D. Scavino, desde Francia

Revista Ñ, 23-3-2020

Correspondencia de Prensa, 26-3-2020

En un ensayo de Otras inquisiciones, Borges contaba que el  primer emperador chino Shih Huang Di había iniciado, en el siglo III antes de Cristo, dos “vastas operaciones”: construir la gran muralla para inmunizar al imperio de las incursiones bárbaras y destruir todos los registros para abolir el pasado.

Aunque más modestamente, el presidente francés Emmanuel Macron emprendió hace unos días una hazaña comparable: erigir una barrera sanitaria para frenar el avance del coronavirus y proponer un relato de la coyuntura que borre de la memoria de sus electores la política de austeridad que venía sosteniendo en materia sanitaria.

En su alocución del 16 de marzo de 2020, Macron les informó a sus compatriotas que estaban todos “en guerra” y que los héroes de estos combates eran los miembros del personal médico y paramédico que desde hacía unas semanas venían enfrentando al coronavirus en los hospitales, los dispensarios y los asilos de ancianos.

Sus asesores en comunicación se mostraron perspicaces: ese mismo personal estaba siendo ovacionado por la población desde los balcones de París, Burdeos o Marsella, y el presidente no podía permitirse desaprovechar ese caudal afectivo.

“Existen bienes y servicios que deben colocarse afuera de las leyes del mercado”, declaró sin pestañar en su cadena nacional, porque “delegar nuestra alimentación, nuestra protección, nuestra capacidad de curar, nuestro estilo de vida a otros es una locura”, y prometió llevar a cabo varias “medidas de ruptura en este sentido”.

El pasado que Macron se propuso eliminar no se remonta, sin embargo, a épocas muy lejanas. Una circular del Ministerio de Salud de abril de 2018 decretó que los establecimientos sanitarios debían reducir sus gastos en 1.600 millones de euros, de los cuales 960 afectaban directamente el presupuesto de los hospitales.

Como explicaba en ese momento el presidente de la Federación de Hospitales de Francia, Frédéric Valletoux, esta cifra equivalía a la supresión de unos 15.000 empleos, lo que trajo aparejado el colapso de los servicios, una ola de burnouts y de suicidios y una posterior marea de protestas callejeras que duraron hasta febrero de 2020.

De la noche a la mañana, esos mismos empleados públicos “indolentes” y “costosos” para las finanzas estatales, que a los ojos de los mandarines neoliberales obligaban a los franceses a pagar impuestos exorbitantes, se convirtieron en vanguardia de un ejército que se jugaba la vida para defender a la población, mientras las clínicas privadas se lavaban –nunca mejor dicho– las manos.

Macron cuenta entonces con el fenómeno de amnesia provocado por la alternancia de las secuencias mediáticas: se quita la casaca del austero administrador de la finanzas nacionales y se calza el uniforme del general que encabeza el combate contra el virus, en una remake sanitaria de De Gaulle y su guerra contra el ocupante nazi.

La Peste, la novela de Albert Camus, después de todo, ¿no había sido una dilatada alegoría de ese período histórico? (por este mismo motivo, Angela Merkel no pudo permitirse estas metáforas militaristas y se contentó con el apacible papel de la Mutti de Alemania).

¿El virus pudo provocar esta mutación repentina en el credo del presidente francés? Porque aquel ex ejecutivo de la banca Rothschild, aplaudido por los portavoces de “los mercados” cuando inició su mandato suprimiendo el impuesto a las grandes fortunas y contribuyendo a acentuar la escandalosa concentración de riqueza en una ultraminoría, anunció en su discurso del último 16 de marzo que existen algunas actividades que no pueden someterse a las leyes del mercado.

Entiéndase bien: hay asuntos que deben regirse por las decisiones de los habitantes de un país en su calidad de ciudadanos y no en su carácter de compradores y vendedores de mercancías o servicios.

Teniendo en cuenta esta situación, surgen dos interrogantes. ¿La muralla de Macron llegará a frenar el virus proveniente de China? ¿Y su nuevo storytelling logrará abolir su pasado?

Los medios oficialistas insisten en preconizar la unidad detrás del presidente, lo que significaría, según parece, acallar cualquier reproche, como si estos fueran a darles argumentos a ese enemigo silencioso y en general poco propenso a las especulaciones políticas: el virus.

No consiguen aquietar, con todo, las cotidianas denuncias de los paladines de los hospitales que recuerdan todos los días ante las cámaras y los micrófonos cómo deben enfrentar la epidemia de coronavirus sin mascarillas ni guantes ni antiparras protectoras.

Desde que se disipó la última gran pandemia, la gripe aviaria, el Ministerio de Salud dejó de comprar las mascarillas apropiadas, a pesar de que existen cuatro empresas que las fabrican en Francia. Y desde que el gobierno de Macron decidió recortar los gastos de salud, los hospitales públicos carecen del personal, los implementos y las camas para enfrentar un episodio epidémico de esta envergadura.

Para colmo de males, la ex ministra de salud, Agnès Buzyn, quien desempeñó esta función hasta mediados de febrero, no tuvo mejor ocurrencia que confesarle a Le Monde que en enero de este año previno al presidente acerca de la gravedad de la pandemia y que este subestimó la situación, negándose a tomar las medidas preconizadas por la OMS para erigir aquella muralla sanitaria.

De hecho, Macron ni siquiera quiso posponer la primera ronda de elecciones municipales que se celebraron por todo el país el 15 de marzo y que probablemente hayan contribuido a la propagación de la epidemia.

Durante su confinamiento, los franceses observan por televisión las calles desiertas, van siguiendo hora a hora las crecientes cifras de los muertos y las decrecientes de la bolsa, escuchan los consejos de los profesionales de la salud y los opinadores de turno, salen a trabajar o a comprar comida munidos de una declaración jurada para ahorrarse los 135 euros de la multa, y se preguntan qué va a ocurrir cuando todo esto pase, si Macron va a cumplir con su promesa de una política de “ruptura” con respecto al estatuto de los servicios públicos o si va a salvar a los bancos y las empresas recurriendo, una vez más, a la colectivización de las deudas privadas, como lo hizo Nicolás Sarkozy en 2008, cuando rescató a las entidades financieras que habían especulado con las subprimes.

Su sucesor, François Hollande, ganó las elecciones en 2012 criticando estas medidas y asegurando que su “enemigo” eran las mismas finanzas, pero terminó nombrando a aquel joven ejecutivo de la banca para gestionar la economía. Y unos días antes de declararle la guerra a este virus que se ensaña con las personas mayores, Macron decidió aprobar por decreto una reforma del sistema jubilatorio resistida por la oposición y hasta por muchos legisladores de su propio bando.

Mientras tanto, los dragones de la extrema derecha se agazapan hoy en la penumbra, porque saben que la coyuntura no aporta agua a sus molinos, pero que en algunos meses más, cuando el virus se disipe, y algún nuevo atentado yihadista o alguna crisis de refugiados en los confines del imperio reaviven el pánico de la población, podrán desenfundar su narración preferida, con sus murallas de odio y su abolición negacionista del pasado.

– Dardo Scavino es egresado de la UBA (Universidad de Buenos Aires), profesor de la Universidad de Pau en los Pirineos franceses y Premio Anagrama 2018 por su ensayo El sueño de los mártires. Meditaciones sobre una guerra actual.