La filósofa desarrolla su idea de refugio: un lugar que garantice derechos de migrantes y minorías desprotegidas. Sostiene que la pandemia evidencia descarnadamente la desigualdad; por empezar, en el acceso de pobres y ricos a la medicina. Sostiene que “siempre existe la posibilidad de que Trump se autodestruya”.

Carina Kove

Revista Ñ, 22-5-2020

Correspondencia de Prensa, 24-5-2020

Estamos ante una nueva forma de biopolítica, desliza Judith Butler desde Berkeley, con una afabilidad que se deja traslucir incluso en el brío de nuestro intercambio por correo electrónico: “En California hubo muchos casos de Covid -19; en Berkeley, no tantos. Mis amigos en la costa este están experimentando pérdidas más graves. En mi caso, una de mis parientes cercanas en Cleveland ahora lo está sufriendo, tiene 90 años y probablemente no sobrevivirá. Pero es en las cárceles donde el coronavirus está furioso. Hoy, la cárcel es una especie de sentencia de muerte para muchos”. La teórica que se ha convertido en una referencia ineludible de la filosofía política, enseñando con su compromiso militante que la palabra hace, la identidad es acto y la sexualidad disputa, cita la denominación que ha recibido el aislamiento en el estado donde vive desde hace años. “Refugio en el lugar”, así lo llaman. Un concepto que para quien ha desarrollado su teoría en torno a la performatividad a partir de observar a las minorías, no pasa inadvertido. En su opinión, es necesario revisar la centralidad que ha asumido la “idea de hogar” como el espacio de resguardo frente al enemigo invisible.

–¿Por qué sostiene que resulta necesario buscar otras definiciones de refugio frente a la pandemia?

Un refugio es, etimológicamente, un lugar donde el viaje puede detenerse. Pero eso no significa que un refugio sea un objetivo final o un lugar donde se puedan asegurar derechos y una pertenencia. Y si bien el refugio puede significar bienvenida y protección, esa “protección” no es la que el estado-nación invoca con frecuencia, cuando se dice “debemos cerrar las fronteras para proteger a la nación contra aquellos que traerían la diferencia a nuestra unidad nacional”. Esa defensa fóbica, junto con las tácticas de expulsión, privan al refugiado de toda protección, o de todo refugio, justamente en nombre de la “protección” de la identidad nacional. Quizás es por eso que tenemos que distinguir entre los modos de protección que no encierran a aquellos a quienes se les da la bienvenida, y los modos de protección que hacen una distinción entre quién debe protegerse del daño y quién debe estar expuesto al daño; es decir, quién debería vivir y quién debería morir. Es en este punto que la biopolítica se convierte, en términos del filósofo camerunés Achille Mbembe, en necropolítica… Pero además veamos cómo nuevas redes de parentesco y comunidades de cuidado emergen precisamente cuando el estado –el sistema de atención médica, por ejemplo– no puede abordar completamente todas las necesidades de atención. Y aquellos que ayudan a otros durante este tiempo no están simplemente actuando desde una inclinación virtuosa: están construyendo, articulando nuevas formas de comunidad que se mueven fuera de la idea de la familia.

–Hay una premisa que me parece interesante, el confinamiento como política del hacinamiento. Un capitalismo que anida en el exceso de la presencia y que sólo encuentra respuesta en el encierro…

A ver, muchos temen que el auto-confinamiento se vuelva norma, que el coronavirus les dé a los estados la oportunidad de despolitizar a sus poblaciones, de negarles el derecho a reunirse y asociarse. El aislamiento, en parte, es una estrategia de control estatal, que expande el poder del estado. Hoy las naciones toman diversas decisiones sobre cómo administrar sus poblaciones, incluso sus vidas y sus muertes. En este sentido, esta situación genera un nuevo paradigma de biopolítica. Hemos visto en algunos países que la crisis de atención médica ha llevado a la suspensión de los derechos al aborto y a la atención médica trans. En Hungría, Viktor Orban se ha autoconcedido poderes extraordinarios. Pero no sólo eso. Allí se han denegado los derechos legales trans, y algo similar está sucediendo en Polonia. Tanto en Perú como en Panamá existe un sistema escalonado para que las mujeres salgan de la casa un día y los hombres otro, y las personas trans han sido arrestadas por salir el día designado para su género legítimamente asumido.

–La pregunta es cómo lidiar con esa tensión de una presencia estatal necesaria, en un estado de excepción…

Las condiciones de emergencia siempre implican la suspensión del estado de derecho y el resurgimiento de la autoridad del poder ejecutivo. Pero, por otro lado, producen nuevos tipos de movilizaciones, redes transnacionales, alianzas de atención médica, comunidades de apoyo, o ayuda con la distribución de alimentos. Por lo tanto, no debemos pensar que una lógica única gobierna todas las situaciones. Lo que más me preocupa en este momento es la forma en que las demandas capitalistas para reabrir la economía aceptan que la economía requiere de la muerte de las personas más vulnerables de nuestras comunidades. Saben que la intensificación del contacto social con el propósito de hacer renacer la economía pondrá en riesgo a las personas mayores, o aquellos con sistemas inmunológicos deteriorados, o los que no pueden refugiarse o tienen menos acceso a la atención médica. Se configura un grupo de subjetividades “prescindibles” como resultado de una estrategia de abrir la economía a toda costa. Ese utilitarismo realista está dispuesto a dejarnos morir para que la “salud” de la economía se mantenga fuerte.

–¿Y qué pasa con los nacionalismos? Aquí, otra contradicción: la muerte a escala global parece habernos confinado a ellos…

En realidad, vemos a los nacionalismos –en su concepción clásica– priorizar en sus políticas la necesidad de salvar a sus propias poblaciones primero, pero ninguno de nosotros hoy vive dentro de las fronteras que ese imaginario establece.

–¿Qué significará este momento entonces? Zizek habló de una posibilidad de reinventar nuevas formas de comunismo; otros, por el contrario, lo entienden como una instancia de consolidación del capitalismo a través de nuevas formas de control social…

Es tanto lo que se desconoce que es fácil entender por qué una mayoría se ve obligada a hacer predicciones firmes sobre el futuro. Algunos dicen que las desigualdades producidas dentro del capitalismo se intensificarán y otros observan un potencial socialista radical en las comunidades de cuidado que se han formado. Y puede ser que ambas posiciones tengan algo de verdad. Está claro, por un lado, que los pobres, los indígenas, los negros y morenos, las mujeres y las minorías de género tienen mucho menos acceso a una buena atención médica que los ricos y los privilegiados. En EE.UU. vemos cómo la comunidad afroamericana sufre muchas más muertes que los blancos. Esas muertes reflejan desigualdades sociales y económicas de larga data, como resultado de un modo de capitalismo racial. El número de muertos en Ecuador también es terrible, su caso refleja una política global que habilita que la pobreza y la miseria se conviertan en norma. Pero, al mismo tiempo, hay signos de esperanza…

–¿Cómo cuáles?

Podríamos estar ante una oportunidad para revitalizar el activismo ecológico. Pero por otro lado, retomo lo que mencionábamos antes: el mandato de permanecer dentro del hogar no funciona para muchas personas, especialmente para las personas sin hogar, pero también para las mujeres y los niños que sufren abuso y violencia, o aquellas personas solas que están privadas de todo contacto social.

–En Argentina el lugar que pasó a ocupar la “ancianidad” en los discursos en torno a la enfermedad alertó a varios intelectuales. Se habló de una nueva forma de “tanatocomunicación”.

Es que esa segmentación de los ancianos, y aquellos con condiciones médicas, pero también aquellos que no tienen acceso a la atención médica, justamente se concreta como una forma de “reiniciar la economía” para “proteger a los vulnerables”. Pero esa protección elimina a los más vulnerables de la vida social y económica; son implícitamente excluidos del cuerpo político. Me preocupa que esta “protección” sea, en realidad, un abandono sistemático de una población considerada no productiva y menos valiosa. En el peor de los casos, es una forma de darwinismo social que privilegia las vidas de los ricos y devalúa las vidas de los mayores.

–En este sentido, ha mencionado cómo en EE.UU. quedó expuesta la necesidad de una reforma del sistema sanitario, lo que hubiera hecho suponer que el contexto iba a fortalecer a Bernie Sanders. Pero no fue así.

Es una ironía dolorosa. Elizabeth Warren y Bernie Sanders (n. de a.: ambos se bajaron de las primarias demócratas, que permanecen suspendidas por la pandemia) insistieron en que la atención médica universal debe ser algo que todos los ciudadanos estadounidenses deben esperar; cada uno de ellos argumentó que entre todas las naciones del mundo estamos entre quienes tienen una visión cruel e injusta donde sólo quienes pueden pagar, merecen recibir atención médica, sólo los ricos merecen sobrevivir. Si alguien está desempleado, esa persona básicamente pierde el derecho a la vida a menos que pueda encontrar el dinero para comprar un seguro de salud independiente. Y, sin embargo, si bien tienen un fuerte grupo de seguidores, ni Sanders ni Warren recibieron suficientes votos para ganar la nominación. Y ahora frente a la pandemia, curiosamente, se defiende la atención médica universal, y vemos que la gran cantidad de dinero que el gobierno de EE.UU. está pagando para apoyar la atención médica es más que la cantidad que Sanders y Warren habían afirmado que se necesitaba para una atención médica universal. En ese momento, Joe Biden y otros se burlaron de ellos por pedir tanto dinero, se consideró una demanda exorbitante. Cuando vemos cómo el sistema de salud alemán estaba mucho mejor equipado que el nuestro y que allí hay tantas menos muertes, uno se da cuenta del beneficio que supone establecer la atención médica como una prioridad absoluta para todas las personas.

–¿La crisis desatada por la pandemia puede tener consecuencias en la carrera electoral?

–Siempre existe la posibilidad de que Trump se autodestruya. Sus puntos de vista escépticos sobre la ciencia, sus mentiras, sus fantasías y sus declaraciones contradictorias hacen que las personas sientan que están siendo gobernadas por un loco. Pero, por su parte, sus seguidores realmente aman la locura. Es una montaña rusa todos los días, y eso les permite sentir una especie de euforia disociada, se identifican con la idea un hombre en el poder que puede y violará todas las leyes. Es una situación peligrosa pero espero que las personas se unan, a pesar de sus diferencias, para votar contra él. Biden tendrá que crear un equipo que incluya a Warren y Sanders para que el electorado se presente en grandes números. Es comprensible que muchos jóvenes de izquierda estén muy desilusionados con la política electoral, pero tendrán que pensar estratégicamente sobre cómo acercarse a la construcción del mundo en el que desean vivir. Biden no es la respuesta, claramente. Pero un régimen demócrata será mejor que uno republicano. La lucha desde la izquierda continuará, pero será contra los neoliberales convencionales, los racismos sistémicos, la intensificación de las desigualdades sociales y económicas, y será por la igualdad de género y la oposición a la violencia sexual, los nuevos socialismos y las movilizaciones no violentas que buscan detener la explotación y la violencia.