Mientras los habitantes de las favelas señalan las dificultades de aislarse, los médicos brasileños se ven obligados a autoabastecerse de insumos básicos para lidiar con la pandemia. El gobierno, en tanto, aparece cada vez más aislado e incapaz.

M. Aguilar, desde San Pablo

Brecha, 3-4-2020

Correspondencia de Prensa, 3-4-2020

“Que los ángeles te conduzcan al paraíso, que descanses en paz. Amén”, se escucha decir al cura por el celular que sostiene el hermano de la fallecida, el único a quien se le permitió asistir, junto con su esposa, al entierro. En el cementerio, mientras trabajan los enterradores, que parecen astronautas, ambos lloran frente al celular y se persignan. La escena fue transmitida el domingo por el programa periodístico Fantástico, de la TV Globo, y ocurrió en Perus, un distrito de San Pablo. En Brasil, al cierre de esta edición, ya son más de doscientos los fallecidos, más de la mitad de ellos en el estado paulista, y el total de casos positivos supera los 6 mil en todo el país. El avance del covid-19, que, estiman los especialistas, todavía no alcanzó el pico, ha generado una carrera contra el tiempo, tanto en la construcción de hospitales de emergencia como en la toma de decisiones para paliar los estragos de la pandemia en un país de proporciones geográficas continentales y una desigualdad alarmante.

¿Aislarse en la favela?

Más de 11 millones de brasileños viven en favelas. Ahí, donde escasean el espacio y los servicios básicos, el coronavirus tiene campo fértil. Tiaraju Pablo D’Andrea, sociólogo, docente en la Universidad Federal de San Pablo y uno de los fundadores del Centro de Estudios Periféricos, contó a Brecha: “En los barrios populares, sobre todo en las favelas, la gente vive muy apretada, y esta es una enfermedad que se propaga muy rápidamente en ambientes de ese tipo. Además, los pobres están, por lo general, menos preparados que las personas de otros sectores, porque se alimentan peor y trabajan mucho, y el sistema de salud en sus barrios es más frágil, más inoperante o directamente no existe”.

El aislamiento social no es fácil de implementar en las favelas: “Gran parte de la población de este país, principalmente la más pobre, come mañana lo que ganó hoy. Y puede comer si está en la calle, porque ahí se gana el peso. Claro que hay que defender el aislamiento social, pero sólo es efectivo si podés comprometer a todas las personas en esa misión colectiva. Se precisa un Estado que dé garantías a las personas para que puedan quedarse en la casa”. D’Andrea cree que en las favelas hay otra cuestión determinante: “El tamaño de las casas. ¿Quién aguanta estar todo el día apretado en un espacio de 25 metros cuadrados donde viven cuatro personas? Es imposible”.

Timo Bartholl, geógrafo, vive en el Complexo da Maré, en Rio de Janeiro, un conglomerado de favelas donde habitan más de 140 mil personas. Desde allí, sentado en una placita casi desierta, conversó con Brecha y profundizó en el debate sobre el aislamiento social. Lo que marca al barrio son las balas, dijo, y a través de las balas reflexiona sobre el nuevo virus: “En las favelas, la gente vive en un permanente estado de excepción, cercada por conflictos armados y una violencia brutal del Estado. Las formas de dominación y violencia que estructuran la sociedad capitalista se manifiestan acá de forma muy cruel. Para no enloquecer tenés que olvidarte, abstraerte. No podés estar todos los días pensando que te van a dar un balazo en la esquina; si no, no salís”. De alguna forma, la vida tiene que seguir. Hay que comprar pan, trabajar, llevar a los niños a la escuela. “Si ocurre un tiroteo en un barrio de clase media, no sale nadie a la calle y el barrio para de funcionar, porque no es normal. De la misma forma que para en un tiroteo, consigue parar en la pandemia. Pero en la favela, así como las personas no paran por un tiroteo, tampoco paran por el coronavirus”, añadió. El problema es dónde está el límite “en el que esa abstracción para sobrevivir pasa de herramienta de supervivencia a cobardía o ignorancia”. Para Bartholl, “la pandemia es como una megaextensión de los tiroteos, quizás el tiroteo más largo que experimente la favela”.

Frente a eso, lo primero es concientizar. En la Maré, por ejemplo, las campañas comenzaron dos semanas atrás, con volantes, videos, afiches y muchos contenidos en Internet. Son impulsadas por comunicadores populares de la favela, en su mayoría jóvenes que sostienen iniciativas como Maré Vive, un canal de comunicación independiente que transmite información sobre las comunidades locales. Estas campañas también juntan canastas básicas y hacen colectas. Para los próximos días tienen pensado reforzar la campaña con altoparlantes. Para D’Andrea, “las favelas y las periferias van a disminuir la capacidad de acción del virus con mucha solidaridad y mucho esfuerzo, pero es fundamental que el Estado destine recursos”.

Pa’ las casas

En los últimos días, como parte de su cruzada contra la cuarentena y en pos de “salvar la economía”, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, propuso aplicar el llamado “aislamiento vertical”: que se aisle sólo a los grupos de riesgo. En una conversación con Brecha, Eduardo Alves Melo, médico investigador de la Escuela Nacional de Salud Pública de la Fundación Oswaldo Cruz –el centro de investigación en salud más prestigioso del país– y doctor en Salud Colectiva, rechazó de plano esa opción: “El problema principal es que esa medida ignora cómo llega el virus a los grupos de riesgo. Muchos ancianos viven con otras personas, adultos y niños. Si esas personas salen, para trabajar o estudiar, contaminan a los ancianos en casa y ayudan a que el virus se propague más rápido. Es una idea arriesgada e irresponsable”.

Para Alves Melo, la dicotomía economía o salud es una “falsa polémica”, porque “la prioridad es salvar la vida de las personas”: “Sin eso, no hay economía que valga y el problema es mucho mayor en el futuro”. Añadió: “Aunque haya aislamiento, ya sabemos que vamos a pasar grandes dificultades y que habrá una sobrecarga del sistema de salud. Estamos tratando de organizarnos, comprando más insumos, construyendo hospitales de emergencia. Pero sin medidas sensatas y estrictas para que la mayoría de la población se quede en casa y el sistema de salud tenga tiempo de prepararse, ocurrirá una catástrofe sanitaria”.

Lo que hay

Acerca de la capacidad del Sistema Único de Salud (Sus) de Brasil para atravesar esta crisis, Alves Melo afirmó que, a pesar de que se han logrado grandes avances en algunas áreas, como las de atención primaria, trasplantes y salud mental, e incluso buenas campañas de vacunación, reconocidas mundialmente, el Sus enfrenta en la actualidad varios desafíos. “Hay una falta crónica de recursos y una coexistencia desigual con el sector privado, que, aunque cubre 45 millones de personas, tiene más recursos en términos absolutos y relativos que el Sus, que cubre 212 millones.” Este problema se ha agravado exponencialmente desde la aprobación en el gobierno de Michel Temer de la enmienda constitucional 95, que congeló los gastos públicos durante 20 años.

La paradoja, afirmó el especialista, es que “la situación empeora en un contexto de de-sempleo”: “Muchas personas, cuando pierden el trabajo y, por lo tanto, la cobertura de salud, van al Sus. O sea, hablamos de un sistema cada vez más desfinanciado que enfrenta una demanda cada vez mayor”. Para Alves Melo, esta crisis deja en claro que “quien conduce el enfrentamiento a un virus como este es el sector público”: “Los privados ni siquiera tienen condiciones de hacerlo, porque, al carecer de una visión pública y actuar buscando el lucro, apuntan sólo a algunos segmentos de la población. Esto evidencia que es necesario el Estado para arbitrar e intervenir de forma decisiva en esta área, reafirmar el interés público y ayudar a quienes más lo necesitan”.

En cuarentena

Daniele Maia tiene 40 años, es pediatra y trabaja en el hospital municipal Moacyr do Carmo, en el área metropolitana de Rio de Janeiro. Empezó a sentirse mal hace dos semanas, con un dolor muy fuerte en el cuerpo y la cabeza, y un cansancio absurdo. “No podía ni mantenerme en pie; iba hasta la cocina y me quedaba sin aire”, contó a Brecha. A pesar de ser médica, demoró 11 días en conseguir un test, que le dio positivo para el covid-19. La escasez de test, explicó, puede dar una imagen distorsionada: “La cantidad informada de casos está muy lejos de ser el número real. Lo más preocupante es que hay muchas personas graves que están muriendo –sea de neumonía u otras enfermedades– sin que se les haya hecho el test”.

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Pintura del artista grafitero Aira Ocrespo en Río de Janeiro.

Daniele está en cuarentena y tiene licencia hasta el 6 de abril, pero se mantiene en contacto con sus colegas. Varios están comprando en Internet equipamientos de protección, máscaras, delantales, zapatos. “Es algo muy triste y no es de hoy: hace años que no tenemos material apropiado para protegernos de un virus como este”, expresó. Hasta el domingo 29, la Asociación Médica Brasileña había recibido 2.513 denuncias por falta de equipamiento de protección en todo el país. Más de un tercio de los reclamos se deben a la falta de alcohol en gel y la gran mayoría, a la falta de máscaras.

En el frente

Fernando Goytia es médico y atiende en Pronto Socorro de Barueri, un hospital del área metropolitana de San Pablo. Comentó a Brecha que, “a pesar del esfuerzo para garantizar una estructura que permita atender la crisis lo mejor posible, vemos que el gobierno sigue dando prioridad a otras cosas y no da a esta situación la magnitud que amerita”.

Uno de los grandes problemas, dice Goytia, es que los pacientes infectados tienen que permanecer internados por lo menos 14 días y las camillas demoran en liberarse. Eso hace todavía más estresante estar en la línea de frente: “Nos da la sensación de que no estamos respondiendo a la velocidad necesaria y de que lo que está pasando se nos fue de las manos”.

“A pesar de que estamos preparados como agentes de salud para lidiar con este tipo de situación, siento que lo que estamos dando todavía no es suficiente. Hoy estoy feliz y orgulloso de estar contribuyendo y ayudando a la gente en este momento. Pero, al mismo tiempo, es muy triste, porque mientras no se encuentre la cura o un tratamiento específico no podemos dar certeza de nada”, se lamentó el médico.

Como el uno

Mientras tanto, el presidente Bolsonaro insiste en minimizar y relativizar los efectos del covid-19. El 24 de marzo dijo que se trataba de una “gripecita”. En un pronunciamiento en cadena nacional, habló de histeria, cuestionó el cierre de escuelas decretado por varios gobernadores estatales y acusó a la prensa de difundir el pánico. Dijo que la pandemia pasará en breve, y horrorizó a propios y ajenos al decir que Brasil precisaba “volver a la normalidad” y abandonar “el concepto de tierra arrasada”, en un ataque directo a las medidas de cuarentena decididas en varias ciudades, entre ellas, San Pablo y Rio de Janeiro.

Con su actitud ante la crisis, Bolsonaro agudiza su ruptura con gobernadores y alcaldes, y empeora su eternamente áspera y conflictiva relación con el Congreso nacional. Pero su desgaste no viene solamente de sus desatinos discursivos. El domingo 22 de noche firmó una medida provisoria que permitía que los patrones suspendieran el contrato de trabajo por cuatro meses, sin remuneración. El rechazo fue tal que a la mañana siguiente reculó. Tras una enorme presión de la oposición en el Congreso, fue aprobada en ambas cámaras una renta de emergencia de 600 reales por adulto (unos 114 dólares) y 1.200 reales por familia, un monto más elevado que el propuesto inicialmente por el equipo económico de gobierno, que era de apenas 200 reales (38 dólares). La medida abarca a trabajadores informales, autónomos y de-sempleados. Sin embargo, Bolsonaro dice que todavía no sabe de dónde va a salir la plata.

Para Matheus Albuquerque, analista político y licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Católica de Brasilia, “la inestabilidad actual del gobierno no viene de que Bolsonaro diga una atrocidad acá o allá, sino de que su gestión no da buenos resultados”: “Sobre todo, y según las previsiones, no ofrece buenos resultados económicos”.

A la olla del caldo para su eventual impeachment, que ya se discute en los pasillos de Brasilia, Bolsonaro ya le puso todos los ingredientes, dijo Albuquerque a Brecha. Aunque el presidente todavía cuenta con apoyo popular, el analista afirmó que “si mantiene su narrativa de conflicto constante y continúa rompiendo las coaliciones que construyó para llegar al gobierno, gobernar se le hará imposible”. De todos modos, Albuquerque aseguró: “Bolsonaro sabe prevenirse. Aunque se aísla políticamente, continúa con la misma narrativa: ‘Las medidas contra el coronavirus dejarán un pozo enorme en la economía. Brasil no puede parar’. Y es cierto: el problema económico vendrá tarde o temprano. Sólo que cuando se vean los resultados, al final del año, él podrá decir: ‘¿Vieron? Yo avisé: si hubiéramos hecho lo que yo decía y el Congreso hubiera aceptado, no estaríamos pasando por esto’”. A eso los brasileños le llaman “dar a volta por cima”: salir beneficiado de una situación desfavorable.