la reapertura de instalaciones y servicios cerrados, la contratación masiva de personal y la reevaluación de sus salarios, etc. (18). Pero la crisis sanitaria también reveló que parte de la deficiencia del sistema de salud no se debe sólo a la escasez de equipos y de personal, sino también a su naturaleza burocrática. En el caso francés, esto se refleja en particular en el hecho de que el conjunto del sistema de salud se centra en los hospitales públicos o privados, y por lo tanto en la medicina curativa y especializada, en detrimento de las estructuras descentralizadas que practican la medicina preventiva y generalista (19). La reorganización del sistema de salud debe hacerse en torno a esas estructuras básicas, combinando los médicos generalistas y los auxiliares médicos, sin olvidar la participación de la población involucrada por esas estructuras en su gestión. (20)

Pero, más allá de las deficiencias del sistema de salud, la crisis sanitaria provocada por la pandemia ha puesto de manifiesto muchas otras necesidades sociales a las que el capitalismo contemporáneo no responde o lo hace de manera muy mediocre. Empezando por la vivienda. La exigencia de que todo el mundo permanezca confinado en sus casas para frenar la pandemia reveló rápidamente el carácter inhabitable de una parte importante de las viviendas sociales, en particular en las grandes urbanizaciones de los suburbios y las periferias urbanas. En Francia, en 2013 (últimas cifras conocidas), combinando todas las viviendas y todos los estatutos de los ocupantes, una quinta parte de los habitantes se quejaron de “signos de humedad en ciertas paredes”, “problemas de aislamiento térmico de las paredes o el techo” y “ventanas que dejan pasar el aire de manera anormal”, mientras que casi uno de cada ocho tuvo que vivir en viviendas que dejaban menos de diez metros de distancia de sus vecinos de enfrente; casi una de cada seis viviendas colectivas estaba superpoblada, en comparación con sólo el 3% de las viviendas individuales; e incluso en las viviendas terminadas entre 1999 y 2013, casi uno de cada diez ocupantes tenía que soportar un aislamiento acústico deficiente, más frecuentemente perjudicial por la noche que durante el día, de nuevo con un fuerte contraste entre las viviendas individuales y colectivas y entre los hogares pobres y los acomodados (21).  Un estudio más detallado probablemente revelaría muchas más fuentes de molestias. Por lo tanto, no es de extrañar que, muy rápidamente, el confinamiento se hiciera insoportable para una parte de la población que vive en tan malas condiciones, que por lo tanto ocupaba el espacio público circundante, desafiando las prohibiciones oficiales y la policía encargada de hacerlas cumplir, lo que dio lugar a múltiples incidentes, algunos de ellos mortales. La encuesta sobre vivienda del INSEE (Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos, por sus siglas en francés) sigue centrándose principalmente en la vivienda ordinaria, abordando sólo marginalmente la situación de las personas sin hogar y las que están alojadas en prisiones o centros de detención, cuyo confinamiento ha deteriorado aún más la situación.

Se pueden hacer observaciones similares sobre otras necesidades sociales, que la actual pandemia ha puesto de manifiesto y sobre la negligencia o el desinterés con que el capitalismo contemporáneo las ha tratado. Así pues, el confinamiento de la población ha interrumpido abruptamente la educación a todos los niveles. Sobre todo, la introducción apresurada de soluciones de educación a distancia dejó en claro que la educación a distancia se encuentra todavía en su infancia, al menos dentro de la educación pública, y no ha sido diseñada para que exista una articulación con la enseñanza presencial, que sigue siendo indispensable y la única manera de capacitar a los alumnos y estudiantes para utilizar los recursos en línea. Las carencias de estos últimos constituye un obstáculo importante para la difusión de la educación a distancia, así como la existencia, en el otro extremo del circuito de comunicación, de condiciones de trabajo en el hogar que permitan explotarla con buenos resultados; y esto se refleja en las malas condiciones de vivienda que tiene que soportar una parte de la población. Lo mismo puede decirse del acceso a los bienes y servicios culturales; siguiendo con este ejemplo, la digitalización de los fondos de las bibliotecas públicas y otros centros de documentación sigue siendo insuficiente, o se encuentra ya abandonada pura y simplemente a las operaciones mercantiles: en 2018, el Proyecto Gutenberg había permitido digitalizar menos de sesenta mil obras, mientras que el año pasado, Google Books ya proponía unos cuarenta millones de obras, muchas de las cuales habían sido simplemente saqueadas. (22)

Entre las necesidades sociales más vitales se encuentra también el cuidado de las personas dependientes: niños pequeños, adultos con enfermedades de larga duración, discapacitados o inválidos, ancianos, etc. En este caso también, el confinamiento y el cierre parcial de los servicios dedicados a estas personas han mostrado la precariedad de la situación de algunos de ellos, en particular los ancianos a domicilio, atendidos gracias al esfuerzo de los profesionales de esos servicios y a la solidaridad familiar o vecinal, con el riesgo de contaminación que eso conlleva. Una serie de improvisaciones que señalan el estado miserable de la manera en que las necesidades sociales son satisfechas por un capitalismo que, además, se enorgullece de haber llegado a una etapa de civilización humana plena.

Para completar el cuadro, las últimas semanas han mostrado la amplitud de las desigualdades sociales establecidas por la satisfacción de las necesidades sociales, así como, más ampliamente, todos los aspectos de la existencia individual y colectiva bajo el capitalismo y, por consiguiente, la necesidad de luchar contra ellas (23). Sin poder enumerar los diversos ejemplos precedentes, es evidente que el significado del confinamiento no fue el mismo según que haya tenido lugar en una casa rural cómoda y agradable o en un apartamento social suburbano; o también, si el equipo informático de la vivienda es apto para satisfacer los usos específicos y simultáneos de cada uno de sus ocupantes o si, por el contrario, este equipo es inexistente o existe uno solo para todos los ocupantes del apartamento. En cuanto a las desigualdades entre hombres y mujeres en la división social del trabajo, quedaron claras especialmente en esta ocasión, al establecerse el cuidado como una emergencia social, así como una virtud eminente: las mujeres estuvieron en primera línea entre el personal del hospital y de Ehpad (Establecimiento Para Personas Mayores Dependientes, por sus siglas en francés) (24). Dada la persistente desigualdad en la división del trabajo doméstico, una vez más, las mujeres, como esposas y madres, tuvieron que asumir el trabajo doméstico adicional generado por el confinamiento de todos los miembros de sus hogares. Además, fueron las principales víctimas del aumento de la violencia conyugal que también aumentó con el confinamiento (25). Y se pueden hacer observaciones similares con respecto a otras dimensiones de las desigualdades sociales, por ejemplo, aquellas entre grupos étnicos o etno-racializados. (26)

5. Una vez desencadenada, la gestión de la crisis sirvió para recordar que el Estado o Estados son y siguen siendo el último recurso para el capital. En este caso eminentemente crítico, asumió esencialmente tres misiones. Por un lado, en lo inmediato, para salvar el capital poniéndolo bajo perfusión financiera: Garantizando los préstamos que las empresas tuvieron que contraer para hacer frente a las pérdidas de explotación; aplazando los plazos de pago de sus contribuciones obligatorias (impuestos y cotizaciones sociales); asumiendo total o parcialmente el costo del paro técnico al que se vieron obligados sus asalariados; prolongando el período de derecho a determinadas prestaciones sociales (subsidios de desempleo) y el pago de los salarios de los funcionarios y otros empleados del Estado; concediendo subvenciones excepcionales directamente a las empresas y a los hogares (esto fue así incluso en los Estados Unidos), etc. Sin duda, mañana habrá otras subvenciones excepcionales, absorciones de deudas, nacionalizaciones, etc., sin hablar de los planes de relanzamiento que serán necesarios para impulsar la recuperación (la reactivación de la “economía”) estimulando el consumo y la inversión, en particular en los sectores más afectados por el cierre (turismo, hoteles, restaurantes, teatros, transporte aéreo, etc.). Y todo eso a costa de un enorme déficit presupuestario y un fuerte aumento de la deuda pública (en el sentido más amplio del término: la deuda de los Estados, las autoridades locales y las administraciones públicas de bienestar social -no olvidemos el costo de la pandemia para el seguro de enfermedad-), sobre todo porque la contracción de la actividad productiva ha dado lugar a una contracción de los ingresos públicos (principalmente impuestos indirectos perdidos y contribuciones sociales aplazadas o canceladas). Según el FMI, la deuda pública podría aumentar en un 13% del PIB mundial (27), o más de 10 billones de dólares.

En su intento de rescate financiero del capital, los gobiernos fueron ayudados por una intervención masiva de los bancos centrales. Algunos (el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón) incluso los financiaron directamente. Los demás (la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Banco Central Europeo) proporcionaron a los operadores financieros (principalmente bancos privados) la liquidez necesaria (atenuando así el riesgo de una contracción del mercado interbancario) y ejercieron una presión a la baja sobre los tipos de interés mediante la compra masiva de bonos públicos (pero también privados) en el mercado bursátil. Y hay que señalarlo una vez más, contra todos los dogmas de la doctrina neoliberal, que hasta el día antes se seguían afirmando como artículos de fe indiscutibles por aquellos que hoy fingen, al menos, ignorarlos, pero sin haber renunciado a ellos.

Por otra parte, los Estados hicieron todo lo posible para preservar el capital de las posibles influencias de las fuerzas anticapitalistas. Para ello, hcieron uso del bastón, restringiendo el campo de las libertades públicas de una manera hasta ahora inédita (el confinamiento suspendió, de jure y de facto, el ejercicio de las libertades de circulación, reunión y manifestación en todos los Estados en que se decretó), reduciendo el estado de derecho, pero también ampliando y multiplicando los objetivos y los medios de vigilancia y de control. (28) Pero también utilizaron incentivos, insistiendo en la ideología de (in)seguridad, utilizando el miedo o incluso el pánico provocado por la pandemia, para suscitar o reforzar los reflejos “legitimistas” que pueden dar lugar a la Unión Sagrada y silenciar a los partidarios de la disidencia social y el conflicto político, incluso gracias a la colaboración activa de un sector de la población que se entregó a la alegre perversidad de la denuncia, a veces incitada por las propias autoridades. Así, las llamadas democracias occidentales adoptaron en pocas semanas las mismas medidas de vigilancia de las poblaciones que sus dirigentes denunciaban como el sello de la dictadura ejercida por el llamado Partido Comunista Chino.

Por último, los Estados prepararon la vuelta a la “normalidad” y garantizaron ciertas condiciones para la salida de la crisis, en particular abriendo la vía a la agravación de la explotación (en particular a través de las restricciones impuestas al derecho laboral: autorización para prolongar la jornada laboral, para flexibilizar la utilización de la mano de obra, etc.), sin definir su alcance y duración de aplicación, como en Francia, la suspensión del derecho de huelga, como en Portugal), a fin de compensar el déficit de ingresos de capital, y redobló la austeridad presupuestaria para hacer frente al aumento de la deuda pública. Es significativa la ausencia de medidas coercitivas destinadas a frenar los despidos, más allá de la cobertura parcial del desempleo técnico, lo que sólo tuvo efecto de incentivo. Los gobiernos apostaron claramente por el efecto que el actual aumento del desempleo tendrá en los próximos meses para agravar el desequilibrio en las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo.

Sin embargo, al mismo tiempo, la gestión estatal de la crisis corre el riesgo de agravar las dificultades del capital, tanto a corto como a largo plazo. Por otra parte, toda continuación y agravamiento de la austeridad fiscal (que implica recortes claros en los servicios colectivos y los servicios públicos) mermará las posibilidades futuras del desarrollo capitalista, impidiendo en particular que se eviten los efectos de posibles pandemias aún más graves en un futuro próximo. Dado que las mismas causas generan los mismos efectos, cualquier retorno al statu quo anterior corre el riesgo de crear las condiciones para nuevas pandemias y nuevas crisis mundiales, incluso peores que la que estamos atravesando.

Ahora bien, al haber sido asumida por los distintos Estados, la gestión de la crisis y sus consecuencias no han hecho sino agravar la distorsión entre una economía capitalista “mundializada” y los centros de poder que siguen siendo esencialmente nacionales y preocupados por los intereses nacionales, atrapados así en rivalidades y conflictos entre sí y entre los conglomerados de capital que representan. De ahí la falta de solidaridad y cooperación entre ellos en la gestión inmediata de la crisis, en su dimensión sanitaria pero también en sus aspectos económicos y financieros. Las rencillas entre los dirigentes de la zona euro, que no fueron capaces de ponerse de acuerdo sobre un mínimo de solidaridad financiera entre ellos (deudas públicas mutualizadas), bajo la forma, por ejemplo, de emisión de obligaciones por parte de la Unión Europea como tal (eurobonds), nos han dado un mal ejemplo, sin ánimo de prejuzgar la puesta en marcha efectiva del plan de la Unión Europea de pedir prestado 500.000 millones de euros, propuesto el lunes 18 de mayo por el tándem Macron-Merkel.

Por último, este nuevo rescate del capital por parte del Estado, después del de la crisis financiera de 2007-2009, ha llevado las deudas públicas a un nivel tal que, incluso con una austeridad fiscal redoblada, corren el riesgo de hacerse insoportables, si no por parte de los Estados (sus contribuyentes), al menos por parte de sus acreedores. Por supuesto, una de las diferencias entre la deuda pública y la privada es que la deuda pública no está destinada a extinguirse: a su vencimiento, un préstamo anterior (en forma de una emisión de bonos) se reembolsa suscribiendo un nuevo préstamo (en forma de una nueva emisión de bonos), a menudo de los mismos acreedores. Así que, estrictamente hablando, el gobierno sólo tiene que servir los intereses de su deuda y nunca su capital. Sin embargo, este interés no debe ser demasiado alto, de modo que el monto de la deuda no sea demasiado alto, ni tampoco la tasa de interés corriente. Sin embargo, cuando el monto de la deuda aumenta, por temor a un posible incumplimiento por parte del prestatario, los acreedores tienden a aumentar las tasas, incluida una prima de riesgo que aumenta en proporción a la deuda. Y cuando la tasa de endeudamiento supera la tasa de crecimiento del PIB, la deuda tiende a aumentar mecánicamente, ya que su carga (los intereses a pagar) supera entonces los ingresos fiscales que, a menos que se aumente la carga fiscal, siguen la tasa de crecimiento del PIB, mientras que al mismo tiempo la capacidad de los gobiernos para impulsar este último se ve limitada por la carga de su deuda. Es en tal situación que un número creciente de Estados (incluyendo en Europa entre los Estados miembros de la zona euro, en particular Italia) pueden encontrarse en los próximos años en tal situación, teniendo que declararse en estado de suspensión de pagos, o incluso simplemente negarse a pagar su deuda; o proceder a una profunda reforma de la fiscalidad, gravando seriamente el capital, las rentas altas y las grandes fortunas, si no son capaces de presionar más a las rentas bajas y medias; o finalmente reactivar la inflación para reembolsar a sus acreedores. (29) Estas soluciones son todas insatisfactorias desde el punto de vista de los intereses que se supone que estos Estados supuestamente defienden; porque, en todo caso, para salvar a los bancos, compañías de seguros, fondos de inversión, fondos de pensiones, etc. que compran títulos de deuda pública, tendrían que desplumar a los ahorristas que poseen estos mismos títulos y cuyos ahorros están centralizados por esos mismos inversores.

Sobre todo, lo que nos interesa aquí por encima de todo, la gestión de la crisis por el Estado nos ha recordado que, dado que esta relación social que es el capital ya no puede asegurar la reproducción social (la reproducción de la sociedad, las condiciones básicas de la vida social, empezando por mantener viva a la población), es el Estado el que debe entrar (de nuevo) en escena, en primer lugar para salvar el capital, como ya lo hemos visto, pero también para preservar la sociedad en su conjunto. La crisis actual nos ha recordado que, en una sociedad fragmentada y dividida por el predominio del interés particular como lo es la sociedad capitalista, el interés general sólo puede realizarse a través y bajo la forma de este órgano colocado en apariencia -pero también en parte en realidad- fuera y por encima de la sociedad que es el Estado. Y en este sentido, el Estado es factor y vector de otra lógica económica que la inmediatamente perseguida por el capital, caracterizada precisamente por la realización prioritaria del interés general, una organización de la producción social orientada a la satisfacción de las necesidades sociales y un cálculo económico que ignora la rentabilidad inmediata del mercado para organizarse únicamente sobre la base de consideraciones de las cantidades a producir y de los medios disponibles para producirlas; en resumen, más preocupado por el valor de uso que por el valor de cambio, puede  llegar hasta la institución del control de los precios o incluso de los precios administrados. (30)

De esta manera, la necesidad de mantener las fuerzas productivas sociales, los medios de producción y la fuerza de trabajo, llevó al Estado a abrir las compuertas del gasto público, apoyando a las empresas y a los hogares, sin preocuparse por el equilibrio del presupuesto o el aumento de la deuda pública, suponiendo que había suficiente riqueza producida anteriormente (en forma de reservas monetarias) para asegurar el presente y preservar el futuro movilizando los logros del pasado (31). Del mismo modo, la necesidad de poner rápidamente a disposición máscaras y aparatos de respiración dio lugar a requisiciones, así como a la incitación, o incluso la orden, de convertir talleres textiles o mecánicos, aunque los logros hayan sido a menudo modestos y a veces, mediocres. Por el contrario, la necesidad de preservar el cuerpo social condujo a la paralización de toda producción no inmediatamente necesaria para la sociedad, arbitrando así entre lo útil y lo fútil, si no entre lo benéfico y lo perjudicial -a menudo, es cierto, bajo la presión de los trabajadores y las trabajadoras.

Esas lecciones no tienen nada de nuevo ni de sorprendente para quienes conocen la tradición socialista. Denunciadas comúnmente como ideas viejas que datan del siglo XIX o ridiculizadas como si fueran restos de los naufragios de las experiencias socialistas, o así llamadas, del siglo XX, acaban, sin embargo, de recordar su plena relevancia y validez. Tendremos que recordarlo en las próximas crisis de la reproducción del capital, que no tardarán en volver en cuanto ésta vuelva a su curso anterior. También será necesario recordar que no hay que confundir el socialismo con el estatismo; que la socialización de la producción que se quiere lograr sólo adopta la forma de estatización mientras se mantengan las relaciones capitalistas de producción; y que la superación de estas últimas debe hacer que adopte otras formas, combinando la autogestión de las unidades de producción con la planificación democrática de la producción en su conjunto. 

6. La extrema fragilidad de la infraestructura productiva del capitalismo no sólo se debe al carácter transnacional que ha adquirido en los últimos decenios, mencionado anteriormente. La transnacionalización no ha hecho más que acentuar una fragilidad estructural derivada de la propiedad privada de los medios de producción social: al hecho de que estos medios de producción se ejecuten en y por empresas privadas, separadas entre sí e incluso parcialmente opuestas entre sí, viéndose a la misma vez obligadas a cooperar mediante el intercambio comercial de sus productos (bienes o servicios). Si ese intercambio se rompe, por una u otra razón, crisis sanitaria, crisis económica o crisis política, todo el aparato de producción colapsa. Le corresponde entonces al Estado hacerse cargo, siendo que él mismo se encuentra estructuralmente impedido por su naturaleza burocrática y por los límites que le impone la propiedad privada, que pretende preservar y hacer respetar. Por no hablar de la mediocridad habitual de los que gobiernan, tanto intelectual como moral (pues ¿existe acaso una ambición más mediocre que la de querer gobernar a los hombres?), que son a su vez prisioneros de los intereses de clase que representan y de los intereses de los cuerpos a los que pertenecen, con todo lo que esto implica en términos de barreras y anteojeras.

Si, a pesar de la fragilidad estructural de la infraestructura productiva del capitalismo y de los límites de la acción paliativa del Estado, la crisis sanitaria y social no fue aún más grave, ello se debe a otro factor más: la capacidad de auto-actividad (auto movilización, auto organización, autogestión, etc.) de las “personas”, que adoptó muchas formas, originando diversas prácticas, todas ellas basadas, sin embargo, en los principios de autonomía (apoyándose en las propias fuerzas) y solidaridad (el “nosotros” es más importante que el “yo”). Esta capacidad de auto-actividad es la que a menudo habrá impuesto, mediante el ejercicio del derecho a retirarse del lugar de trabajo por riesgo sanitario, a través de la amenaza de huelga o el uso efectivo de la huelga, el cese de actividades productivas que no son esenciales para la continuación de la vida social y la adopción de medidas de seguridad básicas para permitir la continuación de las actividades productivas más esenciales. Esta política es la que llevó a algunas empresas, a los que trabajan por su propia cuenta y a los particulares a fabricar máscaras protectoras cuando los poderes públicos no podían distribuirlas porque no habían renovado ni protegido las existencias acumuladas anteriormente. Fue sobre todo la actividad propia del personal de enfermería que, en los hospitales y en Ehpad, trató de compensar el trabajo extra, inventando medios improvisados (bolsas de basura como “protecciones”, máscaras nasales como mascarillas, etc.), a través de la reorganización de servicios enteros (para poder dejar lugares libres en reanimación), pagando el precio del cansancio y del riesgo de contaminación ante la falta de medios que ese mismo personal venía denunciando desde hace tiempo. Esto llevó a un médico de urgencias a decir: “la sensación del personal, de todas las categorías de personal, es que las administraciones no sirvieron para nada y que una cierta forma de autogestión basada en iniciativas individuales era la solución correcta. Esto abre perspectivas de futuro en torno a un viejo lema que ya no parece tan anticuado: el poder para los trabajadores” (32). La auto-actividad también se encuentra en el principio de desarrollar prácticas de ayuda mutua entre vecinos (para las compras, el cuidado de los niños, etc.) y de asistencia a los más necesitados (33). Ese principio dio lugar también a un asombroso conjunto de manifestaciones y creaciones, algunas en apoyo del personal sanitario (como los conciertos de aplausos o los caceroleos en los balcones y ventanas al caer la noche), otras para denunciar ya sea de forma enfadada, humorística u onírica, la negligencia y las mentiras de los gobernantes, otros denunciaban lo absurdo y la inhumanidad del sistema capitalista, algunos la angustia generada por la pandemia y el encierro, y otros exigían que se rindan cuentas cuando llegue el momento o manifestaban la voluntad de luchar para que esto no ocurra “nunca más.”

No debe sorprendernos el hecho que esta capacidad de auto-actividad se manifieste precisamente en un momento en que se está revelando la fragilidad de las relaciones de producción capitalistas y los límites de la acción del Estado. Esto se debe a que, mientras el capital y el Estado funcionen normalmente, esta capacidad de auto-actividad permanece invisible, subterránea, al mismo tiempo reprimida, relegada e instrumentalizada por ellos. Es en el momento en que estas estructuras opresivas fallan que sale a la luz como la base misma de la vida social, su primer y último recurso. Por lo tanto, deberemos basarnos en ella en las próximas crisis como la que acabamos de vivir y de la que aún no hemos salido, que se repetirán inevitablemente con la vuelta a la “normalidad”, para amortiguar su impacto, pero también para tomar el camino de la emancipación social.  Porque el derrocamiento revolucionario del capitalismo no requiere, en última instancia, otra cosa que el despliegue a escala de toda la vida social y la institucionalización en forma de estructuras adecuadas de esta capacidad de auto-actividad de la sociedad.

7. Para terminar, otra lección que se puede extraer de la crisis actual define lo que está en juego en un cambio revolucionario. Al precipitarlas y radicalizarlas, esta crisis ha confirmado las tendencias de larga data y ya conocidas del capitalismo (34): su incapacidad para preservar incluso sus propias ganancias, ya sea en términos de prosperidad material o de salud pública, la constitución y consolidación del espacio público (incluido el ejercicio de las libertades públicas, así como la simple libertad de moverse sin temor en la calle, de sentarse en la terraza de un café, de intercambiar palabras o sonrisas con los vecinos, apretones de manos y abrazos entre amigos) y la autonomía individual, el estado de derecho y la racionalidad. En otras palabras, ha revelado la amenaza mortal que su perpetuación representa para la civilización humana, para la humanidad y el mundo vivo en general. En estas condiciones, el movimiento revolucionario debe presentarse en lo sucesivo como defensor no sólo de los intereses del proletariado (que, sin embargo, constituye ya la mayor parte de la humanidad contemporánea) sino, más ampliamente y más radicalmente, de los de la humanidad en su conjunto, entendida tanto en extensión como en comprensión.

La crisis actual nos habrá hecho recordar que esta humanidad no está en la naturaleza como “un imperio dentro de un imperio” (como lo dijo Spinoza) sino que es parte integrante de ella y por lo tanto dependiente de ella, lo que hace que el humanismo revolucionario debe ser también un naturalismo consumado. Aquí encontramos una de las intuiciones del joven Marx:

“El comunismo es la abolición positiva de la propiedad privada, de la alienación humana y, por tanto, la apropiación real de la naturaleza humana a través del hombre y para el hombre. Es, pues, la vuelta del hombre mismo como ser social, es decir, realmente humano, una vuelta completa y consciente que asimila toda la riqueza del desarrollo anterior. El comunismo, como naturalismo plenamente desarrollado, es un humanismo y, como humanismo plenamente desarrollado, es un naturalismo. Es la resolución definitiva del antagonismo entre el hombre y la naturaleza y entre el hombre y el hombre. Es la verdadera solución del conflicto entre la existencia y la esencia, entre la objetivación y la autoafirmación, entre la libertad y la necesidad, entre el individuo y la especie. Es la solución del dilema de la historia y sabe que es esta solución.” (35)

Notas

1) Algunas de estas lecciones retoman y profundizan las reflexiones ya esbozadas en mis dos artículos anteriores publicados en el sitio web A l’encontre, http://alencontre.org/ , y en los siguientes: “Por la socialización del aparato de salud”, https://correspondenciadeprensa.com/2020/03/19/covid-19-por-la-socializacion-del-aparato-de-salud/,  puesto en línea el 19 de marzo de 2020; y ” Covid-19: el horizonte después de la crisis. Tres escenarios para explorar las posibilidades.”, https://correspondenciadeprensa.com/2020/04/22/claves-covid-19-el-horizonte-despues-de-la-crisis-tres-escenarios-para-explorar-las-posibilidades-alain-bihr/,  puesto en línea el 22 de abril. Y gracias a Charles-André Udry por sus sugerencias que me ayudaron a mejorar la calidad de este artículo.

2) Robert G. Wallace, Big Farms Make Big Flu: Dispatches on Infectious Disease, Agribusiness, and the Nature of Science (Les grandes fermes donnent naissance aux grosses grippes. Essais sur la maladie infectieuse, l’agrobusiness et la nature de la science), Monthly Review Press, New York, 2016. Pour la présentation de ses thèses, je me suis servi de Revue Chuang, « Contagion sociale: guerre de classe microbiologique en Chine », Imprecor, n°672-673, mars-avril 2020, pages 16-17 ; de son interview « Where did coronavirus come from, and where will it take us? » (D’où provient le coronavirus et vers quoi nous mène-t-il ?), http://unevenearth.org/2020/03/where-did-coronavirus-come-from-and-where-will-it-take-us-an-interview-with-rob-wallace-author-of-big-farms-make-big-flu/  mis en ligne le 12 mars 2020 ; et de Rob Wallace et alii, “Covid-19 et les routes du capital », https://www.contretemps.eu/covid-19-routes-capital-wallace/ mis en ligne le 4 avril 2020.

3) Son especialmente preocupantes los microbios y virus que contiene actualmente el permafrost, que pueden liberarse cuando éste se descongele como consecuencia del calentamiento del planeta. Empezando por la viruela, que ha sido totalmente erradicada por la vacunación.

4) Cf. le témoignage de Bruno Canard, «En délaissant la recherche fondamentale, on a perdu beaucoup de temps», L’Humanité, 19 mars 2020.

5) Hasta el punto de provocar desastres sanitarios como el causado por el uso excesivo de antibióticos (lo que favoreció el desarrollo de microbios resistentes) o el causado por la prescripción infundada de opiáceos en los Estados Unidos como analgésicos (con los efectos de dependencia correspondientes), bajo la presión de los laboratorios farmacéuticos en ambos casos.

6) Cf. Claude Angeli, «L’Internationale barbouze avait prévu la pandémie», Le Canard Enchaîné, 8 avril 2020.

7) Les informations réunies dans cet aliéna et le suivant proviennent de Pièces et main-d’œuvre, « Le virus à venir et le retour à l’anormal », http://www.piecesetmaindoeuvre.com/spip.php?page=resume&id_article=1287 mis en ligne le 26 avril 2020.

8) Queda claro que informaciones como ésta pueden dar lugar a teorías de la conspiración que se han venido difundiendo en las últimas semanas, llegano a decir que la actual pandemia es el resultado de una maniobra deliberada de las autoridades chinas. Si tal tesis es delirante, no lo es para quien la ve como el resultado accidental de una “fuga” viral de uno de los laboratorios de Wuhan. Pero no hay necesidad de recurrir a tal hipótesis, que es  plausible, ya que el virus del SARS-CoV-2 existe en su estado natural.

9) Saco este delicioso neologismo al grupo Pièces et main-d’œuvre.

10) Coralie Hancock, « Pour comprendre la pénurie de médicaments », Science et vie, n°1231, https://www.science-et-vie.com/corps-et-sante/les-cles-pour-comprendre-la-penurie-de-medicaments-54872, consulté le 11 mai 2020.

11) Cf. https://www.penuriesdemedicamentscanada.ca/?short=50

12) Cf. https://www.em-consulte.com/en/article/698534 et https://www.usinenouvelle.com/article/une-penurie-alarmante-de-medicaments-aux-etats-unis.N158101

13) Se puede hacer una observación similar con respecto a la seguridad alimentaria. En efecto, la industria alimentaria se ha globalizado tanto como las otras industrias, lo que ha perturbado las “cadenas de valor” y ha privado a los agricultores y fabricantes de ciertos insumos (por ejemplo, la soja del Brasil para los ganaderos) o de sus mercados de exportación tradicionales. Sin mencionar la escasez de mano de obra de temporada, que muy a menudo es mano de obra inmigrante.

14) Utilizo los términos reubicación y reubicación de nuevo por no haber encontrado un término mejor, aunque pueden dar lugar a confusión y discusión, por lo que los he puesto entre comillas. La escala espacial a la que se refieren no es la de la localidad geográfica o administrativa. Uno de los efectos de la “mundialización” ha sido el de alterar (expandir pero también contraer) las escalas anteriores, cambiando sus dimensiones, despojándolas así de cualquier apariencia de naturalidad y revelando su naturaleza de construcciones sociales. Las dimensiones de los “lugares” que delimitarán los espacios dentro de los cuales se “reubicarán” las actividades productivas se definirán esencialmente por las decisiones de sus ocupantes (habitantes) según el perímetro dentro del cual pueden y quieren ejercer su soberanía (su poder sobre sus condiciones materiales e institucionales de existencia).

15) Esto es particularmente cierto en el sector agroalimentario: muchos de nuestros productos alimenticios viajan cientos e incluso miles de kilómetros desde el lugar donde se produce su materia prima vegetal o animal hasta nuestros platos, y cuanto mayor es la distancia, más transformaciones hay. Véase Gilles Grolleau, Lucie Sirieix y Burkhard Schaer, “Les kilomètres alimentaires: de la compréhension du concept à la complexité de la réalité”, Revue d’économie régionale & urbaine, 2010, n°5, en ligne: https://www.cairn.info/revue-d-economie-regionale-et-urbaine-2010-5-page-899.htm

16) Leur contribution est de l’ordre de 22 % au niveau de l’Union européenne ; cf. https://www.ecologique-solidaire.gouv.fr/sites/default/files/OPSTE43F .pdf, p age 1   Elle est de l’ordre de 24 % au niveau mondial ; cf. https://www.statistiques.developpement-durable.gouv.fr/sites/default/files/2019-05/datalab-46-chiffres-cles-du-climat-edition-2019-novembre2018. pdf, page 32.

17) Cf. Benjamin Markowicz, « Responsabilité pénale des ministres devant la Cour de justice de la République, l’“affaire du Covid-19”: les dés sont-ils pipés ? », https://www.village-justice.com/articles/responsabilite-penale-des-ministres-devant-cour-justice-republique-affaire,35051.html mis en ligne le 30 avril 2020.

18) Cf. « Pour une socialisation de l’appareil sanitaire », op.cit..

19) Al sistema de salud francés centrado en el hospital le debemos, por ejemplo, el hecho de haber tenido que esperar hasta el 1 de abril para que se contabilizaran las víctimas del Covid-19 en  los Ehpad.

20) La mejora del estado de salud de la población exigiría muchas otras acciones y medidas, empezando por la mejora de las condiciones de trabajo, cuyo estado mediocre provoca enfermedades profesionales y accidentes laborales (sobre todo en el sector de la construcción y las obras públicas), una reducción drástica de la contaminación de los elementos naturales (aire, agua, suelo), una verdadera política sanitaria en materia de higiene alimentaria, etc.

21) Cf. Anne Laferrère, Erwan Pouliquen et Catherine Rougerie (coord.), Les conditions de logement en France. Edition 2017, Insee, Paris, 2007, pages 141, 145, 147. En ligne: https://www.insee.fr/fr/statistiques/2586377.

22) Cf. respectivement https://en.wikipedia.org/wiki/Project_Gutenberg  et https:// en.wikipedia.org/wiki/ Google_Books  

23) También habrá revelado hasta qué punto estas desigualdades generan pobreza y miseria, incluidos los aspectos más vitales. Cf. par exemple Jean Tortrat, « La faim sur Clichy-sous-Bois-Montfermeil », Un virus très politique, n°6, Syllepse, édition du 4 mai 2020, pages 138-140, en ligne: www.syllepse.net  .

24) En Francia, el 78% de del personal hospitalario es femenino.; cf. https://www.fonction-publique.gouv.fr/files/files/publications/rapport_annuel/CC-egalite-2017 .pdf. Et le personnel des Ehpad est féminisé de 87 à 89 % ; cf. https://www.rc-humanrecruitment.com/booster-parite-diversite-ehpad-2/

25) Cf. Sandra Lorenzo, « Face au coronavirus et au confinement, pourquoi les femmes paient un si lourd tribut », Huffingtonpost, 10 mai 2020, https://www.huffingtonpost.fr/entry/face-au-coronavirus-et-au-confinement-pourquoi-les-femmes-paient-un-si-lourd-tribut_fr_5eb2a7d9c5b6cd82c94971ef

26) Cf. Collectif afroféministe Mwasi, « Coronavirus, racisme d’État et néolibéralisme à la française », Un virus très politique, n°6, op. cit., pages 221-225 ; et « Inégalités socio-raciales et coronavirus », De facto, n°19, mai 2020, en ligne: http://icmigrations.fr/defacto/defacto-019/

27) Grégoire Normand, « Covid-19: le FMI anticipe une forte hausse de la dette publique mondiale », La Tribune, 15 avril 2020, en ligne: https://www.latribune.fr/economie/international/covid-19-le-fmi-anticipe-une-forte-hausse-de-la-dette-mondiale-845124.html

28) Cf. la aplicación, real o prevista, del reconocimiento facial digital o el seguimiento informatizado de los movimientos individuales mediante brazaletes electrónicos o teléfonos inteligentes, para el mayor beneficio potencial de los partidarios de la extracción de datos o la explotación informatizada de datos digitales, en primer lugar los servicios de policía pero también las Gafam.

29) Para más detalles sobre esas y otras opciones, cf. Laurent Cordonnier, « Qui va payer la dette publique ? », Le Monde Diplomatique, mai 2020 ; Christian Chavagneux, « Qui va payer les dettes de la crise ? », Alternatives Économiques, n°401, mai 2020 ; Michel Husson, « L’économie mondiale en plein chaos », http://alencontre.org/laune/leconomie-mondiale-en-plein-chaos. mis en ligne le 17 mai 2020 ; et François Chensais, « Rapport politique entre capital et travail et règlement de la dette publique », http://alencontre.org/europe/france/france-rapports-politiques-entre-capital-et-travail-et-reglement-de-la-dette-publique. html mis en ligne le 19 mai 2020.

30) Pero esto sucede en otras circunstancias de peligro, como las guerras. Para comparar, cf. Thomas Irace et Ulysse Lojkine, « Économie de pandémie, économie de guerre », https://legrandcontinent.eu/fr/2020/05/12/economie-de-pandemie-economie-de-guerre/,  mis en ligne le 12 mai 2020. Merci à Michel Husson de m’avoir signalé cet article.

31) Por supuesto, todo el problema consiste en saber cómo el Estado moviliza esas reservas: recaudándolas bajo forma de impuestos o tomándolas prestadas a sus titulares. En ambos casos, sin embargo, es gracias a estas reservas, una acumulación de la riqueza producida anteriormente, que el presente y el futuro han sido asegurados y preservados.

32) Un virus très politique, n°7, Syllepse, édition du 11 mai 2020, pages 5-6, en ligne: www.syllepse.net   .

33) Estas prácticas de ayuda mutua llegaron hasta un comienzo de federalización.: cf. en France, le réseau Covid-entraide,  https://covid-entraide.fr/ ; au Brésil, le réseau Resocie https://resocie.org/; en Espagne, le réseau Reas https://www.reasred.org/ ; etc.

34) Cf. « Prendre au mot la dimension mortifère du capitalisme », https://alencontre.org/debats/prendre-au-mot-la-dimension-mortifere-du-capitalisme. html mis en ligne le 9 juin 2010.

35 Marx, Manuscrits de 1844, Paris, Les Éditions Sociales, 1972, en ligne: http://classiques.uqac.ca/classiques/Marx_karl/manuscrits_1844/Manuscrits_1844. pdf, pages 81-82.