A l’encontre, 28-4-2020 

Traducción de Ruben Navarro – Correspondencia de Prensa, 29-4-2020

Una parte de la casa de Abu Khaled está en ruinas. Es una casa de hormigón en Binnish, una ciudad al este de la ciudad de Idlib en el noroeste de Siria que fue blanco de bombardeos mortales por parte de sirios y rusos, con ataques aéreos y de artillería que golpearon los barrios residenciales.

Un proyectil atravesó el salón de Abu Khaled, contó. Todo lo que queda en la habitación son pilas de escombros y en el aire las barras de acero del hormigón armado.

A principios de febrero de este año, el momento en que los bombardeos que devastaron gran parte del noroeste de Siria ocupado por la oposición eran más intensos, Abu Khaled abandonó su casa. Él, su esposa y sus ocho hijos se mudaron a un apartamento sin terminar en la ciudad de Idlib, a pocos kilómetros de la autopista.

El apartamento estaba suficientemente lejos del epicentro de los bombardeos como para suponer que estarían en seguridad por cierto tiempo. Pero no tenía con qué satisfacer las necesidades básicas de la familia. No tenían con qué calentar un poco el apartamento en medio de un invierno glacial y no recibían ninguna ayuda.

Un mes después, Rusia y Turquía llegaron a un acuerdo sobre una tregua que, desde entonces, ha sido en gran medida respetada. Es uno de los períodos más largos de respiro para el pueblo de Idlib desde que el gobierno de Bachar y Rusia lanzaron una devastadora campaña de bombardeos, hace ya un año.

Abu Khaled tuvo que volver a Binnish y vio que sólo quedaban en pie la cocina y una habitación de su casa, pero al menos no había bombarderos en el cielo. Entonces, como había sido trabajador de la construcción, aprovechó esa paz relativa para limpiar los escombros del salón y empezar a levantar de nuevo las paredes.

Alrededor de 185.000 personas han vuelto a sus pueblos de origen en las provincias rurales de Idlib y Alepo, controladas por la oposición, desde el comienzo del alto el fuego a principios del mes pasado, según el Grupo de coordinación de la intervención, una organización local.

Vienen de campamentos improvisados agrupados a lo largo de la frontera turca, en los que las familias se refugian aún en tiendas de campaña en mal estado, en apartamentos de alquiler sin terminar o simplemente al aire libre, cubriéndose con una pila de mantas.

Los que han podido volver a sus hogares representan menos de la quinta parte del millón de personas que tuvieron que huir en camiones, llevándose lo que podían, a los campamentos fronterizos en diciembre de 2019 y a principios de este año, buscando ponerse al abrigo del gobierno sirio y de las bombas rusas.

Sin embargo, el retorno es bastante importante. Binnish, en particular, ha visto regresar a sus hogares a “casi el 100%” de sus habitantes en las últimas semanas, dijo el presidente del consejo local de la ciudad, Fadhel Abu Tayseer.

La vida en las casas bombardeadas es más fácil que en los campos, dicen los repatriados. “Los campos están demasiado superpoblados y no pueden satisfacen las necesidades básicas de la gente”.

Ramadán durante la pandemia de coronavirus

Frente a la casa de Abu Khaled, las calles que hace poco más de un mes estaban prácticamente desiertas a causa de los desplazamientos, están ahora llenas de familias que hacen las compras o que comen meshawi, parrilladas, en las aceras.

Algunos compran dulces antes del mes santo de Ramadán, que empezó el viernes (24 de abril). Umm Alí, una viuda que regresó recientemente a su casa de un campamento improvisado para personas desplazadas con sus cinco hijos, dice que ha podido volver a reunirse con sus amigos y vecinos para tomar el café de la mañana.

Pero no es fácil volver a la vida normal. Muchos de los que regresaron están ahora desocupados en una ciudad devastada por los bombardeos antes del alto el fuego. Otros temen que las bombas caigan, inevitablemente, de nuevo.

Abu Tayseer describe una ciudad ya diezmada por “largos años de guerra” y bombardeos, con carreteras y redes de agua en mal estado con pocas organizaciones humanitarias con capacidad de intervenir.

Y los comercios locales están llenos de gente a pesar de las advertencias de los médicos y los trabajadores de las organizaciones humanitarias, sobre el riesgo de que el nuevo coronavirus aparezca pronto en el noroeste de Siria, territorio que sigue siendo controlado por la oposición.

Hasta la fecha no se ha registrado ningún caso en Idlib ni en las zonas rurales vecinas de Alepo, que siguen en manos de los rebeldes, pero se ha informado que, por ahora, 42 personas han sido infectadas con el virus en otros lugares del territorio controlado por el gobierno. Hay muy pocas camas de cuidados intensivos y ventiladores en el noroeste de Siria, insuficientes en caso de que el virus llegara a los campamentos de desplazados abarrotados, o a ciudades como Binnish.

En Binnish, los repatriados que hablaron con Middle East Eye dijeron que todavía no estaban preocupados. Entre ellos se encuentra Ibraham al-Barakat, un padre de tres hijos que regresó a su casa en Binnish con su familia hace unas semanas. La familia había alquilado un apartamento sin terminar en Sarmada, una ciudad que está cerca a la frontera turca en la que hay varios campamentos improvisados de desplazados internos. En Sarmada hacía mucho frío y Barakat no encontraba trabajo para seguir pagando el alquiler. “Estamos felices de estar de vuelta en casa ahora”, dice. Desde entonces ha vuelto a su antiguo trabajo de vendedor de productos de limpieza para el hogar en un mercado local. Los restaurantes y otros comercios a su alrededor aún no han cerrado, la pandemia de coronavirus todavía no ha llegado a esta ciudad. A veces, sus hijos más pequeños se asustan cuando oyen ruidos fuertes, dice Barakat. Pero la familia quiere creer en esta apariencia de paz. Él y su esposa habían preparado dulces de Ramadán para sus hijos. “La destrucción y la muerte han pasado ya”.

En algunas partes de la ciudad hay señales inquietantes. Aziz al-Asmar es un artista de Binnish, sus habitantes lo conocen por sus murales que hablan de la guerra en Siria. Adornan las paredes derrumbadas de los edificios de hormigón destruidos por los ataques aéreos y el fuego de artillería. En uno de ellos, las manos de una persona invisible sostienen a un bebé aparentemente herido bajo la palabra “guerra” pintada de negro. El viento hizo volteó el resto de la pared tambaleante. En el primer piso, se ven trozos de barras de metal deshilachadas en lo que fue una vez un apartamento.

Las pinturas de este artista de 47 años han cambiado de tono en las últimas semanas. En Binnish, hay ahora pinturas relacionadas con el coronavirus al lado de otras que representan las bombas que hace poco tiempo destruyeron la ciudad. Uno de los murales muestra las puntas en forma de corona del virus que aparecen encima de la cabeza de un hombre, junto a una leyenda que critica a las Naciones Unidas y a la comunidad internacional por su (escasa) respuesta humanitaria. Otro advierte a los habitantes: “Siria no está al abrigo” del virus.

“La gente no tiene miedo (del coronavirus) todavía”, dijo Asmar a Middle East Eye. “La mayoría de la gente es imprudente, tal vez porque es imposible quedarse en casa en estas condiciones sin ir a trabajar, sin ganar dinero para cubrir las necesidades diarias.”

Una tranquilidad precaria

Abu Bassel se siente seguro por ahora. Este hombre de 44 años vive con su esposa y su madre anciana en Binnish. Volvieron a su casa el mes pasado, de los campamentos en la frontera turca. La vida en los campos era difícil, dice. Cuando vieron que el alto el fuego parecía estable, los tres decidieron arriesgarse y volver. Cuando llegaron, encontraron su casa bombardeada y deteriorada. Sólo quedaba una habitación intacta. Ahí es donde la familia puso las pertenencias que les quedaban. Para ellos, esta situación es mejor que la que tuvieron que vivir en una tienda de campaña al norte de Idlib. “La tienda ya no podía servir como hogar, ni podía reemplazar al nuestro en nuestra ciudad natal.”

Por su parte, Abu Bassel no ha empezado todavía a sacar los escombros de su casa, como lo hizo Abu Khaled. No tiene todavía suficiente dinero para hacer las reparaciones necesarias, aunque empezó a trabajar en las últimas semanas en la tienda de ropa de un pariente. Al no poder hacer los arreglos, cubre provisoriamente las viejas paredes de su casa con plástico, con la esperanza de poder un día al fin reconstruirla. Abu Bassel no sabe cuándo podrá hacerlo. Tanto él como otros habitantes de Binnish, temen que los aviones militares regresen pronto. Cuando le preguntamos a qué le teme más, si al coronavirus o al regreso de las bombas rusas y del gobierno que expulsaron a un millón de personas de sus hogares hace sólo unos meses, Abu Khaled contesta sin dudarlo: “Le tememos a las bombas. Las bombas y los desplazamientos ya nos han hecho sufrir mucho”.

* Publicado en Middle East Eye, 27-4-2020