La estudiante María Ruiz Briceño pasó casi seis meses detenida con presas comunes. Los carceleros le exigían información de otros universitarios.

Confidencial, 2-2-2020

Correspondencia de Prensa, 3-2-2020

“Si no nos decís dónde están esos chavalos jodidos, vos sabrás. Pero podemos llevarnos presos y desaparecer a tus hermanitos. Es mejor que nos digas quién los financiaba y dónde están esos hijueputas”, era una frase que escuchó decenas de veces María Ruiz Briceño, una estudiante universitaria, de 22 años, que permaneció encarcelada por casi seis meses por la dictadura Ortega-Murillo.

Las amenazas empezaron desde el 13 de julio del año pasado cuando fue capturada junto a otros seis compañeros, mientras participaban en un plantón en la catedral de Managua, para conmemorar un año del brutal ataque de fuerzas paramilitares y policiales de la dictadura contra universitarios atrincherados en la UNAN y en la parroquia Divina Misericordia.

“Estábamos saliendo en un taxi del plantón. Éramos siete en el taxi y vimos como una Hilux nos iba siguiendo. Todos íbamos nerviosos, pero el taxero más. De repente se detuvo y nos rodearon varias patrullas. A mí me golpearon, me voltearon el brazo para la espalda. A mis compañeros los empezaron ahorcar y a mí me apuntaron con un arma.  Nos preguntaban quién era el líder, quién organizaba ese plantón”, recuerda.

Para María desde ese día empezaron las torturas psicológicas. En el grupo de jóvenes arrestados había dos mujeres más, menores de edad. “Les dije que yo era la líder para que dejaran ir a los demás”, afirma.

A ella la trasladaron al Chipote y tiempo después a la cárcel la Esperanza. Desde entonces, cada día, los policías la sentaban a interrogarla. Unos días le preguntaban por compañeros de la universidad con nombres y apellidos, otros por líderes de la protesta y, otros solo la sentaban para humillarla y decirle: “mirate donde estás, sola y nadie viene aquí con vos”.

Había días que la amenazaban con hacerle algo a su padre, un hombre que padece insuficiencia renal crónica. “Sabemos a qué hora se hace las diálisis, cómo se llama el doctor que lo atiende, la hora en que regresa a su casa”, le decían.

“Eso me causaba terror. Pero trataba de mantenerme fuerte”, recuerda.

Sin ver a su familia

María pasó los primeros tres días en una celda del Distrito Uno. Ahí le tomaron decenas fotografías. Durante ese tiempo no tuvo contacto con su familia que la buscaba en todas las estaciones policiales. “Hasta trece días después pude ver a mi mamá”, relata.

Esta joven originaria de Belén, Rivas, fue una de las atrincheradas de la UNAN-Managua. Ella estuvo junto a otros universitarios encerrados en su casa de estudios para exigir un cambio dentro de las autoridades estudiantiles de la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua (UNEN) y exigir la renuncia de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

“No ver a mi familia fue lo más duro todo el tiempo, porque yo temía que les hicieran algo. Por mí no, porque yo sabía de todo lo que era capaz este Gobierno”, explica.

Durante su encierro, que terminó hasta el 30 de diciembre del 2019 cuando fue liberada junto a 90 prisioneros políticos, escribió varias cartas a sus padres pidiéndoles perdón por ese “trago amargo” que les estaba haciendo vivir.

“Quiero que sepas que hice, al menos, lo que querías. Me preparé hasta donde pude y le eché ganas para que un día te sintieras orgullosa de que criaste una mujer de bien (…) pero por los principios que vos y Dios me inculcaron no podía quedarme callada al ver todo lo que sucedía con los estudiantes”, escribió en una hoja a su madre.

Le pedía perdón a Dulce Briceño, su madre, porque por su culpa ella tenía que ausentarse de su trabajo en una zona franca, para viajar desde Rivas hasta la cárcel de mujeres la Esperanza.

“Mis padres no sabían que yo estaba protestando y cuando hablaba con ellos les contaba todas las barbaridades que esta dictadura hacia contra universitarios y contra la población. Ellos se negaban a ver, hasta que pudieron confirmarlo con lo que me hicieron a mí”, dice.

Instigaban a presas para que la golpearan

A María la quisieron obligar a firmar un documento en el que admitía su culpa. La acusaban de robo agravado de un celular. “Es irónico porque me acusaban de robar un celular más barato que el que me quitaron y robaron finalmente”, afirma.

Contrario a la situación de la mayoría de las presas políticas, que han estado en celdas compartidas, María estaba sola en un galerón lleno de desconocidas. “Cuando llegué a la prisión algunas mujeres me decían: ‘aquí no queremos a presas políticas’. Una mujer me empujó en el brazo ese día y cuando le reclamé me volvió a gritar que no me querían ahí. Entonces yo le contesté: ‘dígale a su comandante que me venga a sacar’”, recuerda.

Pero los maltratos de las presas comunes hacia ella además fueron instigados por los mismos policías. “Llamaban a las presas comunes, después de todos los interrogatorios diarios que me hacían, para decirles que yo decía cosas de ellas, para que ellas me golpearan. Luego ellas llegaban a reclamarme y me amenazaban”, dice. Sin embargo, ellas les suplicaba: “Nunca haría eso, yo soy cristiana y lo único para lo que me llaman es para que les dé información sobre estudiantes”, les contaba.

Negaban que era presa política

Esta joven, que estudiaba Banca y Finanzas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) por las mañanas e Ingeniería Electrónica en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) por las noches, fue durante varios meses conocida como “la última presa política”.

Ella era la única mujer encarcelada por la dictadura tras la liberación de la mayoría de presos políticos bajo la polémica Ley de Amnistía promovida por la dictadura.

“Tuve problemas con las funcionarias, porque me decían ‘aquí no hay presos políticos’ todo el tiempo. Nunca aceptaban que la dictadura me tenía encarcelada injustamente por salir a manifestarme”, cuenta.

Al sentirse sola, empezó a protestar desde su celda y les gritaba: “¡libertad para los presos políticos!”, “¡libertad para mí!”. También rayaba sus sabanas con frases alusivas a la lucha cívica.

“Con una pintura de uña pinté en blanco el trastecito con el que comía con la frase ‘no más dictadura’. Pero de inmediato empezaron a quitarme todas mis cosas. Yo les dije: ‘¡qué absurdo que me quiten mis cosas por expresarme!’”, recuerda.

Narra que por eso la mandaron a llamar advirtiéndole que se olvidara de andar protestando y le dijeron: “Ahora estás aquí bajo nuestras órdenes y además sos una rea común, sos una delincuente”, le gritaron.

Tras su excarcelación a María no le informaron sobre su situación carcelaria. Admite que sigue siendo víctima de hostigamiento, pero asegura que seguirá firme en la lucha.

“Siempre tengo temor porque cuando salí no firmé ningún documento de libertad, no tengo un documento que diga soy libre. No sé si voy a llevar un proceso judicial. Mi miedo es que de pronto a esta gente se le meta el diablo y me vengan a sacar de la casa”, insiste.